El escultor (La sinfonía del caos 1) 18 #2
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La piel de Nirelle se erizó al escuchar el nombre de aquella ciudad, sintió su estómago revolverse, y cómo los fantasmas de su pasado peleaban por salir.

Se sirvió un poco de agua, necesitaba algo frío que la anclara.

La garganta se le había cerrado desde hacía varios minutos y apenas notó el temblor en sus manos hasta que el vaso tintineó contra la encimera.

Marcus no apartaba la vista de la detective Northon, observaba cómo cada cierto tiempo rotaba los hombros, quizá intentando relajarse. Esperó pacientemente hasta que ella regresó a la mesa, luciendo enferma.

—Los Iluminados —dijo por fin, sin mirarlo.

Marcus alzó la vista de inmediato. Su expresión se volvió atenta, alerta.

—¿Qué cosa?

Nirelle respiró hondo antes de responder. Las palabras pesaban.

—Los Iluminados están detrás de esto.

El silencio cayó entre ellos como una losa.

Marcus tragó saliva. Todos en Canare habían escuchado por lo menos una vez en sus vidas sobre los Iluminados y las aberraciones que habían cometido, las atrocidades que se les permitían realizar cuando el país aún era un reino, mucho antes de la independencia y fundación de la república.

Pero no se había vuelto a escuchar nada al respecto, sus acciones fueron sancionadas y se convirtieron en un grupo de fanáticos religiosos vigilados por el estado.

—Cuando me diste la información en la memoria USB descubrí, que alguien perteneciente a la secta podría estar relacionada, pero ahora con toda esta información me queda claro que son los Iluminados—explicó ella.

Se pasó una mano por el rostro, como si quisiera borrar imágenes que no se iban.

—Pero ¿cómo es posible? Se supone que ya no existen, y que nadie hace ese tipo de rituales. Incluso la Orden de la Luz se mantiene bajo vigilancia.

—No lo sé, Marcus. Pero tiene sentido. Cuando encontraron a la primera víctima del Escultor, Manuel Ricci, algunos fanáticos religiosos se presentaron al lugar del crimen, alegando que tenían el derecho de llevarse el cuerpo, estoy segura que eran Iluminados.

Pero al parecer, al detective que tenía el caso en ese momento no le importó investigarlo, no lo agregó a los informes.

Es un chisme de corredor en la fiscalía, yo ni siquiera lo recordaba.

Además, la víctima no tenía grabados símbolos que los relacionaran.

—¿Por eso aquella vez exigió que limpiaran todo?

—Sí, se volvió un protocolo.

Marcus volvió a pensar en el grupo religioso, y sin querer, en las enseñanzas que su abuela le daba.

Recordaba haber leído que la misma Orden de la Luz los había exiliado al considerarlos radicales, pues creían que la luz verdadera solo se alcanzaba a través del arte perfecto y el dolor.

Que cuanto más fracturada estuviera el alma del creador, más pura era la obra que podía producir.

Para ellos, el sufrimiento no era un precio, era requisito.

—Andrea Cossio tampoco tenía las marcas —recordó Marcus—. La segunda víctima.

Nirelle asintió, se levantó de la mesa y apoyó ambas manos sobre la superficie, inclinándose apenas hacia delante.

—Las marcas las encontramos en las últimas esculturas y en las que estaban clasificadas

—¿Usted sabe lo que significan? —preguntó Marcus, deseando que la respuesta fuese negativa.

—No son simples heridas, son símbolos antiguos que usan para bendecir.

Grabados con metal al rojo vivo; marcas de consagración.

—El silencio se volvió espeso—. Creen que al marcar el cuerpo purifican el alma; que esas cicatrices permiten que ascienda, que sea aceptada por la Luz—continuó, su voz cada vez más baja—. Para ellos, el dolor es una bendición.

Marcus sintió un nudo en el estómago.

—Eso es… enfermizo.

—Sí —respondió ella, sin emoción.

Y, aun así, creen estar haciendo un favor , pensó Nirelle.

Por un momento, ambos guardaron silencio. Sus dedos se crisparon sobre la madera. El aire parecía costarle más trabajo entrar en sus pulmones.

—Encontré algo más —añadió al fin Marcus—. Las tres muertes entre 1986 y 1992 fueron archivadas como incidentes sin conexión. Pero además de que los patrones coinciden, las víctimas tenían algo en común.

—¿Qué cosa?

—Los tres eran huérfanos, y venían del mismo orfanato—. Marcus la miró con atención creciente, creyendo que ese podría ser un tema delicado para ella. No hacía mucho le había contado que ella misma era huérfana.

Nirelle tragó saliva.

—¿De dónde?

—Al parecer se llamaba «Los Hijos de la Luz», pero algo sucedió y no hay registro de que siga en funcionamiento.

El nombre pareció quedar suspendido entre ambos.

El impacto fue inmediato. Nirelle sintió un escalofrío recorrerle la espalda, su pulso se aceleró, y un recuerdo antiguo, enterrado a fuerza de voluntad, comenzó a empujar desde el fondo de su mente.

Mantuvo el rostro impasible, pero por dentro algo se contraía, como si una mano invisible le apretara el estómago.

No dijo nada más. No podía.

Ajeno a la tormenta que se desataba dentro de Nirelle, Marcus solo podía pensar en la seguridad de la detective. Su mente seguía trayéndole vieja información, y sabía que, si los Iluminados traían de vuelta sus prácticas rituales, entonces ella corría peligro.

Ella ya no tenía dieciocho años como dictaba la tradición, pero seguía siendo albina, una figura respetable en la religión de Canare.

En los textos antiguos se hablaba de los Inmaculados .

Decían que su piel sin sombra era señal de elección divina.

Que su existencia era una prueba de la voluntad del Señor de la Luz como manifestaciones vivas de pureza.

Creían que la luz los tocaba de forma distinta y se les ofrecía un lugar respetable en las casas de oración.

Pero los Iluminados lo llevaban al extremo, porque para ellos, los albinos no eran solo personas, eran símbolos.

Los veneraban, pero de una manera distinta al resto de la religión, ellos los sacrificaban.

Usaban el ritual de transfiguración cuando llegaban a la mayoría de edad para convertirlos en estatuas vivientes, receptáculos sagrados de mármol y resina para preservar la pureza eterna.

Su abuela le había dicho que había museos que aún conservaban a sus Inmaculados en las bodegas subterráneas.

Nirelle se obligó a respirar hondo.

—Debo investigar esto —dijo al fin—. Y creo que tengo una idea de por dónde comenzar.

Marcus la observó, pensando si debía o no decirle lo que estaba pensando. Finalmente se atrevió a hablar.

—Me preocupa que esté en peligro, detective Northon.

Ella le sostuvo la mirada, firme.

—No va a pasarme nada, Delarge.

Marcus solo asintió, mordiéndose el interior de la mejilla, mientras la información de sacrificios rituales seguía rondando en su mente. El silencio que siguió no fue incómodo, fue pesado, como la antesala de algo inevitable.

—Hay algo más —murmuró Marcus, luego de carraspear.

—Espera, aún no. Dame unos minutos —exigió Nirelle.

No se sentía capaz de digerir tanta información junta. Así que se levantó de la mesa y ordenó una pizza.