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CERCANIA
Marcus estaba incómodo, la sensación de insuficiencia le carcomía el pecho desde dentro bloqueándole la voz. Trató de distraerse. Sus ojos recorrieron la sala una vez más, despacio esta vez, como si las palabras de la detective Northon le hubieran cambiado la forma en que miraba.
¿A qué se refiere?
La pregunta quedó suspendida en su mente.
Marcus comenzaba a darse cuenta de que había un hilo suelto en el caso. Algo que no encajaba. Algo que seguía escapándosele. Pero ni siquiera sabía por dónde empezar a tirar para encontrar el otro extremo.
Hizo un repaso mental enumerando lo que parecía más relevante:
Uno: el escultor parecía estar obsesionado con el arte perfecto.
Dos: los Iluminados seguían practicando sus rituales ilegales.
Tres: el Escultor tenía un vínculo cercano con el culto.
Esos datos tenían sentido.
Era algo que podía investigar. Pero entonces…
¿Qué tenía que ver el orfanato, incendiado años atrás; reducido a cenizas como si alguien hubiera querido borrar algo más que un edificio?
¿Qué tenían que ver las esculturas anteriores, aquellas que no parecían perfectas como el Escultor exigía?
Y si Katherina Wernicke era tan mediocre como la detective Northon afirmaba… ¿por qué sentía que ella estaba en peligro?
El pensamiento le oprimió las sienes. Sintió que la cabeza iba a estallarle. Inhaló profundamente y entonces lo notó. La fragancia dulce, suave. Envolvente. Giró apenas el rostro. La detective Northon estaba a su lado y se había puesto perfume.
Marcus inhaló de nuevo.
El aroma de la detective Northon no era invasivo.
No llenaba el aire de forma vulgar ni reclamaba atención.
Era sutil. Limpio. Casi etéreo como ella.
Giró apenas la cabeza. La luz del salón caía sobre su piel, y por un instante, Marcus tuvo la absurda impresión de que no la iluminaba, sino que nacía de ella, tan blanca. Intacta.
Inmaculada.
Sintió algo retorcerse dentro de su pecho. No era deseo, era algo peor. Devoción.
Sus ojos recorrieron su perfil con cautela, como si temiera profanarla con solo mirarla demasiado tiempo. La línea perfecta de su cuello. La forma en que su cabello parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. La quietud de su postura revelaba cómo nunca dudaba, se encorvaba, ni se rompía.
Siempre por encima. Marcus tragó saliva.
Era más alta que él, apenas unos centímetros.
Pero suficientes para obligarlo a alzar la mirada.
Y ese gesto, ese pequeño e insignificante gesto, se había convertido en algo peligroso.
Porque se sentía como mirar hacia las estatuas.
Como se mira a los altares. Como adorar al señor de la luz.
Apretó los dedos con disimulo. Él nunca estaría a su altura, dudaba, fallaba. Él siempre llegaba tarde a las conclusiones que ella intuía desde el comienzo. Aun así, lo había elegido; lo había llevado consigo, le había abierto un espacio a su lado.
El pensamiento le provocó un calor extraño en el pecho. Un privilegio.
Marcus la observó mientras ella escaneaba la sala, alerta, impenetrable, superior a todo lo que la rodeaba. No parecía humana, sino algo más. Algo que el mundo no merecía tocar. Algo que debía ser protegido, servido, y adorado.
Sintió entonces el impulso oscuro y peligroso de demostrarle que él era digno de permanecer allí, que no era un niño; un estorbo. Que podía ser útil y necesario.
Que podía ser elegido.
Su mirada descendió un instante hacia sus propias manos. Manos que algún día serían firmes, poderosas. Manos capaces de sostener el mundo que ella cargaba sola… y, si hacía falta, destruir cualquier cosa que intentara arrebatársela.
Nirelle, quien se había mantenido en silencio observando la celebración a Katherina, sintió de nuevo esa presión invisible entre los omoplatos. Como si alguien la estuviera mirando atentamente. Su respiración se volvió más lenta.
Los ojos de la detective se movieron por la multitud.
Los artistas celebrando, los jueces conversando y las copas que tintineaban cada vez que se golpeaban.
Todo parecía demasiado normal. Nirelle estaba a punto de hablar, cuando algo extraño ocurrió.
Katherina levantó la mirada, enfocándola; y entonces desapareció luego de que una persona pasó frente a ella.
Fue solo un segundo. Dos por mucho. Y Katherina ya no estaba. El corazón de Nirelle se detuvo.
—¿Dónde está? —susurró.
Marcus parpadeó.
—¿Quién?
—Katherina.
Marcus buscó con la mirada.
—Hace un segundo estaba ahí.
Nirelle ya se estaba moviendo. El vestido blanco se deslizó entre la multitud como un espectro.
—Trina —dijo más fuerte.
Nadie respondió.
—¡¿Dónde está?! —gritó esta vez.
La música llenaba el aire, las conversaciones seguían su rumbo sin darse cuenta que alguien faltaba.
—Seguro fue al baño, o alguien la detuvo —dijo Marcus, pero Nirelle no estaba escuchando.
El vacío repentino la envolvió, el mundo seguía igual, pero algo importante había sido arrancado.
Como Mila.
El aire dejó de entrarle bien a los pulmones.
—¡Trina! —repitió, avanzando entre la gente.
Empujó un hombro, luego otro. Las risas la irritaron.
