El escultor (La sinfonía del caos 1) 17 #2
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—Estás borracho —dijo, casi en un susurro.

—¿Yo? —preguntó él, soltando una carcajada—. Llámame loco, pero de los dos yo no soy quien tiene el aliento etílico.

Se quedaron en silencio unos segundos. Nirelle sentía el pulso en las muñecas, caliente, inquieto.

—¿Por qué estabas aquí? —preguntó finalmente.

Sebastian tardó en responder. Su mirada se perdió un instante entre las luces lejanas.

—Es una celebración, una fiesta —repitió Sebastian, imitando el tono de voz de Nirelle.

—Ridículo —repitió ella—. Eres demasiado infantil.

Él se encogió de hombros.

—A veces ambas.

Nirelle caminó un poco más rápido, pero Sebastian reguló el paso con facilidad.

—No deberías acercarte así a la gente —dijo ella.

—Así, ¿cómo?

—Tan confiado.

Sebastian la observó con atención, su voz cayendo un tono más bajo.

—Normalmente no me acerco a nadie así.

Nirelle sintió el corazón dar un vuelco.

—¿Y por qué conmigo sí?

—Porque tú no eres nadie —respondió él, casi con ternura.

Ella tragó saliva.

—¿Qué cosa?

Sebastian se detuvo. Ella también. Por un segundo, el mundo fue minúsculo: dos cuerpos quietos bajo luces carmesí y la sombra ondulante de la multitud a la distancia.

—Me pareces fascinante —susurró él.

Nirelle sostuvo su mirada, desafiándolo.

—¿En qué sentido?

Él dio un paso hacia adelante. No llegó a tocarla, pero la distancia entre sus cuerpos desapareció casi por completo.

—No quieres saberlo —murmuró, su aliento tibio rozándole la mejilla—. Si quisieras no me habrías golpeado la última vez.

Ella sintió el calor subirle a la cara.

—Te golpeé porque te lo merecías.

—¿Y crees que no volverás a hacerlo?

—Si sigues provocándome, puede que sí.

Sebastian sonrió, lento.

—Tal vez me gusta provocarte.

La respiración de Nirelle se entrecortó. Dio un paso atrás, rompiendo la tensión.

—Esto es absurdo —dijo, volviendo a caminar—. Tengo que encontrar a Rita. No tengo tiempo para juegos.

Sebastian la alcanzó sin esfuerzo.

—¿Y quién dijo que era un juego?

Hubo algo en su tono, algo grave, algo insondable, que la obligó a mirarlo otra vez. Sus ojos estaban fijos en ella, evaluándola. Deseándola. Temiéndola.

Nirelle bajó la mirada.

—No deberíamos estar hablando así.

—¿Por qué no?

—Porque no confío en ti.

Sebastian no se detuvo. Su voz fue suave, casi íntima.

—Entonces ¿por qué dejaste que te acompañara?

Nirelle abrió la boca, pero no encontró respuesta. Sólo el sonido del espectáculo volvió a llenar el espacio entre ellos. Y aunque el aire era frío, cada palabra, cada mirada, cada centímetro de cercanía quemaba como fuego bajo la piel.

Porque no había nada más inevitable que la atracción compartida. Ni nada más peligroso.

Encontraron a Rita cerca de la zona de música electrónica, donde el aire vibraba al ritmo de bajos intensos y luces de colores giraban sin descanso. La muchacha reía con los ojos entrecerrados y el vaso casi vacío, recargada en el pecho de un chico alto, delgado, con el cabello oscuro y rizado.

—¡Niiiireeeelle! —canturreó Rita al verla acercarse—. ¡Mira, mira! Este es Alister.

Nirelle parpadeó, tratando de enfocar la información a través de la niebla alcohólica. Alister. El nombre le sonaba. Recordó vagamente las tardes en que Rita, sonrojada, contaba entre risas que a veces se acostaba con él « cuando se aburría ».

Alister saludó con un gesto amable del mentón, sujetando a Rita por la cintura para que no perdiera el equilibrio.

