El escultor (La sinfonía del caos 1) 26
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SOMbrAS

—Me muero de hambre —exclamó Rita, llegando a un restaurante dentro del centro comercial.

Trina, que las seguía acompañando —por petición de Nirelle— rio ante la exageración de la chica mientras jalaba la silla que iba a ocupar.

El lugar era amplio, con mesas redondas y lámparas cálidas que colgaban bajas sobre cada grupo.

Las tres mujeres se sentaron junto a la ventana.

Desde allí podían ver el flujo constante de personas atravesando el pasillo principal, bolsas en mano, conversaciones a medias, risas que se disolvían en el aire acondicionado.

Un mesero se acercó casi de inmediato.

—¿Algo para tomar mientras deciden? —preguntó con una sonrisa amable dibujada en los labios.

—Una soda dietética, por favor —dijo Rita sin mirar la carta. El mesero empezó a escribir, pero ella lo detuvo—. Mejor no. Hace frío, mejor tráeme un Capuchino, por favor.

El joven rayoneo su libreta y anotó el pedido con paciencia.

—Yo quiero un té verde —añadió Trina.

El mesero asintió y miró a Nirelle.

Ella seguía observando el reflejo del vidrio. Por un segundo creyó distinguir una silueta entre el movimiento. Oscura, inmóvil.

Parpadeó y ya no estaba.

—Un café sin azúcar —respondió finalmente.

El mesero se retiró.

Nirelle no apartó la mirada del vidrio. El reflejo del restaurante se mezclaba con el pasillo exterior: luces frías, escaparates brillantes, gente cruzando en ambas direcciones.

Y entonces lo vio.

Dos tiendas más allá. En un maniquí solitario, ligeramente elevado sobre una tarima blanca, había un vestido que no había notado antes.

—Ahora regreso —murmuró sin importarle si la oyeron.

Caminó hasta la tienda y se detuvo frente al vidrio que la separaba de tan magnífico ejemplar.

Blanco.

No marfil o crema, era blanco absoluto. El escote caía en una línea profunda pero elegante, como una herida vertical que no sangraba.

La tela parecía flotar alrededor del cuerpo del maniquí, ligera, casi etérea, como si estuviera hecha de algo más fino que la seda.

No tenía bordados y pedrería visible. Solo una caída limpia, luminosa. Parecía hecho de luz.

El bullicio del centro comercial pareció atenuarse.

Y sintió otra vez esa presión sutil entre los omoplatos.

Esa conciencia de estar siendo observada.

Pero esta vez era más intenso, como si quien la acosaba estuviera señalando el vestido y deseando que lo comprara.

Y esa sensación no venía de un punto específico.

Era más bien como una presencia extendida que venía de todas partes.

De las cámaras de seguridad, de los reflejos en los vidrios.

La tela parecía vibrar bajo la luz blanca del centro comercial, y cuando su reflejo se superpuso al del maniquí, no vio a la detective agotada, ni a la hermana con sed de venganza. Un escenario distinto empezaba a montarse pieza por pieza.

Inmaculada .

La palabra cruzó su mente con suavidad peligrosa. Y un escalofrío extraño le recorrió la espalda. Si el escultor realmente la estaba observando, si realmente la seguía, entonces también estaba viendo eso. También veía cómo todo empezaba a alinearse.

Su pulso se volvió lento, controlado.

Mírame , pensó. No voy a correr, te estoy esperando .

Cuando regresó al restaurante, Rita y Trina, quienes hablaban animadamente sobre ropa, peinados y maquillaje, guardaron silencio y la observaron esperando explicaciones. Rita la observó de arriba abajo hasta que notó la bolsa.

—¿Qué compraste? No me digas que elegiste un vestido sin mí —exclamó Rita, haciendo que las demás personas dentro del restaurante voltearan a verla.

—Sí, pero no vas a verlo —respondió Nirelle.

—No me puedes hacer eso —bufó Rita.

—Sí puedo.

Trina, divertida con el intercambio, decidió intervenir.

—Bueno, ya lo veremos después. Hay que pedir la comida, muero de hambre.

Todas asintieron y pidieron el menú del día casi sin discutirlo: crema de verduras, pollo a la plancha con hierbas, y más de sus bebidas calientes.

La comida llegó rápido. El ruido de los cubiertos contra la loza, el murmullo de otras mesas, el aroma cálido de los platillos, todo contribuyó a crear una burbuja temporal donde el concurso, el escultor y las miradas invisibles parecían lejanos.

Rita habló durante casi todo el primer plato, diseccionando tendencias de moda que solo Trina parecía comprender.

—El problema no es el vestido —dijo—. Es la actitud. Puedes usar un saco de papas y si caminas como si dominaras el lugar, la gente lo cree.

—Espero no tener que usar un saco de papas —murmuró Trina, divertida.

Nirelle las escuchaba sin participar. Observaba cómo Trina parecía mucho más relajada. Y sintió que eso era lo que importaba.

Que pudiera reír así.

Cuando ya estaban terminando el plato fuerte, el teléfono de Rita vibró sobre la mesa. Ella lo ignoró al principio. Pero volvió a vibrar.

—¿Ahora qué? —murmuró, tomando el aparato.

Su expresión cambió casi de inmediato.

—No puede ser.

—¿Qué pasó? —preguntó Nirelle.

Rita ya estaba escribiendo una respuesta.

—Cambios de último minuto. Necesitan que vaya. Una clienta importante adelantó una cita y, por supuesto, nadie más puede resolverlo.

