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ESPEJISMO
Nirelle condujo hasta su departamento con el sentimiento opresivo ardiéndole en las entrañas.
Cuando llegó, cerró la puerta con más cuidado del necesario. Apoyó la espalda en la madera y dejó que el aire escapara de sus pulmones en un suspiro largo, tembloroso. El silencio la envolvió de inmediato.
No encendió las luces. No las necesitaba.
Caminó hasta el baño guiándose por la memoria del espacio.
El espejo la esperaba. Se detuvo frente a él sin mirarse al principio.
Apoyó ambas manos en el lavamanos. La piel aún le ardía en algunos puntos: las marcas finas en el abdomen, la mordida mal cerrada cerca del cuello, el cansancio que no se iba ni con el sueño, y ese sentimiento nuevo que la embriagaba desde dentro.
—No es real —murmuró sin convicción.
Alzó la vista.
Su reflejo la sostuvo con esos ojos demasiado claros. Vio a alguien tenso, sí. Cansado. Herido. Pero entero. Demasiado entero para todo a lo que había sobrevivido.
Entonces pensó en Mila.
En su risa fácil. En su forma de llenar los espacios como si el mundo le perteneciera por derecho. En cómo todos la miraban cuando pintaba, como si la belleza solo pudiera existir a través de ella.
Y durante años, había aceptado su lugar: la que protege, la que sostiene, la que permanece detrás. La sombra necesaria para que otra brillara. Pero la idea, ahora, se sentía equivocada. La imagen no encajaba porque en realidad nunca lo había hecho.
Porque Mila jamás habría soportado lo que ella había cargado. No tenía la fuerza.
No tenía la resistencia.
No tenía la fe.
El recuerdo del orfanato regresó con tanta claridad que le pareció dolorosa: las sacerdotisas inclinando la cabeza solo ante ella. Los rituales que no podían comenzar sin su presencia. El Arconte mirándola con reverencia.
La sacerdotisa de aquella tarde también se había inclinado.
No ante Mila.
Ante ella.
Nirelle sostuvo la mirada de su reflejo.
¿Habrían hecho lo mismo por Mila?
La respuesta fue inmediata.
No.
Nadie había elegido a Mila.
Solo ella.
Y, aun así, habían intentado arrebatársela. Adoptarla. Alejarla. Separarlas. Como si Mila hubiera sido lo importante. Como si Mila hubiera sido la elegida.
El recuerdo del incendio cruzó su mente. El calor, el humo, el caos. Y en medio de todo eso la calma. La liberación.
No fue un accidente , pensó.
El espejo comenzó a empañarse lentamente, distorsionando su imagen. Nirelle no lo limpió. Observó cómo su rostro se fragmentaba.
—Siempre fui yo —susurró.
No sonó arrogante, era, más bien una verdad que había esperado demasiado tiempo.
Mila tenía talento. Tenía hambre. Tenía ambición. Pero también tenía necesidad.
Necesitaba ser vista.
Necesitaba ser amada.
Necesitaba a Nirelle.
Nirelle no. Nirelle había sobrevivido sin nada.
La comprensión llegó con una calma aterradora. No había sido la sombra de Mila. Mila había sido el disfraz. Una forma de ocultarla y protegerla para retrasar lo inevitable. De permitirle existir sin ser reclamada.
Hasta ahora.
Nirelle llevó una mano al cuello, tocando con cuidado la herida cubierta. Esta vez no apartó los dedos. Los mantuvo allí, como si comprobara algo que siempre había sabido. Bajo la piel, el pulso no temblaba.
No había esperado por miedo. Había esperado porque el mundo no estaba listo. Porque revelarse demasiado pronto habría sido un error.
No sonrió, pero tampoco negó la idea.
La luz siempre había sido suya.
Rita llevaba dos horas llamando a la puerta de su mejor amiga.
Primero con suavidad, no quería parecer insistente.
Pero la preocupación se apoderó de ella.
Entonces se intensificaron los golpes, y empezó a dejar mensajes en su celular, uno tras otro.
Al principio pensó que Nirelle estaría dormida, cuando rebasaba sus límites solía perderse por horas, pero tanta insistencia ya debería haberla despertado.
—Señor, ¿podría ayudarme? —dijo Rita, con la voz suplicante al portero del edificio cuando lo encontró en el vestíbulo—. No responde desde hace horas.
El hombre la observó con cautela, evaluando el nerviosismo en su expresión, y finalmente asintió. Sacó el llavero maestro del bolsillo y la acompañó hasta el departamento.
—Detective Northon —anunció mientras introducía la llave—. ¿Se encuentra bien?
No hubo respuesta.
La puerta cedió con un clic seco, y un olor tibio los recibió de inmediato. No era del todo desagradable, una mezcla entre humedad y metal caliente, algo parecido al sudor retenido demasiado tiempo.
—Gracias —murmuró Rita, adelantándose a entrar sin esperar a que el portero dijera nada más.
El departamento estaba en penumbra. Las cortinas corridas dejaban pasar apenas una franja de luz grisácea. El aire se sentía pesado, saturado, como si hubiera sido respirado demasiadas veces sin renovarse.
