19 #2
Nirelle giró la cabeza, sorprendida mientras Sebastian depositaba el dinero en la mano del repartidor y cerraba la puerta con naturalidad.
Regresaron al comedor, y el hombre depositó la caja de pizza sobre la mesa.
—Espero que no te moleste —añadió, mirándola—. Me parecía lo correcto.
Nirelle sintió una incomodidad extraña, difícil de nombrar. No era enojo. Sino desplazamiento.
—No tenías que hacerlo —recriminó.
—Quería hacerlo.
Marcus seguía sentado, inmóvil. Sus ojos pasaron de la caja a Sebastian, luego a Nirelle.
Nirelle abrió el contenedor, rompiendo el momento. El vapor caliente subió entre los tres, cargado de queso y pan, pero no alivió nada.
—Comamos —ordenó Nirelle—. Por favor.
Sebastian se sentó con calma, como si nada hubiera ocurrido. Marcus tomó una porción, pero no la probó de inmediato.
—¿Jamón y champiñones? —preguntó Sebastian, tomando una porción.
—Es su favorita —respondió Marcus antes de que ella pudiera hacerlo.
Nirelle se quedó quieta un segundo, no recordaba haberle contado eso a Marcus. Pero tampoco era extraño que lo supiera, eso mismo habían cenado algunas noches en la oficina.
Sebastian levantó la vista, lento.
—Ah, ¿sí?
El crítico lo miró de reojo, como si acabara de decir algo trivial.
—Siempre pide lo mismo cuando está cansada —añadió Marcus.
Sebastian frunció el ceño.
Nirelle mordió su pizza, sin ganas, a pesar de ser su primera comida en días. El queso estaba demasiado caliente, le quemó un poco el paladar, pero no dijo nada. Prefería eso a intervenir. Volvía a ser espectadora.
—Supongo que no la conoce realmente —dijo Marcus con suavidad.
Sebastian dejó la pizza sobre el plato.
—Estoy empezando a conocerla
—No lo suficiente —replicó Marcus.
—Tengo lo que le resta de vida para hacerlo —contestó Sebastián sonriendo y ladeando la cabeza.
El silencio que siguió fue espeso, apenas interrumpido por el ruido de Nirelle masticando sin apetito. Sentía el estómago revuelto, una mezcla de cansancio y tanta incomodidad que le tensaba los hombros.
—¿Siempre cenan juntos después del trabajo? —preguntó Sebastian de pronto.
Marcus lo miró con frialdad.
—Cuando es necesario.
—Lo es seguido, por lo que veo.
—No veo por qué debería importarle.
Sebastian soltó una risa breve, casi inaudible.
—Pero lo hace.
—¿Pueden parar? Coman en silencio o váyanse —exigió Nirelle.
Ambos se giraron hacia ella.
Comieron en silencio durante unos minutos. Acompañados por el ruido de la pizza al partirse, el cartón crujiendo, el reloj de la cocina marcando los segundos.
Nirelle apenas probó un par de bocados más antes de rendirse. El cansancio seguía ahí, pesado, y la conversación sobre el caso le había dejado un nudo difícil de tragar. Bebió un sorbo del vaso que tenía frente a ella y lo dejó a un lado.
Sebastian lo notó y se levantó sin decir palabra.
Marcus frunció el ceño al verlo moverse, pero no dijo nada. Observó cómo Sebastian iba hasta la cocina, abría la alacena correcta sin dudar, tomaba otro vaso limpio y lo llenaba de agua fría. No revisó, no preguntó. Actuó como si ya conociera el espacio.
Como si no fuera la primera vez ahí.
Sebastian regresó y dejó el vaso nuevo frente a Nirelle, apartando el anterior con un gesto cuidadoso.
—Toma —dijo.
Ella parpadeó, sorprendida.
—Yo… gracias.
Tomó el vaso casi por reflejo. El agua aún estaba fría cuando bebió.
Marcus sintió una punzada seca en el estómago.
¿En qué momento? , pensó. ¿En qué momento Nirelle y Sebastian se habían vuelto así de cercanos?
No recordaba haberla visto permitir algo parecido. Nirelle era meticulosa con su espacio, con sus rutinas, con su cuerpo incluso. Siempre marcaba límites. Siempre.
