28 #2
—Mañana —repitió ella, obligándolo a sostenerle la mirada—. Aprovecharé el tiempo para investigar.
Sus palabras tenían coherencia en su mente, pero incluso mientras las decía, algo dentro de ella supo que no eran verdad.
Y Marcus también lo supo, lo vio en sus ojos.
En la forma en que la detective evitaba mirar a Sebastian directamente.
Sintió algo desagradable crecer en su pecho, algo oscuro.
Era darse cuenta de que, sin importar cuanto trabajara, cuanto aprendiera, cuanto arriesgara, ella seguía viéndolo como siempre: como el chico que necesitaba protección, como el niño bajo su ala.
No como un hombre.
No como alguien que pudiera estar a su altura.
Apretó la mandíbula.
—Está bien —dijo al final. La palabra le supo amarga.
Nirelle pareció aliviada. Y a Marcus ese alivio le dolió más de lo que esperaba.
Sebastian dibujó una sonrisa pequeña, casi invisible. Marcus la vio y en ese instante tomó una decisión.
—Los veré mañana —añadió Marcus.
Pero esta vez su voz fue distinta. Más fría; lejana.
Nirelle asintió.
—Sí. Mañana.
Marcus sostuvo su mirada un segundo más. Como si esperara que cambiara de opinión. No lo hizo.
Entonces se dio la vuelta. Y se alejó sin mirar atrás.
Cada paso lo llevó más lejos de ellos. Más lejos de ella.
Pero no hacia su casa, sino a la fiscalía, porque si quería que Nirelle lo viera, tenía que volverse indispensable.
Tenía que encontrar algo real que le diera el poder de arrancar a Sebastian Mourier de su vida. De destruirlo si era necesario.
Abrió la puerta del edificio con más fuerza de la necesaria, el cansancio pesaba sobre sus hombros. Pero no se detuvo. No mientras ese hombre siguiera sonriéndole de esa forma. No mientras la detective siguiera cayendo. Iba a encontrar la verdad, aunque tuviera que romperse en el proceso.
El interior del auto de Sebastian olía a tinta, cuero, madera… y a él.
Nirelle lo notó en cuanto entró y, sin darse cuenta, respiró más profundo, dejándose envolver por aquel aroma que parecía ocuparlo todo. Era un olor limpio, con algo más oscuro debajo, algo persistente que se adhería a la piel.
Cerró los ojos un instante, saboreándolo.
Mientras Sebastian y Trina conversaban durante el trayecto, sus voces se convirtieron en un murmullo lejano.
Nirelle apenas les prestó atención. Estaba concentrada en el aire, en cómo ese perfume la rodeaba, en cómo lograba calmar algo inquieto dentro de ella.
Cuando el auto se detuvo frente a la casa de Katherina, Nirelle se despidió con un gesto distraído desde el asiento, negándose a salir.
No quería abandonar ese espacio. No quería perder aquel olor.
La puerta se cerró. Trina se fue.
Y cuando el motor volvió a encenderse con un murmullo suave, Nirelle permaneció en silencio, observando la ciudad dormida a su alrededor: luces que se apagaban, ventanas que brillaban, vidas que se detenían en ese preciso momento, completamente ajenas.
Indiferentes.
Dentro del auto, en cambio, el mundo parecía reducido a algo más pequeño, más íntimo. Peligroso.
—¿Ahora a dónde? —preguntó Sebastian, con un matiz juguetón en la voz.
Nirelle dudó.
El recuerdo de que él sabía dónde vivía, sin que ella se lo hubiera dicho, regresó incómodo.
—A casa —respondió al final.
Sebastian asintió, y el auto volvió a ponerse en marcha. Las luces de la ciudad se deslizaron sobre su rostro, partiéndolo en fragmentos: sombra, luz, sombra.
—¿Por qué estabas asustada? —preguntó él después.
No había juicio en su tono. Solo curiosidad. Nirelle giró apenas hacia él, observando la serenidad de su perfil.
—Trina es mi responsabilidad.
Sebastian guardó silencio un instante.
—Perder a alguien deja un vacío difícil de llenar —dijo finalmente—. Sobre todo, cuando sientes que fue tu culpa.
El aire abandonó los pulmones de Nirelle.
Lo miró.
—No fue mi culpa.
Sebastian sonrió apenas. Una sonrisa leve, triste.
Comprensiva.
—Eso es lo que todos nos decimos.
El silencio que siguió no fue cómodo.
El auto continuó avanzando, deslizándose entre las luces nocturnas como una sombra más. Nirelle entrelazó los dedos sobre su regazo, apretándolos hasta sentir el pulso en las yemas.
No debía estar ahí.
Pero tampoco quería irse.
Sebastian conducía con una calma irritante. Una mano en el volante, la otra descansando cerca de la palanca de cambios. Cada movimiento era preciso, elegante.
Y entonces lo sintió. No lo vio girar, ni lo vio moverse. Pero lo sintió.
Sebastian la estaba observando.
—Esta noche estás diferente —murmuró él.
El estómago de Nirelle se tensó.
—¿A qué te refieres?
Las luces de un semáforo en rojo bañaron el interior del auto.
Sebastian se detuvo y la miró directamente. Sin prisa. Como si tuviera todo el derecho. Nirelle sintió el impulso de apartar la mirada. No lo hizo, no podía. Algo en él la mantenía fija. Atrapada.
