22 #2
Hacía semanas que no le daban un caso decente, y habían intentado que hiciera más trabajo administrativo, pero ya no podía más.
El murmullo de voces, el tecleo constante, el olor a café quemado y papel viejo empezaron a resultarle insoportables.
Sentía el cuerpo pesado y los pensamientos demasiado rápidos, desordenados, como si algo dentro de ella estuviera acelerándose sin control.
Tal vez sea lo mejor , pensó.
Apretó la mandíbula al instante. No estaba cansada, solo desordenada. Se detuvo un momento en la escalinata, respirando hondo, como si el mundo entero pudiera estabilizarse si se lo proponía con suficiente fuerza.
Debía tomar una decisión acerca de las vacaciones.
Sería la primera vez en años que las solicitaba.
Antes solo pedía que se le pagaran, así tenía dinero extra para lo que necesitaran en casa.
Pero ahora tenía demasiado dinero extra.
Nirelle no había sido consciente de lo mucho que Mila gastaba su dinero hasta que dejó de hacerlo.
Los últimos meses en su cuenta bancaria se había acumulado una cuantiosa cantidad que antes ni siquiera hubiera podido imaginar.
Debía revisar sus finanzas, eso lo tenía claro, en especial por un descuento mensual que antes no había notado, pero era trabajo para otro día. En ese instante tenía una investigación pendiente.
Minutos después detuvo su automóvil frente a la primera casa de oración que encontró. Bajó del carro y se acercó a la puerta, pero no entró. Observó desde afuera por un momento, hasta que el olor a incienso viejo y madera húmeda le invadió las fosas nasales. Entonces decidió ir a la siguiente.
Condujo en silencio por la avenida principal, sintiendo cómo el peso de algo en el bolso interno de su saco se le pegaba a las costillas. En un semáforo en rojo introdujo la mano para sentir el relieve de la C grabada en cursiva.
Era el espejo de Mila.
Nirelle sintió el dolor cerrarle la garganta, y se obligó a soltar el objeto. Lo arrojó con furia al asiento del copiloto. Era incapaz de mirarlo. Se negaba a aceptar la verdad que la estaba alcanzando.
Seguía fallando.
La segunda casa de oración que encontró fue distinta en forma, pero no en esencia.
Cantos suaves, imágenes pulcras, velas consumidas y rostros entregados a una devoción que le resultaba ajena.
Permaneció ahí apenas unos minutos antes de que la impaciencia le tensara los hombros y la obligara a continuar buscando.
La tercera fue peor. Había demasiado ruido, muchas miradas, y el custodio predicaba con tanta convicción que provocó un nudo en el estómago de Nirelle.
Fue en la cuarta donde algo cambió.
El edificio era discreto, a pesar de encontrarse un poco alejado de la ciudad.
No había símbolos evidentes en la fachada blanca, solo una puerta de madera oscura y una placa metálica sin inscripción.
Dudó antes de entrar, no quería volver a decepcionarse cuando no encontrara a quien estaba buscando.
Entonces el brillo que provocaba el objeto metálico al ser tocado por el sol le dio la valentía que necesitaba.
le recordó porqué hacía eso. Debía encontrar al Escultor.
Al fondo, vestidas de blanco y con las cabezas cubiertas, conversaban las sacerdotisas que le habían hablado en el funeral de Mila.
Nirelle se quedó inmóvil y sostuvo con fuerza los relicarios: una pequeña esfera plateada, con un símbolo de luz grabado en relieve, y la estrella de ocho puntas forjada en metal oscuro.
Entonces reconoció de inmediato los ojos pálidos, como vidrio bajo el sol, de la sacerdotisa que se los había dado.
Decidió avanzar hacia ella cuando una vibración insistente la sacó de su estupor. Su teléfono nuevo.
Marcus.
Nirelle lo miró sin desbloquear la pantalla. El nombre brilló durante unos segundos antes de desaparecer. Decidió que lo llamaría después.
Apenas cruzó el umbral, su cuerpo reaccionó antes que su mente. El olor la golpeó de lleno: incienso espeso, madera seca y ese rastro aceitoso e inconfundible, que reconoció con tanta claridad, que le revolvió el estómago. Aceite de consagración. El mismo que había impregnado toda su vida.
Debes estar limpia, susurró su mente.
El aire le pesaba en los pulmones, entonces un recuerdo de metal siendo calentado en las brasas la golpeó con fuerza.
Sintió las manos viscosas y tibias, y un temblor le recorrió los brazos y descendió por su espalda hasta clavarse en sus piernas.
Sus dedos se crisparon de forma involuntaria.
El estómago se le contrajo con violencia, en una náusea súbita que le subió hasta la garganta, obligándola a tragar saliva una y otra vez para no perder el control ahí mismo.
El dolor en el pecho llegó después. No punzante, sino opresivo. Como si algo invisible se le hubiera sentado encima, aplastándole el esternón con presión constante y deliberada.
Es momento de que la Inmaculada haga la bendición , volvió a susurrar su mente.
No estaba asustada, eso era lo más inquietante. Estaba activada.
Su respiración se volvió superficial. El mundo pareció estrecharse en los bordes. La luz de las velas se volvió demasiado brillante, demasiado cercana. El murmullo lejano de las plegarias se distorsionó hasta convertirse en un zumbido grave, persistente.