21 #2
—Es admirable —reconoció Nirelle—, dirigir este lugar, formar tantos artistas jóvenes. No puedo imaginar la presión.
La directora sonrió con modestia.
—No niego que es un reto, pero también es un privilegio. Cada generación trae consigo un pulso distinto, una nueva forma de ver el mundo. Es eso lo que mantiene viva a la academia.
Nirelle se inclinó apenas hacia adelante, bajando la voz como si compartiera una confidencia inocente.
—Supongo que por eso el concurso Aldama es tan importante. Es como… la culminación de todo ese trabajo.
Ella arqueó las cejas, curiosa pero no a la defensiva.
—Exactamente. Es el escaparate de los mejores. Los que están listos para salir al mundo.
—Recuerdo lo orgullosa que estuve el año pasado cuando Mila ganó —mintió Nirelle, y notó que su voz temblaba apenas, como si las palabras se quebraran solas—. Fue un triunfo enorme para ella. Yo… nunca la vi tan plena. El concurso le abrió tantas puertas…
La directora asintió con un gesto solemne.
—Sí, su victoria fue un símbolo para todos.
—Y por eso me preguntaba —continuó, midiendo bien el tono, como si fuera solo un comentario inocente—, si este año ya tienen seleccionados a los participantes.
La directora parpadeo lento, ladeando apenas la cabeza, mirando a Nirelle y luego a Marcus. No respondió enseguida. Un silencio incómodo se instaló en la oficina, como si hubiera algo en la pregunta de Nirelle que no terminaba de gustarle.
—Esa información suele ser reservada hasta que se hace el anuncio oficial —respondió al fin, con cortesía, y una rigidez que no estaba antes.
Nirelle sonrió, con suavidad, dejando que su mirada se ablandara.
—Lo comprendo, no quiero ser indiscreta. Lo que ocurre es que he estado pensando en Mila… en cómo este lugar y ese concurso fueron tan decisivos en su vida. Y le decía a Marcus que quiero honrarla, de verdad.
La directora los observó con cautela.
—Me encantaría aportar al patrocinio de este año —se apresuró a decir Nirelle—. Dar un apoyo monetario en memoria de mi hermana, especialmente a los participantes de esta academia, sería una forma de mantener vivo lo que ella amaba.
El rostro de la directora cambió. La rigidez se suavizó, y en sus ojos brilló algo entre alivio y oportunidad.
—Eso… sería extraordinario, Nirelle. Un gesto noble. Mila estaría orgullosa. De ambos, por supuesto
Nirelle asintió, Marcus bajó la mirada, como si le costara sostener el peso de su aprobación.
—Entonces… si pudiera mostrarme la lista, solo para saber a quién estaré apoyando, podría comenzar a organizar la donación de inmediato.
La directora vaciló apenas, pero ya estaba atrapada en la red.
Tomó una carpeta del escritorio, la abrió y pasó los dedos por las hojas impresas. Cuando la giró hacia ella, el aire pareció espesarse en la habitación. Allí estaba.
La lista.
El papel estaba lleno de nombres, cada uno cuidadosamente alineado, ordenados por disciplina. El pulso de Nirelle se aceleró mientras los recorría con la vista. Escultura. Pintura. Grabado. Arquitectura. Las letras parecían bailar, confundirse entre sí. Pero entonces, se detuvieron.
Katherina Wernicke.
Por eso el Escultor la quiere.
Estuvo a punto de dejar escapar un jadeo. El corazón le golpeó el pecho con violencia.
—¿Todo bien? —preguntó la directora al notar su expresión.
La tensión volvió a caer entre ambas como un telón pesado. Nirelle supo que ese era el momento.
Dejó que el aire se le quebrara en el pecho.
Sus hombros se hundieron apenas, y el gesto fue tan sutil como calculado. Bajó la mirada, clavándola en el suelo, y un temblor imperceptible recorrió su mandíbula. Cuando habló, su voz ya no era firme: era frágil, irregular.
—Lo siento… —murmuró—. No creí que esto me afectaría así.
La directora frunció el ceño, desarmada por el cambio repentino.
—¿Nirelle?
Ella inspiró hondo, pero el aire pareció no llegarle a los pulmones. Se llevó una mano al pecho, como si intentara contener algo que la desbordaba.
—Creí que podía manejarlo —continuó, con la voz rota—. Pensé que estaba preparada para volver aquí, para ver su nombre, para hablar de ella sin… sin quebrarme.
Sus ojos se humedecieron. No hizo esfuerzo alguno por contener las lágrimas; las dejó caer, lentas, silenciosas, auténticas en apariencia. Era una actuación perfecta, alimentada por recuerdos reales, por culpas verdaderas.
La directora se levantó de inmediato.
—Oh… venga aquí, no —dijo con suavidad, rodeándola con un brazo—. No tiene que forzarse. Es comprensible. Lo que perdió fue terrible.
Nirelle apoyó la frente en el hombro de la mujer, permitiéndose unos segundos de vulnerabilidad calculada. Sintió el roce del perfume ajeno, el calor del cuerpo que la sostenía. Desde esa posición, supo que la directora había bajado la guardia.
Y en ese mismo instante Marcus actuó.
Desde el otro lado de la oficina, fingiendo revisar unos documentos colgados en la pared, sacó de su chaqueta la pequeña cámara digital apenas unos centímetros. La pantalla se encendió sin sonido. Un gesto rápido. Dos fotos. Tal vez tres.
El brillo fue mínimo. Imperceptible. La lista quedó registrada y nadie lo notó.
—Shh… tranquila —murmuró la directora, acariciándole el hombro—. Está bien. Ya pasó. Usted es muy fuerte, Nirelle. Mucho más de lo que cree.
Ella asintió contra su pecho, respirando hondo, dejando que la escena se consumara por completo. Cuando alzó el rostro, sus ojos estaban húmedos, enrojecidos, pero serenos.
—Gracias —susurró—. De verdad.
La directora se apartó despacio, visiblemente conmovida.
—Tómese todo el tiempo que necesite. Y si desea volver… esta siempre será su casa.
Nirelle asintió, agradecida, y dio un paso atrás.
Cuando salió de la oficina, el aire del pasillo la golpeó como una bofetada fría.
Caminó unos metros antes de permitir que la máscara cayera.
Marcus la esperaba apoyado contra la pared, fingiendo revisar su teléfono.
Al sentirla cerca, levantó la vista apenas.
Sus ojos se encontraron. Él no dijo nada.
Ella tampoco. Pero el leve asentimiento que compartieron fue suficiente.
La información ya estaba en sus manos. Y ahora, la cacería podía comenzar.