Rodó los ojos con dramatismo, pero ya estaba tomando su bolso.

—¿Te vas? —preguntó Trina.

—Sí, quiero seguir pagando mis caprichos, sí.

Se levantó, pero antes de irse miró a Nirelle con seriedad momentánea.

—¿Estarán bien?

Nirelle sostuvo su mirada.

—Sí.

Rita dudó apenas un segundo, luego asintió.

—Llego más tarde a tu departamento. Y no olviden que quiero ver su maquillaje antes del evento.

—Ya vete —respondió Nirelle con tono burlón.

Rita resopló, se inclinó para abrazar a Trina, y luego salió rápido. El silencio que dejó fue distinto al anterior. Más íntimo.

Trina giró lentamente la taza entre sus manos.

—Rita es intensa —comentó con una sonrisa leve.

—Lo es —admitió Nirelle.

Pasaron unos segundos sin hablar. El restaurante seguía lleno, pero su mesa parecía aislada.

Trina levantó la vista.

—Gracias por pedirme que me quedara.

Nirelle arqueó apenas una ceja.

—No quería que volvieras sola.

—Lo sé —Trina hizo una pausa—. Y me gusta no estar sola.

Esa frase fue sencilla, pero caló hondo en el pecho de Nirelle.

—¿Aún tienes miedo? —Nirelle apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Trina asintió.

—Sí, pero es diferente. Antes era paralizante. Ahora es más fácil lidiar con el sentimiento.

Sus dedos jugaron con la servilleta.

—Cuando la directora de Minerva mencionó que serías patrocinadora del concurso, y saber que estarías ahí, me hizo sentir más tranquila.

Nirelle sostuvo su mirada.

—No voy a permitir que te pase nada.

Trina sonrió, y en esa sonrisa hubo algo luminoso, vulnerable.

—A veces siento que me cuidas como si fuera… —dudó—. Como si fuera alguien más.

El comentario la tomó desprevenida.

—¿Alguien más? —repitió Nirelle con suavidad.

—No sé. —Se encogió de hombros—. Como si quisieras compensar algo.

El aire entre ellas se volvió más denso.

Por un instante, el rostro de Mila cruzó la mente de Nirelle con una claridad dolorosa. Su risa. Su juventud. Todo lo que no pudo proteger.

Trina inclinó la cabeza.

—No me molesta —añadió rápido—. De hecho… me hace sentir querida.

Eso.

Justo eso.

Algo cálido y punzante se expandió en el pecho de Nirelle.

—No intento compensar nada —dijo al fin, aunque no estaba completamente segura—. Es mi deber y mi decisión protegerte.

Trina la observó con atención.

—Entonces me alegra que hayas decidido cuidarme. Muchas gracias, Nire.

Nirelle sostuvo su mirada un segundo más. Habría deseado escuchar esas mismas palabras, en otra voz, en otra persona.

El concurso Aldama dejó de ser solo una estrategia. Se convirtió en algo más personal. Una oportunidad no solo para atrapar al Escultor, sino para recuperar algo que le robaron.

—Vas a estar bien —dijo con calma—. Te lo prometo.

La palabra quedó suspendida entre las dos, más firme que cualquier ruido del restaurante.

Trina bajó la vista primero, pero sonreía.

—No recuerdo la última vez que alguien me prometió algo así —confesó—. Normalmente soy yo la que tranquiliza a los demás.

—¿Siempre has sido así? —preguntó Nirelle.

Trina asintió.

—Mis padres me dejaron con mi abuela enferma, así que desde muy joven tuve que ser la que “puede sola”. —Hizo comillas en el aire con los dedos—. No quería ser una molestia para nadie.

Nirelle entendía demasiado bien esa sensación.

—Y ahora —continuó Trina—, es extraño dejar que alguien más se encargue. Pero se siente bien.

El eco de esas palabras volvió a tocar una fibra sensible. Se siente bien ser cuidada.

Mila nunca apreció eso.

—No tienes que poder sola —dijo Nirelle, con una suavidad que rara vez se permitía—. No todo el tiempo.

Trina la observó con atención, como si intentara leer algo más profundo.

—¿Y tú? —preguntó entonces—. ¿Quién te cuida a ti?

La pregunta la tomó desprevenida. Nirelle sostuvo su vaso de agua, girándolo apenas.

—No lo necesito.

Trina arqueó una ceja.

—Todos lo necesitamos.

Un silencio breve se instaló. No incómodo, más bien reflexivo.

—Estoy acostumbrada —admitió Nirelle al final—. A hacerme cargo.

—Eso suena agotador.

Lo era. Pero no lo dijo.

Trina apoyó los codos en la mesa, inclinándose un poco más cerca.

—Cuando todo pasó… —su voz bajó ligeramente—, pensé que nadie iba a creerme. Que iba a tener que cargarlo sola. Y entonces apareciste tú.

Nirelle sintió que el aire se volvía más pesado.

—Hice mi trabajo.

—No. —Negó Trina con suavidad—. Hiciste más que eso.

Sus ojos oscuros brillaban bajo la luz cálida de las lámparas.

—No me miraste como si estuviera loca.

Nirelle tragó saliva, un gesto casi invisible. Trató de preguntarse si, de no haber sido ella acosada por el mismo asesino, ¿habría intervenido? Y no pudo responderse.

El bullicio del restaurante continuaba, pero la mesa parecía aislada en una burbuja íntima.

Trina inclinó la cabeza ligeramente.