27 #2
La media sonrisa que esbozó no fue de burla, sino de algo más oscuro y peligroso.
Sintió las rodillas temblar y tragó saliva.
El par de orbes negros de Sebastian le exigían atención completa, y ella se sintió capaz de poder ahogarse en ese par de manchas oscuras.
Noto también que se había cortado el cabello.
Había abandonado sus mechones largos y ahora llevaba un corte modesto, y perfectamente peinado hacia atrás.
Él se inclinó apenas, lo suficiente para que el perfume tenue de madera y tinta volviera a envolverla.
—Eso depende de quién lo escuche —dijo, con esa cadencia que obligaba a quedarse atrapada en sus palabras.
Y, como si hubiera estado esperando el momento exacto para desarmarla, añadió:
—Debo felicitarte, Nirelle. Ese vestido… —Sus ojos bajaron, quemando cada parte de su cuerpo en donde se detenían, y luego volvieron a los suyos; fijos, intensos—, no cualquiera podría llevar el blanco con esa clase de… poder.
Su piel ardió, aunque supo que no había rubor visible en su rostro.
Ser albina siempre la convirtió en la excepción, pero en su boca sonó como una declaración. Como si llevar el blanco fuera un desafío, una bendición, no una rareza.
—Resalto demasiado —dijo con frialdad, pero su voz se traicionó, quebrándose apenas en la última palabra. Así que empezó a caminar para distraer sus pensamientos.
Sebastian inclinó la cabeza, estudiándola. Caminó a su lado por los pasillos del museo, cada paso encontrando respuesta en el eco del otro.
—Eso es lo que hacen los que nacen para ser vistos. Resaltar. Aunque intenten esconderse.
La música siguió llorando detrás de ellos, pero sintió que el verdadero escenario se había levantado ahí, en ese espacio mínimo que los separaba. El murmullo de la multitud pareció desvanecerse cuando se detuvieron.
Sólo quedó el violín, y su voz.
—Naciste para ser vista, para ser adorada —repitió, con una calma que la incomodó—. Lo curioso es que pareces temerle a lo mismo que te hace poderosa.
Le sostuvo la mirada, negándose a retroceder.
—¿Y qué pasa cuando esa visibilidad atrae lo incorrecto? —preguntó Nirelle.
Sebastian sonrió, ladeando apenas la cabeza.
—Lo incorrecto suele ser lo único memorable. ¿De qué serviría un arte impecable si no provoca, si no incomoda? La perfección sin riesgo es aburrida.
Sintió que sus palabras no hablaban solo de arte.
—Eso mismo dicen los mediocres antes de arriesgarse y perderlo todo —soltó, sabiendo que lo estaba probando.
Un destello cruzó su mirada, rápido, como una chispa que amenazaba con convertirse en incendio. Pero en lugar de quebrarse, se acercó un paso más, borrando parte del aire que los separaba.
—¿A quién le importan los demás cuando estás tú vestida así frente a mí? —dijo, arrastrando la última palabra—. Tú eres magnífica. Una contradicción viva. Frágil y peligrosa a la vez.
La respiración de Nirelle se volvió pesada, aunque se esforzó en mantener la compostura.
—Me observas como si fueras tú quien tuviera derecho a juzgarme.
Sebastian rio bajo, un sonido casi íntimo.
—El arte no se juzga. Se contempla. Se desea. Y a veces… —Sus ojos bajaron un instante hacia su cuello, tan breve como un parpadeo—, se posee.
Nirelle sintió la necesidad de cubrir con su mano el punto exacto donde Sebastian la observaba, ahí donde la herida a medio sanar palpitaba bajo una gasa limpia.
El violín se quebró en una nota aguda, como si replicara el vértigo en su pecho.
—Cuidado, Sebastian —respondió con voz baja, afilada—. No todo lo que deseas está al alcance de tus manos.
Una sombra de sonrisa le curvó los labios, como si esa fuera exactamente la respuesta que aguardaba.
—Precisamente por eso lo deseo más.
El silencio entre ellos se estiró, cargado, eléctrico. Un instante que no debería prolongarse, y, sin embargo, ninguno de los dos lo rompió.
—¡Señor Mourier!
La voz nítida de la directora se alzó a unos pasos de distancia. Fue suficiente: la tensión cedió.
Él carraspeó.
Nirelle dio un paso atrás y enfocó a la mujer de impecable traje oscuro, avanzaba hacia ellos con una sonrisa radiante.
—Que alegría que hayas podido asistir. Cuando rechazaste mi oferta de jurado este año, supuse que no estarías en la ciudad —dijo sin perder la sonrisa, con los ojos brillantes.
Sebastian giró apenas la cabeza hacia ella, pero su postura no cambió; siguió demasiado cerca.
—Directora —respondió con un leve asentimiento—. Un honor.
—¿Se conocen? —preguntó Nirelle, forzando un tono neutral que la traicionó con un matiz de tensión.
—Por supuesto —respondió la mujer, y le tomó del brazo suavemente, ignorando por completo la atmósfera cargada de energía que los rodeaba.
—El señor Mourier es un crítico de arte excepcional. Reconocido como una de las voces más respetadas en el medio. Ha sido jurado en varios certámenes internacionales. Incluso colaboró con nosotros en ediciones pasadas de Aldama.
Su estómago se contrajo. Se permitió perder el rumbo de su investigación.
—Permítame presentarlos formalmente —continuó la directora, sin notar su rigidez—.
