30 #3
—Poetas enloquecerán intentando describirte —murmuró él—, pero sus versos serán mediocres comparados con la pureza de tu forma.
—Sus ojos recorrían su rostro como si realmente estuviera contemplando algo sagrado.
—Los pintores llenarán lienzos con tu rostro…
pero nunca capturarán la verdad. Porque la verdad eres tú.
La sangre seguía deslizándose entre sus dedos. Nirelle lo miró con incredulidad. Estaba sudada. Despeinada. Con el pulso todavía golpeándole en las sienes. No parecía ninguna figura divina.
—No digas tonterías —susurró, con la voz áspera por el esfuerzo.
Sebastian no apartó la mirada.
—No son tonterías.
El silencio entre ambos se volvió extraño. Más pesado. Más cercano.
Nirelle tragó saliva.
—¿Qué soy para ti? —preguntó ella, con la voz reducida a un hilo que temblaba entre sus labios.
Sebastian se irguió despacio, muy despacio, como si cada segundo alargara la gravedad del momento. Aún sostenía la hoja de la daga entre los dedos, y Nirelle continuaba aferrada al mango. Ese lazo de metal y sangre los mantenía unidos, atrapados en un punto sin retorno.
Él dio un paso. Luego otro. La distancia se fue deshaciendo hasta volverse un suspiro compartido. Su respiración chocó contra la de ella, caliente, irregular, casi desesperada.
Sebastian no soltó la hoja. La sangre seguía descendiendo, oscura, pertinaz, pero él ni siquiera parpadeó. Se inclinó apenas, lo suficiente para que el mundo pareciera contener el aliento.
—Eres mi obsesión.
El corazón de Nirelle se contrajo en un golpe violento, casi doloroso.
—Mi locura.
Otro paso. Su proximidad ardía. El calor de su cuerpo era una corriente que la obligaba a quedarse, a no mirar a ningún otro sitio.
—Mi tormento.
La voz de él fue un roce, una herida suave para ella .
—Eres mi inspiración.
El espacio entre ambos era ya una línea frágil, un hilo a punto de romperse. Bastaba un gesto, una exhalación, un temblor. Nirelle sintió que, si no hacía algo, ese deseo denso, esa tensión afilada, la partirían en dos.
Y entonces cedió.
Rompiendo la última frontera, lo besó.
Fue un impulso brusco, desordenado. Como todo lo que había ocurrido esa noche. Durante un instante pensó que él no respondería. Que la apartaría. Que se quedaría inmóvil.
Así que empezó a retroceder.
Pero en ese mismo momento Sebastian soltó la daga. El metal golpeó el suelo con un sonido seco. Su mano ensangrentada se cerró alrededor de la cintura de Nirelle, la atrajo contra él y profundizó el beso.
El sabor metálico de la sangre se confundía con el aliento ardiente que compartían, creando una mezcla áspera y casi embriagadora.
La otra mano de Sebastian ascendió hasta la nuca de Nirelle, atrapándola con una firmeza que anulaba cualquier intento de huida…
aunque ella no buscaba escapar. Al contrario: esa fuerza la anclaba, la reclamaba, y Nirelle se rindió a ese contacto como si, por fin, hubiera encontrado el lugar exacto donde debía quedarse.
El mundo afuera —la ciudad, la torre, la ceremonia, los Iluminados— parecía haberse quedado muy lejos. Solo existían ellos dos.
Respirando.
Chocando.
Aferrándose.
Katherina cerró la puerta de su casa con el hombro mientras guardaba las llaves en el bolso.
Había sido un día largo. Por la mañana había intentado contactar con Nirelle, pero Rita le dijo que desde el día anterior se sentía mal y seguía dormida.
No le contó qué era lo que le sucedía a Nirelle, pero sintió que solo intentaba no preocuparla.
Pensó en llamarla más tarde, pero, cuando empezó a pintar, perdió el sentido del tiempo.
Hizo una nota mental de visitarla al día siguiente.
Los sábados por la tarde le permitían usar uno de los estudios en la academia y había estado tan emocionada con su proyecto, que cuando recordó, ya eran las tres de la mañana y se obligó a regresar a su hogar.
El silencio de la casa debería haberle resultado reconfortante, pero apenas dio dos pasos dentro del recibidor escuchó un ruido.
Un movimiento leve.
Algo que crujió en la sala.
Se detuvo.
Frunció el ceño.
—¿Abuela?
Silencio.
Katherina dejó el bolso sobre la mesa pequeña junto a la entrada y caminó un par de pasos hacia el pasillo. Al principio no se preocupó demasiado. Su abuela a veces se levantaba por la noche a buscar agua o a acomodar algo en la sala.
Pero entonces recordó.
Su abuela no estaba.
Había pasado la noche en casa de una de sus tías.
