El escultor (La sinfonía del caos 1) 25
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ORACIONES

Nirelle sostuvo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras apagaba el motor del automóvil. Permaneció unos segundos inmóvil, observando la fachada blanca de la casa de oración reflejarse débilmente en el parabrisas.

—De verdad, Nire, debiste esperarme —insistió Rita al otro lado de la línea—. No me gusta que hayas salido sola. Podríamos haber ido juntas.

Nirelle cerró los ojos un instante.

—No es necesario —respondió con calma—. Solo salí un momento al parque, a tomar aire —mintió.

Rita suspiró. Parecía querer reprocharle algo, pero al final se rindió.

—Está bien —cedió—. Pero me ves más tarde, ¿verdad?

Nirelle cerró los ojos con cansancio. Había olvidado que su amiga insistió en acompañarla a buscar el vestido que usaría en el concurso Aldama. Como era una de los patrocinadores, debía mostrar elegancia y refinamiento. O eso es lo que había dicho Rita.

La detective no tenía interés en pasar más tiempo con su amiga. Los últimos días había estado tan pegada a ella que empezaba a sentirse asfixiada.

¿Así se siente la sobreprotección? Se sorprendió preguntándose uno de esos días.

Y le fue inevitable pensar en su hermana.

En aquel cuadro que había pintado de una niña con cabello rizado, luciendo sin su luz, encorvada, con los hombros hundidos como si cargara un peso demasiado grande para su tamaño.

Y una figura blanca que la envolvía desde atrás, brillante, casi lo antinatural, con brazos largos que parecían acunar y aprisionar al mismo tiempo.

Camila había retratado la palabra sobreprotección y ella nunca se dio cuenta.

Nunca imaginó que su cuidado se sentía de esa manera.

—Claro, nos vemos más tarde —respondió al fin.

Rita empezó a decirle algo sobre que debía cuidarse y que se estaba arrepintiendo de dejarla sola en un parque lleno de extraños, pero Nirelle colgó antes de que su amiga decidiera que ya había pasado mucho tiempo fuera.

El silencio regresó a envolver el interior del auto.

Nirelle observó la hora en su celular. 11:55 a.m. Faltaban exactamente cinco minutos para que el culto de cada sábado en las casas de oración comenzara.

Se desabrochó el cinturón de seguridad, tomó su bolso y salió.

El aire exterior era más frío de lo que había anticipado.

A pesar de estar a mediados de noviembre, el viento invernal empezaba a hacer presencia, erizándole la piel de los brazos.

Cerró la puerta del auto con cuidado y se quedó un segundo de pie, ajustando el abrigo, como si necesitara darse ánimos para avanzar.

Caminó hacia la entrada de la casa de oración, recordándose a cada paso que era parte de su investigación. Que era lo que tenia que hacer. Debía infiltrarse en el nido de víboras que eran los iluminados, y así —se convencía ella misma—, encontraría al escultor.

La puerta del lugar estaba abierta. Desde el interior se filtraba el murmullo bajo de voces y el aroma tenue del incienso, menos invasivo que la última vez, pero suficiente para activar algo en su cuerpo: tensión leve en la espalda y un cosquilleo familiar bajo la piel.

En el umbral, la sacerdotisa con la que Nirelle había hablado, recibía a los fieles uno por uno. Vestida de blanco y con las manos juntas frente al pecho, sosteniendo el relicario de la orden de la luz, inclinaba apenas la cabeza a cada persona que entraba.

Cuando sus ojos encontraron el mar azul de Nirelle, la sacerdotisa se detuvo. No le sonrió, ni le habló. Solo inclino la cabeza un poco más de lo habitual. Era una reverencia, no un saludo. Y Nirelle, sin darse cuenta, enderezo la espalda antes de acercarse por completo.

—Sea bienvenida, inmaculada —dijo con respeto la sacerdotisa.

—Gracias —respondió—. Disculpe… no sé su nombre.

Hubo un destello breve en los ojos claros de la mujer, algo cercano al agrado.

