20
ROTA
Caelli Grenvrier ordenaba una pila de expedientes, archivarlos era trabajo de su asistente personal, pero ella disfrutaba de repasar sus notas para entender mejor a sus pacientes y darles un resultado óptimo.
Las hojas crujían bajo sus dedos mientras intentaba poner orden al caos que se acumulaba sobre su escritorio. Llevaba horas leyendo sus informes y el cansancio comenzaba a hacer mella detrás de sus sienes.
El timbre del intercomunicador rompió el silencio.
—Doctora Grenvrier —dijo la voz de su asistenta—. La detective Northon ha llegado para su cita.
El nombre la hizo detenerse en seco.
Durante un segundo, solo se quedó mirando los papeles frente a ella como si no los reconociera. Luego exhaló despacio y se quitó las gafas, presionándose el puente de la nariz con los dedos.
—No puede ser —murmuró para sí.
Estaba consciente de la cita que tenía agendada con la detective Northon. Se preparaba mentalmente para cada una de ellas, pero eso no hacía que fuera menos incómodo.
La imagen de Nirelle Northon apareció en su mente, con ese rostro desprovisto de emociones y su lengua venenosa que era capaz de descolocarla.
Caelli llevaba quince años trabajando con el departamento de Unidad de Víctimas Especiales, pues todos los detectives estaban obligados a llevar una revisión psicológica mensual por la violencia que se les obligaba a ver día con día.
Pero nunca antes había tenido a un paciente tan difícil como lo era esa mujer.
Nirelle Northon era un enigma, y no de los buenos.
Caelli no entendía cómo su psicólogo anterior no había notado algo raro en ella, si era evidente que se esforzaba en mantener en alto sus muros mentales.
Y ella era fiel creyente que solo aquellos que escondían algo grave eran capaces de evadir la mirada aguda de un experto.
Se enderezó en la silla, respiró hondo y se obligó a recomponerse. Profesionalismo era lo único que podía y estaba obligada a ofrecer.
—¿Doctora? —insistió la asistenta con un matiz nervioso en la voz.
Caelli parpadeó y se pasó una mano alisando su cabello, luego presionó un botón en el intercomunicador.
—Dile a la detective Northon que puede pasar.
Escuchó a la chica decir « está bien, doctora » y se acomodó las gafas una vez más.
Organizó las cosas sobre su escritorio y ocupó uno de los asientos junto a la ventana, obligándose a adoptar una expresión neutra.
No le agradaba Nirelle Northon, pero ella jamás dejaría que sus emociones interfirieran con su trabajo. O eso era lo que deseaba creer.
La puerta se abrió suavemente y la doctora Caelli alzó la vista.
El primer vistazo la impactó demasiado. Y no necesito más que un par de segundos para notar lo evidente: Nirelle estaba distinta.
No se veía en su rostro el cansancio habitual de alguien obsesionado con su trabajo, eran ojeras distintas, profundas y marcadas como sombras permanentes bajo los ojos, que con su tez se hacían aún más evidentes.
Además de la palidez enfermiza —exagerada, considerando su tono de piel—, notó por último un temblor casi imperceptible en sus manos cuando tomó asiento frente a ella.
Caelli se aferró un poco más a su pequeña libreta de notas y su bolígrafo, observándola con atención.
—Detective Northon, un placer volver a verla —mintió.
Nirelle asintió como único saludo, y luego de manera inconsciente se llevó el pulgar a los labios, y mordió una y otra vez como si esa acción la ayudara a anclarse.
Autolesión como mecanismo de defensa , escribió la psicóloga en su libreta, y luego lo subrayó.
—¿Cómo se encuentra, detective Northon? —preguntó la doctora con voz neutra.
La detective tardó un segundo de más en responder.
—Bien. Solo ocupada con el trabajo.
La doctora arqueó una ceja. No la presionó de inmediato. Había aprendido que, con personas como ella, la resistencia era un reflejo.
—Me alegra oírlo —dijo con suavidad—. Aunque debo admitir que me han llegado comentarios distintos.
—Ah, ¿sí?
—Sí. He escuchado que usted se ha ausentado del trabajo por recomendación de su terapeuta —dijo la doctora, observando cómo Nirelle apretaba los dientes—. ¿Quiere hablar sobre eso?
—Eso no es cierto —respondió Nirelle, más seca de lo necesario—. He estado cumpliendo con mis obligaciones.
El tono defensivo fue inmediato, casi automático. Caelli lo registró todo: la rigidez en la postura, la mandíbula apretada y el leve brillo febril en los ojos.
—No la estoy acusando —replicó con calma—. Solo intento entender qué está sucediendo con usted. Qué es lo que la llevó a mentir para no presentarse a la fiscalía.
El silencio que siguió fue espeso. Nirelle apartó la mirada, fijándola en un punto indefinido en el suelo. Su respiración se volvió un poco más rápida, menos controlada.
