31
INTERROGATORIO
El aire del cuarto era frío.
Un frío constante que se le metía poco a poco bajo la piel, hasta volver torpes los dedos. Nirelle sentía con claridad cómo las puntas de sus dedos estaban entumecidas, rígidas sobre sus piernas.
Había pasado demasiados años en salas así como para no saber lo que cualquier gesto podría significar. Llorar la haría parecer culpable. Enojarse la haría parecer culpable. Ser indiferente también la haría parecer culpable. Así que eligió mostrar tranquilidad y una pequeña dosis de preocupación.
Respiró lentamente por la nariz. El cuarto de interrogatorios era exactamente como lo recordaba.
Una mesa metálica atornillada al suelo, dos sillas enfrentadas entre sí; paredes grises y lisas iluminadas por la luz blanca.
Y el espejo de una sola cara. Nirelle sabía perfectamente que del otro lado debía haber alguien observando. Tal vez varias personas.
Sin poder encontrar algo que pudiera entretenerla, empezó a contar. Primero los tornillos de la mesa—uno de ellos estaba suelto—. Luego las líneas que unían los paneles de la pared, irregulares y mal alineadas. Por último, las vigas del techo, que se perdían en un orden imperfecto.
Veinticuatro.
Veinticinco.
Veintiséis.
Un ejercicio estúpido que mantenía su mente ocupada. Pero no podía dejar de hacerlo. Si permitía que su mente divagara, tarde o temprano llegaría a la noche del viernes. El olor de la carne quemada. Sebastian arrodillado.
El beso.
La puerta se abrió. El sonido metálico hizo eco en la habitación obligando a Nirelle a levantar la mirada. El detective Blanchard entró con paso tranquilo. Cerró la puerta detrás de él y le dedicó una sonrisa amable.
—¿Cómo está, Nirelle? —preguntó el hombre con suavidad.
La mujer lo observó unos segundos. Deseaba responder algo automático.
Bien.
He tenido días peores.
Pero la verdad salió primero.
—Ni siquiera lo sé.
La voz le salió más baja de lo que esperaba. Por un momento sintió la característica presión detrás de los ojos. El impulso de llorar. Lo reprimió inmediatamente, respiró, no iba a llorar ahí. No frente al espejo juzgador.
Blanchard tomó la silla frente a ella, se sentó con calma y apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—En realidad, yo quería llamarle a mi oficina —dijo con tono tranquilo—. Pensé que podríamos hablar ahí. —Hizo un gesto breve hacia la habitación—. Pero el fiscal Lavoisier insistió en que usáramos el cuarto de interrogatorios. Protocolo.
Nirelle no se alteró. Pero dentro de su mente algo se retorció.
Mentira.
Ella sabía perfectamente que Lavoisier usaba como excusa el protocolo para humillarla. Casi podía imaginarlo del otro lado del espejo, con los brazos cruzados, observándola como si fuera un animal enjaulado. Disfrutando de verla ocupar el lugar donde sentaban a los sospechosos.
Su mandíbula se tensó apenas un segundo antes de relajarse. No iba a darle ese gusto. Sus ojos buscaron al detective Blanchard.
—Entonces supongo que debemos seguir el protocolo —pronunció con calma.
Blanchard permaneció en silencio unos segundos, sus ojos recorrieron a Nirelle con detenimiento, como si intentara reconstruir algo que ya conocía, pero que ahora parecía distinto.
La mujer que estaba sentada frente a él distaba mucho de la detective que había conocido años atrás.
Nirelle Northon siempre había sido segura.
El tipo de persona que llenaba una habitación e inspiraba respeto sin levantar la voz.
Ahora se veía más pequeña. Su postura seguía siendo recta, disciplinada, pero había algo frágil en la forma en que escondía sus manos.
En el enrojecimiento en la punta de su nariz y alrededor de sus ojos.
No lloraba en ese momento, pero era evidente que lo había hecho, y mucho.
Las ojeras oscuras y la ligera hinchazón bajo sus párpados la delataban.
Blanchard sintió un peso incómodo en el pecho.
—Antes de empezar quiero aclarar algo —dijo con tono tranquilo—.
Esto no es un interrogatorio. No se le está acusando de algo —la frase quedó suspendida en el aire unos segundos—.
Pero hay algo que es cierto. Ha estado cerca de dos víctimas del Escultor, y cualquier cosa que recuerde podría ayudarnos —continuó Blanchard—.
Incluso algo pequeño puede hacer la diferencia.
Tal vez podamos darle justicia de una vez por todas a su hermana.
La palabra hermana cambió algo en el ambiente. El detective observó como Nirelle hacía el esfuerzo por mantenerse entera, bajo control, aunque el dolor estuviera ahí, palpitando bajo la superficie.
Nirelle bajó la mirada un instante, respiró hondo y luego asintió.
—Está bien —dijo finalmente—. Pregunte lo que necesite.
Blanchard tomó una pequeña libreta y se preparó para empezar. Nirelle echó un vistazo a la puerta, esperando que se abriera y alguien más entrara. Nada sucedió.
—¿No viene Delarge? —preguntó.
El detective frunció ligeramente el ceño, pensando.
—Se reportó enfermo hace unos días.
Nirelle parpadeó.
—¿Enfermo?
—Sí. No se ha presentado desde el domingo.
