30 #2
No era lo que esperaba.
El lugar parecía una casa, pequeña, pero elegante. El espacio estaba abierto, sin muros que dividieran demasiado: era un loft .
A su derecha había una cocina moderna, con superficies limpias de acero y madera oscura. Frente a ella, una mesa rectangular con cuatro sillas perfectamente alineadas, como si nadie las hubiera movido en días.
Más adelante, un sofá amplio de color gris miraba hacia un televisor colgado en la pared.
Nada fuera de lugar.
Nada que pareciera pertenecer al líder de una secta religiosa clandestina. Luego vio las escaleras. Subían hacia un segundo nivel parcial que debía ser la habitación. Pero lo que realmente captó su atención fueron las ventanas.
Eran enormes. Casi toda una pared de vidrio.
Nirelle caminó hacia ellas. El cristal estaba frío bajo la yema de sus dedos.
Y entonces, vio la ciudad. Montfleur brillaba abajo, extendiéndose en un océano de luces que luchaban contra la oscuridad de la medianoche.
Las avenidas parecían venas luminosas atravesando la negrura, los edificios encendidos como pequeñas constelaciones urbanas.
Estaban muy arriba. Demasiado.
Nirelle frunció el ceño. Se giró lentamente. Sebastian había cerrado la puerta y permanecía apoyado contra ella, observándola con tanta calma que empezaba a irritarla. ¿La tenía atrapada?
—¿Dónde estamos?
Él respondió con naturalidad.
—En mi hogar.
Nirelle entrecerró los ojos.
—No. —Señaló a su alrededor—. ¿Dónde estamos? O sea… ¿Esta casa?
Sebastian sostuvo su mirada.
—Este es mi hogar. Vivo aquí.
Escuchó sus pasos acercándose a ella, igual que un depredador acorralando a su presa. Algo en la mente de Nirelle finalmente encajó. Y el estupor se convirtió en temor, en rabia. ¿La había llevado hasta ese lugar para transformarla en otra de sus hermosas obras?
Su cuerpo reaccionó antes de que terminara de procesarlo. Sobre una repisa cercana había una daga ceremonial. La tomó sintiendo el metal frío encajar perfecto en su mano.
Y atacó.
El movimiento fue rápido. Directo al torso. Sebastian apenas alcanzó a apartarse. La hoja silbó en el aire.
—¡Nirelle! —gritó sorprendido.
Ella volvió a atacar. Esta vez hacia su cuello. Sebastian retrocedió esquivando por centímetros.
—¡Escúchame!
—¡Cállate! —bufó Nirelle.
Se negaba a morir ahí. Se negaba a convertirse en otra nota roja en el periódico local. Volvió a lanzarse. El acero chocó contra la pared cuando él lo esquivó de nuevo.
Sebastian levantó las manos en señal de paz, a pesar de que se notaba el esfuerzo que hacía por extender el brazo herido. No intentaba golpearla, solo bloquearla.
—No quiero lastimarte —afirmó el hombre.
—Qué conveniente.
Nirelle giró sobre su pie y atacó desde otro ángulo. Su cuerpo recordaba cada entrenamiento. Cada arresto violento. Cada pelea callejera.
Era rápida.
Precisa.
Peligrosa.
Sebastian apenas lograba mantenerse un paso adelante. Su brazo herido apenas se movía.
—¡Me mentiste! —escupió ella. La daga volvió a pasar rozando el pecho de él—. Todo este tiempo.
Otro ataque.
—¿Te acercaste a mí por esto? —preguntó Nirelle con veneno en la voz.
Sebastián esquivó hacia el lado.
—¿Porque soy la Inmaculada?
Ella lo obligó a retroceder hasta el sofá.
—¿O porque necesitabas vigilarme?
—¡No! —gruñó Sebastian, la palabra salió firme.
Él bloqueó su muñeca con la mano sana, pero Nirelle se liberó con un giro brusco. La daga volvió a subir.
—Nos conocimos por casualidad —dijo Sebastian.
—Claro.
—Es la verdad.
—Conveniente verdad.
Ella atacó otra vez.
Sebastián retrocedió.
Y, aun así, a pesar de su fuerza superior, él no respondió con la contundencia que lo habría salvado.
Sólo alzó los brazos, desviando cada embate, bloqueando cada intento de herirlo, como si protegiera algo más que su propia carne.
En sus movimientos había una renuncia silenciosa, una especie de súplica muda, un deseo inexplicable de no quebrarla más de lo que la vida ya lo había hecho.
—Te admiraba antes de saber quién eras.
Nirelle se detuvo apenas un segundo.
—Ah, ¿sí?
—Sí. —Sus ojos no se apartaron de los de ella—. Fue la forma en que hablabas del arte.
La daga tembló apenas en la mano de Nirelle.
Sebastian continuó.
—Lo hablabas como si fuera una necesidad humana. —Dio un paso lento hacia un lado, midiendo cada movimiento—. Fue ahí cuando decidí acercarme de verdad. Conocerte.
Nirelle volvió a atacarlo. Pero esta vez su mente estaba trabajando. Si Sebastian era el escultor, eso era exactamente lo que diría para confundirla.
La hoja pasó a centímetros de su garganta.
Sebastian volvió a esquivar.
—El camino de los iluminados busca perfección —dijo.
—¿Perfección? —escupió ella—. ¿Así le llaman?
—Pero tú…
Se movió de nuevo, esquivando otro ataque.
—Tú no eres como los demás.
Nirelle intentó apuñalarlo en el abdomen.
Sebastián giró. El movimiento le arrancó una mueca de dolor cuando su brazo herido se tensó. Pero no respondió con violencia.
Solo la miró.
