30
LATIDO
Las puertas del templo se abrieron una vez más. Un hombre entró. Su paso era firme y seguro. Vestía una túnica negra que contrastaba violentamente con el mar rojo de las sacerdotisas. Sobre sus hombros llevaba una estola idéntica a la del Arconte Nasher.
Pero su rostro estaba cubierto con una máscara negra, lisa, sin adornos. La figura caminó por el pasillo central sin inclinarse ante nadie.
Sin mirar a nadie.
Solo avanzó hasta el pie de los escalones del estrado. Entonces se detuvo y cayó sobre una rodilla. El movimiento fue limpio, ceremonial. Extendió el brazo derecho hacia adelante, dejando al descubierto la piel del antebrazo.
Un custodio se acercó a Nirelle. En sus manos llevaba una barra negra de hierro que lucía pesada. El hierro estaba al rojo vivo, el calor se sentía incluso antes de tocarlo. Y en el extremo caliente tenía el símbolo de la estrella de ocho puntas de los Iluminados.
El custodio la miró.
—Inmaculada.
La palabra cayó como una sentencia.
—Marca al elegido.
Durante un segundo, Nirelle no se movió. El olor del metal caliente llenó su nariz. La detective dentro de ella gritó.
Esto es un ritual ilegal. Esto es una barbarie.
Pero otra voz habló más fuerte. Más antigua, profunda.
Es tu deber .
Su mano se movió sola. Tomó la barra. El peso era familiar. Su estómago se contrajo y dio un paso hacia el hombre arrodillado.
El desconocido no se movió.
No tembló.
No retiró el brazo.
Aceptaba.
El hierro rojo vibraba levemente en su mano. La detective dentro de su cabeza susurró con horror.
No lo hagas .
Pero la otra voz, la voz con la que había crecido, habló con calma.
La luz consagra.
La marca purifica.
La Inmaculada guía la llama.
Nirelle levantó el hierro. Por un momento dudó. Solo un momento. Entonces lo presionó contra la piel del hombre, el sonido fue inmediato. Un siseo húmedo. La carne reaccionando al metal. El olor a piel quemada subió brutalmente hasta su nariz.
Su estómago se revolvió. Quiso apartarse. Quiso soltar el hierro.
Pero no lo hizo.
Su mano permaneció firme, como si su cuerpo recordara algo que su mente intentaba negar. El hombre debajo de ella no gritó. No hizo ningún sonido.
Solo inhaló más fuerte.
Cuando retiró la barra, la marca quedó grabada. La estrella de ocho puntas.
Roja.
Inflamada.
Perfecta.
Nirelle retrocedió un paso. El hierro cayó nuevamente en manos del Custodio.
El metal siseó al tocar la bandeja de piedra.
Su corazón latía con violencia. La detective dentro de ella estaba horrorizada.
Acababa de marcar a un hombre como ganado.
Pero la otra parte —la parte que había sido criada para esto— sentía algo distinto. Algo oscuro parecido al orgullo.
La Inmaculada había cumplido.
Y por primera vez en mucho tiempo, ambas partes de su mente —la detective y la niña criada por la fe— se miraron directamente como enemigas.
Durante un instante nadie habló. El hombre seguía arrodillado. La marca roja de la estrella de ocho puntas comenzaba a inflamarse en su antebrazo. Entonces, una de las sacerdotisas dio un paso al frente con una pequeña copa de plata. El líquido dentro era espeso; dorado.
Aceite del templo.
El perfume llegó antes de que Nirelle lo tocara. Algo más antiguo, casi resinoso.
El custodio habló con voz solemne:
—La Inmaculada debe ungir al elegido.
La copa fue colocada en sus manos. El metal estaba frío. Nirelle bajó la mirada y por un segundo dudó. Luego sumergió dos dedos en el aceite. El contacto fue inmediato, su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Su respiración se volvió más lenta.
Uno de los custodios descendió los escalones y se colocó frente al hombre arrodillado. Se inclinó. Sus dedos encontraron los broches de la máscara negra y los fue soltando uno a uno; cada chasquido, diminuto en sí mismo, retumbó en el silencio del templo como un disparo contenido.
La máscara cayó. El rostro quedó expuesto. Y el mundo de Nirelle se detuvo.
Sebastian.
Sebastian estaba arrodillado frente a ella.
Esperando.
Quieto.
Como si aquello fuera exactamente lo que debía suceder.
Nirelle no se movió. Sus dedos aún cubiertos de aceite quedaron suspendidos en el aire. Su mente explotó en mil direcciones al mismo tiempo. Sebastian estaba ahí. Era el elegido a quien debía marcar.
La detective dentro de ella volvió a gritar.
Esto lo conecta con todo.
Con la orden.
Con el ritual.
Con Mila.
Su estómago se hundió.
Él sabía.
Siempre supo.
Pero el templo seguía respirando a su alrededor. La ceremonia no se había detenido. Desde el trono, la voz del viejo volvió a escucharse. El Arconte Nasher habló con paciencia solemne.
—Que la Inmaculada unja al elegido.
El eco de la orden llenó la sala. Nirelle se obligó a moverse. Su cuerpo no le pertenecía del todo. Una parte de ella quería salir corriendo, otra sabía exactamente qué hacer.