Señor Mourier, ella es Nirelle Northon, hermana de nuestra querida Camila, la ganadora del Aldama del año pasado.
Una mujer excepcional, según lo que contaba Camila, y este año, una de nuestras patrocinadoras más importantes.
Sebastian tomó su mano.
Su tacto fue firme, cálido. Sus labios rozaron apenas sus nudillos, demasiado cerca, demasiado lento.
—El honor es mío —dijo, sin apartar los ojos de los suyos, y sonrió.
Esa sonrisa peligrosa que ya había visto antes.
El pulso golpeó en sus sienes. La directora sonrió, ignorando el fuego que ardía en su interior.
—¡Qué maravilla que se hayan conocido! Estoy segura de que tendrán mucho de qué hablar. —La directora miró su reloj de muñeca—. Pero ahora, tendrá que disculparme por robarme a la señorita Northon unos minutos. Ya darán los resultados y los patrocinadores deben estar en la presentación.
—Por supuesto, adelante —respondió Sebastian, con calma.
Su mirada siguió fija en la suya, incluso cuando la directora ya estaba tirando de su brazo para conducirla al lugar. Lo último que vio del hombre de ojos negros fue una sonrisa encantadora y una ligera inclinación de cabeza como despedida.
Nirelle caminó junto a la directora, y el eco de sus pasos sobre el suelo le pesó. El aire estaba frío, pero su piel ardía. Una punzada atravesó su pecho: había perdido demasiado tiempo.
Se distrajo.
Se dejó envolver por la voz de un hombre.
Y mientras lo hacía, quizá alguien estaba siendo marcado. ¿Sería tarde?
—Gracias por acompañarnos este año —dijo el mismo presentador de antes.
La directora la llevó a un lugar al lado derecho del salón donde había más personas.
—Deseamos expresar nuestro más profundo agradecimiento a los patrocinadores de esta edición. Su generoso apoyo hace posible que el talento de nuestros jóvenes artistas encuentre un espacio para florecer. Su compromiso es, verdaderamente, invaluable.
Ellos sonrieron, saludaron y agradecieron al público que los aplaudió.
No escuchó del todo lo demás que dijo. Su mirada se movió entre los presentes. Analizando cada rostro, buscando una señal de cualquier cosa que la alertara del peligro.
Nada.
Se movió de donde estaba y recorrió el extremo del salón, llegando casi al fondo.
En los altavoces continuó el discurso sobre el valor del arte joven, el legado de las prestigiosas academias de arte que se habían reunido, sobre la importancia de arriesgarse y crear.
Nirelle solo escuchaba su corazón retumbar mientras seguía buscando el peligro.
—Y ahora —anunció finalmente—, es un honor para mí dar el nombre del ganador del premio Aldama de este año.
El murmullo se extinguió como si alguien hubiera contenido el aire de toda la sala. Un silencio espeso, casi físico, se posó sobre todos. Nirelle sintió el latido fuerte en las sienes.
Un segundo.
Dos.
—Katherina Wernicke.
Un estallido de aplausos sacudió la sala.
Katherina subió al escenario, radiante, temblorosa, con lágrimas en los ojos. Recibió su premio y se apresuró a bajar, casi incrédula con su propia victoria. A su alrededor, sus compañeros la abrazaron; los flashes de la cámara la cegaron.
Nirelle observó desde lejos, inmóvil. El aire le supo a hierro.
¿Ella?
El pensamiento la atravesó sin permiso, afilado como una punzada de desprecio. La pintura que le mostró hacía un rato, ese amasijo de símbolos burdos, sin técnica, sin limpieza, ahora era la obra ganadora.
Era casi grotesco.
No había genialidad en esos trazos, no había brillo. Solo mediocridad envuelta en sentimentalismo.
¿Qué clase de ojo bien entrenado le daría el premio ganador a eso?
—¿Y bien? —la voz de Marcus la sacó del trance. Estaba a su lado, con el ceño fruncido, los brazos cruzados mientras observaba a la multitud celebrando—. ¿Qué hacemos ahora? Yo no he visto nada fuera de lugar. Ni un movimiento extraño, ni alguien que encaje con lo que buscamos.
Nirelle sacudió la cabeza despacio, sin dejar de mirar a Katherina, que ahora recibía flores.
—No será ella —dijo, segura, casi con frialdad.
Marcus arqueó una ceja.
—¿Y cómo puede estar tan convencida?
Lo miró apenas, sabiendo que su voz sonaba como veneno:
—Porque el escultor es un artista, un visionario. Y lo que ella hace… —Miró a Katherina otra vez, esa sonrisa que parecía demasiado grande para su rostro, sus manos temblando alrededor del trofeo—. No es nada excepcional. Ni auténtico. Ni trascendente.
Es tan mediocre que pasará desapercibida .
Pero eso estaba bien, porque así el escultor miraría a otro lado. Dejaría de acechar a Trina y la dejaría vivir feliz a su lado. Nirelle recuperaría un poco de lo que una vez le quitaron.
Marcus soltó el aire, como si esa lógica lo convenciera en parte.
—¿Entonces cree que nos equivocamos? Si el escultor busca al mejor artista, entonces ¿quién de los que no ganaron lo es?
—Creo que hemos estado mirando hacia el lado equivocado —respondió Nirelle, sintiendo el peso de sus palabras hundirse en su estómago.
¿En dónde estás?