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VERDADES
—Es una pena, detective Northon. Pero si ya lo ha decidido, no hay nada más que decir —comentó el jefe Lavoisier, con una sonrisa leve, casi complacida, que contrastaba con la falsa gravedad de su tono.
Nirelle sostuvo su mirada sin parpadear.
—No estoy renunciando, señor. Solo solicito vacaciones.
No pensaba permitirle creer que se libraría de ella con tanta facilidad. Aquello no era una retirada. Era una pausa estratégica.
Solo necesito tiempo para pensar, se dijo. Aún se sentía mareada por la fiebre que la atacó días atrás.
Parecía que su mismo cuerpo le gritó que ya no podía más. Y estaba empezando a creerlo. Sentía que algo dentro de ella se estaba fragmentando a diario, astillándose en silencio, y si seguía forzando la rutina, terminaría colapsando frente a todos.
—Por supuesto. —Asintió Lavoisier—. La esperamos de regreso en dos meses.
Le extendió el documento con la autorización. Nirelle lo tomó. Le sorprendió la rapidez con la que aceptó; quizá su desgaste ya era demasiado evidente. O quizá él solo había tomado la oportunidad para deshacerse de ella.
Salió de la oficina y se encontró con Marcus apoyado contra la pared del pasillo, esperándola.
—Entonces es cierto —dijo él, en voz baja—. Se va.
—Tomo vacaciones —corrigió—. Necesito tiempo para mí. Y aún tenemos un trabajo que hacer.
Marcus frunció el ceño.
—¿Seguiremos adelante?
—Por supuesto —respondió sin dudar—. Este tiempo es para enfocarme en lo importante. Mantenme al tanto.
Marcus se rascó el cuello. La observó con detenimiento, como si buscara algo que no terminaba de gustarle.
Pero no dijo nada, solo asintió lentamente.
Sus ojos se humedecieron, vidriosos, y Nirelle tomó eso como su señal para marcharse.
Se despidió sin añadir nada más y lo vio alejarse por el pasillo.
Cuando quedó sola, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos. El silencio cayó sobre ella. Instintivamente se llevó los dedos a la marca entre el cuello y el hombro.
Lo sentía dentro de sí. Como una presencia que se filtraba en su cabeza, reptando, ocupando cada rincón disponible.
El escultor
Pensaba en él al despertar, en la mordida que aún ardía bajo su piel. Pensaba en él al cerrar los ojos, en cómo la miraría si estuviera allí, en la forma exacta en que la sujetaría si intentara huir.
Lo odiaba.
Lo odiaba con cada célula de su cuerpo.
Acarició la marca con suavidad, como si fuera un recuerdo vivo. No una herida. Una cadena tibia, palpitante. Y entonces, por un instante —breve, imposible de negar—, se sorprendió sonriendo.
Nirelle salió de la fiscalía y Rita la esperaba en el estacionamiento, apoyada contra su camioneta.
Una Chevrolet Blazer negra que había comprado de agencia con su último bono de año nuevo.
El motor estaba encendido, esperándola para que no se escapara.
Cuando vio a Nirelle salir del edificio, se irguió de inmediato
Cuando Nirelle terminó de bajar las escaleras y estuvo cerca, habló.
—Sube —dijo sin rodeos, abriéndole la puerta del copiloto.
Nirelle no protestó. Se acomodó en el asiento con un suspiro cansado, cerró la puerta, apoyó la cabeza contra el vidrio frío y cerró los ojos. Rita rodeó el vehículo y arrancó sin decir nada durante varios segundos.
La tensión era palpable.
—Llévame a casa —murmuró Nirelle al fin, sin mirarla—. No tengo energía para nada más.
Rita no respondió de inmediato. Tomó la primera salida del estacionamiento y giró en dirección contraria.
—No —dijo entonces, con calma y convicción—. Vamos a mi departamento.
Nirelle abrió los ojos y giró la cabeza hacia ella.
—Rita…
—No —interrumpió, esta vez más firme—. Te dejé tranquila. Te di espacio. Te cuidé cuando estabas con fiebre y no pregunté nada. Pero ya es suficiente.
El tono no era del todo acusatorio, pero sí decidido.
—Necesito descansar —intentó Nirelle—. Yo solo…
—No me mientas —la interrumpió de nuevo—. Ni siquiera te esfuerzas en hacerlo bien.
Nirelle apretó la mandíbula y volvió la vista al frente. Sus dedos se entrelazaron sobre el regazo.
—No es asunto tuyo.
Rita soltó una risa corta, sin humor.
—Te cargué inconsciente desde el baño hasta tu cama —dijo—. Te bajé la fiebre con paños húmedos. Conté las marcas en tu cuerpo sin querer hacerlo. Créeme, Nirelle, ya es asunto mío.
El nombre completo cayó entre ellas como un golpe. Nirelle se dio cuenta que esa era la primera vez que su amiga no la llamaba solo «Nire».
—No sabes lo que viste —respondió Nirelle en voz baja.
—Sí sé lo que vi —replicó Rita—. Y sé que no son accidentes domésticos ni producto del estrés laboral.
El volante crujió bajo los dedos de Rita.
—Quiero que me digas de dónde salieron.
Nirelle cerró los ojos. Por un instante pareció buscar una respuesta aceptable, una versión editada. Pero no dijo nada.
