El escultor (La sinfonía del caos 1) 29 #2
53%

29 #2

—Tú eres distinta. —Los dedos de la mujer descendieron por su cabello blanco. Lo acomodaron con devoción. Como si tocara algo sagrado. —La Luz del Señor vive en ti.

Otro golpe.

—No debes ensuciarte con la mediocridad de este mundo.

El niño cayó al suelo. Temblando. Sangrando.

—Ellos nacieron impuros.

Silencio.

—Tú naciste perfecta. Inmaculada. —La mujer levantó su barbilla obligándola a mirar—. Mira bien.

Nirelle obedeció. Pero algo dentro de su pecho dolía. No entendía por qué.

—Nunca serás como ellos.

La mujer besó su frente. El gesto fue suave. Cariñoso. Peor que el cinturón.

—Porque tú no eres pecado. Eres una promesa del Señor de la Luz.

Nirelle no se movió. Pero esa noche, se lavó las manos siete veces. Aunque no estaban sucias.

—Ya no quiero hablar sobre esto —escupió Nirelle, abrazando su cuerpo.

—Por supuesto. Hablemos de nuevo sobre tu vínculo con Camila. ¿Te parece bien?

—Yo…

No tuvo tiempo de continuar, su mente reprodujo los recuerdos como un flash interminable de imágenes, sonidos y sensaciones que le impedían liberarse.

Mila no era buena respetando las reglas. Nunca. Ni siquiera cuando debía hacerlo.

—Deberías dejar de retar a las sacerdotisas, no puedo protegerte cuando no estoy contigo —susurró Nirelle.

Mila se encogió de hombros.

—No me gusta que me llamen impura.

Nirelle no entendió.

—Pero lo eres.

—No. Mi mami jamás habría dejado que me llamaran eso.

Nirelle apretó los dientes. Detestaba escuchar a Mila hablar de su madre. Era un recordatorio constante de lo que a ella se le había negado.

—Pero tu mami no está aquí. Debes obedecer si no quieres recibir más castigos, Mila.

—Mi mami no está, pero estás tú. Tú me cuidas —dijo la niña con su vocecita dulce y la más bella sonrisa.

Nirelle asintió. Ella era suficiente. Y quería serlo todo.

Ese día, el castigo llegó por hablar de los maltratos con los visitantes. Siempre llegaban por hablar. El cinturón golpeó la espalda de Mila. Una vez. Dos. Tres. Nirelle no respiraba.

—Mírala —ordenó la Sacerdotisa Madre.

Pero Nirelle no miró. Corrió. Sus manos pequeñas rodearon el cuerpo de la niña.

—¡Detente!

El silencio fue inmediato. Peligroso. La Sacerdotisa bajó la vista hacia ella.

—Inmaculada, debe apartarse.

—Apártate. Es suficiente —ordenó Nirelle. Su voz no era fuerte. Era peor. Era tranquila y autoritaria—. Obedéceme. Soy la Inmaculada Luz del Señor. Haz lo que te ordeno.

—Luz del Señor —habló la sacerdotisa madre—. Los pecadores deben sufrir. Solo así su alma es aceptada por la luz.

—Por hoy es suficiente. Ella es mi amiga —afirmó Nirelle.

Error.

Error.

Error.

La mujer la apartó con decepción.

—La Luz del Señor no tiene amigos.

Se inclinó frente a ella. Sus dedos mancharon la mejilla de Nirelle. Rojo. Nirelle bajó la mirada. Sus manos estaban rojas. Sangre de Mila. O pintura. No lo sabía. No lo recordaba.

—Te estás ensuciando.

La voz fue un susurro. Una advertencia. Una amenaza.

—Este es el último castigo de esta impura. Si Luz del Señor quiere conservarla, déjensela.

Nirelle lo sintió como una victoria. Había impuesto su voluntad. Pero, lo que de verdad llenó su alma, fue ver a Mila que, incluso llorando, rota, siguió buscándola con los ojos. Mirándola con completa devoción .

—Tal vez… —empezó la psicóloga, intentando arrebatarla del oscuro pozo de los recuerdos—. Quieras contarme cómo fue que escaparon. Lo mencionaste en una de las sesiones pasadas.

Nirelle no contestó, sabía que debía mentir, engatusarla, pero no pudo. Ya estaba siendo bombardeada por la verdad.

—Una familia ha preguntado por la niña Switz.

Mila.

Nirelle se detuvo. No debía estar escuchando. Pero no podía moverse.

—Son devotos de la Casa de Oración, y tienen dinero.

La voz era masculina.

—Podrían hacer una buena donación. Suficiente para pagar la cuota y costear la ceremonia de elevación.

Silencio.

La Sacerdotisa Madre respondió:

—Acepta la oferta. Que preparen a la niña para ser adoptada.

—El único problema sería Luz del Señor.

—¿Qué tiene que ver la Inmaculada? —preguntó la sacerdotisa madre.

—Ella no dejará que adopten a la niña Switz, sabe que son unidas.

—No se la quitaremos.

Nirelle sintió alivio. Pero solo duró un segundo.

—La Inmaculada alcanzará la edad de perfección en un mes. Cuando cumpla dieciocho será elevada como es debido para que alcance la luz eterna. Después de eso dejaremos ir a la niña Switz.

El corazón de Nirelle latió más rápido. La Sacerdotisa madre sonreía. Podía oírlo en su voz.

Elevada.

La palabra vibró dentro de su pecho. Como una promesa. Como una sentencia.

—El Señor la reclamará. Nos hemos esforzado mucho en mantenerla limpia. Su forma será perfecta, una obra digna de adoración. Ha sido preparada desde su nacimiento.

Un escalofrío recorrió la espalda de Nirelle. La palabra se clavó dentro de ella.

Obra. Como una escultura.

