El escultor (La sinfonía del caos 1) 23 #2
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Después de eso, el tiempo se volvió extraño.

Minutos que parecían horas, y con el único sonido de la respiración de Nirelle y el goteo distante del agua que aún caía en el baño.

Rita se sentó al borde de la cama sin darse cuenta.

Le sostuvo la mano, notando que la fiebre empezaba a ceder.

La piel seguía caliente, pero ya no ardía como antes.

La respiración de Nirelle se había vuelto más regular, menos entrecortada.

Signos de estabilización. Rita los reconocía con facilidad; había pasado años observándolos en otros cuerpos, en otras camas, en otros contextos.

El problema era que esta vez no era un expediente.

No podía evitar pensar que su amiga se estaba desmoronando frente a ella y que no lo había detenido. Y lo peor era que sí lo había visto venir. En retrospectiva, las señales eran claras. Demasiado claras.

El retraimiento progresivo. La irritabilidad mal disimulada. La obsesión creciente con el caso. La forma en que Nirelle hablaba del asesino. La falta de descanso. Las heridas minimizadas. El cuerpo llevando la cuenta de lo que la mente se negaba a procesar.

Rita cerró los ojos un segundo, obligándose a ordenar los pensamientos como lo haría en una evaluación clínica.

Trauma no resuelto.

Exposición prolongada.

Duelo complicado.

Conductas de riesgo.

Disociación intermitente.

Abrió los ojos de golpe y observó su rostro dormido. Incluso inconsciente, había una tensión persistente en su mandíbula, como si su cuerpo se negara a relajarse del todo. Era solo una tregua.

Rita tragó saliva.

Como psicóloga criminal, sabía que el momento más peligroso no era cuando alguien colapsaba, sino cuando encontraba sentido en ese colapso. Cuando el dolor dejaba de ser una señal de alarma y pasaba a ser un estimulante.

Le acomodó de nuevo el paño frío en la frente y se inclinó un poco más cerca.

—No puedes seguir así —murmuró, con la voz quebrándose—. No tienes que hacerlo sola.

Nirelle se movió. Un leve fruncir del ceño y un cambio imperceptible en la respiración.

Rita se inclinó de inmediato.

—Estoy aquí —dijo—. Todo está bien. No voy a dejar que te pierdas en esto, aunque tenga que pelear contigo para sacarte.

Los ojos de Nirelle se abrieron lentamente. Primero sin foco. Luego, poco a poco, la habitación tomó forma. La luz tenue, la silueta de Rita inclinada sobre ella. El peso del cuerpo hundido en el colchón.

—Rita —susurró con voz ronca, parecía costarle hablar.

—Shh —respondió ella—. Tranquila, todo está bien. Tenías fiebre, te encontré en el baño.

Nirelle parpadeó, una, dos veces. El recuerdo llegó fragmentado: vapor, calor, el pecho apretado y esa sensación de estar siendo atravesada por algo demasiado grande.

—Te traje a la cama —continuó Rita—. Estabas ardiendo.

Nirelle giró apenas la cabeza. Sintió la toalla fría en la frente, la mano de Rita aun sosteniendo la suya, y el cuidado. Demasiado cuidado.

—Debí…marearme —dijo al fin, en voz baja—. Lo siento.

—No tienes por qué disculparte —afirmó Rita, apretando más la mano de su amiga.

Nirelle cerró los ojos y permaneció en silencio, sentía el cuerpo pesado, como si hubiera regresado de muy lejos.

Cada músculo le dolía como una molestia sorda, persistente.

El frío de las toallas contrastaba con el calor que aún latía bajo su piel, recordándole que algo había estado fuera de control y que ahora ya no estaba.

Abrió los ojos despacio. Observó a su amiga. Vio la tensión en su mandíbula, el cansancio acumulado en sus hombros, la preocupación mal disimulada. Rita no era ingenua, pero tampoco estaba preparada para lo que realmente ocurría dentro de ella.

—No llames a nadie —dijo Nirelle, con un tono más firme de lo que pretendía—. Ni siquiera a un médico.

—Nire…

—Por favor —suplicó.

La súplica quedó suspendida entre ambas, Rita la observó largo rato. Luego suspiró.

—Está bien —aceptó—. Pero no me moveré de aquí en ningún momento.

Nirelle dudó un instante. Luego asintió.

—Está bien.

Rita retiró una de las toallas ya tibias y fue a mojarla de nuevo. Cuando volvió, Nirelle ya dormía, así que la colocó con cuidado sobre la frente de Nirelle. Luego se acomodó en el espacio libre de la cama y pensó de qué manera abordaría el tema de las lesiones con su amiga.