La respuesta le pareció extraña. Marcus nunca faltaba. Ni siquiera cuando estaba enfermo. Recordó una vez que llegó a la oficina con fiebre y los ojos vidriosos, insistiendo en revisar archivos porque: « podría haber algo en lo que pueda ayudarle, detective ».
Siempre estaba ahí. Siempre.
Un pequeño hilo de inquietud se deslizó por su mente, pero Nirelle no dijo nada. Solo asintió.
—Entiendo.
Blanchard levantó la mirada otra vez.
—Bien, empecemos por algo simple —hizo una pausa breve antes de preguntar—: ¿Cuándo fue la última vez que vio a Katherina con vida?
Nirelle lo pensó unos segundos.
—La última vez que la vi fue el jueves pasado, la noche del concurso Aldama. La dejamos justo en la puerta de su casa —respondió.
Su voz salió más temblorosa de lo que esperaba. Blanchard asintió lentamente y anotó algo en la libreta.
—¿Quienes?
—¿Qué?
—¿Quien más la acompañó a dejar a Katherina?
Nirelle apretó los labios, el amargo sabor de la equivocación le llenaba las papilas gustativas, deslizándose hasta cerrarle la garganta. Pensó en mentir, en decir que un taxista las había llevado, pero no estaba segura de si tenían o no cámaras de seguridad cerca de la casa de Trina.
Así que una vez más optó por una verdad a medias.
—Un amigo mío, es crítico de arte y quería hablar sobre el increíble futuro que le deparaba a Katherina.
El detective Blanchard asintió. Parecía querer indagar más en el tema pero un vistazo al espejo juzgador fue suficiente para hacerlo redirigir su camino.
—¿Esa fue la última vez que tuvieron contacto?
—No. Bueno, ella llamó a mi departamento el sábado por la mañana. Mi amiga contestó, yo estaba enferma.
Recuperándome de la desastrosa noche con los iluminados , pensó.
—¿Katherina volvió a intentar contactar con usted? —preguntó el hombre mirándola fijamente.
Nirelle negó con la cabeza.
—No supe nada de ella hasta esta mañana que usted me llamó para… —se detuvo. Sentía el nudo del llanto en la garganta y la culpa arañándole el pecho—. Para contarme lo que sucedió.
Blanchard asintió. Él mismo se había sorprendido de encontrar el cuerpo de una chica tan joven convertido en una grotesca aberración.
—¿Katherina le comentó algo extraño antes de desaparecer?
Nirelle secó una lágrima que había logrado escapar sin permiso de la prisión que la contenía en sus ojos.
—Existe un reporte —dijo—. Ella manifestó estar siendo acosada.
Blanchard levantó la vista.
—Sí, lo tenemos.
—Se siguió el protocolo correspondiente —continuó Nirelle con voz cansada—. Vigilancia, seguimiento, todo. —Su mandíbula se tensó—. Después de eso, Katherina no volvió a expresar preocupación.
El detective exhaló por la nariz.
—Eso coincide exactamente con lo que tenemos. —Pasó una página de la libreta—. Ninguno de los agentes de seguridad que asignamos reportó algo inusual.
Las lágrimas empezaron a caer con más fuerza. Nirelle intentó detenerlas, pero ya era tarde. Resbalaron por su rostro silenciosamente.
No eran de tristeza.
Eran de rabia. Rabia porque otra vez le habían quitado algo que era suyo. Porque otra vez había fallado. Rabia porque había besado al hombre que probablemente lo había hecho.
Blanchard interpretó otra cosa: dolor. Su tono se volvió aún más suave.
—Nirelle… ¿Katherina tenía enemigos?
Ella negó.
—No. Al menos no que yo supiera. Ella no dijo algo al respecto cuando hicimos su reporte. Y hasta donde sé, vivía sola con su abuela.
Blanchard asintió.
—La abuela de Katherina la reportó como desaparecida el lunes a mediodía. —Blanchard dejó la libreta sobre la mesa, entre ambos—. Enviamos una patrulla para una revisión inicial y después entró el equipo forense.
Nirelle levantó la mirada lentamente. Había escuchado ese tipo de frases cientos de veces, pero nunca desde ese lado de la mesa.
—¿Encontraron algo? —preguntó.
Su voz salió seca. El detective dudó un instante antes de responder.
—Sí. —Se acomodó ligeramente en la silla—. Hay señales claras de que hubo una pelea dentro de la casa. La sala estaba alterada. Una lámpara caída, dos sillas volcadas y marcas de arrastre en el suelo —hizo una breve pausa.
La espalda de Nirelle se tensó. Blanchard continuó con el tono clínico practicado por años:
—También encontramos sangre.
Nirelle sintió que algo le atravesaba el pecho.
—¿Mucha?
—No. —Negó con la cabeza—. No la suficiente para pensar que alguien murió ahí. El análisis preliminar parece indicar que pertenece a Katherina. Pero no es lo suficientemente preciso.
Nirelle asintió. La tecnología que usaban para las pruebas de ADN era limitada, poco fiable.
Sus dedos golpearon la libreta una vez. Nirelle cerró los ojos apenas un segundo.
—Eso sugiere que la lastimaron antes de llevársela —continuó el detective—. O que ella logró defenderse.
Nirelle volvió a mirarlo.
—¿Había algo más?
Blanchard asintió.