Y, sin embargo, ahí estaba. Bebiendo el agua que Sebastian le había servido sin preguntarle, sin incomodarse lo suficiente como para rechazarlo.
Marcus bajó la vista hacia su plato. La pizza se había enfriado.
Ya no tenía hambre. Y por primera vez desde que entró a ese departamento, tuvo la sensación incómoda de estar de más.
Como si hubiera llegado tarde a algo que no entendía del todo.
Como si Nirelle estuviera cambiando de lugar y él no supiera cómo hacer para aferrarse a ella.
Luego de una incómoda y silenciosa cena, la puerta se cerró detrás de Marcus con un clic seco. Nirelle le había dicho que se fuera luego de sentir cómo la tensión se hacía más fuerte. Y ella estaba demasiado cansada para lidiar con más.
El silencio que quedó fue denso, casi eléctrico.
Nirelle se apoyó un segundo en la madera, exhalando despacio, intentando ordenar el torbellino que se le había instalado en el pecho. Cuando se giró, Sebastian seguía allí, apoyado contra la pared del pasillo. Observándola.
—¿Siempre recibes visitas masculinas a estas horas? —murmuró, su voz ronca y controlada.
Nirelle frunció el ceño.
—No es asunto tuyo —respondió sin rodeos, avanzando hacia la cocina para tomar distancia—. Y menos aún quién entra o sale de mi casa.
Sebastian sonrió, pero no había humor en ese gesto. Solo algo tenso, afilado.
—Todo lo que te concierne es asunto mío —replicó, acercándose un paso—. Lo sabes.
Ella se volvió de golpe, fulminándolo con la mirada.
—No. No lo es. No te di ese derecho.
Él dio otro paso. La distancia entre ambos se cerró hasta quedar suspendida en un suspiro. Nirelle pudo sentir el calor de su cuerpo, el olor familiar de tinta y madera, esa presencia que siempre parecía inclinar el aire a su favor.
—Te vi con él —dijo Sebastián en voz baja—. Entró como si tuviera permiso.
—Si, entró con mi permiso —espetó ella, alzando la barbilla.
Por un instante, el silencio se tensó tanto que pareció a punto de romperse. Sebastian bajó la mirada apenas, recorriéndola sin tocarla, como si la estuviera trazando con los ojos. Cuando habló de nuevo, su voz fue más grave.
—No me gusta —admitió—. No me gusta cómo te mira. Ni cómo habla de ti.
Nirelle tragó saliva. Su pulso se aceleró, furioso y traicionero. Aquella cercanía la descolocaba. La irritaba. La atraía.
—No tienes derecho a sentir nada al respecto —dijo, pero su voz ya no era tan firme—. No eres nada mío.
Los labios de Sebastian se curvaron apenas. Una sonrisa peligrosa.
—Y, sin embargo —murmuró—, mírate. Tiemblas.
Nirelle apretó los puños, furiosa consigo misma. No sabía si era rabia o deseo lo que vibraba bajo su piel. Solo sabía que no retrocedió cuando él acortó la distancia final, que no lo apartó cuando su sombra la cubrió por completo.
—Aléjate —susurró, suplicante.
Sebastián se detuvo a un centímetro de ella. No la tocó. No hizo falta.
—No puedo —dijo con honestidad—. Y tú lo sabes.
El aire se volvió irrespirable. Algo oscuro, denso, casi eléctrico, se acumuló entre ambos. Nirelle sintió que, si no se movía en ese instante, si no rompía el hechizo, algo irremediable iba a suceder.
Reuniendo lo poco que le quedaba de control, dio un paso atrás.
—Vete —ordenó—. Ahora.
Él la observó unos segundos más, como si memorizara su rostro, su respiración, su resistencia. Luego, con lentitud deliberada, dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
—Esto no ha terminado —sentenció antes de salir—. Ni siquiera ha empezado.
La puerta se cerró.
Nirelle se quedó inmóvil, el corazón desbocado, la piel ardiendo como si aún lo tuviera demasiado cerca.
Y lo peor no fue el miedo.
Fue darse cuenta de que, en algún rincón oscuro de sí misma, deseaba que volviera.