21
MINERVA
Algo ardía en el abdomen de Nirelle.
Fue una punzada persistente lo que la despertó.
Era incómoda, como una quemadura leve que se negaba a desaparecer, como si se hubiera rascado con demasiada fuerza mientras dormía.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, atrapada entre el sueño y la vigilia, intentando convencerse de que era una molestia pasajera, un reflejo del cansancio o del estrés.
Cuando se incorporó y encendió la lámpara de la mesa de noche, la ilusión se quebró. No eran rasguños.
Eran marcas finísimas, recientes; no profundas, pero limpias y ordenadas, trazadas a propósito en sus muñecas y en el costado.
El aire se le quedó atrapado en el pecho. Entonces notó que la ventana estaba abierta. Nirelle giró la cabeza de inmediato, con el pulso acelerado. En el suelo, junto a la cama, el cesto de basura contenía restos de gasas usadas y en el ambiente todavía flotaba el inconfundible olor a alcohol.
Su corazón comenzó a latir con violencia. Bajó la mirada hacia sus muñecas, estaban vendadas.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se deshizo de la venda con dedos temblorosos, la piel debajo ardía. En el antebrazo las mismas heridas, no sangraban, pero parecían un poco profundas. Y en el costado había tres más.
Durante un instante, su mente buscó una salida fácil. Una alergia, una reacción cutánea, cualquier explicación banal que justificara por qué tenía heridas tan particulares en la piel.
Pero en lo más profundo de su mente sabía la verdad. Alguien le había hecho eso. Tragó saliva, intentando ordenar sus pensamientos, pero estos se deslizaban como agua entre los dedos.
¿Había sido un episodio disociativo?
¿Un intento de autolesión que no recordaba?
¿O algo peor? ¿Alguien había estado en su departamento otra vez?
Con ella, dormida.
La idea la revolvió por dentro: no solo la habían tocado y herido; también le cuidaron y limpiaron sus heridas, como si de algún modo retorcido le perteneciera.
Se puso de pie con rapidez, cada músculo tenso, alerta.
Recorrió la habitación con la mirada. Todo parecía en orden, demasiado en orden.
Pero ya no confiaba en nada: ni en las cerraduras que no la habían protegido del Escultor noches anteriores, ni en su memoria que parecía querer eliminar deliberadamente recuerdos que necesitaba.
Caminó hacia el baño, impulsada por una necesidad urgente de agua, de frío, de algo que la anclara a la realidad. Abrió la puerta y su estómago se contrajo al instante.
El aire estaba húmedo.
El piso, salpicado de agua; el espejo, completamente cubierto de vapor. Frunció el ceño. No recordaba haberse duchado la noche anterior. Se quedó inmóvil un segundo, observando el vidrio empañado, como si este pudiera responderle. El vapor no debía estar ahí. No por sí solo.
Se acercó despacio. En el centro del espejo, una palabra había sido trazada.
«Vuelve.»
La sangre se le heló.
No había firma, ni explicación. Solo esa palabra comenzando a desdibujarse mientras la condensación descendía lentamente por el cristal.
—No —susurró, sin darse cuenta.
¿Quién la había escrito?
La respuesta más lógica chocó contra su mente con violencia.
El Escultor.
Sintió náuseas. Intentó hurgar en sus recuerdos, pero todo se sentía fragmentado, como fotografías viejas mal escaneadas: voces distantes, silencios densos, imágenes inconexas; nada sólido, nada confiable.
Nirelle alzó el brazo y limpió el espejo con brusquedad, como si borrar la palabra pudiera eliminar también lo que provocaba en su pecho. El vapor se disipó en franjas irregulares y, por un instante, solo vio su propio reflejo: los ojos demasiado abiertos, el rostro tenso, la respiración agitada.
Entonces lo vio.
Entre el hombro y el cuello, del lado derecho, una mancha oscura destacaba contra su piel blanca como una profanación. Se inclinó un poco más hacia el espejo, el corazón golpeándole con fuerza.
No era reciente.
La piel alrededor estaba amoratada, con bordes irregulares que no correspondían a una herida de horas, sino de días. Había enrojecimiento, una leve hinchazón malsana, y un brillo húmedo que no debía estar ahí. El olor metálico, mezclado con algo más agrio, le revolvió el estómago.
Era imposible ignorarla.
Oscura. Violenta. Ajena.
Una mordida .
La cubrió de inmediato con la mano, como si el espejo pudiera delatarla, como si mirarla demasiado tiempo la hiciera más real. Giró la cabeza hacia la cama por reflejo, con un sobresalto absurdo.
Si alguien la veía…
¿Qué diría?
¿Cómo lo explicaría?
Debo llamar a la policía , el pensamiento apareció claro, lógico, pero Nirelle no se movió.
En su lugar, recogió el botiquín con torpeza, y lo llevó al baño para hurgar con los dedos rígidos por la ansiedad. Buscó cualquier cosa que pudiera ocultarla: una crema, un pañuelo, algo. Encontró una gasa y un frasco de alcohol. Lo destapó sin pensarlo y lo vertió sobre la piel herida.
El dolor fue inmediato, profundo, distinto al de una herida nueva. Ardía desde dentro, como si el tejido estuviera irritado desde hacía tiempo. Un escozor espeso, persistente, que confirmó lo que ya sabía.
