19
CELOS
—El concurso Aldama —susurró Nirelle.
La memoria la golpeó con fuerza. El orgullo en el rostro de Mila, y su propia envidia, silenciosa, vergonzosa siendo retratada en un cuadro.
—Todas las víctimas oficiales del Escultor ganaron el Aldama —musitó Marcus—. Antes o después. Pero lo ganaron, incluso…
Mila , pensó Nirelle.
—Los marcaba desde ese momento —afirmó Nirelle.
—Eso refuerza la idea de que el Escultor no asesinó a las víctimas anteriores a 2004 cuando apareció Manuel —reflexionó Marcus.
—Eso parece.
La detective apoyó las manos en la mesa, sintiendo el frío atravesarle las palmas.
—Si eso es cierto, entonces el patrón no es el asesinato. Es la elección.
—Exacto —asintió Marcus—. Elige a quién convertir en su obra.
Nirelle cerró los ojos un instante. Recordó la admiración que había sentido alguna vez. El vértigo ante la belleza enfermiza de aquellas esculturas.
Y la culpa.
Estaba segura que, de no ser por su admiración al Escultor, no habría dejado pasar tanto tiempo antes de encontrarlo.
Marcus no dijo nada.
—Si seguimos este rastro, el concurso Aldama es el lugar donde actuará —continuó ella, recuperando firmeza—, podemos adelantarnos. Necesitamos saber quiénes participan este año.
—El concurso es en una semana —confirmó él, leyendo la fecha en la pantalla.
La cifra cayó como una sentencia.
—Entonces tenemos siete días —precisó Nirelle, alzando la mirada—. Siete días para impedir que vuelva a hacerlo.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana. Afuera, la ciudad seguía viva, indiferente, ajena al peligro que se gestaba bajo su superficie.
—¿Qué necesita de mí? —preguntó Marcus a su espalda.
Nirelle cerró los ojos un segundo y luego se volvió hacia él.
—Que confíes en mí. No le muestres a nadie lo que hemos descubierto hoy.
Marcus asintió y cerró la laptop con cuidado, pero no se movió de su asiento de inmediato. La observó unos segundos más, como si estuviera analizando algo que no terminaba de encajar.
Un silencio breve se instaló, roto apenas por el zumbido lejano de la ciudad. Nirelle respiró hondo antes de continuar.
—¿Cómo vamos a conseguir la información del concurso Aldama? —observó Marcus—. Hice un rastreo preliminar pero la lista de participantes no es de conocimiento público. Pensé en mover algunos contactos, pero llevará tiempo, y podría levantar sospechas.
—Yo me encargo —declaró ella con firmeza.
Se acercó al teléfono empotrado en la pared y buscó el número en su agenda. Dudó un segundo antes de presionar el botón de marcar.
El tono de llamada sonó una, dos veces.
—¿Hola? —respondió una voz femenina al otro lado—. ¿Quién llama?
—Hola, Katherina. Soy Nirelle, necesito pedirte algo.
—Hola Nirelle. Claro, dime.
—¿Podrías conseguirme una cita con la directora de la Academia Minerva?
—¿La directora? —Katherina pareció sorprenderse—. Supongo que puedo intentarlo. ¿Es urgente?
—Mucho.
—Está bien. Haré lo posible. Te llamo en cuanto sepa algo.
—Gracias —dijo Nirelle.
—Ah, Nirelle, muchas gracias por tu ayuda.
—¿Estás mejor? —preguntó la detective.
—Muchísimo, incluso he dormido mejor.
—Me alegra —y lo decía con sinceridad—. Mantenme informada por favor.
Colgó y dejó el teléfono en su lugar. Al alzar la vista, notó que Marcus la observaba con atención.
—¿La academia Minerva? —preguntó.
—Sí, si el Escultor elige a sus víctimas entre los ganadores del Aldama, ese lugar es la raíz de todo.
Marcus asintió lentamente.
—Entonces estamos cada vez más cerca.
—Eso parece.
Un golpe seco en la puerta la sobresaltó.
Nirelle frunció el ceño, convencida de que debía ser el repartidor. Se levantó; la conversación con Marcus le seguía vibrando en la cabeza, y caminó hasta la entrada. No miró por la mirilla y abrió.
El mundo se le inclinó un poco cuando vio que Sebastian estaba ahí.
No sonreía, y aun así parecía complacido de verla. Su presencia llenaba el umbral de forma demasiado natural. Llevaba un abrigo oscuro y el cabello apenas húmedo, como si hubiera caminado bajo la llovizna. Sus ojos se posaron en ella con atención. Era inquietante.
—Hola, Nirelle —dijo, con su voz suave e hipnotizante —. Vine por ti.
El aire se volvió denso. Ella sintió cómo la piel se le erizaba desde la nuca hasta los brazos, una reacción inmediata e involuntaria. Alarma y algo más, algo que no quería nombrar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, esforzándose por mantener la compostura.
—Vine a invitarte a cenar —respondió con naturalidad, como si no hubiera nada extraño en aparecer sin aviso en la puerta de su departamento.
Antes de que ella pudiera responder, una sombra se movió detrás de ella.
—¿Todo bien? —preguntó Marcus desde el interior, asomándose apenas al pasillo.
El ambiente cambió de golpe.
Nirelle vio cómo el gesto de Sebastian se endurecía, casi imperceptible. Su mandíbula se tensó, sus ojos se clavaron en Marcus con tanta intensidad que logró disimular del todo. Había algo posesivo en esa mirada, algo que le erizaba la piel.
