El escultor (La sinfonía del caos 1) 26 #2
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—¿Sabes? Antes de todo esto, el concurso Aldama era solo una meta profesional. Una oportunidad para que mi trabajo se viera. Ahora… —hizo una pausa—, ahora quiero ir y no sentir miedo. Quiero pararme ahí y disfrutarlo.

Nirelle la miró con atención.

—Lo vas a hacer.

—¿Estás tan segura?

—Sí.

Trina sonrió despacio.

—Entonces intentaré creerlo también.

Un momento más de silencio compartido.

—Gracias por invitarme hoy —añadió Trina—. No parecía gran cosa, comprar vestidos y comer, pero me hacía falta algo normal.

Normal.

La palabra parecía casi extranjera en la vida de Nirelle.

—Podemos repetirlo —dijo antes de pensarlo demasiado.

Trina parpadeó, sorprendida.

—¿En serio?

—Sí.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de la muchacha.

—Me encantaría.

Nirelle sintió ese mismo calor discreto expandirse otra vez en su pecho. Cariño. Y eso la asustaba un poco más que cualquier mirada invisible. Pero no se apartó.

El recuerdo cálido de la conversación con Trina todavía flotaba en la mente de Nirelle cuando llegó la sensación extraña de estar a salvo. Como si, por primera vez en mucho tiempo, el mundo hubiera bajado el volumen.

Hasta que una voz quebró esa sensación.

—Interesante elección de café.

Profunda y magnética.

El aire pareció tensarse alrededor de la mesa. Nirelle giró el rostro lentamente.

Sebastian estaba de pie junto a ellas. Impecable. Sereno. Con esa calma espeluznante, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente a un espejo. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella sin vacilar.

El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.

—Sebastian —dijo, y aunque su sonrisa apareció, la voz salió más baja de lo previsto.

Él inclinó la cabeza con elegancia.

—He estado llamándote. Nunca respondiste.

No había reproche en el tono. Eso era lo inquietante.

Nirelle tomó su vaso, buscando algo qué hacer con las manos.

—Lo sé. Lo siento. He estado… ocupada con trabajo.

Evitó sostenerle la mirada demasiado tiempo.

Trina, al otro lado de la mesa, tenía la boca abierta y los ojos llenos de sorpresa.

—¿No vas a presentarnos? —preguntó Sebastian al fin, con una media sonrisa que no alcanzaba del todo sus ojos.

Nirelle se obligó a mantener la compostura. Y Trina inconscientemente se acomodó la ropa y el cabello.

—Claro. Trina, él es Sebastian. Es crítico de arte. Nos conocimos en el museo. —Hizo un gesto leve hacia su amiga—. Ella es Trina, estudia en la academia de bellas artes Minerva.

—Encantada, señor, soy una gran admiradora de su trabajo —dijo Trina, extendiendo la mano temblorosa por la emoción.

Sebastian la tomó apenas un segundo.

—El gusto es mío.

Sebastian pidió un café sin consultar y tomó asiento con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido a esa mesa. Trina lo observaba en silencio, pero con una sonrisa de oreja a oreja imposible de ocultar. Sí parecía ser una fan.

La conversación comenzó a fluir con una facilidad casi incómoda. Sebastián habló de una exposición reciente en la ciudad; Trina respondió con entusiasmo vivaz.

Nirelle escuchaba sin poderse concentrar, porque algo de lo que había dicho le molestaba.

« Crítico de arte. » Y los comentarios de Marcus regresaron a atormentarla. Ella misma había sugerido que agregaran a Sebastian Mourier a la lista de sospechosos cuando aún tenía el caso.

¿Sería posible?

Miró las manos de Sebastian que descansaban sobre la mesa.

Elegantes y a la vez firmes. La piel, ligeramente áspera en las yemas, y en los nudillos tenía pequeñas marcas blanquecinas de viejas heridas.

Había en ellas fuerza contenida y una precisión silenciosa, como si aún sobre la mesa siguieran modelando algo invisible.

Manos de escultor.

—¿Nirelle? —la llamó Trina.

Parpadeó.

—¿Sí?

—Te perdiste.

—Lo lamento. Mis pensamientos suelen hablar más fuerte que el resto —respondió con una leve sonrisa.

—Eso suelen hacer las mentes brillantes —concedió Sebastian con voz aterciopelada.

—Y las trastornadas también —replicó ella, casi automática.

Solo él sonrió.

Había algo en esa sonrisa.

Algo que no terminaba de encajar y aun así le causaba escalofríos.

—Regresando a la exposición del museo —retomó Trina—, ¿qué decía?

—Que fue un intento fallido de resucitar lo clásico —respondió Sebastian con calma—. Pero entre tanto ruido, había destellos. Obras que merecían ser observadas con detenimiento.

Nirelle entendía fragmentos, pero el sentido completo se le escapaba.

—¿Y tú qué opinas, Nirelle? —preguntó él, girándose hacia ella con atención plena.

Demasiado plena.

—Creo que a veces el arte puede ser cruel —dijo despacio—. Puede capturar algo… y no devolverlo jamás.

Los ojos de Sebastian se oscurecieron apenas.

—Entonces lo entiendes mejor que muchos.

Un escalofrío leve le recorrió la espalda.

Trina intervino con suavidad:

—¿Asistirá al concurso Aldama? —preguntó.

La pregunta cayó como una piedra en agua quieta.

Sebastian desvió la mirada hacia Nirelle.

—Me han invitado, aún no lo decido —explicó, pensativo—. Es un evento interesante. Mucha vanidad, poca sustancia, aunque a veces surgen talentos inesperados.

—Yo participaré —dijo Trina, con un orgullo discreto.

Él la observó con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

—Sería interesante verlo. —Se giró hacia Nirelle—. ¿Tú asistirás?

—Sí, soy patrocinadora.

—Entonces será un placer poder acompañarte.

Nirelle sintió que algo se cerraba dentro de su pecho. Sebastian recibió una llamada en ese momento. Miró la pantalla, luego a Nirelle.

—Disculpen.

Se levantó con la misma elegancia medida con la que había llegado.

—Ha sido un placer, Trina. —Sus ojos volvieron a Nirelle—. Espero que esta vez sí respondas.

No fue una petición, sino una advertencia.

Y luego se fue.

El ruido del restaurante regresó como si alguien hubiera levantado un telón invisible.

Trina fue la primera en hablar.

—No puedo creer que conocí a Sebastian Mourier.

—No es nada —respondió Nirelle, demasiado rápido.

—¿Cómo que nada? Ese hombre es un artista, y un sueño también.

Nirelle sostuvo la taza entre sus manos, percibiendo que el calor ya se había ido.

—Es demasiado mayor para ti —dijo, intentando sonar ligera.

Pero algo en su interior ya estaba alerta.

—Pero no para ti —respondió Trina, sonriendo.

Nirelle no contestó.

Su mente seguía navegando en las mareas de lo que parecían ser pistas incriminatorias y lo que ella misma quería creer.