—Estoy bien —repitió, con un filo ya imposible de disimular—. No necesito que me evalúen, ni que me recriminen.
Eso fue lo que terminó de irritar a la doctora. No por la respuesta en sí, sino por la negación obstinada. Por la manera en que la detective insistía en protegerse incluso de quien, en teoría, estaba ahí para ayudarla.
—No estoy recriminando la acción —respondió la doctora Caelli, apoyando ambas manos sobre sus piernas—.
De lo contrario no habría cubierto su mentira cuando me llamaron de recursos humanos para confirmar.
Solo estoy pidiendo a cambio que sea honesta consigo misma.
Que acepte que está pasando por un mal momento.
Nirelle apretó los labios. El pulgar volvió a su boca. Sus ojos parpadearon rápido, como si intentara contener algo que amenazaba con desbordarse.
—Estoy funcionando —masculló al fin, más bajo—. Eso debería ser suficiente.
La doctora la observó unos segundos más, evaluando cada micro gesto, cada grieta en esa coraza demasiado tensa. Negación , anotó en su libreta, mientras contenía su necesidad de negar con la cabeza. Luego escribió: dificultad de expresar sus emociones , y subrayo ambas.
Caelli suspiró despacio, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea delicada.
—Detective Northon —añadió, con un tono más suave—. No la llamé para interrogarla. Estas citas siguen siendo recurrentes porque me preocupa lo que veo. Y porque, le guste o no, mi responsabilidad también es asegurarme de que no se destruya intentando cargar con todo sola.
La detective no respondió de inmediato.
Sus dedos dejaron de temblar, pero su mirada se perdió en algún punto invisible, como si luchara contra algo que solo ella podía ver. La doctora Caelli dejó escapar un suspiro lento, controlado, necesitaba ordenar sus propias emociones antes de continuar.
Nirelle Northon era un paciente difícil, y por primera vez en casi un mes de terapia, empezaba a ver atisbos de grietas por las cuales entrar y analizar lo que tanto se ocupaba en ocultar la fría detective.
—Nirelle —dijo, usando su nombre de pila por primera vez—, mi trabajo no es juzgar ni cuestionar su competencia. Es evaluar su estado emocional y cognitivo, sobre todo cuando hay desgaste significativo.
Observó cómo la detective se removía en la silla, cómo sus ojos se deslizaban hacia la ventana una y otra vez, como si esperara ver algo —o a alguien— allí afuera. Ese detalle no pasó desapercibido, así que escribió: ¿paranoia?
—¿Y su título es el que habla o es usted? —atacó la detective.
Claro que es arrogante , pensó. Creció en un orfanato.
La idea se acomodó con demasiada facilidad.
No era un juicio nuevo, era una conclusión casi automática.
Era de conocimiento público que las instancias de acogida, orfanatos y hogares de retiro eran instituciones administradas por la Orden de la Luz.
Y en la religión eran bastante selectivos con las personas que tenían la condición de Nirelle.
Les hacían creer que los albinos eran especiales, elegidos, intocables, y los envolvían en dogmas que confundían devoción y pureza con valor personal.
Caelli había convivido en su juventud con un chico albino, y al igual que Nirelle, era arrogante y creía que el mundo no lo merecía, y eso que no había sido criado por sacerdotisas y arcontes.
No era extraño entonces que la detective Northon cargara con esa mezcla incómoda de altivez y arrogancia.
Se movía por el mundo como si nadie pudiera tocarla, como si el mundo entero debiera agradecerle su presencia.
La doctora sintió un leve fastidio, no por la mujer frente a ella, sino por lo que representaba. Había visto demasiados casos de elegidos que crecían convencidos de que las reglas no aplicaban para ellos.
—No es necesario el mal humor, detective Northon. Puedo ver que está exhausta.
Nirelle no respondió. Sus dedos se aferraron al borde del sillón con una tensión que no concordaba con su aparente calma. Se levantó ligeramente, como si fuera a decir algo, pero en cambio se acercó a la ventana y apartó apenas la cortina.
Miró hacia afuera con atención excesiva.
Caelli notó cómo su respiración se volvía irregular.
Hipervigilancia , anotó.
¿De qué tiene miedo? Pensó.
La doctora cerró la libreta con suavidad, sin perder de vista a la mujer frente a ella. No quería alertar aún más a la detective Northon.
—¿Le preocupa que alguien la esté siguiendo? —preguntó con cautela, modulando la voz para que sonara clínica, no acusatoria.
Nirelle parpadeó, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa. Durante una fracción de segundo, su expresión se tensó de más. Demasiado.
—No —respondió enseguida—. Solo… me distrae la luz.
La doctora siguió la dirección de su mirada. Las cortinas estaban entreabiertas, dejando entrar una franja de sol que caía oblicua sobre el suelo. Nada fuera de lo normal. Volvió a mirarla.
—Entiendo —dijo, aunque no lo anotó como verdad—. Aun así, noto que está en un estado de alerta constante. Hipervigilancia. ¿Le resulta familiar ese término?