—Ellos viven obsesionados con la pureza.
Nirelle respiraba agitada.
—Con la permanencia.
La daga seguía en alto.
—Con la eternidad.
Sebastián sostuvo su mirada.
Y su voz bajó.
—Pero tú… —Tragó saliva e hizo una pausa—. Tú desafiaste al tiempo. Desafiaste todo lo que ellos creen que define la perfección.
Nirelle frunció el ceño. La ciudad brillaba detrás de ella. Sebastian dio un último paso lento.
—Y eso te hace aún más valiosa.
Sus ojos se oscurecieron con algo cercano a la devoción.
La daga volvió a moverse.
Nirelle atacó de nuevo, obligándolo a retroceder hacia el centro del loft. El metal brillaba cada vez que pasaba cerca de la luz de las lámparas, describiendo arcos rápidos y peligrosos, como un grito silencioso.
Sebastian seguía esquivando.
Ya no con la misma facilidad. Su respiración comenzaba a volverse más pesada.
—¡Escúchame! —insistió.
—¡He escuchado suficiente!
La hoja pasó cerca de su hombro. Sebastian giró el cuerpo para evitarla.
—No existe nadie por encima de ti, Nirelle.
Ella soltó una risa amarga.
—¿De verdad crees que eso me va a detener?
—Es la verdad. Tu propósito es guiar. Dar luz a todos los que te han estado esperando durante años.
La daga volvió a subir. Nirelle avanzó otro paso. Otro ataque y Sebastian retrocedió, y gracias a eso, la hoja volvió a fallar por centímetros.
El silencio que siguió fue pesado.
Nirelle lo miró con frialdad.
—¿Y por qué? —preguntó en voz baja y peligrosa—. ¿Por qué haces todo esto?
Sebastian se quedó quieto. Por primera vez desde que había empezado la pelea, dejó de moverse. Su mirada cambió. Ya no parecía el arconte frente a una congregación.
Parecía solo un hombre.
—Porque yo también crecí en un orfanato —reveló. La daga no bajó—. Aquí en Montfleur. Los Iluminados fueron quienes me sacaron de las calles y me dieron una oportunidad cuando nadie más lo hizo. Encontré en la fe un motivo para ser mejor.
Nirelle frunció el ceño. Él avanzó un paso lento hacia un lado. No tenía intención de acercarse, solo mantenerse frente a ella.
—Pagaron mi educación. Apoyaron mi carrera. —Sus ojos se endurecieron ligeramente—. Creyeron en mí cuando yo no tenía nada. Y cuando llegó el momento… —Sebastián respiró hondo—. Me pidieron que me convirtiera en arconte.
Nirelle lo miraba con una mezcla de sospecha y algo más difícil de nombrar.
—Tú mejor que nadie sabes lo que significa eso —continuó Sebastian. Sus ojos se encontraron—. No hay nada que puedas hacer para ir en contra de quienes te dieron todo.
Las palabras se hundieron lentamente en la mente de Nirelle. Porque una parte de ella lo entendía demasiado bien. La forma en que el mundo se cierra alrededor de quienes te rescatan cuando no eres nadie. Una jaula disfrazada de salvación.
Su mano se tensó sobre la daga.
—Eso no significa que tengas que obedecerlos —gruñó al fin Nirelle.
Estaba molesta. Enojada. Porque si Sebastian era el escultor —y de verdad creía que lo era— podría haber elegido no matar. Siempre había una oportunidad de hacer lo correcto. Era él quien decidía ignorarlo.
Sebastian no respondió de inmediato. Su respiración era cada vez más pesada.
—No —finalmente habló—. Pero sí significa que sabes lo que se siente deberles la vida.
El silencio entre ambos se volvió más denso. Nirelle apretó los dientes. Algo en su pecho se agitaba. Comprensión y desconfianza luchando a muerte.
Eran demasiadas coincidencias.
—Sigues mintiendo.
Y atacó otra vez.
Sebastian intentó moverse. Pero esta vez su cuerpo reaccionó tarde. El cansancio finalmente lo alcanzó. Dio un paso atrás.
Otro.
Su respiración se quebró. Y entonces… se arrodilló, rendido. Nirelle no dudó y la daga descendió directo hacia su pecho. Pero Sebastian levantó la mano y atrapó la hoja. El metal se hundió en su palma con un sonido húmedo.
La sangre apareció de inmediato.
Roja.
Oscura.
Corriendo entre sus dedos.
Nirelle empujó instintivamente. Pero Sebastian no soltó la daga. La apretó aún más. La hoja se hundió más en su mano y la sangre empezó a gotear en el suelo. El olor metálico llenó el aire.
Entonces Nirelle se detuvo.
Su fuerza desapareció de golpe cuando la mirada cayó hacia la sangre. Después volvió a subir. Sus ojos se encontraron. Ella de pie. Dominante. Respirando agitada.
Él arrodillado frente a ella.
La daga entre ambos. La sangre cayendo lentamente desde su mano. Durante un momento que pareció demasiado largo, ninguno de los dos se movió. La sangre seguía cayendo lentamente desde la mano de Sebastian.
Nirelle aún sostenía la daga.
Su respiración era irregular, su pecho subía y bajaba con fuerza después de la pelea. El sudor le pegaba mechones de cabello a la frente, y el velo blanco, que aún llevaba, estaba torcido, apenas sostenido por las horquillas.
Se sentía furiosa.
Agitada.
Humana.
Sebastian la observaba desde abajo, todavía de rodillas, con la hoja atrapada entre su palma y la mano de ella. Y entonces volvió a hablar. Su voz era baja, casi reverente.
—Mira lo que eres…
Nirelle frunció el ceño.