—Ese vestido —dijo en voz baja. Sus ojos descendieron lentamente, recorrieron su cuello, sus hombros, su pecho. Como un roce invisible—. Fue una elección peligrosa.
Su piel ardió.
—Es solo un vestido.
Sebastian negó suavemente. Su mano se movió entonces. Lenta. Deliberada. Nirelle contuvo el aliento cuando sus dedos se acercaron a su hombro. Debía apartarse, debía detenerlo, recordarle que no le había permitido tocarla.
Pero no se movió.
No dijo nada.
Los dedos de Sebastian rozaron una pequeña hebra de su cabello blanco que había caído sobre su clavícula. La sostuvo entre sus dedos antes de acomodarla detrás de su hombro.
El contacto fue mínimo pero suficiente para hacer reaccionar a su cuerpo entero.
—El blanco no es un color inocente —susurró él.
Su mano descendió apenas hasta la base de su cuello. Se detuvo ahí. Donde la cicatriz aún sanaba bajo la tela. Sus dedos no la tocaron, pero la sintieron. Nirelle lo supo, lo vio en sus ojos, y el mundo se redujo a ese punto. A esa distancia.
A ese hombre.
Algo estaba mal. Terriblemente mal. Lo sabía, su instinto gritaba peligro. Pero su cuerpo no se movía, su corazón no huía, solo latía más lento, más profundo, como si lo reconociera. Como si lo aceptara.
Un claxon sonó detrás. El semáforo había cambiado. Sebastian retiró la mano como si nada hubiera pasado, y el auto volvió a avanzar, aunque el aire ya no era el mismo.
—Deberías tener cuidado, Nirelle —dijo suavemente.
Ella tragó saliva.
—¿De ti?
Sebastian sonrió mirando el camino.
—Sobre todo de mí.
El escalofrío le recorrió la espalda.
Unos cuantos minutos después el auto se detuvo frente a su edificio. Nirelle no se movió. Sebastian tampoco. El motor seguía encendido, vibrando suavemente bajo ellos, como si el vehículo respirara.
—Llegamos —dijo él en voz baja, pero no hizo ademán de quitarle el seguro a las puertas.
Nirelle giró el rostro hacia él, encontrándose demasiado cerca. No recordaba en qué momento la distancia entre ambos se había vuelto tan pequeña. Podía ver el reflejo de las luces de la calle atrapado en sus ojos. Podía ver su respiración. Podía sentirla chocando contra su piel, erizándola.
—Gracias por traerme —susurró.
Sebastian no respondió de inmediato, su mirada descendió a sus labios.
Nirelle pudo sentir el momento exacto en que el aire cambió.
Ese instante suspendido. Ese punto sin retorno.
Su corazón empezó a latir más rápido. O tal vez más lento.
No estaba segura. Solo sabía que él la miraba como si ya la hubiera tocado.
Como si ya supiera a qué sabía.
Sebastian movió su mano. Dudó un segundo. Como si le estuviera dando tiempo para detenerlo.
No lo hizo.
Sus dedos rozaron su mejilla, un contacto leve pero suficiente para incendiarle la piel. Nirelle dejó de respirar. Sebastian se inclinó apenas y su mirada bajó a sus labios otra vez, luego volvió a sus ojos.
Una pregunta muda.
Una última oportunidad.
Ella no se apartó.
No huyó.
Se concentró por completo en Sebastian. Solo en él, en su cercanía, en el abismo. Entonces se inclinó también. Milímetros nada más. Su aliento se mezcló y sus labios casi se rozaron.
Fue entonces cuando el teléfono de Sebastian vibró. El sonido rompió el momento como un disparo. Ambos se quedaron inmóviles. El teléfono volvió a vibrar. Y otra vez. Y otra.
Sebastian cerró los ojos un instante.
Molesto.
Frustrado.
Como si el mundo acabara de cometer una ofensa imperdonable. Se apartó apenas. No mucho, pero lo suficiente.
Miró la pantalla y su expresión cambió, se volvió fría.
En ese instante volvió a mirarla, y por un segundo, Nirelle pensó que lo ignoraría, que terminaría lo que empezó.
Pero no lo hizo.
Su mano descendió lentamente, abandonando su rostro. El frío regresó a su piel.
—Debería irme —dijo él.
La decepción le atravesó el pecho antes de que pudiera detenerla.
—Puedes subir… si quieres.
Las palabras salieron más suaves de lo que pretendía. Más íntimas y honestas.
Sebastian la observó. De verdad la observó, y por primera vez desde que lo conocía, parecía tentado. Sus ojos recorrieron su rostro, sus labios, su cuello. Como si imaginara lo que pasaría si aceptaba. Su mandíbula se tensó. Quería. Ella lo supo, lo vio.
—No puedo —susurró, la palabra sonó como una renuncia—. Tengo algo importante que hacer.
El teléfono vibró otra vez. Esta vez no lo miró, seguía mirándola a ella.
—Pero desearía poder hacerlo.
Su corazón tropezó contra sus costillas.
Sebastian abrió la puerta, el aire frío entró.
Rodeó el auto por la parte de enfrente y abrió la puerta para que Nirelle pudiera bajar, pero, antes de dejarla marchar, se inclinó apenas hacia ella otra vez.
No la besó. Sus labios se detuvieron a un suspiro de los suyos.
—Buenas noches, Nirelle.
Y entonces se fue. Subió a su auto y la puerta se cerró. Nirelle se quedó sola. Su cuerpo seguía recordándolo. Su cercanía, su calor, el casi.
Ese maldito casi.