El aire dentro de la casa se volvió pesado de pronto. Katherina sintió cómo su pulso se aceleraba.
Otro ruido.
Más claro esta vez.
Alguien estaba en la sala.
Su garganta se secó. Retrocedió un paso. Tal vez aún podía salir. Tal vez la persona no sabía que ella había llegado. Pero en ese mismo momento, su pie chocó contra la pata de la mesa del recibidor.
El golpe hizo un ruido seco.
Demasiado fuerte.
Katherina se quedó paralizada. El silencio que siguió fue peor. Porque ahora sabía. La persona dentro de la casa sabía que ella estaba ahí.
Su respiración se volvió corta.
Rápida.
Metió la mano en el bolso con dedos torpes y sacó su celular. Necesitaba llamar a alguien.
A la policía.
A cualquiera.
Mientras encendía la pantalla escuchó otro movimiento en la sala.
Más cerca.
Más claro.
El miedo le recorrió la espalda como hielo. Sus manos temblaron. El celular resbaló de sus dedos y cayó al suelo. El golpe resonó en el pasillo.
—Mierda…
Susurró la palabra sin aliento.
Entonces pensó en Nirelle.
Recordó algo.
Con manos nerviosas abrió el compartimento lateral de su bolso. Y lo encontró. El pequeño cilindro. Gas pimienta. El que Nirelle le había dado para que pudiera defenderse.
Katherina lo sostuvo con fuerza.
Tragó saliva.
Y avanzó.
El pasillo oscuro la envolvió como una boca cerrándose a su alrededor. Cada paso parecía un eco demasiado fuerte, cada latido un golpe que hacía vibrar las paredes. El aire, espeso y extraño, olía a algo que no pertenecía allí.
Cuando llegó al umbral de la sala, se detuvo.
La penumbra dibujó una silueta.
Alguien estaba sentado, inmóvil, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento para ser descubierto.
Esperándola.
La lámpara junto al sofá estaba encendida. La luz amarilla dibujaba una figura tranquila. Katherina entrecerró los ojos. Y entonces reconoció a la persona.
—¡Por el señor de la luz! —exclamó—. Eres tú.
Su cuerpo se relajó un poco.
No del todo.
Porque, aunque sabía quién era, algo en su postura la puso en alerta. La forma en que se sentaba. La forma en que la miraba.
No dijo nada.
Ni una palabra.
Pero había algo amenazante en su silencio. Katherina no bajó el gas pimienta.
—¡¿Qué haces aquí?! —chilló, su tono de voz denotaba molestia, pero era debido al miedo que aún mantenía acelerado su corazón—. ¡Me asustaste mucho! —gritó.
No hubo respuesta.
Solo esa mirada.
Fija.
Inmóvil.
El instinto le gritó que algo estaba mal.
Muy mal.
—No sabía que vendrías —dijo intentando sonar normal. Su voz salió un poco más tensa de lo que quería—. ¿Cómo entraste?
La persona frente a ella se levantó lentamente. Demasiado. El corazón de Katherina empezó a golpear con fuerza contra su pecho.
—Oye… —continuó—. Contéstame. ¿Qué haces aquí? ¿cómo fue que…?
El movimiento fue repentino. La persona se lanzó hacia ella. Katherina reaccionó por puro reflejo, presionó el gatillo del gas pimienta y una nube roja salió disparada directo al rostro de su atacante.
El grito que siguió fue bajo y furioso. La persona retrocedió cubriéndose los ojos. Pero no cayó.
No huyó.
Solo se enfureció.
—¡Aléjate! —gritó Katherina.
Intentó correr. Pero el atacante ya estaba sobre ella. La golpeó contra la pared con una fuerza brutal. El impacto le sacó el aire de los pulmones.
Katherina intentó golpearle.
Darle una patada.
Defenderse.
Había peleado antes. Había aprendido algunas cosas.
Pero no era rival.
La mano de su atacante se cerró alrededor de su garganta. La empujó hacia el suelo. Katherina cayó de espaldas. El peso encima de ella era aplastante. Sus manos se cerraron sobre la muñeca que la estaba ahorcando.
Intentó apartarla. Pero era como intentar mover una pared.
El aire dejó de llegar. Su pecho se agitaba desesperado. Su visión empezaba a nublarse.
—P-por favor… —logró arrancar la palabra de su garganta.
La figura sobre ella inclinó un poco la cabeza.
La voz que habló fue tranquila. Casi suave.
—Te mostraré lo que es arte de verdad.
El golpe llegó de repente. Directo a su rostro. La cabeza de Katherina se sacudió contra el suelo y la oscuridad cayó sobre ella como un telón pesado. Su cuerpo dejó de luchar.
Y la casa volvió a quedar en silencio absoluto.