Como algo que no estaba vivo. Como algo que no era humano. Nirelle retrocedió. Respiró. Y solo pensó en una cosa.

Mila.

No podían llevársela.

Mila era suya.

Mila la miraba.

Mila no tenía miedo.

Mila la elegía.

Era suya.

Solo suya.

El dolor llegó antes que la conciencia. Era una presión constante detrás de los ojos, como si alguien estuviera empujando desde dentro.

Nirelle intentó abrirlos.

Error.

La luz, incluso filtrada por las cortinas gruesas de su habitación, le atravesó el cráneo como una aguja caliente. Cerró los párpados de inmediato y apretó los dientes.

Respira.

El olor fue lo siguiente que reconoció.

Manzanilla, analgésico y algo más… menta. Rita debía estar cerca.

—No te muevas todavía.

La voz de Rita era baja, firme. Nirelle intentó girar la cabeza hacia el sonido y la jaqueca respondió con un latigazo.

—Estoy bien —murmuró, aunque su garganta estaba seca.

—Te desmayaste en el consultorio de la doctora Grenvrier.

Silencio. Las palabras tardaron en acomodarse. El consultorio, los recuerdos. El suelo acercándose demasiado rápido.

—No fue un desmayo —corrigió Nirelle con un hilo de orgullo mal colocado—. Fue una baja de presión, o de azúcar.

Rita soltó un suspiro lleno de cansancio.

—Claro.

El colchón se hundió ligeramente cuando Rita se sentó al borde de la cama. Nirelle no necesitaba abrir los ojos para saber que la estaba observando. Evaluando. Midiendo su respiración como si fuera una manera efectiva de desentrañar su mente.

Una tela fría rozó su frente. Nirelle se tensó por reflejo.

—Relájate —ordenó Rita con suavidad inesperada—. Solo es agua.

La frialdad alivió apenas la presión pulsante.

—No tenías que traerme a casa —dijo Nirelle.

—No te pregunté.

Eso arrancó una mínima exhalación que casi fue una risa. Casi. Intentó incorporarse.

Otro error.

El mundo se inclinó peligrosamente. Una mano firme en su hombro la devolvió al colchón.

—Siéntate cuando el cuarto deje de girar —indicó Rita—. La doctora dijo que era una reacción vasovagal. Estrés acumulado.

Estrés.

Nirelle quiso decir que no se estresaba. Pero el dolor punzante detrás de los ojos le recordó la humillación de su cuerpo traicionándola.

—No debí perder el conocimiento —susurró.

Reproche puro.

Rita la miró unos segundos antes de hablar.

—Eres humana.

La palabra quedó suspendida.

Humana.

Nirelle abrió los ojos con esfuerzo esta vez. La habitación estaba en penumbra. Las cortinas cerradas. Su chaqueta cuidadosamente doblada sobre la silla. Sus botas alineadas. Todo en orden.

Menos ella.

Rita le alcanzó un vaso con agua.

—Desmayarte no te hace débil —añadió—. Ignorar que algo te está pasando, sí podría hacerlo.

Nirelle sostuvo el vaso, pero sus dedos temblaron apenas.

—No me está pasando nada.

Rita no discutió. Nunca discutía cuando Nirelle mentía.

—Entonces quédate quieta —dijo—. Y deja que te cuide cinco minutos.

El silencio se instaló entre ambas, pero no era incómodo. El dolor seguía latiendo, aunque más amortiguado bajo la compresa fría.

Rita se levantó cuando el timbre del edificio sonó en la distancia.

—Debe ser la comida —murmuró—. No te muevas.

Nirelle no respondió.

Escuchó la puerta del departamento abrirse. Luego cerrarse.

Silencio.

Y entonces, el teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Una vez.

Dos.

Tres.

Nirelle frunció el ceño. Pocas personas tenían ese número. Buscó su celular y no reconoció los dígitos que mostraba la pantalla. Se incorporó despacio, ignorando el mareo. Tomó el teléfono. Respondió.

—¿Hola?

Del otro lado, la voz era suave. Demasiado suave.

—Señorita Northon.

—Así es. ¿Quién habla?

—Soy la sacerdotisa Trinidad —respondió con su voz dulce—. Me han encomendado la tarea de invitarla a la ceremonia de cambio de Arconte. Solo si usted acepta, por supuesto.

Una pausa, Nirelle pudo percibir cómo la mujer contenía la respiración.

—Han aceptado su solicitud —añadió.

El aire en la habitación cambió. El dolor de cabeza regresó, pero ya no importaba.

—¿Cuándo? —preguntó Nirelle, y su voz ya no era la de alguien convaleciente.

Era firme.

—Esta noche, a las doce.

—Será un honor para mí acompañarlos.

Colgó la llamada.

En Canare, los arcontes no eran figuras simbólicas.

Eran lo equivalente a un gobernador en la religión, designados por cada estado del país como representante máximo de la fe.

Eran seleccionados por el Consejo de la Orden de la Luz tras un proceso reservado, que solo ellos comprendían o decían comprender.

Pero aquellos arcontes que pertenecían a la secta de los iluminados, debían pasar por un ritual de aceptación luego de ser nombrado por la orden y antes de mostrarse al público.

Era un ritual secreto, igual que todos los que realizaban los iluminados, y solo sus fieles seguidores podrían presenciarlo y por supuesto, conocerlo.

El Arconte Nasher había representado durante años al estado de Morvielle.

Demasiados años.

Y esa noche dejaría su puesto.

Faltaban diez minutos para las doce de la noche cuando Nirelle llegó al pie de la casa de oración. Habría llegado antes, pero Rita se negó a marcharse, así que Nirelle tuvo que esperar hasta que su amiga se quedó dormida en la sala, para poder escapar por la ventana de su habitación.