El escultor (La sinfonía del caos 1) 29 #3
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Las puertas se abrieron antes de que ella tocara y dos sacerdotisas la esperaban.

Vestían túnicas rojas cerradas hasta el cuello, la tela pesada cayendo como sangre espesa hasta el suelo. Velos del mismo tono cubrían sus cabezas y las máscaras —lisas, sin rasgos marcados— les borraban el rostro por completo. Rojo absoluto.

Cuando Nirelle cruzó el umbral, ambas inclinaron la cabeza en una reverencia respetuosa.

—Bienvenida, Inmaculada —dijo una de ellas.

La palabra le recorrió la espalda como un dedo helado. No la llamaron por su nombre, sino por lo que era. La condujeron por un pasillo lateral, lejos del salón principal, donde ya se escuchaba el murmullo grave de los Iluminados. El aire olía a incienso denso, casi asfixiante.

La llevaron a una pequeña sala contigua, circular y sin ventanas. En el centro, había una mesa de piedra y sobre ella la tela blanca.

—Para el cambio, la pureza debe estar presente.

Le retiraron el abrigo con cuidado, como si tocaran algo frágil. Ninguna la miraba directamente. Era una mezcla extraña de servicio y veneración. Deslizaron la túnica blanca por su cuerpo. La tela era ligera y fluía como agua. Luego le pusieron el velo, y al final, la máscara.

Blanca también, sin expresión ni identidad.

Perfecta.

Cuando terminaron, las sacerdotisas rojas retrocedieron un paso. El contraste era brutal. Rojo penitente contra blanco absoluto.

—Es hora.

La guiaron hacia el salón principal y el murmullo cesó cuando entró.

Treinta figuras vestidas de rojo formaban un semicírculo.

Al fondo, elevado sobre dos escalones de mármol oscuro, se encontraba el sitial del Arconte.

Una silla tallada en madera negra, con el símbolo de la Orden de la Luz grabado en el respaldo.

A su derecha se encontraba una segunda silla más pequeña, pero tallada con el mismo detalle.

Una silla de honor.

Nirelle sintió el latido en la garganta. Las sacerdotisas la condujeron hasta allí. Cada paso era audible y cada respiración pesaba.

Cuando llegó al estrado, una de ellas anunció:

—La Inmaculada toma su lugar.

Era una proclamación. Nirelle subió los escalones y se sentó. La madera estaba fría bajo sus manos. Como aquella otra silla.

Los pies colgando sin tocar el suelo. Las manos limpias sobre el regazo. Siempre limpias.

—Mírala —susurraba la voz.

El cinturón silbando.

El primer grito.

Ese que se quedaba en el pecho.

—Observa, pequeña luz.

El presente regresó como una inhalación profunda. Ahora no era una niña, no estaba obligada a mirar. Estaba sentada en ese lugar porque así lo quería. Lo merecía. Porque había sido preparada para ello.

Era distinta.

El salón permanecía en silencio reverente. Podía sentir las miradas expectantes detrás de las máscaras rojas. Y eso la llenaba. Una parte de ella estaba nerviosa. Lo suficiente como para que sus dedos se tensaran bajo la tela blanca.

Pero la otra parte, la más oscura de ella, estaba extasiada.

Así debió ser siempre .

No como una espectadora forzada. No una niña obligada a bendecir el dolor ajeno.

El murmullo bajo comenzó a elevarse en un canto grave, casi imperceptible, como si el edificio respirara.

Nirelle enderezó la espalda, alzó ligeramente el mentón.

La máscara blanca ocultaba su expresión.

Pero debajo sonreía. Porque por primera vez en su vida, nadie le estaba diciendo que mirara. Todos estaban mirándola a ella.

Las voces graves del cántico se apagaron poco a poco, anunciando la presencia. Las puertas del salón se abrieron con un sonido pesado de madera y hierro, y todas las figuras rojas se pusieron de pie al mismo tiempo.

La procesión entró.

Primero caminaron dos portadores de incienso. El humo blanco se arrastraba por el suelo como una niebla baja, envolviendo el mármol oscuro del templo.

Después apareció él.

El Arconte Nasher.

No llevaba máscara, nunca la había llevado.