—Trinidad —dijo—. Me alegra verla en el culto de hoy.

Nirelle asintió.

—Estoy buscando a qué aferrarme —contestó Nirelle, pensando que era lo más sincero que había expresado en días.

—Por aquí —dijo Trinidad con una sonrisa, girándose con un gesto suave—. Acompáñeme.

Nirelle la siguió por el pasillo central. El murmullo de la sala disminuyó a su paso. Sintió miradas posarse en ella, discretas pero constantes, y tuvo que resistir el impulso de bajar la vista.

Trinidad la condujo hasta la primera fila, ligeramente a un lado, donde se sentaban otras sacerdotisas.

Vestían el mismo blanco impecable y, al verla acercarse, se pusieron de pie casi al unísono.

Algunas inclinaron la cabeza, otras se llevaron una mano al pecho en un gesto que no supo si era o no saludo.

—Aquí estará bien —dijo Trinidad, señalando el asiento.

Nirelle se sentó.

El banco estaba tibio, como si hubiera sido ocupado momentos antes. A su alrededor, las sacerdotisas retomaron sus lugares con una naturalidad ensayada, pero ninguna dejó de prestarle atención del todo. Una de ellas le dedicó una sonrisa breve; otra murmuró algo que sonó a bendición.

Nirelle sintió un nudo extraño en el estómago. Parte de ella quería encogerse, volverse invisible, deslizarse hacia las filas del fondo. Otra parte —más peligrosa— se irguió con una satisfacción que no esperaba.

Le gustaba esa atención, el respeto inmediato, el que todos la vieran como algo precioso e importante. Entrelazó los dedos sobre su regazo, consciente de cada respiración; de cada roce de tela; de la cercanía de esos cuerpos que no la tocaban, pero la rodeaban como un círculo tácito.

Cuando las luces bajaron levemente y el culto comenzó, Nirelle ya no estaba segura de haber venido solo a observar.

Y por primera vez, la idea no le resultó del todo inquietante.

El centro comercial era un mar caótico de cuerpos yendo de un lado a otro. La luz blanca y la música baja parecían ser solo el complemento de la horda de personas cazando ofertas.

Nirelle, en ese momento agradeció que su mejor amiga estuviera acostumbrada a la ropa fina que no muchos se podían permitir.

Así que, cuando entraron a la elegante Verona boutique solo había tres compradoras y las asistentas.

Pudo respirar hondo y siguió a Rita, que caminaba dos pasos adelante, tomando vestidos y colgándoselos en los brazos.

—Este color no —dijo Rita señalando un vestido dorado—. Te apaga. Y este… mejor no, es un concurso no una cita con el médico —añadió dejando un traje de color negro.

Nirelle solo asintió sin convicción. Sus ojos recorrieron las prendas sin detenerse realmente en ninguna. Verde, azul, plateado. Telas hermosas y seguramente caras que no le producían ni una pizca de emoción.

Al principio creyó que la incomodidad se debía al costo de la ropa en ese lugar, pero sabía que no era así.

Incluso después de haber transferido la cantidad pactada para el patrocinio, todavía le sobraba dinero en la cuenta bancaria.

Demasiado. Aun con el descuento mensual —ese cargo persistente cuyo origen todavía no se había detenido a investigar— el saldo seguía creciendo.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Rita, girándose hacia ella con una ceja levantada.

—Sí —respondió Nirelle de inmediato—. Perdón. Estaba pensando.

Rita la observó un segundo más de lo normal, pero no insistió. Le tendió otro vestido.

—Este podría funcionar. Es sobrio, pero… —Hizo un gesto vago con la mano—. Impacta.

Nirelle lo tomó. Tela azul medianoche, con un corte limpio que marcaba la figura sin exhibirla. Contuvo un gesto de desagrado y asintió en falso acuerdo.

Rita sonrió, satisfecha.

—Sabía que te gustaría. Vamos a probártelo.

