El escultor (La sinfonía del caos 1) 18
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CODICE

Nirelle no durmió, y no sabía desde hacía cuándo.

El amanecer la encontró de pie frente al caballete, con las manos manchadas de pintura seca y los ojos ardiendo por el cansancio. Su piel estaba húmeda y el sudor le perlaba la frente. La habitación olía a trementina, al café olvidado sobre la mesa de trabajo, y a algo más denso, casi metálico.

No supo en qué instante empezó a pintar; el gesto la había arrastrado hasta el punto en que detenerse ya no era posible.

Las imágenes brotaban sin permiso. Líneas agresivas, sombras torcidas, formas que se entrelazaban hasta volverse irreconocibles.

Cada trazo era un impulso, una descarga.

Pintaba como si le arrancaran algo del pecho y eso la fuera a romper en dos.

Sebastian.

Su nombre regresaba una y otra vez, pegajoso, imposible de ignorar. Y toda la situación se había vuelto aún más extraña.  No podía dejar de escuchar la voz de Marcus en su mente: « Habla como si lo admirara. Como si lo conociera.»

La frase resonaba ahora con claridad. ¿Y si Marcus tenía razón?

Nirelle esperaba que no, porque lo cierto era que, de algún modo, sentía a Sebastian cada vez más cercano. Demasiado. Como si existiera un hilo invisible entre ambos; tenso y peligroso, que la arrastraba sin pedir permiso.

Y luego estaba lo otro, el detalle que no lograba enterrar: ella nunca le había dicho dónde vivía. Sin embargo, él la había llevado directo a su puerta, sin dudar o preguntar.

La brocha se detuvo a medio trazo. El corazón le dio un vuelco violento. Intentó en vano tranquilizarse, pero la inquietud ya había echado raíces.

Había algo intoxicante en pensar en Sebastian.

Algo que la atraía y la repelía al mismo tiempo.

Una corriente peligrosa que la empujaba a querer comprenderlo, incluso sabiendo que podía destruirla.

La excitación y el asco se mezclaban, indistinguibles, como dos colores que al tocarse generan un tono nuevo y oscuro.

La pintura comenzó a desbordarse del lienzo, manchas irregulares, gestos violentos. Su respiración se volvió arrítmica, no estaba creando, se sumergía lentamente en un pozo sin fondo. Se estaba cayendo.

Y, aun así, no se detuvo. Porque en el fondo, Nirelle sabía que aquella espiral —esa mezcla de miedo, deseo y obsesión— no era un accidente. Era el inicio de algo que ya no podía controlar.

Nirelle retrocedió un paso, observando el lienzo como si no lo hubiera pintado ella.

La figura era imposible de ignorar: bella y monstruosa al mismo tiempo.

Líneas que parecían moverse si se las miraba demasiado.

Un rostro apenas insinuado emergía entre capas de color oscuro, con los ojos cerrados, serenos, como si aceptara su destino.

La composición era perfecta y, al mismo tiempo, profundamente macabra.

La recorrió un escalofrío.

La pintura la observaba. No de forma literal, pero había algo en ella que la hacía sentirse expuesta, desnuda. Como si hubiese volcado ahí pensamientos que ni siquiera sabía que existían.

Entonces oyó un susurro.

Nirelle.

No venía de la habitación ni del pasillo. Venía de adentro del lienzo, arrastrándose entre las capas de pintura, suave y familiar.

Nirelle .

Su respiración se cortó. Dio un paso atrás, el corazón golpeándole con violencia en el pecho.

—No es real —susurró.

Pero la voz volvió a llamar, más cerca. Era la voz de Mila. No como la recordaba en vida, sino como en los sueños: lejana, hueca, cargada de tristeza que la atravesaba como una aguja.

La habitación comenzó a sentirse extraña. Las paredes parecían alejarse, ondular levemente. El aire se volvió espeso, difícil de tragar. El suelo pareció inclinarse bajo sus pies.

Nirelle se llevó una mano al pecho, intentando respirar, intentando aferrarse a algo tangible. Y entonces, entre el murmullo de su propia sangre y el eco de aquella voz imposible, se escuchó un sonido claro.

Tres golpes firmes en la puerta.

El efecto fue inmediato. El miedo dejó de ser una idea, una sugestión, y se convirtió en algo físico, punzante. Su estómago se contrajo. El pulso le martilló las sienes. La habitación pareció encogerse a su alrededor.

Los golpes volvieron a sonar. Esta vez más insistentes.

Su corazón golpeaba con furia contra sus costillas, como si quisiera escapar.

El sudor le recorría la espalda y el miedo le burbujeaba en el estómago, ácido, corrosivo.

Nirelle retrocedió un paso, sin apartar la vista de la puerta.

El silencio posterior fue insoportable, como si el mundo entero contuviera la respiración.

No sabía qué era peor: abrir y que el Escultor se le revelara al fin, o descubrir que no había nadie del otro lado.

Un nuevo golpe retumbó en la puerta.

El sonido atravesó el silencio espeso del departamento como una advertencia.

Nirelle se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, escuchando con atención.

Esperó pasos, el roce de tela, cualquier señal que confirmara una presencia al otro lado.

Pero no hubo nada. Solo el eco de su propia respiración desacompasada.

