El escultor (La sinfonía del caos 1) 27
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ALDAMA

El teléfono vibró entre sus dedos justo antes de que terminara de bajar del auto.

Nirelle lo sostuvo un instante, observando el reflejo pálido de su rostro en la pantalla. El edificio frente a ella se alzaba imponente, sus ventanales devolviendo el cielo sangrante del atardecer como un espejo indiferente.

Su celular volvió a sonar. Entonces contestó.

—¿Dónde estás? —preguntó casi en un susurro, mientras subía a la banqueta esperando que el taxista se retirara.

—Estoy dentro, en el lugar donde será la presentación —explicó Marcus—. La directora me ha visto llegar y me arrastró dentro para mostrarme mi lugar.

—Está bien, síguele el juego a la mujer. Pero no dejes de prestar atención alrededor. En especial a los jurados, intenta averiguar sus nombres.

—Llevan un gafete colgado al cuello, será fácil. ¿Cree que ellos tienen algo que ver con el caso?

—Tengo mis sospechas —respondió Nirelle, hizo una pausa antes de atreverse a preguntar—: ¿Investigaste a Sebastian Mourier?

El silencio que siguió le contestó antes que el muchacho.

—Yo…

—¿Lo hiciste o no? —insistió Nirelle.

—Lo hice, pero…—guardó silencio y Nirelle lo visualizó rascándose la nuca—. Después de la cena en su departamento dudé en decírselo. No sabía cómo lo tomaría y quería estar seguro.

El estómago de Nirelle se tensó.

—Quiero verlo —ordenó—. Nos vemos en un momento.

Entonces entró. El eco de sus propios pasos resonó en el vestíbulo. Las paredes blancas del museo Aldama parecían más altas de lo normal esa noche, como si se hubieran estirado para observarla desde arriba.

Hacía apenas una semana ella y Marcus organizaron la información de los participantes para saber a quiénes debían vigilar.

Y desde entonces, no había podido dormir más de dos horas, sin tomar en cuenta las horas que fingía dormir cuando Rita insistía en quedarse.

Pero la mayor parte del tiempo la dedicó, junto con Marcus, a mantener seguros a los participantes hasta que llegara ese día. Y todos habían llegado ilesos.

Se sintió mal por desear que no fuera así.

—No me gusta esto —le había dicho Marcus esa mañana, cuando se pusieron de acuerdo.

Ahora lo imaginó mezclado entre los invitados y los jurados, escondido tras la acreditación falsa de haber sido el novio de Camila.  Pero era necesario, necesitaba ayuda para recorrer el lugar entero sin perderse de nada.

Un acomodador le sonrió y le extendió la mano invitándola a entrar, como si ella fuera parte de un espectáculo distinto. Era una patrocinadora esa noche. El recuerdo de Mila había sido su excusa oficial para poner dinero en el evento, y la máscara de solemnidad le quedaba demasiado bien.

Entró al gran salón y el murmullo la golpeó como una ola.

Los jóvenes artistas, vestidos con cuidado exudaban desesperación, reían y se fotografiaban bajo las luces. Vio pinceles convertidos en accesorios de bolsillo, manos ocultas bajo guantes blancos y nerviosismo disfrazado de entusiasmo.

Entonces fue cuando se sintió observada. Respiró hondo, sintiendo cómo el calor escapaba de su pecho y abrazaba su cuerpo entero. En algún punto de esa sala, invisible entre la multitud, él contemplaba a sus piezas antes de elegir cuál sería la próxima en transformarse en arte.

¿Está viéndome a mí? Se preguntó Nirelle. ¿Está viendo mi vestido?

Katherina la vio desde el otro lado del salón y corrió hacia ella, con la sonrisa amplia, temblorosa de emoción.

—¡Nirelle! —exclamó y la abrazó con tanto ímpetu que la dejó rígida—. ¡Qué bueno que al fin llegas! No sabes lo nerviosa que estoy. Pero estás aquí y eso me hace sentir mejor. Más segura.

Nirelle sonrió. Tantas veces había deseado esa misma devoción en Camila.

—No tienes nada que temer, Trina. Estas magnífica, lo harás increíble.

Notó cómo sus mejillas se sonrojaban acompañando a la sonrisa que apareció en sus labios, parecía que Nirelle acababa de darle el Aldama en persona. Trina asintió con los ojos brillantes y, casi enseguida, le tomó la mano.

—Quiero enseñarte mi obra. Ven, está en la galería lateral.

Caminó tras ella, consciente de cada mirada, de cada sombra. Hasta que se detuvieron frente a su cuadro.

Se quedó en silencio.

El lienzo la golpeó primero por su ambición: un torbellino de colores, una figura femenina difusa, atrapada en un laberinto de espirales rojas y negras que formaban alas de mariposa.

En el centro, un corazón anatómico flotaba suspendido, como si latiera aún.

El simbolismo era obvio, casi infantil. Pero había algo que arruinaba por completo la obra.

Se acercó más. Y ahí lo notó.

Las pinceladas eran torpes, los contrastes no equilibraban; las proporciones de la figura parecían hechas con prisa, y el óleo aún conservaba un brillo húmedo en zonas mal trabajadas. Era una pieza con intención, con pasión, sí. Pero en lo técnico, era un desastre.

Estoy rodeada de mediocridad , pensó para sí misma.