Mientras caminaban hacia los probadores, Nirelle pensó en el concurso Aldama. En la concentración de artistas, críticos y coleccionistas. En los nombres que se repetían año tras año, orbitando siempre alrededor de la misma estética, la misma obsesión con el cuerpo, la forma, la permanencia.

Si el escultor quería una nueva víctima estaría ahí.

El pensamiento le aceleró el pulso. La anticipación era un sentimiento poderoso.

Nirelle se quitó la blusa con cuidado. Al rozar la piel del abdomen, sus dedos se detuvieron en las marcas a penas perceptibles en su blanca piel, y en las que esforzaban por sanar, decididas a convertirse en vestigios de algo que sabía, no se había terminado.

Se puso el vestido azul con movimientos rápidos; deseaba terminar con todo aquello lo antes posible.

La tela se deslizó sobre su cuerpo como agua fría y, cuando alzó la vista para encontrarse con su reflejo, todo le desagradó.

El color endurecía sus rasgos, afinaba la línea de la mandíbula y la hacía parecer aún más alta de lo que ya era.

Su cuerpo robusto parecía aún más tosco dentro del vestido; los hombros anchos tensaban la tela y, aunque estaba más delgada de lo normal la imagen que le devolvía el espejo le parecía un poco masculina.

Rita abrió la cortina, sin preguntar primero, y luego de observar detenidamente a Nirelle, chasqueo la lengua, satisfecha.

—Te queda perfecto.

Nirelle sostuvo la mirada del espejo. La palabra resonó de forma extraña en su cabeza. Perfecto no parecía ser un halago, sino algo que ella jamás podría alcanzar. Como si esa versión de ella estuviera más lejos de lo que realmente debía ser.

—No estoy segura —murmuró Nirelle.

—Eso es porque nunca lo estás —replicó Rita, cruzándose de brazos—. Pero mírate bien. Luces imponente, digna de adoración.

La palabra se le quedó adherida. Pensó en la casa de oración, en la forma en que las sacerdotisas la habían sentado al frente, en cómo la luz parecía acomodarse a su alrededor como si estuviese hecha para ella.

En el silencio que había sentido después, como si algo dentro de ella se hubiera alineado por fin.

—No me gusta —admitió al fin.

Rita arqueó una ceja, incrédula.

—No te gusta porque no estás acostumbrada a verte así —replicó—. No es lo mismo.

Nirelle no contestó de inmediato. Deslizó los dedos por la costura lateral del vestido, siguiendo la línea que caía recta hasta el muslo.

La tela era firme, lujosa, pero no era lo que ella estaba buscando.

Se vio de nuevo en el espejo. Todo en esa imagen le resultaba ajeno.

Y de repente se descubrió preguntándose: ¿Cómo le quedaría ese vestido a Mila?

—No me gusta —repitió, esta vez con más fuerza y decisión en la voz.

Rita formó un puchero infantil en sus labios y antes de que pudiera responder, el saludo de un nuevo cliente llamó su atención.

—La he visto antes —murmuró Rita para sí misma.

Nirelle la escuchó y giró la cabeza moviendo apenas la cortina del probador. Desde su ángulo solo alcanzó a ver el reflejo fragmentado del interior de la tienda: vitrinas, telas y la figura que acababa de entrar.

Katherina.

La muchacha recorrió el lugar con la mirada, parecía perdida entre el mar de telas. Entonces sus ojos se encontraron.

—Nirelle —saludó casi con alivio.

Nirelle la observó, tenía el cabello recogido de forma sencilla y el rostro más descansado que la última vez que la había visto.

—Hola —volvió a saludar sonriente cuando estuvo junto a ellas.

—¿Cómo estás, Katherina? —preguntó Nirelle con educación, aunque la respuesta le importaba poco.

—Llámame solo Trina, por favor —sonrió aún más—. Y estoy mejor. Gracias a ti, por supuesto. Aún me siento observada, pero ver las patrullas haciendo rondines me da seguridad.

Nirelle asintió. Entonces Rita le golpeó el costado con el codo.

