El escultor (La sinfonía del caos 1) 22
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ILUMINADOS

—¿Ha considerado solicitar vacaciones? —preguntó la doctora Caelli, con la voz firme.

Nirelle la observó como si acabara de sugerirle que se amputara una extremidad ahí mismo.

—Piénselo —continuó Caelli, sin inmutarse—. Tal vez sea lo más conveniente. Evitaría que sigan apareciendo… irregularidades. Sus ausencias, por ejemplo.

El pulgar de Nirelle fue a parar a su boca casi de inmediato. Lo mordió con fuerza, hasta sentir el sabor metálico.

—Yo no me he ausentado —replicó, con un bufido contenido.

—Ah, ¿no? —Caelli arqueó apenas una ceja. La paciencia comenzaba a resquebrajársele—. Entonces supongo que la llamada que recibí ayer de la secretaria del fiscal Lavoisier fue una broma.

El silencio cayó como un peso muerto entre ambas.

Nirelle apartó la mirada. Sus dientes liberaron el pulgar, y sus manos permanecieron tensas sobre sus muslos.

—Exageran —dijo al fin—. Un par de retrasos no justifican…

—No fueron retrasos —la interrumpió Caelli, sin elevar la voz—. Fueron dos días completos sin presentarse. Sin aviso. Sin responder llamadas.

Nirelle apretó la mandíbula.

—Estaba trabajando —insistió.

—¿En qué? —preguntó la doctora, inclinándose apenas hacia adelante—. Porque, según el registro, usted no estuvo asignada a ningún operativo ni diligencia externa.

Los ojos de Nirelle destellaron con irritación. Y algo más. Algo que Caelli reconoció de inmediato.

Miedo.

—No tengo por qué justificar cada movimiento que hago —atacó con un filo peligroso en la voz—. Hago mi trabajo mejor que la mayoría.

—No lo pongo en duda —respondió Caelli con rapidez—. Pero su desempeño no es el tema aquí, su salud sí.

Nirelle soltó una risa seca, sin humor.

—Estoy perfectamente funcional.

Caelli anotó algo en su libreta sin apartar la mirada de ella.

Hipervigilancia. Negación. Exhausta.

—Funcionar no es lo mismo que estar bien —comenzó—. Y usted lo sabe. Se nota que no duerme; ha perdido peso; presenta temblores; conductas compulsivas y un nivel de alerta constante que no es sostenible.

Nirelle se removió en la silla, incómoda. Sus ojos volvieron a la ventana, a las cortinas, como si algo pudiera aparecer en cualquier momento.

—No puedo tomar vacaciones —dijo finalmente—. No ahora.

—¿Por qué?

La pregunta fue simple. Directa.

Nirelle tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había bajado un tono.

—Porque si me detengo —tragó saliva—, algo va a pasar.

Caelli levantó la vista de su libreta.

—¿Algo como qué?

Nirelle cerró los ojos un segundo, como si hubiera revelado demasiado.

—No importa —se corrigió—. No puedo darme ese lujo.

La doctora la observó en silencio. Ya no con fastidio, sino con una atención más aguda, casi perspicaz.

—Detective Northon —habló con suavidad calculada—. Cuando una persona cree que el mundo se desmoronará si deja de moverse, suele ser una señal de que ya está al borde del colapso.

Nirelle abrió los ojos de golpe.

—No estoy colapsando.

—Tal vez no —concedió Caelli—, pero está peligrosamente cerca.

Se hizo un silencio tenso. Acompañado solo del ruido constante del reloj de pared que había detrás de ella.

—Voy a ser clara —continuó la doctora—. Si este patrón continúa, me veré obligada a recomendar una suspensión temporal, por su seguridad. Y por la de otros. No pienso seguir cubriendo sus ausencias si usted no me da las herramientas que necesito para ayudarla.

Eso sí logró atravesarla.

—No puede hacer eso —bufó Nirelle, incorporándose apenas—. No tiene derecho.

—Lo tengo —respondió Caelli con firmeza—. Y es parte de mi trabajo.

Nirelle se quedó quieta, respirando rápido. Por primera vez desde que entró, parecía verdaderamente acorralada.

Caelli cerró la libreta con suavidad.

—Pero aún no he tomado esa decisión —añadió—. Esta es su oportunidad de decirme qué está pasando en realidad.

Nirelle dudó, apretó los dedos sobre sus rodillas, esa mujer estaba dándole un ultimátum. Debía darle algo que pudiera entretenerla lo suficiente para que la dejara en paz.

¿Pero qué?

Nirelle miró a su alrededor, volvió a morderse el pulgar, pensando. Entonces se le ocurrió algo. Una buena mentira siempre comienza con algo de verdad.

—No estoy durmiendo —dijo al fin—. Y cuando lo hago no siempre recuerdo haber llegado a la cama.

Caelli dejó el bolígrafo a un lado. Nirelle sintió la intensidad en la mirada y le aterró haberse equivocado.

—¿Desde cuándo ocurre eso?

¿Qué debía contestar?

Mila siempre fue el centro de atención , pensó. Que lo siga siendo ahora no cambia nada.

—Desde que Mila murió.

El nombre cayó entre ambas como una losa.

—Ella lo era todo para mí. Ocupaba todo el espacio —continuó Nirelle—. En mi vida, en mi rutina. En mi cabeza.

—¿Siente que ese espacio quedó vacío? —preguntó Caelli con cuidado.