Más tarde, mientras Rita dormitaba, escuchó golpes en la puerta. Resonaron secos e impacientes. Se tensó de inmediato. Miró hacia Nirelle quien dormía de lado, con el ceño apenas fruncido y la respiración todavía irregular pero profunda. No se movió.

Rita se levantó con cuidado, caminó descalza hasta la puerta y miró por la mirilla.

Había un hombre del otro lado.

Sintió el estómago cerrársele. Abrió la puerta apenas lo suficiente para asomarse.

—¿Qué quiere? —escupió, sin saludo.

Sebastian estaba ahí, de pie con calma. Traje oscuro, manos visibles, expresión abierta. El mismo rostro que Rita había visto en televisión demasiadas veces justificando lo injustificable.

—Buenas noches —dijo él—. Busco a Nirelle Northon.

Rita sintió una punzada inmediata en el estómago, pero no se movió.

—No está —mintió—. Y aunque lo estuviera, no tiene nada que hablar con usted.

Él ladeó la cabeza, observándola con más atención. Ese gesto molestó a la mujer. Iba a cerrar la puerta, pero él habló de nuevo, rápido, suave.

—Solo será un momento. Es importante.

Rita lo miró de arriba abajo sin disimulo.

—Para usted, tal vez.

Sebastián sostuvo la mirada, curioso.

—Usted es Rita, ¿verdad? —dijo Sebastian—. Nirelle me ha hablado de usted.

Eso bastó para que la irritación de Rita se encendiera del todo.

—¿Qué quiere? —repitió, más alto—. No tengo tiempo para juegos ni para… —Lo recorrió con la mirada, sin disimular el desprecio— apologistas de asesinos.

Rita notó cómo la sonrisa de Sebastián se mantuvo, pero algo en sus ojos se volvió más atento, más frío.

—Solo quiero hablar con ella. Saber si está bien.

Rita pensó en el cuerpo de Nirelle empapado de sudor. En las heridas mal cerradas. En la marca violácea cerca del cuello.

Algo oscuro le subió por el pecho.

—Si sabe lo que le conviene —dijo, avanzando medio paso—, se larga ahora mismo.

Sebastián dio un pequeño paso adelante. No invadió del todo su espacio, pero lo rozó.

—No tiene por qué hablarme así.

Rita no se movió.

—Tengo todas las razones.

Él suspiró, como si estuviera agotado de explicarse.

—Nirelle y yo tenemos una relación.

La palabra hizo que algo se rompiera en Rita.

—Eso es lo que usted dice. Así que le repito, si sabe lo que le conviene, váyase.

La sonrisa de Sebastian se borró.

Su cuerpo cambió. No fue un gesto exagerado, sino algo más sutil y por eso más alarmante: los hombros se enderezaron, la mirada se volvió fija, pesada.

—¿Me está amenazando? —preguntó, con voz seca.

Rita no retrocedió.

—Pertenezco al cuerpo de investigación criminal —respondió, clara—. Puedo movilizar a un equipo entero si quiero. Esto no es una amenaza, es una advertencia.

Por un segundo, el silencio entre ambos fue denso, cargado. Sebastian sonrió otra vez. Pero esta vez no había nada amable en el gesto.

—No va a alejarme de Nirelle —dijo—. Ni usted, ni nadie.

Rita sostuvo su mirada sin pestañear.

—Míreme hacerlo.

Y le cerró la puerta en la cara.

El golpe seco de la madera resonó en el departamento. Rita apoyó la frente un segundo contra la puerta, respirando hondo, tratando de controlar el temblor en las manos. Entonces lo oyó.

Una tos ahogada. El sonido vino del dormitorio. Rita giró de inmediato y corrió por el pasillo.

—Nire —susurró, entrando—. Tranquila, estoy aquí.

Nirelle se movió entre las sábanas, tosiendo otra vez, los labios resecos. Rita tomó el vaso de agua de la mesa de noche y la ayudó a incorporarse un poco.

—Despacio —murmuró—. Ya pasó.

Nirelle bebió con dificultad. Sus dedos estaban calientes. Demasiado.

—¿Qué…? —alcanzó a decir, con la voz ronca.

—Nada —respondió Rita rápido, demasiado rápido—. Solo un vendedor tocando la puerta.

Nirelle cerró los ojos otra vez, agotada. Rita le acomodó las almohadas, volvió a ponerle el paño frío en la frente.

Mientras la observaba dormir de nuevo, Rita pensó en la sonrisa de Sebastian al otro lado de la puerta. Y por primera vez desde que había entrado a ese departamento, sintió miedo por Nirelle.