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QUIETUD
—¿Quieres contarme cómo fue el evento? —preguntó la doctora Caelli, con la voz serena y la atención sostenida en Nirelle.
Ya era viernes, y al igual que cada semana, estaba sentada en el consultorio de la psicóloga, fingiendo que aceptaba la ayuda, que podía pensar en algo más que no fuera Sebastian. La mujer de cabellos blancos se estremeció al recordar el «casi» así que se concentró en otra cosa.
—Estuvo bien, Katherina ganó.
—¿Katherina?
—Trina.
La doctora asintió con un leve movimiento de cabeza.
—La chica que mencionaste antes.
Nirelle también asintió. Y en ese momento la psicóloga percibió cómo sus facciones se suavizaron y la rigidez habitual de su mandíbula cedió a penas. En cómo sus hombros parecieron descender un par de milímetros, como si el solo hecho de evocarla le permitiera descansar.
—Estaba feliz —dijo—. No dejaba de sonreír.
La doctora Caelli observó con atención la calidez que mostraba Nirelle ante el recuerdo, pero no pasó desapercibido para su ojo entrenado, que algo oscuro y profundo se asomaba en su mirada.
Lo registró mentalmente.
—¿Y eso cómo te hizo sentir?
Nirelle tardó en responder.
—Bien. —dijo finalmente. La palabra salió en voz baja, frágil—. Me alegro por ella.
Era una respuesta honesta, pero incompleta.
Nirelle recorrió la habitación con la mirada, tratando de encontrar algo en qué entretenerse.
La mujer frente a ella fue su única opción.
La observó, sentada recta en aquella silla típica de consultorios, con su pulcro traje de color rosa pastel y la libreta entre sus manos.
La psicóloga inclinó ligeramente la cabeza, sospechando que había un trasfondo que Nirelle no quería compartir. Aun así, no insistió. Hacía poco que la detective Northon se empezaba a abrir con ella, no quería arruinarlo ahora que ya se tomaba en serio su trabajo.
—La vez pasada dijiste que te recordaba a Mila —continuó Caelli con suavidad—. ¿Lo sigues sintiendo así?
El nombre golpeó con fuerza el pecho de Nirelle.
—Sí.
La mujer dejó que el silencio respirara antes de preguntar.
—¿En qué sentido?
Nirelle tragó saliva.
—En cómo me mira. —Sus dedos se tensaron sobre su propio regazo—. Como si yo pudiera protegerla de todo —su voz se quebró apenas, como una grieta fina en el hielo.
La doctora Caelli no apartó la mirada.
—¿Y eso cómo te hace sentir?
La respuesta fue inmediata.
—Necesaria.
Caelli asintió muy despacio, validando la honestidad implícita en esa admisión.
—Tiene sentido. Sentirse necesaria puede ser profundamente significativo, especialmente cuando has experimentado una pérdida tan importante —se detuvo unos segundos y luego continuó—. Nirelle, Mila ya no está.
El aire se volvió más denso.
—Lo sé.
No hubo desafío en su respuesta.
—Los vínculos que se forman en la infancia moldean la forma en que entendemos el amor, la pérdida y la seguridad —aclaró la doctora, con tono firme y empático—.
El vínculo que tuviste con ella no desaparece y los vínculos no terminan, se transforman.
El problema no es que la sigas amando, el problema sería que ese amor te impida vivir en el presente.
Nirelle no respondió y la psicóloga no la presionó. Descruzó las piernas con calma, manteniendo una postura abierta.
—A veces, cuando conocemos a alguien que nos recuerda a una persona que perdimos, no solo vemos a esa persona —explicó—, también entramos en contacto con una parte de nosotros mismos que creíamos perdida.
Una versión nuestra que existía en ese vínculo.
Esa sería la razón por la cual sigues buscando llenar ese vacío.
El segundero avanzó.
Tac.
Tac.
Tac.
Nirelle negó demasiado rápido.
—No.
Mentía.
—No estoy diciendo que tu cercanía con Katherina sea algo negativo, lo que me interesa explorar es que representa para ti —aclaró—. Entiendo que puede ser reconfortante. Pero también puede ser peligroso, si sin darnos cuenta, empezamos a asignarle a esa nueva persona un lugar que no le corresponde.
—No lo estoy haciendo —espetó Nirelle.
—¿Sabes? A veces, para poder avanzar, tenemos que permitirnos retroceder un poco.
No para quedarnos ahí —añadió Caelli—, sino para entender qué parte de nosotros sigue viviendo en ese lugar.
Por eso quiero proponerte algo… me pregunto si quieres contarme sobre tu infancia, sobre Mila.
Por supuesto, solo si tú te sientes preparada para hablarlo.
Nirelle sostuvo la mirada de la doctora Caelli, inmóvil. Sabía lo que venía ahora. El pasado. El punto exacto donde todo se había torcido. Sintió el impulso inmediato de cerrarse. De encogerse detrás de la máscara que había perfeccionado durante años: el disfraz de la mujer funcional.
No puedo hacer eso , pensó.
Necesitaba que la doctora confiara en ella.
Que pensara que estaba sanando y la catalogara como una mujer estable para poder volver al trabajo.
Ya no quería tener citas constantes en su consultorio, o que Rita pensara que, si aún necesitaba ayuda psicológica, era porque no podía mantenerse estable ella sola.