Nirelle se encogió de hombros.
—Vivo de eso. Soy detective.
—Lo sé —respondió Caelli—. Pero hay una diferencia entre estar entrenada para observar peligros y vivir como si el peligro nunca se fuera. Incluso cuando no está trabajando.
La detective tensó la espalda, cruzando los brazos con fuerza. El gesto era defensivo, casi infantil en su rigidez.
—No veo el problema —replicó—. Mientras haga bien mi trabajo, lo demás es irrelevante.
Caelli inclinó apenas la cabeza, estudiándola. Egocentrismo como mecanismo de supervivencia, pensó.
—Lo demás nunca es irrelevante —dijo al fin—. El cuerpo y la mente no funcionan en compartimentos aislados, Nirelle. El insomnio, la pérdida de peso, los temblores, todo eso es información. Y su cerebro está pidiendo ayuda, aunque usted se empeñe en ignorarlo.
El pulgar volvió a los labios. Caelli lo vio claramente esta vez: la piel irritada, enrojecida. No era un hábito reciente.
—¿Va a diagnosticarme algo hoy, doctora? —escupió con sarcasmo—. ¿O solo está llenando su libreta?
Por primera vez, Caelli sintió un destello de molestia auténtica. Lo reprimió. Inspiró despacio.
—No necesito ponerle una etiqueta para saber que está al límite —contestó—. Y tampoco necesito que coopere para notarlo. Su cuerpo lo está haciendo por usted.
Nirelle abrió la boca para responder, pero se detuvo.
Sus labios se apretaron en una línea tensa.
Algo cambió en su expresión: una fisura mínima, casi imperceptible, como si la seguridad se le hubiera resbalado por un segundo.
Entonces la doctora notó una mancha de pintura en la parte interna de su mano derecha.
—¿Le gusta el arte? —preguntó Caelli, cambiando el rumbo de la conversación.
La detective alzó la vista, desconcertada.
—¿Qué?
—El arte —repitió—. Pintura, escultura. ¿Le gusta?
Hubo una pausa larga. Demasiado larga para una pregunta tan simple.
—Sí —respondió al fin—. Supongo.
Caelli no sonrió, pero por dentro sintió una chispa de triunfo. Había tocado algo.
—¿Supone? —insistió—. ¿Lo practica?
Nirelle negó con la cabeza de inmediato.
—No. Yo no.
Ahí estaba.
Una fisura mínima, casi imperceptible, pero real.
La doctora la notó de inmediato. Sus ojos se afilaron con un brillo clínico que no era del todo compasivo. Reconocía ese patrón: la mención de un tercero, la desviación del yo, la herida mal cerrada que todavía supuraba bajo la superficie.
—¿Quién entonces?
Los dedos de Nirelle se crisparon sobre el borde del asiento. Sus hombros se elevaron apenas.
—Mila.
El nombre cayó entre ellas como un objeto frágil que se rompe al tocar el suelo.
Caelli la observó con atención renovada. El cambio fue inmediato: la respiración de la detective se volvió irregular, y sus ojos perdieron el filo defensivo para llenarse de algo más turbio.
—Hábleme de Mila —pidió, con suavidad profesional.
—No hay nada que decir —respondió Nirelle, pero su voz ya no tenía la misma firmeza—. Ella pintaba. Yo solo estaba ahí.
—¿Qué lugar ocupaba ella en su vida?
—Era todo —susurró Nirelle.
—¿Y cómo se sentía al respecto?
Silencio.
—Sentía que… —tragó saliva—. Que nunca me amó. A veces pienso que nunca me quiso de verdad. Que solo me usó. Que yo… —se interrumpió, frunciendo el ceño—. Que yo no era suficiente.
La confesión salió como un veneno viejo, espeso, imposible de volver a tragar. La grieta abierta de par en par. La doctora se inclinó ligeramente hacia adelante, casi hambrienta.
—Eso suena a mucha rabia contenida, Nirelle. A una herida que no ha podido cerrar.
El efecto fue inmediato.
Los ojos de Nirelle se encendieron.
—No sabe nada —escupió, poniéndose de pie de golpe—. No tiene derecho a decirme qué siento.
—Nirelle…
—No —interrumpió ella—. Esto fue un error.
Abrió la puerta con brusquedad y salió, sin mirar atrás. Caelli permaneció sentada unos segundos, inmóvil. Luego se levantó y caminó hacia la ventana. Corrió apenas la cortina.
Vio a Nirelle salir del edificio con pasos rápidos, tensos. Miró a la izquierda. Luego a la derecha. Se detuvo un instante, como si esperara algo o a alguien.
Ese gesto fue lo que más inquietó a la doctora. Era paranoia incipiente.
Entrecerró los ojos, pensativa.
—Interesante… —murmuró para sí.
Y por primera vez desde que había comenzado a tratarla, supo que la detective Northon no solo estaba rota, escondía algo oscuro que no quería mostrarle al mundo.