—¿Nirelle? —llamó.
Su voz resonó contra las paredes silenciosas.
No obtuvo respuesta.
Avanzó con pasos lentos, conteniendo el impulso de correr. En la mesa del comedor vio el bolso abierto, con las cosas esparcidas en la superficie.
—¿Nirelle? —repitió, esta vez más bajo.
El murmullo de agua llegó entonces.
Un sonido constante, casi imperceptible al principio, que provenía del fondo del departamento.
El baño.
Rita tragó saliva y se acercó. El aire se volvió más caliente a cada paso. Una humedad espesa comenzó a adherirse a su piel, a su cabello, a su garganta.
Se detuvo frente a la puerta entornada y la empujó con cuidado.
El vapor la envolvió de inmediato, denso, sofocante.
El espejo estaba completamente cubierto por condensación, las paredes perladas de agua.
La llave del agua caliente seguía abierta, dejando caer un hilo constante que llenaba el lavabo hasta desbordarlo en pequeñas corrientes que serpenteaban por el piso.
—¡Nirelle! —gritó Rita, alarmada al ver a su amiga.
Nirelle estaba tirada en el suelo, medio recostada contra el mueble del lavamanos. Su cabello pegado a la frente, la camisa empapada y la piel perlada de sudor. El pecho le subía y bajaba con respiraciones irregulares, superficiales.
Rita se arrodilló junto a ella.
—Nirelle, mírame —susurró, tocándole la mejilla.
La piel de Nirelle estaba demasiado caliente. Como si ardiera desde dentro.
—Oye, oye… —murmuró, recorriéndole el rostro con la mano temblorosa—. ¿Qué sucedió?
Nirelle no respondió. Sus labios se movieron apenas, pero no formaron palabras. Sus pestañas vibraron, como si luchara contra algo que solo existía detrás de sus párpados cerrados.
Rita sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cerró la llave del agua con un movimiento brusco. El silencio que quedó fue abrupto, casi violento. Debía moverse.
Salió del baño para ir a abrir la ventana de la habitación, y así permitir que el vapor empezara a dispersarse.
Luego volvió junto a Nirelle. Con esfuerzo, pasó un brazo por debajo del hombro derecho de Nirelle, y la sostuvo con fuerza de la cintura para ponerla de pie.
Le rezaba al señor de la luz para que sus sesenta kilos soportaran el metro setenta de su amiga.
El cuerpo de Nirelle pesaba más de lo que esperaba, y estaba tan caliente que incluso ella sentía que empezaría a sudar.
Con cada paso que daba, temía que se le resbalara, pero no se detuvo. La llevó hasta la habitación y la recostó en la cama con cuidado, acomodándole la cabeza sobre la almohada. La respiración de Nirelle era irregular, como si su cuerpo peleara desesperadamente contra la enfermedad.
Rita volvió al baño por una toalla limpia. La mojó con agua fría y regresó casi corriendo. Se la apoyó en la frente, luego en el cuello, repitiendo el gesto una y otra vez.
Nirelle gimió de dolor sin abrir los ojos.
—Tranquila, ya pasó —susurró, aunque Nirelle no parecía oírla.
Colocó la toalla en su frente y empezó a quitarle la camisa húmeda, notando una gasa en el espacio entre su cuello y su hombro, pero la ignoró para seguir con su trabajo.
Cuando terminó, sus manos dudaron un segundo antes de continuar, pero la fiebre no le dio espacio para la vergüenza.
Desnudó por completo a su amiga y empezó a secar con cuidado el sudor de su piel.
Cuando llegó al abdomen se detuvo.
Rita frunció el ceño, inclinándose un poco más para ver mejor.
La piel de Nirelle estaba marcada. No era únicamente una sola herida, ni reciente.
Había cortes antiguos, ya cerrados, líneas finas y pálidas que se entrecruzaban como un mapa torcido.
Otros eran más nuevos: aún rosados, mal cicatrizados, con bordes irregulares, como si no hubieran recibido la atención adecuada.
Algunos parecían demasiado profundos para haber sido simples accidentes.
El estómago de Rita se contrajo.
—¿Qué mierda? —murmuró, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.
Apoyó con cuidado la toalla en un costado y pasó los dedos apenas por encima de una de las marcas, sin presionar. Nirelle se movió un poco, emitiendo un sonido bajo, incómodo, pero no despertó.
Rita tragó saliva.
No eran heridas limpias. No eran viejas del todo, pero tampoco lo suficientemente nuevas como para justificar la fiebre por sí solas. Parecían descuidadas.
Entonces se fijó de nuevo en la gasa cerca del cuello.
—¿Qué es esto? —susurró, apartando con delicadeza el borde.
La herida estaba enrojecida e inflamada. Parecía vieja y descuidada. La observó con atención, parecía curveada, pero por el mal estado que tenía podía ser cualquier cosa. Rita apretó los labios conteniendo el impulso de despertarla para exigir explicaciones.
No ahora.
Cubrió el cuerpo desnudo de Nirelle y luego fue al baño en busca de otra toalla húmeda y el botiquín para curar la herida.