Su túnica era roja, más profunda que la de las sacerdotisas y los fieles, bordada con hilos dorados que formaban símbolos de los iluminados a lo largo de las mangas y el pecho.

El tejido era pesado, ceremonial. Y sobre su cuello descansaban dos relicarios.

Uno: el símbolo circular de la Orden de la Luz. El otro: el sello antiguo del Consejo de Iluminados. Ambos colgaban sobre su pecho como medallas de poder.

Detrás de él caminaban los custodios. Los dirigentes de cada casa de oración de Morvielle, equivalentes a guías dentro de la estructura de la fe.

Cada uno portaba una estola roja y negra, símbolo de su jurisdicción espiritual.

Eran los guardianes de la doctrina. Los vigilantes del rebaño y la columna vertebral de la fe.

Caminaban en silencio absoluto. La procesión avanzó lentamente por el pasillo central mientras todos inclinaban la cabeza.

Nirelle no. Ella estaba en la silla de honor. No le correspondía inclinarse. Cuando Nasher levantó la mirada, sus ojos se posaron directamente en ella.

Y el pasado regresó.

Manos pequeñas. Cubiertas de pintura roja.

Rojo.

Rojo brillante.

—Divinamente Inmaculada.

La voz de Nasher era cálida entonces.

Orgullosa.

—Mírala —había dicho a los otros—. Incluso manchada, permanece pura.

El recuerdo se desvaneció. Nirelle volvió al presente.

Y el impacto fue casi físico. El hombre que avanzaba por el pasillo no era el mismo.

El Arconte Nasher parecía reducido, delgado, con los hombros ligeramente encorvados.

El rostro surcado por arrugas que antes no estaban ahí.

La piel de sus manos —visible bajo las mangas— tenía manchas oscuras de edad.

Incluso su caminar era distinto. Más lento, cuidadoso. Como si cada paso requiriera una decisión consciente. Nada que ver con el hombre de sus recuerdos. No era el hombre con la figura imponente que dominaba cualquier habitación con solo entrar.

Nirelle sintió algo extraño en el pecho. Decepción, tal vez. Porque el hombre que alguna vez había parecido casi divino ahora parecía humano.

Nasher llegó al estrado. Se detuvo frente a ella por un momento. Sus ojos la observaron con atención, recorriendo la túnica blanca, el velo, la máscara. Y el reconocimiento en su mirada brilló.

Luego subió los escalones y se sentó en el sitial del Arconte. El símbolo de la Fe Luminar quedó alineado justo detrás de su cabeza.

Los custodios tomaron sus posiciones formando un círculo interior, mientras las sacerdotisas rojas mantenían el exterior, y tras de ellas, los fieles creyentes.

El templo quedó sellado en capas de autoridad.

El arconte Nasher apoyó ambas manos en los brazos de la silla.

Respiró hondo. Y su voz, cuando habló, seguía siendo poderosa.

—Hermanos y hermanas de la luz.

El eco recorrió la sala.

—Ha llegado la hora.

Nirelle, sentada a su lado, sintió cómo su corazón latía cada vez más rápido.

El Arconte Nasher cerró los ojos lentamente y alzó las manos hacia el símbolo de la luz detrás de él.

Cuando habló, no lo hizo en el idioma común de Canare.

Las palabras surgieron en una lengua antigua, áspera y musical al mismo tiempo.

— Lumen aeternum vel tharein solum. Arkh velum nasherae in luce tradam animam meam. Quia datum est mihi tempus, et ego reddo tempus a la llama.

El sonido de aquella lengua recorrió la sala como una corriente eléctrica. No todos la entendían, pero sabían lo que significaba. El agradecimiento por el tiempo concedido como Arconte y la ofrenda final del alma a la luz eterna.

Las últimas palabras salieron más suaves.

— Lux recipiat.

Que la luz reciba.

Nasher abrió los ojos. Luego miró al círculo de custodios, a las sacerdotisas rojas, a los fieles creyentes y finalmente a la figura blanca a su lado.

Nirelle.

Su voz volvió al idioma común.

—Mi tiempo ha concluido.

Nadie se movió.

—La luz no pertenece a un solo hombre. Solo nos atraviesa.

Sus dedos tocaron los relicarios sobre su pecho.

—Que el elegido entre.