Se inclinó. Sus dedos tocaron la frente de Sebastian. La piel estaba tibia. El aceite se extendió lentamente sobre su piel. Y entonces, las palabras se deslizaron de su boca sin intención, en el idioma antiguo, como si despertaran desde un lugar que ella ya no recordaba.
—Lumen te ducat. Et lumen te accipiat.
Que la luz te guíe. Y que la luz te tome.
Nirelle se congeló en mitad del gesto, porque acababa de entender lo que había dicho.
Y no tenía idea de cómo lo sabía. El silencio duró apenas un segundo.
Pero para ella fue una eternidad. Sebastian levantó la mirada, sus ojos se encontraron con los de ella.
Oscuros. Tranquilos. Como si todo estuviera exactamente donde debía estar.
Cuando Nirelle empezó a retirar la mano, él se movió. Su mano sana se cerró con decisión alrededor de la suya. La llevó lentamente hacia su rostro y depositó un beso suave en sus nudillos.
El gesto fue reverente, devoto. Completamente religioso.
—Gracias, Inmaculada —murmuró.
Y Nirelle sintió cómo algo dentro de su cabeza comenzaba a quebrarse.
La sala volvió a llenarse de movimiento.
Para Nirelle todo empezó a sentirse distante, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Las voces seguían ahí. Los cantos. El eco de los pasos sobre la piedra.
Pero nada llegaba realmente a su mente. Veía a las sacerdotisas moverse como manchas rojas alrededor del salón.
Velos que se inclinaban. Cuerpos que se arrodillaban.
El olor del aceite aún permanecía en sus dedos.
En algún momento, el viejo Arconte Nasher volvió a ponerse de pie.
Nirelle lo vio alzar los brazos, vio sus labios moverse, vio a las sacerdotisas y a los fieles inclinar la cabeza en un gesto reverente.
Pero no escuchó ni una sola palabra. Su mente estaba demasiado ocupada intentando recomponer algo que, una y otra vez, se le deshacía a pedazos entre los dedos del pensamiento.
Sebastian.
Sebastian.
Sebastian .
El elegido que fue marcado y ungido. Las piezas intentaban encajar. Pero cada vez que su mente se acercaba a una conclusión, algo dentro de ella fallaba. Como un engranaje que se resbala.
Parpadeó.
Y de pronto el viejo ya no estaba en el trono. Sebastian sí. Sentado donde antes estaba el Arconte Nasher. La estola reposaba sobre sus hombros, las sacerdotisas inclinaban la cabeza ante él.
¿Cuándo pasó eso?
Nirelle intentó recordar. Pero el momento no existía.
Era como si alguien hubiera arrancado un fragmento del tiempo.
La ceremonia continuó moviéndose a su alrededor.
Y ella solo miraba. Hasta que un rostro rojo se acercó y le bloqueó la visión.
Era una sacerdotisa. La máscara ocultaba su expresión, pero su voz era suave.
—Inmaculada.
Nirelle parpadeó.
—Acompáñeme, por favor.
La mujer hizo un pequeño gesto con la mano y Nirelle empezó a moverse. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, otra voz habló.
—No —la palabra fue tranquila, segura.
La sacerdotisa se detuvo de inmediato. Sebastian estaba de pie ahora, había bajado los escalones del trono.
—Gracias —dijo con calma—. Yo me encargaré de nuestra invitada de honor.
Hubo una leve inclinación de cabeza y la sacerdotisa retrocedió sin cuestionarlo. Nirelle apenas tuvo tiempo de procesarlo cuando Sebastian tomó su mano. La suya todavía olía al aceite ceremonial. Su piel estaba tibia.
—Ven —dijo simplemente.
Y entonces él comenzó a caminar. Nirelle lo siguió sin pensarlo; no fue una decisión, sino un impulso que la arrastró tras su sombra.
Antes de avanzar del todo, volvió la mirada.
Una última vez. Y el silencio, vasto y afilado, la golpeó en el pecho.
La casa de oración ya estaba completamente vacía; se detuvo un segundo.
¿En qué momento se fueron todos? No lo recordaba.
Salieron por un pasillo lateral del templo.
Las antorchas dibujaban sombras largas sobre los muros de piedra.
Caminaron. Doblaron otro pasillo. Luego otro.
La arquitectura comenzó a cambiar. Los muros se curvaban y el espacio se volvía más angosto.
Hasta que llegaron a una escalera de piedra en espiral.
Nirelle levantó la mirada.
—Una torre… —murmuró casi para sí misma.
Sebastian no respondió. Comenzó a subir y ella detrás.
Los pasos resonaban huecos en el interior de la estructura.
Un giro. Otro. Y otro más. La cabeza de Nirelle todavía palpitaba por la jaqueca.
Las vueltas de la escalera empezaban a marearla.
Finalmente, llegaron arriba topándose con una puerta antigua de madera oscura.
Sebastian soltó su mano, por primera vez, desde que habían salido del templo. Intentó mover el brazo marcado, pero apenas pudo alzarlo. La piel alrededor de la estrella ennegrecida estaba inflamada.
Soltó un pequeño resoplido.
—Maldición…
Entonces usó la otra mano. Giró la manija y la puerta se abrió con un crujido lento. Sebastian dio un paso a un lado. Haciéndole espacio.
—Adelante.
Y la dejó entrar primero.
Nirelle cruzó el umbral con cautela. Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la luz cálida del interior. Cuando lo hicieron, comenzó a observarlo todo con atención.