—Sí —respondió ella rápido—. Todo bien. Ya casi terminamos.
Marcus dudó un segundo. Miró a Sebastian, luego a ella.
—¿Segura?
—Sí —repitió, más firme—. Ve recogiendo, ahora voy.
Él asintió, aunque claramente no convencido, y desapareció de nuevo dentro del departamento.
Nirelle volvió la atención a Sebastián.
—No puedo ir —dijo—. Ya pedimos pizza.
Él ladeó la cabeza, como si aquello fuera información irrelevante.
—Perfecto —respondió—. Entonces cenaremos pizza.
Y sin esperar respuesta, dio un paso al frente y cruzó el umbral.
Nirelle se quedó inmóvil, sorprendida, el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho.
—Oye… —empezó, pero él ya estaba dentro, observando el lugar con calma perturbadora, como si le perteneciera desde siempre.
Cerró la puerta detrás de él.
Y mientras el cerrojo encajaba, Nirelle tuvo la incómoda certeza de que acababa de permitir la entrada de algo que no sabía cómo —ni si podría— sacar de su vida.
El silencio que quedó tras el portazo pesó más que cualquier palabra.
Nirelle avanzó unos pasos hacia la cocina, intentando recomponerse, pero sintió las miradas clavadas en su espalda.
No necesitó voltearse para saberlo: Marcus la observaba con una mezcla de desconcierto y algo más profundo, algo que no terminaba de comprender, y Sebastian la seguía con una atención casi depredadora, como si midiera cada uno de sus gestos, cada respiración.
—¿Entonces… —dijo Marcus al fin, aclarándose la garganta— este es?
—Sebastian —respondió Nirelle sin mirarlos—. Un amigo.
La palabra flotó en el aire, insuficiente.
Marcus sabía quién era. Su crítica aún rondaba por su mente cuando pensaba en el Escultor. Lo que no lograba entender era por qué la detective Northon le permitía entrar a su casa.
Sebastian sonrió apenas, ladeando la cabeza.
—Un placer —dijo, extendiendo la mano hacia Marcus—. Tú debes ser el famoso compañero de trabajo.
Marcus tardó un segundo en reaccionar. Aceptó el apretón, firme. Sus dedos se tensaron como si no quisiera soltar.
—Marcus —respondió—. Y sí… trabajo con la detective Northon.
El énfasis fue claro.
Sebastian no retiró la mano de inmediato. Sus ojos se deslizaron hacia Nirelle, evaluándola como si ella fuera el verdadero punto de la conversación.
—Debe ser interesante —murmuró—. Compartir tanto tiempo con alguien como ella.
Marcus frunció el ceño.
—Lo es —afirmó—. La detective Northon es excepcional.
Ella se movió incómoda, sintiendo cómo la atmósfera se espesaba. Había algo malsano en la forma en que ambos hombres la miraban, como si estuvieran disputando un territorio invisible.
—¿Van a quedarse de pie toda la noche? —interrumpió, intentando romper la tensión—. La pizza debe estar por llegar.
Se movió hacia la cocina, pero la sensación no desapareció. Los escuchó detrás de ella.
—Así que… —dijo Sebastian con voz suave— trabajas con ella todos los días.
—Sí —respondió Marcus—. Es la mejor detective del departamento.
El orgullo en su tono era evidente, no habia arrogancia solo devoción. Sebastian sonrió, pero esta vez no hubo calidez en su expresión.
—Interesante —replicó—. Yo diría que es mucho más que eso.
Marcus lo observó con recelo.
—¿Y usted qué sabe de ella?
Sebastian se tomó un segundo antes de responder, como si eligiera cuidadosamente cada palabra, y sonrió.
—Lo suficiente.
Nirelle se giró de golpe.
—Basta —exigió, con firmeza—. No estoy para juegos de poder.
Ambos hombres la miraron.
Marcus parecía sorprendido. Sebastian, en cambio, parecía complacido.
—Tienes razón —concedió este último—. Perdona. A veces olvido que no todo el mundo entiende ciertas cosas.
Marcus apretó la mandíbula. Había algo en la forma en que Sebastian hablaba de ella —como si la conociera más de lo que debería— que le provocaba una incomodidad visceral.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó.
Sebastian lo miró directamente, sin rastro de miedo.
—Nada que te incumbiera.
El silencio volvió a caer, denso, cargado.
Nirelle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía si era por el cansancio o porque, por primera vez, percibía con claridad que ambos hombres la miraban desde lugares muy distintos, pero igual de peligrosos.
Uno la veía como algo que debía protegerse.
El otro como algo que deseaba poseer.
Y en medio de esa tensión, ella entendió que había cometido un error al permitir que ambos mundos colisionaran en el mismo espacio.
Pero ya era demasiado tarde.
El timbre sonó. Nirelle se levantó de inmediato, agradecida por la interrupción.
—La pizza —dijo con la voz teñida de alivio, y caminó hacia la puerta.
Antes de que llegara, escuchó una silla moverse detrás de ella.
Sebastian se había puesto de pie. Y Nirelle lo sabía por el aroma que despedía su cuerpo cada vez que su ropa se movía. Marcus levantó la mirada, desconcertado con el repentino actuar del crítico, y lo vio seguir a la detective.
Nirelle abrió la puerta. El repartidor le sonrió mecánicamente y le extendió la caja caliente junto con el recibo.
—Son doscientos y…
—Yo me encargo —interrumpió Sebastian, adelantándose un paso, y sacó su billetera—. Aquí tienes, quédate con el cambio.