—Siento que quedó mal distribuido —respondió—. Como si todo lo demás hubiera perdido importancia.

La doctora asintió lentamente, convencida de estar frente a un duelo complicado.

—Eso explicaría el insomnio, el cansancio y la disociación.

Nirelle no corrigió nada, dejó que la mujer frente a ella creyera que había encontrado la raíz del problema. La doctora notó que la rigidez inicial de Nirelle se había transformado en una quietud tensa, pero lo atribuyó a lo traumático que debía ser el recuerdo.

—Cuénteme más de ella —pidió la doctora, con la voz suavizada.

Nirelle supo, en ese instante, que debía darle más. Lo suficiente para saciarla. Desvió la mirada hacia la ventana, como si buscara ordenar recuerdos que en realidad ya había clasificado hace años.

—Nos fuimos del orfanato —soltó de pronto—. Antes de que yo cumpliera dieciocho. Mila tenía catorce.

El bolígrafo de Caelli se detuvo apenas una fracción de segundo sobre el papel.

—¿Se escaparon? —preguntó, sin ocultar el interés.

—Sí.

La palabra fue seca, pero no defensiva. Era un hecho, uno cerrado, terminado.

—Estuvimos meses moviéndonos por pueblos fronterizos —continuó Nirelle—. No nos quedábamos mucho tiempo en ningún lugar. Sobrevivíamos con dinero robado al principio, luego con trabajos eventuales.

Caelli anotó con rapidez.

—¿Qué tipo de trabajos?

—Lo que hubiera —respondió—. Yo limpiaba, servía mesas, hacía turnos como recepcionista en hostales baratos. Mila iba conmigo a veces, pero la mayoría del tiempo se ocultaba en terminales de autobuses, o en los callejones detrás de donde estuviera trabajando, a dibujar mientras me esperaba.

—¿Y por las noches?

Nirelle tardó un segundo más de lo habitual en responder. No porque doliera, sino porque estaba decidiendo qué responder.

—Dormíamos donde podíamos —dijo Nirelle—. Terminales de autobuses, refugios, habitaciones prestadas. A veces en la calle —hizo una pausa mínima—. Mila se asustaba, a veces deseaba regresar al orfanato, pero lograba calmarla con historias de una vida futura. Sueños y alguna que otra mentira piadosa.

La doctora Caelli sintió un nudo extraño en el pecho. Su visión de quién era Nirelle cambió un poco, pudo ver a la adolescente tratando de sobrevivir.

—Eso fue mucho para alguien tan joven como tú —comentó.

—Nunca lo sentí así —replicó Nirelle—. Solo era lo que había que hacer.

La doctora anotó algo más: rol parental precoz.

—¿Cuándo se estabilizaron?

—Cuando conseguimos quedarnos en un sitio fijo —respondió—. Mila volvió a la escuela pública. Perdió un año por la huida, pero se adaptó rápido.

—¿Y tú? —preguntó la doctora Caelli—. ¿Qué pasó contigo?

—Terminé la preparatoria los sábados —explicó—. Trabajaba entre semana. Luego tuve la oportunidad de aplicar para ser agente de policía.

Silencio.

Caelli dejó el bolígrafo sobre su regazo con cuidado.

—Nirelle —empezó—. Todo lo que describes encaja con un patrón de hipervigilancia y agotamiento crónico. Has vivido demasiado tiempo en modo supervivencia.

Nirelle no negó ni afirmó nada. Solo permitió que la doctora creyera haber llegado a una conclusión sólida.

—Eso explicaría… —continuó Caelli— por qué ahora, con la pérdida de Mila, tu sistema se está resquebrajando. El insomnio. Las ausencias. La desconexión.

Nirelle asintió despacio.

Era justo lo que necesitaba que pensara.

—No estás fallando —añadió la doctora, con un tono casi compasivo—. Estás exhausta.

Por dentro, Nirelle pensó que el cansancio era lo único que Caelli había entendido bien.

—Tal vez —dijo en voz baja—. Solo necesito un poco de tiempo.

Caelli la observó con atención renovada.

—Voy a recomendar reducir tu carga laboral temporalmente —decidió—. Y que estas sesiones continúen, pero sin presionarte a revivir nada que no estés lista para abordar.

Perfecto .

Nirelle bajó la mirada, como si aquello le costara aceptar. En realidad, acababa de comprar el silencio de esa mujer. Y unas semanas más de libertad.

Paciente presenta signos de duelo complicado con síntomas disociativos leves, insomnio persistente y sobrecarga laboral. Niega ideación autolesiva. Juicio conservado. Se recomienda reducción de funciones, seguimiento semanal y observación por posible estrés postraumático.

Mientras Caelli anotaba sus conclusiones, convencida de haber tocado un núcleo emocional genuino, Nirelle pensó en lo fácil que era guiar a alguien cuando sabía exactamente qué recuerdos eran seguros y cuáles jamás debían ser nombrados.

Nirelle no podía sacarse de la cabeza las palabras que le había dicho la psicóloga el día anterior.

Vacaciones.

La sola idea le resultaba absurda, casi ofensiva. Y, sin embargo, mientras avanzaba por los pasillos de la fiscalía, sentía cómo su mente empezaba a ceder y la idea dejaba de ser del todo desagradable.

Salió de la fiscalía con una excusa torpe; nadie se molestó en detenerla. No sabía si era por temor o porque todos empezaban a reconocer lo que la doctora Caelli había señalado: que ya no podía más.