—No te estoy pidiendo detalles —continuó Rita—. No ahora. Solo quiero la verdad suficiente para saber si estás en peligro.
Eso la hizo reaccionar.
—No me analices —escupió Nirelle, girándose hacia ella—. No soy uno de tus sujetos.
Rita la miró por un segundo largo antes de volver la vista a la carretera.
—No —dijo—. Eres mi mejor amiga, por eso estoy aquí. Porque no puedo permitirme seguir ignorando tu evidente desgaste.
El semáforo se puso en rojo. El auto se detuvo.
—Te estás rompiendo, Nire —añadió con voz más baja—. Y lo peor es que no pides ayuda, no aceptas ayuda. Y yo ya me cansé de mantenerme al margen de la situación.
El silencio volvió a instalarse, espeso, incómodo.
—Dime de dónde salieron las marcas, Nirelle —repitió—. O dime por qué no puedes decirlo.
La luz cambió a verde. Rita avanzó.
Y por primera vez desde que subió al vehículo, Nirelle sintió que no había escapatoria posible.
Nirelle guardó silencio durante todo el trayecto. No se resistió cuando Rita aparcó frente a un edificio que no reconocía. Bajó del auto sin protestar, obediente en apariencia, ausente por dentro.
Alzó la vista. No había estado allí antes.
El edificio era discreto, moderno, con líneas limpias y una iluminación cálida que escapaba por las ventanas como una promesa.
Pensó, con una punzada inesperada, que se notaba lo bien que le había hecho a Rita alejarse de sus padres.
No había rastro de la casa rígida y asfixiante donde había crecido, rodeada de reglas y silencio. Aquello era propio.
Rita abrió la puerta del departamento y la dejó pasar.
El interior estaba impecable sin ser frío.
Claro. Ordenado, al fin de cuentas Rita seguía siendo edereana.
La luz entraba generosa por los ventanales, rebotando en paredes claras y superficies limpias.
Había libros por todas partes: en estanterías altas, apilados en mesas auxiliares, incluso junto al sofá, con marcadores de colores asomando entre las páginas.
Psicología, criminología, pero también libros de novelas y poesía con lomos gastados por el uso.
Plantas vivas en las esquinas. Tazas distintas, ninguna haciendo juego. Fotografías pequeñas, sin marco ostentoso. Un lugar habitado. Seguro.
Rita dejó las llaves y fue directo a la cocina.
—Siéntate —ordenó, señalando la mesa sin mirarla—. Haré café.
Nirelle obedeció. Se sentó despacio, apoyando los codos sobre la madera clara. Observó cada gesto de su amiga: la forma metódica en que llenaba la cafetera, cómo medía el café sin necesidad de cucharas, cómo evitaba mirarla todavía. Rita sabía esperar. Siempre había sabido.
La incomodidad se estiró entre ellas, acompañada solo por el goteo lento del agua caliente atravesando el filtro.
Nirelle siguió el sonido con atención, contando mentalmente los segundos, como si aquel ritmo pudiera anclarla.
Cuando hubo suficiente, Rita apagó la cafetera.
Sirvió el café en dos tazas, caminó hasta la mesa y dejó una frente a Nirelle.
El vapor se elevó entre ambas como una barrera tibia.
Luego se sentó.
No preguntó nada. Solo la miró, expectante.
Y Nirelle lo entendió, no la dejaría tranquila.
Sintió cómo algo en su interior se cerraba con un clic casi imperceptible. La parte vulnerable, exhausta, dio un paso atrás. En su lugar apareció otra cosa. Más ordenada y precisa.
No podía decirle todo.
Pero sí algo. Información seleccionada. Controlada. Lo suficiente para calmarla, para redirigirla, igual que había hecho con la psiquiatra. Rita era psicóloga criminal: detectar mentiras burdas era su oficio. Así que no mentiría. Solo recortaría la verdad. Le daría un marco que pudiera manejar.
Manipularla sin que lo notara.
Pensó en las marcas. En la mordida. En el fuego antiguo que le recorría el cuerpo al recordarlo.
No.
Eso no.
Tomó la taza entre las manos. El calor le quemó un poco los dedos, pero no la soltó. Finalmente alzó la mirada y se encontró con los ojos atentos de Rita.
—No es lo que crees —dijo despacio, midiendo cada palabra—. Pero tampoco es tan simple como te gustaría.
Nirelle lo percibió antes de que Rita dijera una sola palabra.
No fue un cambio brusco, sino una transición sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera desde hacía años.
La forma en que Rita enderezó la espalda.
Cómo dejó de rodear la taza con ambas manos y la apoyó con cuidado sobre la mesa.
El leve ajuste en la mandíbula. Incluso su mirada cambió: ya no era la de una amiga cansada y asustada, sino una observación precisa, clínica, que buscaba patrones.
Rita no respondió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, invitándola a continuar. Y Nirelle supo que acababa de entrar en otro tipo de interrogatorio. Uno donde ella debía ser mucho más cuidadosa.
La profesional había ocupado el lugar de la amiga. Y eso encendió algo en Nirelle.
Reconoció el tono cuando Rita habló de nuevo: más bajo, más estable, calculado para no inducir respuestas defensivas.
—Necesito que me digas la verdad, Nire.
No « por favor» . No « ¿quieres?».
Necesito.