El escultor (La sinfonía del caos 1) 24 #3
43%

24 #3

Y por primera vez en toda la conversación, no tuvo una respuesta preparada. Nirelle sostuvo la mirada de Rita apenas un segundo más de lo necesario.

Fue suficiente para entenderlo.

Demasiado , pensó.

Había cruzado una línea. Una muy peligrosa.

No se defendió. No discutió. Hizo lo contrario.

—Lo sé —dijo con voz baja—. Por eso paré.

Rita parpadeó.

—¿Paraste?

—De buscar activamente aun cuando el caso ya no era mío —aclaró Nirelle—. De forzarme a pensar en él todo el tiempo. Encontrarlo no me traería de vuelta a Mila. Y me estaba haciendo daño.

No era una mentira.

Tampoco era toda la verdad.

—Me di cuenta de que estaba perdiendo perspectiva —continuó Nirelle—. Y de que, si seguía así, iba a cometer un error. No solo en mi trabajo; conmigo. Pero es él quien no me deja en paz ahora.

Rita la observó con atención. La rigidez en su postura cedió apenas.

Regulación emocional posterior al trauma , pensó. Intento consciente de autocontrol .

—Nirelle, que hicieras eso no es solo ilegal, también es muy peligroso.

Nirelle inclinó un poco la cabeza, agotada.

—Lo sé, me equivoqué. Lo reconozco. Pero me estaba muriendo, Rita.

Necesitaba algo que me hiciera sentir que la muerte de mi hermana no fue una más en las notas rojas.

—Permitió que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, creía estar fingiendo, pero ni ella misma sabía qué tanta verdad estaba soltando—.

Sé que me equivoqué. Por eso pedí vacaciones.

Esa frase cayó como un ancla. Rita respiró más hondo.

—Nire… —empezó—. Esto que me estás diciendo es muy grave.

—Lo sé —respondió—. Por eso te lo estoy diciendo ahora.

Rita guardó silencio unos segundos. Luego frunció el ceño, como si algo más se hubiera acomodado en su mente.

—Hay otra cosa —dijo—. El crítico de arte.

Nirelle no se sobresaltó. Eso habría sido un error.

—¿Sebastian? —preguntó.

—¿Por qué te conoce? —preguntó Rita—. ¿Desde cuándo?

Nirelle apoyó la espalda contra la silla, como si le pesara el cuerpo.

—Desde hace unos meses —respondió—. Empecé a ir a galerías. Después de la muerte de Mila… —Nirelle dudó lo justo—, necesitaba algo que no fuera mi cabeza. Algo que no fuera el trabajo. El arte era lo único que me quedaba cerca de ella sin que doliera tanto.

Rita bajó la mirada un instante.

Búsqueda de conexión simbólica con el objeto perdido , pensó.

—¿Y ahí lo conociste?

—Sí. —Asintió Nirelle—. Hablaba de las obras como si las entendiera de verdad. Me quedé escuchando. Fue fácil acercarse a él.

Demasiado fácil , pensó Rita.

Pero no lo dijo.

Observó a su amiga: el cansancio real, la culpa, la hipervigilancia. Sintió un nudo en el estómago.

—No vas a volver a tu departamento sola —dijo.

Nirelle abrió la boca para protestar.

—No es negociable —añadió Rita—. Ni por una noche.

—Rita…

—No —repitió, con firmeza—. Voy a ayudarte. Pero a mí manera.

Se levantó y empezó a caminar por la cocina, activándose, hablando de cámaras, de nueva seguridad en el edificio, de cambiar cerraduras.

Sintió esa presión familiar en el pecho, una que la alertaba, le decía que Rita no estaba protegiéndola; estaba invadiendo el terreno. Si aquello seguía así, no habría espacio. No habría silencio. No habría margen para moverse.

Y ella necesitaba moverse.

—También —añadió Rita, como si acabara de recordarlo— podríamos usar el rastreador.

Nirelle alzó la vista, despacio.

—¿Qué rastreador?

—El que le ponías a Mila —respondió Rita—. El de emergencia que compraste el año pasado.

El café se enfrió entre los dedos de Nirelle.

—Ya no lo tengo —dijo al fin.

Rita frunció el ceño.

—¿Cómo que no lo tienes?

Nirelle bajó la mirada. Esta vez no fingió.

—Lo llevaba en la mochila el día que… —se interrumpió, como si la frase pesara demasiado—. El día que se fue. Pero no pude encontrar el aparato localizador.

Rita abrió la boca, pero no dijo nada, se quedó inmóvil.

—Nire… —murmuró.

Nirelle levantó la vista entonces, con los ojos cansados, enrojecidos, sinceros en su agotamiento.

—Rita, no puedo con todo esto ahora —dijo—. Ni con cámaras, ni gente entrando y saliendo, ni llaves nuevas. Apenas estoy durmiendo. Apenas estoy pensando.

Rita dudó.

Nirelle apoyó el golpe final con suavidad.

—Solo dame unos días —pidió—. Unos pocos. Déjame ordenar mi cabeza. Si después sigo igual… hacemos todo lo que quieras. Te lo prometo.

La palabra «prometo» se quedó suspendida entre ambas.

Rita la observó largo rato. Demasiado largo. Por un segundo, la profesional quiso imponerse. Pensó en riesgos, en protocolos, en probabilidades.

Pero la amiga vio otra cosa: una mujer agotada, culpable, rota por dentro, pidiéndole espacio.

Y Rita no sabía negarse a eso.

—Está bien —cedió al fin, con evidente esfuerzo—. Unos días. Pero no más.

Nirelle asintió de inmediato.

—Gracias.

Rita exhaló, frustrada.

—No me gusta —advirtió—. Nada de esto me gusta.

Nirelle no sonrió. No hizo falta.

No tiene que gustarte , pensó. Solo tiene que funcionar el plan hasta el concurso Aldama.

Rita se levantó para lavar las tazas, todavía tensa, alerta. Nirelle se quedó sentada, inmóvil, sintiendo cómo todo volvía lentamente a su sitio y el control le volvía a pertenecer.