El escultor (La sinfonía del caos 1) 24 #2
42%

24 #2

Nirelle sostuvo su mirada, sintiendo cómo el aire se volvía más denso. Entendía ese lenguaje. Había pasado años viéndolo en salas de interrogatorio, en evaluaciones psicológicas, en informes redactados con palabras limpias para describir mentes rotas.

Rita no estaba juzgándola. Estaba evaluándola.

Y eso no podía permitírselo.

Entonces la idea se formó con una claridad inquietante.

Rita tenía un código ético. Uno férreo. No podía tratarla.

No podía diagnosticarla. No debía hacerlo.

Y, más importante aún, no estaba allí como psicóloga, estaba allí porque la quería.

Porque la había visto desmoronarse y no sabía cómo detenerlo.

Ese era el punto débil.

No tenía que convencer a la profesional. Tenía que traer de vuelta a la amiga.

Desplazar la preocupación clínica por una preocupación emocional. Hacer que Rita se enfocara en su cuerpo, en su agotamiento, en el peligro inmediato; no en lo que se estaba gestando dentro de su cabeza.

Que tuviera miedo por ella.

No de ella.

Nirelle bajó la mirada. Sus hombros se encorvaron apenas, lo justo para que pareciera involuntario. Inspiró hondo, como si le costara hacerlo, y dejó escapar el aire con un temblor controlado.

—No quería que me vieras así —murmuró.

Alzó la vista otra vez, y dejó que sus ojos brillaran un poco más de lo necesario. Vulnerabilidad dosificada.

—Estoy cansada, Rita. Más de lo que crees. Y sí —añadió, adelantándose—, sé que has notado las marcas. Sé que estás pensando mil cosas horribles.

Rita frunció el ceño, incómoda. La psicóloga quiso intervenir, formular la siguiente pregunta. Pero la amiga dudó.

Nirelle continuó antes de que pudiera recuperar el control.

—No estoy perdiendo la cabeza —dijo, con un hilo de voz—. Solo no he sabido cómo pedir ayuda sin que me miren como a alguien débil.

La palabra «débil» hizo mella. Lo vio. El gesto de Rita se suavizó apenas, una fisura en la armadura profesional.

—Te prometo que no haría nada para lastimarme —añadió—. Pero estoy al límite. Y me asusté cuando tú me viste así.

Silencio.

Rita apretó los labios. Sus facciones seguían tensas, pero ya no eran tan duras. La taza volvió a sus manos, como un ancla.

La psicóloga retrocedía.

Nirelle lo sintió, y supo que había acertado.

Ahora Rita estaría preocupada por su fiebre, por las heridas, por el desgaste físico. Por la posibilidad de que su mejor amiga se rompiera.

Rita parpadeó una vez, luego otra, como si algo en su cabeza hiciera clic . Se enderezó de golpe en la silla y negó apenas con la cabeza, un gesto casi imperceptible. «Concéntrate» , parecía decirse. La suavidad se le borró del rostro y la mirada volvió a afilarse.

—No —dijo—. Espera.

Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos.

—Las heridas, Nirelle.

No fue una pregunta.

Nirelle sostuvo la taza un segundo más de lo necesario. El vapor le rozó el rostro. Evitó mirarla.

Rita lo notó de inmediato. La evasión. El rodeo. El suspiro que no terminaba de salir.

—Rita —dijo Nirelle, más bajo—. No me hagas esto.

La mujer apretó los labios. Y entonces Nirelle suspiró. Lenta, cansada. Rendida en apariencia. Sus hombros cedieron, como si la resistencia se le hubiera agotado.

Rita sintió un alivio inmediato, casi culpable.

Bien , pensó. Está bajando la guardia.

—Está bien —murmuró Nirelle—. Te lo voy a decir.

Alzó la vista. Esta vez no buscó compasión, sino algo más crudo.

—He estado siendo acosada.

El aire cambió.

—¿Qué? —Rita se irguió de inmediato.

—He estado siendo acosada —repitió Nirelle, con claridad.

Rita asintió rápido, la mente ya en marcha.

—Eso lo entendí —su voz se volvió firme—. ¿Quién? ¿Desde cuándo? ¿Cómo lo sabes?