—Ah, Katherina, ¿recuerdas a mi amiga Rita? Rita, ella es Katherina, era amiga de…

Las palabras se le atascaron.

—Era amiga de Cami —completó Trina con naturalidad—. Y por favor, solo llámenme Trina o Kat. Cuando dicen mi nombre completo recuerdo a mi abuela regañándome.

Rita soltó una risa suave que Nirelle no vio, pues cerró la cortina y se despojó del vestido.

—Kat entonces, —Asintió Rita—. Mucho gusto.

—El gusto es mío —respondió ella, y luego miró alrededor, un poco insegura—. Vine por un vestido para el concurso Aldama. No sé muy bien qué buscar.

Nirelle salió del probador con el vestido doblado sobre el brazo, y vio como Rita se enderezó de inmediato, como si alguien hubiera activado un interruptor interno.

—Ah, no. Eso lo arreglamos ahora mismo —dijo, ya caminando hacia los percheros—. ¿Confías en mí?

—Totalmente —respondió Trina sin dudar.

Nirelle notó la diferencia al instante. No había resistencia, ni la ironía que Rita solía encontrar en ella. Trina escuchaba, aceptaba y se dejaba guiar con gusto.

Sintió una punzada incómoda.

—Prueba este —dijo Rita, tomando el vestido azul medianoche que Nirelle había descartado y se lo extendió.

Nirelle frunció el ceño.

—¿En serio?

Trina tomó la prenda con curiosidad.

—¿Es bonito? —preguntó.

—Mucho —respondió Rita—. Y te va a quedar increíble.

Nirelle abrió la boca para decir algo, pero se detuvo. No supo qué. Así que simplemente salió del probador y le cedió el lugar.

Trina entró tras la cortina. El tiempo se estiró apenas unos segundos. Y cuando volvió a abrirse, Nirelle sintió que el aire le abandonaba los pulmones.

El vestido abrazaba el cuerpo de Trina como si hubiera sido diseñado para ella.

La tela azul contrastaba con su piel oscura de una forma divina; marcaba sus curvas con suavidad, sin imponerle una forma que no fuera la suya.

El escote resaltaba su cuello largo, los hombros redondeados, la feminidad evidente.

Su cabello rizado, que había soltado, caía en un marco oscuro y brillante alrededor de su rostro.

Trina se miró en el espejo, incrédula.

—Oh…

Rita sonrió, satisfecha, cruzándose de brazos.

—Te lo dije.

Trina giró un poco, observándose desde todos los ángulos.

—Nunca me había visto así —murmuró—. Me siento hermosa.

Nirelle no podía apartar la mirada. De pronto lo entendió.

Así le habría quedado a Mila.

No el vestido en sí, sino esa luz. Esa armonía entre cuerpo y presencia. Esa manera de habitarlo con seguridad. Una imagen se superpuso en su mente con tanta claridad que dolió: Mila frente a un espejo, sonriendo con timidez, preguntándole si se veía bien.

Sintió un nudo cerrándose en su garganta.

—Te ves hermosa —dijo, y esta vez no fue una cortesía.

Trina se volvió hacia ella, sorprendida, y sonrió con un brillo genuino.

—Gracias —respondió—. De verdad.

Rita observó a Nirelle de reojo, notando algo en su expresión, pero no dijo nada.

En ese instante, algo se acomodó dentro de Nirelle. La pregunta que había rondado su mente —¿cómo le habría quedado a Mila? — encontró respuesta.

Mila está muerta .

Trina en cambio estaba viva. Tenía futuro. Tenía una oportunidad real de ser feliz.

Esta vez, Nirelle no llegaría tarde.

Observó a Trina reír suavemente frente al espejo, girando una vez más, disfrutando de algo que le pertenecía.

No , pensó. A ella no .

Si no hubiera podido salvar a Mila, al menos podía hacer esto bien. El Aldama sería el final. Debía serlo.

Y Trina viviría la vida que Mila no tuvo.