Al ojo de cualquiera podría parecer profundo. Al suyo, no era más que una pretensión.

Tragó saliva, obligándose a sonreír.

—Es… intenso —dijo al fin.

Katherina la miró con gratitud.

—Sabía que lo entenderías. Es sobre Mila. Sobre lo que nos quitó su ausencia.

Asintió. Fingiendo.

Un zumbido interrumpió sus pensamientos, seguido de la voz metálica en los altavoces.

—Damas y caballeros, por favor diríjanse al salón principal en el ala B. En unos momentos daremos inicio a la inauguración oficial del Concurso Aldama.

Katherina suspiró nerviosa, se secó las manos en el vestido y le sonrió como si nada.

—Vamos, quiero acompañarte a tu lugar antes de reunirme con los demás participantes.

Caminaron juntas por los pasillos del museo, cada paso reverberando con el eco de las demás personas que también se congregaban.

Las luces se intensificaron, los murales reflejaron el brillo de los proyectores, y todo pareció demasiado solemne, demasiado perfecto, como si bajo la superficie hubiera un engranaje oculto que sólo ella percibiera.

Cuando llegaron al salón principal, el murmullo se transformó en expectación.

Los organizadores se alinearon en el escenario, las cámaras enfocaron, y la multitud se acomodó en semicírculo alrededor del proscenio.

El Concurso Aldama estaba a punto de comenzar. Y ella supo, con un frío que le mordía los huesos, que también lo estaba la cacería del Escultor.

Katherina la dejó junto a un par de hombres y regresó con sus compañeros. Las luces se atenuaron un instante antes de que los reflectores enmarcaran al presentador en el centro del escenario. Un silencio expectante se extendió entre los asistentes.

—Bienvenidos, señoras y señores, jueces y patrocinadores, al sexagésimo cuarto Concurso de bellas artes Aldama de este año 2005. Hoy celebramos no solo el talento, sino la visión, el riesgo, el sacrificio. Además de honrar a Domingo Aldama, el precursor de arte más importante en Canare.

Los aplausos irrumpieron, pero ella apenas los oyó.

—El arte —prosiguió él, con voz firme—, es lo único que sobrevive al paso del tiempo. Y aquí, entre nosotros, se encuentran los que un día lo definirán.

Katherina aplaudió con entusiasmo, emocionada. Ella, en cambio, sintió que cada palabra se clavaba en su piel como un cuchillo.

«Sobrevive al paso del tiempo, lo definirán.»

La voz del presentador podría haber estado describiendo las esculturas eternas del Escultor.

—No se trata de lo fácil ni de lo bello, sino de lo verdadero —continuó—. El arte exige entrega absoluta. Y los que están aquí, frente a nosotros, ya lo han demostrado.

La sala estalló en vítores.

Ella, en cambio, escuchó otra cosa: entrega absoluta, como el sacrificio final al que él condenó a Camila.

La mujer a su lado le tomó la mano, apretándola con fuerza, y sonrió sin darse cuenta de que su piel estaba helada.

—¿No es inspirador? —susurró.

Nirelle asintió, incapaz de articular palabra.

Inspirador, sí.

Pero también profético.

Las luces se elevaron, la ceremonia oficial comenzó, y ella lo supo: esa sala era un altar, y alguien ya había sido elegido para el sacrificio.

La multitud se dispersó tras el discurso, llenando los pasillos del museo con un murmullo constante. Nirelle se abrió paso entre los visitantes, fingiendo ser una más, mientras sus ojos recorrían cada rincón. No dejó escapar ni un gesto, ni un movimiento extraño.

El peligro tenía que estar ahí.

Lo presentía.

Cada sala exhibía el mundo interno de los participantes: un autorretrato fragmentado en espejos rotos; una instalación con velas encendidas que olía a cera y miedo; un lienzo saturado de colores imposibles que parecían gritar en silencio.

Se detuvo, analizó, avanzó.

Nada.

Pero la tensión no disminuyó; era como si respirara desde las paredes.

Al entrar a la sala lateral, un sonido de cuerdas la detuvo. No venía de un instrumento real, sino de un altavoz escondido entre las sombras. La composición era lúgubre, un violín que parecía gemir en cada nota. El aire se espesó.

El artista, un joven nervioso, le explicó que quiso retratar la melancolía de un cuerpo sin dueño.

Nirelle se estremeció.

Se inclinó hacia la pieza, dejando que la música la atravesara, y fue entonces que sintió esa presencia.

Una vibración en su espalda.

Una energía que la obligó a contener el aliento.

—Interesante elección —susurró una voz que conocía demasiado bien.

No necesitó girar. Supo de quién se trataba cuando su aroma a tinta y madera le llenó las fosas nasales.

Sebastian.

Lo hacía a propósito: aparecer siempre en el momento en que ella estaba más vulnerable, cuando el mundo alrededor ya la había arrastrado a una frontera peligrosa.

Se obligó a enderezarse y giró lentamente hacia él.

Estaba de pie, con las manos en los bolsillos, los ojos brillando bajo la penumbra de la sala, como si esa música sombría fuera su propia creación.

—Un violín que llora —dijo, acercándose apenas un paso—. Pocas cosas son tan humanas.

Su proximidad le quemó la piel, aunque mantuvo el rostro firme.

—O tan enfermizas —respondió, aunque su voz no tuvo la dureza que pretendía.