El escultor (La sinfonía del caos 1) 17 #3
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—O así me parece por la cantidad de alcohol que has consumido —explicó Sebastian.

Nirelle asintió, incapaz de concentrarse por completo en lo que había entre líneas.

—Creo que sólo necesitaba relajarme por un rato. —Se frotó las sienes—. No sé si lo logré.

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, sin dejar el volante.

—No me habías encontrado a mí, Nirelle. Tal vez ese es el problema.

Un escalofrío le recorrió la piel.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que yo habría eliminado por completo tu estrés. —La miró de nuevo, con esos oscuros e intensos ojos—. Solo necesitas darme una oportunidad de demostrártelo.

Nirelle apretó los labios.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes —su voz bajó un tono más—. Estás tratando de sobrevivir en este mundo tú sola y no puedes.

Ella se tensó. Miró por la ventanilla para huir de sus palabras, pero el reflejo del vidrio la traicionó: ojeras profundas, mejillas hundidas, el cansancio marcando cada línea de su rostro.

—No necesito que alguien me salve —dijo al fin.

—No dije que quisiera salvarte. Pero todos tenemos un propósito, déjame ayudarte a recuperar el tuyo.

Silencio.

Era peligroso, porque una parte de ella quería de verdad dejarlo entrar. Y otra parte quería abofetearlo, de nuevo.

—¿Y tú qué sabes de mí? —preguntó, casi murmurando.

Sebastian se detuvo en un semáforo en rojo. Giró el rostro hacia ella con lentitud.

—No pretendo obligarte a dejarme ayudarte. Solo quiero que, si de verdad deseas descubrir para lo que fuiste hecha, me dejes acompañarte.

Nirelle sintió que el aire se espesó.

Iba a responder algo, pero el semáforo cambió a verde y el auto avanzó antes de que pudiera intentarlo.

Minutos después, llegaron frente al edificio donde ella vivía. Una construcción gris en el distrito pobre de la ciudad, pero con la costosa escuela de Mila absorbiendo el mayor porcentaje del sueldo mensual de Nirelle, era para lo único que les alcanzaba.

Nirelle sintió un repentino vértigo al verlo, pensando que seguramente ya le alcanzaría para costear uno mejor. Suspiró y se tragó el llanto junto con la saliva.

—¿Qué sucede? —preguntó Sebastian. Parecía preocupado.

—¿Ya son las doce? —preguntó Nirelle. El hombre asintió—. Hace exactamente un mes murió mi hermana.

Se giró hacia él. No sabía exactamente por qué le había revelado aquello, solo se alegró de no haberle contado cómo fue que encontró a su niña.

Sebastian apoyó el brazo sobre el volante. Sonrió, y asintió lentamente.

—Gracias por compartirlo.

—No es como que fuera un secreto, salió en todos los periódicos de Morvielle y seguramente de Canare.

La respuesta era evasiva. Como si de pronto su cerebro estuviera reaccionando y castigándola por revelar demasiado. Pero seguía ebria.

Y cansada.

Demasiado cansada para analizar cada palabra que decía.

—Gracias por traerme. De verdad —dijo Nirelle.

Sebastian la sostuvo con la mirada varios segundos. Hubo un instante —una grieta en el aire— en el que pareció acercarse más, como si quisiera leer cada centímetro de su rostro.

Pero en lugar de eso, dijo:

—¿Puedo acompañarte arriba?

La pregunta quedó suspendida.

Nirelle sintió cómo su pulso se aceleraba. Dos golpes. Tres. Cuatro. Podía oír su propio corazón retumbando en las sienes.

Podía olerlo: tinta, madera, y yeso.

Podía sentir su propia piel reaccionando.

—No —respondió, casi sin voz—. Hoy no.

Sebastian inclinó la cabeza, concediendo.

—Entonces mañana.

Nirelle tragó saliva.

—No sé si puedo mañana.

Él sonrió, y la sonrisa no era amable.

—Claro que puedes.

Ella abrió la puerta del auto. El aire frío de la noche la golpeó en la cara. Dio un paso afuera. Antes de cerrar la puerta, escuchó su voz una vez más, suave como una amenaza velada:

—Descansa, luz del señor . Nos vemos pronto.

La puerta se cerró entre los dos y el auto se alejó sin hacer ruido. Nirelle se quedó mirando su edificio, sintiendo el temblor en las manos.

¿Cómo sabe eso?

No sabía por qué Sebastian tenía conocimiento de eso. Quiso creer que solo se había tomado el atrevimiento de investigar lo que su nombre —Nirelle— significaba. Ni siquiera entendía qué era exactamente lo que ocurría entre ambos. ¿Atracción? ¿Miedo? ¿Peligro?

Pero sabía una cosa: la estaba arrastrando a un lugar demasiado oscuro. Y una parte de ella quería seguirlo sin preguntar.

Nirelle subió a su departamento y luego de entrar, se dejó caer sobre la cama sin siquiera quitarse la ropa.

El cuarto giraba suavemente a su alrededor, como si las paredes se hubieran vuelto líquidas.

El mareo no era agresivo, pero sí persistente, una ola espesa que le recorría la cabeza.

Cerró los ojos, sintiendo el latido sordo detrás de ellos.

Por un momento, sólo escuchó el silencio. Su respiración. El eco lejano de los vecinos aun celebrando en las calles. Su propio pulso.

Estaba por quedarse dormida cuando algo, un pensamiento mínimo, un hilo delgado, rozó la superficie de su mente.

Los efectos del alcohol se desvanecieron de golpe.

Su cuerpo se tensó.

Sus ojos se abrieron repentinamente.

Ella no le había dicho a Sebastian dónde vivía.