¿Cómo pueden seguir riendo?
¿Cómo pueden seguir riendo cuando Katherina no está?
—¡TRINA! —su voz se quebró.
La sala comenzó a deformarse. Las luces resplandecían en exceso; los sonidos llegaban desde muy lejos.
Tarde.
La palabra se clavó en su mente.
Tarde otra vez.
Su corazón se aceleró más.
No .
No otra vez . No ella.
Unos brazos la rodearon por la espalda. Nirelle se congeló.
—Nirelle, aquí estás.
Esa voz. Su cuerpo reaccionó antes que su cerebro y giró bruscamente.
Katherina estaba ahí. Viva. Con sus ojos grandes y confundidos. Nirelle la abrazó con fuerza. La atrajo contra su pecho como si el mundo pudiera arrebatársela en cualquier segundo. Sintió su calor, su peso, su respiración. Se aseguró que fuera real.
Su corazón, que momentos antes galopaba desbocado, comenzó a ralentizarse. Un latido y luego otro. El alivio le dolió y se permitió cerrar los ojos un instante.
—Estoy bien —susurró Katherina contra su hombro—. Estaba tratando de llegar a ti.
Nirelle no respondió de inmediato. No podía —ni quería— soltarla. Pero entonces, abrió los ojos y lo vio detrás de Katherina.
Sebastian.
Estaba de pie a unos metros de ellas, inmóvil. Observándolas con esa expresión serena; sus orbes oscuros coloreados con su reflejo y regalándole una sonrisa apenas perceptible. Íntima. Como si ese momento le perteneciera. Como si hubiera estado esperando presenciarlo.
Sebastian comenzó a avanzar hacia ellas sin apartar los ojos de Nirelle.
Cada paso suyo parecía medido, como si conociera exactamente el efecto que producía.
La gente se abría a su alrededor sin notarlo, cediéndole el paso de forma inconsciente.
La luz blanca del salón se deslizaba sobre su traje oscuro, delineando su figura con una nitidez casi irreal.
Nirelle no se movió. No pudo.
Sintió a Katherina aún entre sus brazos, pero su atención ya no le pertenecía: él la había capturado por completo.
—Veo que todo está bien —dijo Sebastian al llegar frente a ellas con su voz baja y seductora.
Sus ojos no abandonaron los de Nirelle ni un segundo. Katherina se separó apenas del abrazo, ajena a la corriente invisible que los atravesaba.
—Oh —dijo, como si recién recordara—. Fue gracias a él que pude encontrarte.
Nirelle parpadeó.
—¿Qué?
—La gente no me dejaba pasar —explicó Katherina—. Todos querían hablar conmigo, felicitarme… yo solo quería volver contigo y no te veía por ninguna parte. Y entonces el señor Mourier se ofreció a ayudarme. Me abrió paso. —Sonrió con inocencia y agradecimiento—. Fue muy amable.
El silencio que siguió fue casi imperceptible. Marcus apareció entonces al lado de Nirelle, su mirada se posó en Sebastian con abierta desconfianza. Lo evaluó de pies a cabeza; era evidente que lo percibía como una amenaza.
—Qué considerado de su parte —dijo Marcus en el tono correcto para ser educado.
Sebastian lo miró por primera vez, solo un instante, antes de descartarlo como alguien que no valía la pena su tiempo.
—No fue nada extraordinario —respondió con calma—. Las personas excepcionales no deberían quedarse solas.
Pero la última palabra no fue para Katherina, seguía mirando a Nirelle.
Marcus lo notó y su mandíbula se tensó. Desvió la mirada hacia la detective Northon y lo vio.
Vio cómo permanecía inmóvil y sus labios estaban entreabiertos apenas.
No podía apartar los ojos de Sebastian. Cada palabra que salía de su boca parecía envolverla, arrastrarla.
Como si algo en su interior la sujetara con fuerza, reclamándola.
Algo que Marcus no podía ver y no le gustó. No le gustó en absoluto.
—Ya es tarde —intervino el muchacho, firme—. Deberíamos irnos.
No fue una sugerencia. Katherina asintió, aunque parecía un poco confundida por la tensión repentina. Sebastian sonrió de nuevo.
—Por supuesto —dijo.
Pero no se movió. No hizo ademán de irse. Solo siguió mirando a Nirelle.
—Ha sido una noche… memorable —continuó con su voz profunda. El corazón de Nirelle tropezó dentro de su pecho—. Si me lo permiten —dijo Sebastián entonces, con naturalidad—, puedo llevarlas a casa.
Sus palabras cayeron con suave cortesía.
—Ha sido una noche larga. No deberían volver solas.
Sus ojos descansaron en Nirelle al decirlo. No en Katherina.
Marcus reaccionó de inmediato.
—No es necesario. Yo puedo llevarlas —añadió Marcus con la voz firme y cortante, mirando solo a Nirelle—. Además, necesito mostrarle lo que me solicitó.
Nirelle sintió como algo denso se interponía entre ambos hombres. El silencio se tensó. Sebastian solo observó, esperando. Como si supiera que la decisión ya estaba tomada.
Nirelle tragó saliva. Podía sentir la mirada de Marcus sobre ella. Y también podía sentir la presencia de Sebastian. El calor invisible de su cercanía.
—Marcus —empezó, su voz salió más baja de lo que pretendía—. Será mejor mañana.
Marcus frunció el ceño.
—Detective Northon.