La herida había sido descuidada.
Limpiarla arrancó un jadeo de su garganta, pero no se detuvo. Frotó con más fuerza de la necesaria, como si pudiera borrar los días que no recordaba. Luego colocó la gasa y la aseguró con cinta, apretando un poco más de lo prudente.
Cuando terminó, se quedó inmóvil unos segundos.
Y, aun así, no pudo evitar volver a tocarla.
La yema de su dedo recorrió el contorno bajo de la venda, despacio, como si repasara la silueta de una palabra grabada en su carne. El gesto la repugnó. Se odió por hacerlo.
Pero no se detuvo.
Porque, en algún lugar profundo y oscuro, esa herida no solo dolía, respondía a sus sentimientos.
La prestigiosa Universidad de Minerva era un lugar hermoso.
Los muros respiraban historia: columnas cubiertas de enredaderas, vitrales que devolvían la luz del sol en destellos de colores fragmentados; pasillos amplios que olían a óleo y madera encerada.
Cada rincón parecía exhibir una obra distinta; esculturas a medio tallar descansaban en pedestales de mármol, y lienzos de antiguos estudiantes colgaban en los corredores, como guardianes silenciosos de la creatividad.
El aire vibraba con sonidos dispares: un violín practicando en alguna sala lejana, un cincel golpeando rítmico contra la piedra, el murmullo de voces discutiendo teoría estética. Ahí, el arte no se estudiaba: se respiraba, se absorbía, se convertía en segunda piel.
Caminó despacio, con la vista recorriendo las paredes, los ventanales altos, la manera en que la luz se posaba sobre los caballetes y hacía brillar las motas de polvo como si fueran partículas de oro suspendidas en el aire.
Mientras avanzaba por el pasillo, no pudo evitar que el recuerdo de Camila se filtrara en su mente.
Siempre habían soñado con estudiar allí, y Camila lo había conseguido.
Lo admitía: la envidia la había corroído. Cada vez que imaginaba a Mila perteneciendo a ese lugar, el sabor amargo de la bilis le llenaba la boca. Le era inevitable pensar que le había robado su sueño.
Ella tenía talento. Tenía vocación. Pero no tenía los recursos económicos para pagar la elevada mensualidad. Camila sí.
¿Y quién había hecho posible su estancia allí? Ella.
Sin su apoyo, sin su trabajo duro para cubrir el costo mensual, Mila jamás habría pasado del primer semestre. Y tampoco podía acceder a una beca. Las becas eran para artistas excepcionales. El arte mediocre de Camila no lo merecía.
La necesitaba para estar allí.
Era un pensamiento cruel, pero reconfortante. En el fondo, siempre había dependido de ella.
La imponente puerta de madera la sacó de sus pensamientos. Era majestuosa, decorada con relieves de diosas y musas, como si vigilaran quién merecía pasar. Inspiró hondo, compuso una sonrisa que no sentía y tocó suavemente antes de entrar.
La directora, una mujer elegante y de porte firme, alzó la mirada de unos documentos al verla entrar.
—Detective Northon, bienvenida. Tome asiento, por favor —dijo, señalando el sillón frente a su escritorio.
—Llámeme solo Nirelle, por favor —pidió ocupando el asiento.
—Por supuesto, Nirelle —su voz era pausada, casi ceremonial.
Entonces miró a la derecha de Nirelle.
—Él es Marcus, el novio de Camila —dijo Nirelle, presentando al muchacho que solo sonrió, asintiendo.
—La academia es un lugar hermoso —musitó, el muchacho, recorriendo con la vista el resto de la oficina.
—Lo es —hizo una pausa—. No sabíamos que Camila tuviera un novio. Parecía que el arte era lo único que le llenaba de verdad.
Nirelle miró a Marcus, instándole a contestar. El muchacho carraspeo, nervioso.
—Me gustaba respetar su espacio. Yo sabía que su prioridad era el arte, eso era lo que la hacía feliz. Y su felicidad era todo lo que yo necesitaba.
La directora suspiró ante la romántica declaración de Marcus.
—¿Qué los trae por aquí? Imagino que debe ser difícil venir después de…—hizo una pausa—. Todo lo ocurrido.
Asistieron. Marcus tragó saliva y Nirelle se aclaró la garganta antes de hablar.
—Es bastante difícil. Pero también me reconforta de alguna manera. Mila amaba este lugar, usted sabe lo mucho que significaba para ella.
La directora pareció entenderlo.
—Era excepcional, lo supe desde la primera vez que la vi. No era de esas chicas que se rinden ante una mala crítica. Tenía un hambre distinta. Ambición.
—Y usted la apoyó como nadie —dijo Nirelle con un hilo de voz más cálido, genuino, aunque también medido—. Yo nunca se lo agradecí lo suficiente. Usted le dio oportunidades que yo no podía darle.
La directora suspiró, con una mezcla de orgullo y melancolía que solo tienen los maestros cuando hablan de un alumno brillante.
—No hacía falta que me lo agradeciera, el talento de Camila brillaba por sí solo. Lo único que hice fue encaminarlo.
Dejó que la conversación reposara un momento entre ellos. La oficina parecía más pequeña, como si las paredes se cerraran con el peso de ese nombre.