El escultor (La sinfonía del caos 1) 22 #3
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Nirelle dio un paso más y el mareo la obligó a apoyarse en la pared. Fue entonces cuando una de las sacerdotisas se acercó. No hizo ruido al caminar, ni la toco de inmediato. Su presencia se anunció primero como una interrupción al caos interno de Nirelle.

—Inmaculada —susurró la sacerdotisa—. ¿Se encuentra bien?

Nirelle negó despacio.

—Venga conmigo.

Antes de que pudiera responder, la mujer apoyó una mano entre su omóplato y el hombro, guiándola.

La condujo por un pasillo estrecho, lejos del salón principal.

Con cada paso, el olor a incienso disminuía.

El aire se volvía más limpio, aunque el rastro de aceite seguía ahí, adherido a las paredes y a su memoria.

Entraron a una oficina pequeña. El espacio era sobrio: un escritorio de madera clara; estanterías con libros antiguos y una ventana alta por la que entraba luz opaca del mediodía.

La puerta se cerró a sus espaldas con un sonido suave. El temblor en las manos de Nirelle no había desaparecido, pero el dolor en el pecho empezó a ceder lentamente. La náusea retrocedió, dejándole una sensación agria en la boca y cansancio inmediato en los músculos.

La sacerdotisa ocupó su asiento y observó a Nirelle con atención, con los ojos claros y brillantes. Nirelle respiró hondo antes de hablar.

—¿Me recuerda? Usted me dio esto. —Dejó los relicarios sobre la mesa—. En el funeral de mi hermana.

Los ojos de la sacerdotisa sonrieron, pero su boca no se movió.

—He pensado en su oferta. —Nirelle carraspeó reponiéndose—. Quiero formar parte.

—La casa de oración está abierta para todos —respondió la sacerdotisa con suavidad—. Puede asistir al culto siempre que lo desee. Siempre habrá un asiento de honor para usted, Inmaculada.

Este es tu lugar, Inmaculada , susurró su mente.

Nirelle negó despacio.

—No me refiero a la Orden de la Luz.

La frase cayó entre ambas, y Nirelle la intensificó al acercar aún más a la sacerdotisa el relicario de estrella, el de los Iluminados. La mujer no retrocedió, pero algo en su postura cambió. Sus dedos se entrelazaron sobre el escritorio.

—Hay decisiones que no se toman a la ligera, Inmaculada —dijo la sacerdotisa, su expresión era neutra, casi distante.

Nirelle no había imaginado el intercambio así.

Creyó que al ser la Inmaculada la recibirían con agrado.

Tragó saliva, reflexionando. Sabía que últimamente los Iluminados estaban siendo aún más vigilados por la policía, no solo ella había llegado a la conclusión de que algo tenían que ver con las víctimas del Escultor.

Lo había escuchado por Marcus, el detective Blanchard había solicitado apoyo federal para mantener a los religiosos bajo control.

Si se enteraban que ella era detective, posiblemente sospecharían que trataba de infiltrarse.

Eso le complicaba la tarea. Nirelle se observó las manos, debía encontrar una manera de ser aceptada, pero ¿cómo? Entonces recordó lo sucedido con la psicóloga, había ofrecido algo de sí misma para conseguir lo que necesitaba. Tal vez, en este caso funcionaría igual.

—Nací Inmaculada —dijo, dejando que la palabra se asentara—. Fui criada como una entre los Iluminados que regían el orfanato de Los Hijos de la Luz en Vioren.

La sacerdotisa se quedó inmóvil.

Nirelle vio eso como la oportunidad de continuar.

—Fue la sacerdotisa madre quien me dio mi nombre. Luz del señor, luego, por azares del destino, fue modificado a Nirelle, que tiene el mismo significado. Viví diecisiete años entre ellos. Bendije a los impuros que recibían la gracia; aprendí los ritos; las vigilias. No conocí nada más.

Los ojos de la sacerdotisa la estudiaban ahora con intensidad distinta.

—¿Qué ocurrió? —preguntó la mujer al fin.

Nirelle bajó la mirada. Permitió que su voz se quebrara a penas.

—Lo sabe. Hubo un accidente terrible, se incendió todo en mitad de la noche. Mi habitación quedaba en un ala aislada, por eso pude escapar, junto a mi hermana.

—La impura —dijo la sacerdotisa, en un murmullo reflexivo.

Las manos de Nirelle se cerraron en puños sobre sus muslos. El impulso de corregirla le tensó la mandíbula, pero no dijo nada. Solo asintió lentamente, aceptando la condición de Mila, lo cual, produjo un sentimiento contradictorio en su interior.

—No podíamos quedarnos, la policía habría llegado a interrogarnos. No podíamos arriesgar a todos —explicó Nirelle.

La sacerdotisa asintió y exhaló despacio.

—Esto no depende solo de mí, Inmaculada —dijo—. Tendré que hablar con la congregación.

—El antiguo Arconte Nasher me conoce —añadió Nirelle, levantando la vista—. Él puede dar fe de quién soy.

El nombre produjo el efecto esperado. La sacerdotisa asintió una sola vez. No confirmó ni negó nada.

—Le llamaremos.

—Me siento perdida, necesito regresar a donde pertenezco —suplicó Nirelle y un escalofrío le recorrió la espalda cuando no supo si era o no verdad.

Cuando Nirelle se puso de pie, la sacerdotisa la imitó y se despidió inclinando la cabeza en una reverencia lenta, solemne, cargada de devoción inquietante. Aquel gesto, aparentemente simple, sacudió algo en su interior: una vibración oscura, densa, imposible de sofocar.

Se sintió complacida.