Avanzó despacio hacia la puerta. Cada paso era una lucha contra el impulso de huir. La sensación de vulnerabilidad le recorrió la piel como un latigazo.

Quería su arma. La necesitaba, y el jefe Lavoisier se la había confiscado hasta nuevo aviso.

Lo más aterrador es que estaba segura de que no era el Escultor, esa hora no era su momento. Él nunca aparecía de día. Y no de esa manera. Él entraba de madrugada cuando ella era vencida por el sueño. Y, aun así, la opresión en el pecho no cedía.

—¿Detective Northon? —dijo una voz masculina del otro lado.

Nirelle exhaló con fuerza, sin darse cuenta de que había contenido el aire.

Marcus.

La tensión se disipó, reemplazada por una irritación súbita. Abrió la puerta de golpe y lo hizo pasar. Antes de cerrarla, se asomó al pasillo a ambos lados. Vacío. Giró la cerradura dos veces.

—¿Qué demonios haces aquí? —gruñó, volviéndose hacia él.

—Lo siento. Le llamé, dejé mensajes de voz y de texto, pero usted no contestó ninguno.

—No sé en dónde dejé mi celular, creo que lo extravié —respondió con sequedad.

Marcus la observó con atención de arriba abajo y no pudo contenerse de fruncir el ceño. Le parecía que cada vez que veía a la detective Northon lucía peor; más cansada, más delgada, y en ese momento también tenía un brillo extraño en sus ojos azules, muy parecido a la locura.

—¿Se encuentra bien? —se atrevió a preguntar.

—Sí —mintió Nirelle sin dudar—. ¿Por qué no lo estaría?

—Pues…usted no ha ido a la fiscalía en dos días —dijo al fin.

Nirelle alzó la vista, sorprendida solo por un segundo.

—Sí fui —respondió con fastidio—. Ayer fue feriado, nadie va a trabajar, Marcus.

Marcus tragó saliva, sintiendo como la preocupación aumentaba.

—Hace tres días fue feriado, detective Northon.

Nirelle frunció el ceño, molesta y convencida de que Marcus quería confundirla.

—Sí fui —repitió, no sabía si para convencerlo a él o a ella misma.

Marcus no replicó. La conocía lo suficiente para saber cuándo dejar de hablar. No insistió, pero la preocupación quedó flotando entre ambos.

—Dime a qué has venido o lárgate —sentenció Nirelle.

El muchacho dejó el maletín sobre la mesa y obedeció al gesto de Nirelle para que tomara asiento.

Ella siguió hasta la cocina y sirvió café para ambos, el aroma llenaba el aire cargado del departamento.

Marcus la observaba en silencio, pensando que nunca había visto a Nirelle sin sus trajes formales.

En ese momento no llevaba más que una camiseta blanca manchada de pintura y un pantalón de mezclilla igual de sucio.

Pero lo que más atrajo la atención de Marcus fueron los cortes que Nirelle tenía en los brazos: líneas finas, aún rojizas, que no habían tenido tiempo de borrarse.

Algunas parecían más nuevas que otras, como si el acto no hubiera ocurrido una sola vez, sino reiteradamente.

Marcus sintió un nudo en el pecho, y ahogó sus dudas, consciente de que no se atrevería a preguntar cómo se las había hecho.

—Entonces —dijo Nirelle, colocando una taza de café a Marcus y tomando asiento junto a él.

—Tiene que ver esto —afirmó mientras sacaba su portátil—. No es mucho, pero considero que cambia el panorama.

—Continúa.

Marcus giró la pantalla hacia ella.

—Logré acceso a una base de datos. Bueno… tomé prestada la contraseña del detective Blanchard —admitió con una mueca—. Y encontré algo curioso. El Escultor ya había matado antes. Mucho antes de los casos oficiales.

El pulso de Nirelle se aceleró.

—¿Antes? —repitió.

—Sí, casos archivados como especiales. En distintas ciudades. Separados por años.

—¿Y estás seguro de que es él?

—No completamente. El método no es idéntico, pero el patrón está ahí. —Señaló la pantalla—. Mírelo usted misma.

Nirelle se inclinó sobre el portátil encontrándose con fotografías antiguas, informes escaneados, cuerpos incompletos, mármol tosco. Figuras apenas insinuadas.

—Parece… primitivo —murmuró Nirelle—. Como si estuviera aprendiendo.

—Tal vez buscaba el material adecuado, o la técnica perfecta.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—No, esos casos no pertenecen al Escultor —declaró, leyendo—. Mira las fechas, el último es el que me enviaste, doce años antes de la primera obra oficial del año pasado.

—Hubo uno en 1986 hallado en Narel y otra más en 1990 en Dornelle —explicó Marcus—. Todos han sido catalogados como posibles torturas rituales.

Nirelle sintió su respiración detenerse, clavarse por completo en su garganta.

—La víctima de 1992 —empezó Nirelle, su voz en apenas un hilo—. ¿Dónde la encontraron?

—Eso es muy extraño, la transportaban en un camión junto a obras de arte, venían hacia aquí, a Montfleur.

Nirelle tragó saliva antes de preguntar.

—¿Desde dónde?

—De Vioren, detective Northon.