Nirelle apretó la taza entre las manos.

—Empezó hace unos meses. Entra a mi casa cuando estoy demasiado cansada y los medicamentos hacen efecto.

Rita se quedó inmóvil.

—¿Cómo lo descubriste?

—Mueve las cosas. Lo justo. Un libro que no estaba ahí. Una silla mal colocada. Un vaso en el fregadero.

Rita sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y estás segura de que no…?

—No es un error mío —la interrumpió Nirelle—. Lo hace para que sepa que estuvo ahí.

Silencio.

Rita apoyó una mano en la mesa con fuerza. Sus uñas se blanquearon.

—Esto es grave —dijo, conteniéndose—. Esto es muy grave, Nirelle.

Su respiración se aceleró apenas, aunque su voz se mantuvo controlada.

—¿Por qué no me dijiste antes?

Nirelle bajó la mirada.

—Porque es mi culpa.

Rita la observó, el corazón golpeándole con fuerza. Quería levantarse, llamar a alguien, hacer algo. Pero se obligó a quedarse quieta, a no perder el eje.

No vio la leve tensión que se relajaba en el rostro de Nirelle.

Había funcionado.

Rita ya no estaba analizando su mente.  Estaba aterrorizada por su entorno.

—¿Qué? —escupió Rita, molesta y confundida.

Nirelle tragó saliva. Sintió cómo el peso de la frase que acababa de decir se acomodaba dentro de ella, denso, irreversible. Bajó la mirada hacia sus manos, entrelazadas con demasiada fuerza.

—Que es mi culpa —dijo, más bajo—. Igual que lo que le sucedió a Mila.

Rita negó de inmediato, casi por reflejo.

—No. Nire, eso no —se detuvo—. ¿Por qué crees eso?

—Si lo hubiera atrapado antes. Si hubiera sido mejor, más rápida… —Apretó los labios—. Mila seguiría viva.

La tensión que siguió las ahogó.

Rita no respondió enseguida. Se enderezó apenas. Su respiración cambió. Más rápida, incluso asustada. Nirelle lo notó todo.

Tú eres solo Rita , pensó. Ahora mírame, consuélame.

—Eso es una asociación retrospectiva —dijo Rita con cuidado—. Estás atribuyéndote una responsabilidad que no es realista.

Las palabras eran suaves, pero el mecanismo era claro.

Nirelle alzó la vista.

—¿Ves? —murmuró—. Ya estás haciéndolo.

Rita frunció el ceño.

—¿Haciendo qué?

—Tratando de analizarme —respondió.

Rita abrió la boca, pero se detuvo. Se dio cuenta. Se reclinó un poco en la silla, como corrigiéndose.

—Perdón —dijo—. Yo solo intento entender qué ocurre.

—No estás entendiendo nada.

Rita la observó con atención renovada.

—Entonces explícamelo —pidió—. Sin desvíos, solo dime ya quién te está acosando, qué tiene que ver eso con Mila.

Nirelle dejó pasar unos segundos. Permitió que el silencio hiciera su trabajo. Luego dejó que sus hombros se hundieran; que su voz temblara.

—Es el escultor quien me está acosando.

Rita se llevó una mano a la boca sin darse cuenta.

—Eso es imposible —susurró—. ¿Estás segura de que…?

Nirelle la miró directo a los ojos.

—Me dejó una escultura de mí, Rita.

El color abandonó el rostro de su amiga.

—¿Qué?

—En miniatura. Perfecta. —Las lágrimas volvieron—. Como un regalo en el día de mi cumpleaños.

Rita cerró los ojos un segundo, obligándose a respirar.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, con la voz tensa—. ¿Por qué no hiciste un reporte?

Nirelle bajó la cabeza.

—Porque pensé que era mi responsabilidad arreglarlo —susurró—. Porque sentí vergüenza. Porque… —tragó saliva— porque si lo atrapaba, tal vez todo esto se terminaría y podría darle paz a Mila.

Rita se quedó mirándola, el corazón golpeándole con fuerza.

—Espera —dijo de pronto—. A ti ya te quitaron el caso.

El cuerpo de Nirelle se tensó.