Así que hizo lo que había descubierto: le dio exactamente lo que necesitaba.
Dejó caer ligeramente los hombros. Desvió la mirada hacia un punto neutro de la pared, como si buscar las palabras le costara.
Construyó la imagen. La vulnerabilidad correcta en la dosis exacta.
—Camila llegó al orfanato cuando tenía cinco años —dijo con voz serena—. Su madre murió de cáncer y no sé si ningún familiar quiso hacerse cargo de ella o simplemente no había nadie que la cuidara.
—¿Qué edad tenías tú? —preguntó la doctora Caelli.
Su voz suave no hizo más que enojar a Nirelle, pero se recompuso y respondió.
—Nueve. —Observó cómo la mujer asentía y guardaba silencio, así que continuó—.
Lloraba demasiado, todo el tiempo. No quería comer ni bañarse.
No quería estar ahí, pero, al igual que el resto de nosotros, no tenía otro lugar adónde ir.
—Hizo una pausa, permitiendo que la lástima que se asomaba en los ojos de la psicóloga hiciera efecto y se la tragara por completo—. Camila no me agradó.
La confesión salió más fácil de lo esperado, y la emoción no fue del todo fingida.
—¿Qué fue lo que no te agrado? —quiso saber la doctora Caelli.
Nirelle apretó sus manos en puños cuando la oleada de recuerdos la invadió. Recordó el sonido, el llanto constante, agudo e insoportable.
—Ella no pertenecía ahí. No era como nosotros, no había crecido en ese lugar, y, por lo tanto, no respetaba las reglas más simples.
No me mostraba ningún respeto , pensó Nirelle, sintiendo la molestia acunarse en su pecho.
—Un día de culto, en donde el Arconte Nasher nos visitaría, no dejaba sus impertinencias. Así que la llevé lejos de otros niños y la obligué a pintar. A que expresara sus sentimientos en el papel y no con llanto. Fue contraproducente.
—¿Por qué?
—A partir de ese momento no me pude deshacer de ella. Me buscaba todo el tiempo y me seguía a todas partes.
Recordó los pequeños pasos siguiéndola por los pasillos. Las manos diminutas sujetando su ropa, ensuciándola. Los ojos enormes mirándola como si fuera algo bueno. Como si no fuera un monstruo.
—Pintar se volvió un hábito. Solía decirle que, si mantenía las manos ocupadas, entonces me dejaría en paz.
Y funcionó, ella empezó a sonreír más, su presencia dejó de ser incómoda.
Y el cuidarla me hacía sentir necesaria; en sus ojos no había nadie más poderosa que yo.
Me adoraba y eso me hacía sentir bien. No recuerdo en qué momento empecé a protegerla.
Dudó.
¿Por qué estás diciendo eso?
¿Por qué sigues hablando?
La verdad cayó entre ambas. Simple e irreversible. El vínculo no había nacido del cariño. Nació de la necesidad, de la supervivencia, y aunque Nirelle quisiera fingir que no; del control. Y al igual que una plaga había crecido, mutado hasta convertirse en lo único que Nirelle amó sin condiciones.
Y eso es lo que la volvió tan peligrosa.
La doctora Caelli dejó que el silencio reposara unos segundos después de la última confesión. No lo rompió de inmediato. Sabía que el cerebro cuando por fin abre una puerta sellada, necesita tiempo antes de decidir si volverá a cerrarla.
Esperó el tiempo suficiente para aprovechar esa entrada, sin invadirla tan violentamente.
—¿Cómo era la vida en el orfanato? —preguntó al fin, con la misma voz suave, profesional, pero profundamente atenta.
Nirelle sintió cómo algo en su interior se tensaba. Esta vez no hubo preparación. Ni siquiera le dio tiempo de pensar antes de que sus recuerdos la inundaran. La sensación del frío y la oscuridad. El eco del cinturón impactando en la piel.
—Era un infierno —susurró, con la mirada perdida—.
Nos levantaban antes del amanecer. El desayuno era pan duro y leche aguada, si había suerte.
Por supuesto que nos educaban, pero también trabajábamos.
Solían enviar a otros a hacer trabajos fuera del orfanato después del horario de clases.
No se nos permitía jugar, y castigaban a los niños por todo.
Pero quienes llevaban la peor parte eran los que tenían entre catorce y dieciséis años.
La doctora habló con cuidado, curiosa por las palabras de Nirelle.
—¿Y a ti también te castigaban así?
Nirelle tardó apenas un segundo.
—No.
El primer grito siempre era el peor. Después venían los demás. La niña no debía moverse. Estaba sentada en la silla alta, los pies colgando sin tocar el suelo, las manos limpias sobre el regazo.
Siempre limpias.
—Mírala —susurró la Sacerdotisa Madre.
El cinturón silbó en el aire. El golpe sonó como un animal rompiéndose. El chico gritó. Nirelle no cerró los ojos. No podía.
—Observa, pequeña luz. —La mano huesuda de la mujer se posó sobre su cabeza—. Esto ocurre cuando el alma es débil, cuando está sucia con el pecado.
Otro golpe.
El niño lloró.
Suplicó.
Prometió.
Nirelle no entendía qué había hecho mal. Solo sabía que él era impuro. Y ella no.