—Mucho gusto —dijo, aunque su atención volvió de inmediato a la chica abrazada a él.

—Me voy con Alister —anunció Rita, ya a medio camino de un abrazo que se convirtió en un tambaleo—. Mañana te llamo, te lo prometo.

Nirelle asintió.

—Está bien. Descansa.

Rita la abrazó con demasiada fuerza, olía a cerveza y perfume dulce. Nirelle quiso recriminarle el sacarla de su casa para luego dejarla tirada en medio de la ciudad, pero se mordió la lengua y le devolvió el abrazo.

—Te adoro —susurró—. Y tú… —intentó mirar más allá, hacia Sebastian, pero sus ojos borrosos parecieron saltarse su existencia por completo.

Simplemente no lo vio, o prefirió ignorar su figura inmóvil, de pie detrás de Nirelle, como si el hombre fuera una sombra más del desfile.

—Nos vamos —dijo Alister con una sonrisa ligera, acomodando el brazo de Rita sobre sus hombros—. Que lleguen bien.

Nirelle los observó alejarse entre risas y tropiezos. Cuando desaparecieron, el ruido del desfile pareció aumentar de golpe, desordenado, vibrante, abrumador.

—Bueno —dijo ella, ajustando la correa de su bolso—. Supongo que debería tomar un taxi.

Pero la voz de Sebastian flotó antes de que pudiera dar un paso.

—Puedo llevarte.

Nirelle frunció el ceño, cansada, mareada, un poco más vulnerable de lo que le gustaría admitir.

—No es necesario. Estoy bien.

—No lo estás —respondió él—. Además, —dio un paso más cerca—, quiero pasar más tiempo contigo.

Había algo en su tono. Una mezcla peligrosa de honestidad y peligro, como si las palabras fueran ciertas, pero también armas.

Nirelle bajó la mirada al suelo iluminado por luces rojas y azules.

Dudó. Pensó en Rita, ya lejos. Pensó en Mila.

Pensó en el Escultor. Pensó en sí misma, en el alcohol corriendo tibio por la sangre.

Y asintió.

—Está bien.

Esa noche no quería preocuparse por lo que sucedía a su alrededor, y parecía que la voz del hombre era capaz de callar sus pensamientos.

Sebastian sonrió apenas y extendió una mano hacia la salida menos concurrida.

Caminaron juntos por la calle húmeda mientras el bullicio del desfile quedaba atrás.

El aire olía a pólvora, cerveza, perfume barato y viento frío de octubre.

Cuando llegaron al lujoso automóvil negro de Sebastian, Nirelle quedó sin aliento.

Jamás se había subido a un coche tan caro; ni siquiera se habría permitido soñarlo.

Al notar su vacilación, Sebastian se adelantó y abrió la puerta del copiloto para ella, y en ese momento sintió un nudo de nervios abrirse paso en el estómago.

No sabía si era miedo, atracción o las dos cosas formando una sola criatura oscura, imposible de nombrar.

—Sube.

Ella entró.

Mientras Sebastian rodeaba el frente del auto para ocupar su asiento, Nirelle se deslizó dentro y, casi sin darse cuenta, dejó que la curiosidad la guiara.

El interior estaba impecable, demasiado ordenado aún para alguien que cuidaba mucho los detalles.

En los portavasos no había botellas olvidadas, ni recibos arrugados; solo un aroma limpio, sutil.

No colgaba nada del retrovisor, ningún amuleto, ninguna decoración innecesaria.

En el asiento trasero, todo estaba en su lugar, el cuero no parecía gastado, como si nadie hubiera estado allí en mucho tiempo.

Esa pulcritud le dijo más de Sebastian de lo que esperaba. Meticuloso, reservado, quizás alguien que no dejaba entrar a cualquiera en su espacio. Impulsada por un atrevimiento repentino, estiró la mano hacia la guantera y comenzó a abrirla apenas un poco.

—Tranquila, detective —dijo él con una sonrisa apenas contenida al sentarse y verla—. Creo que para eso primero necesita una orden de cateo.

Nirelle retiró la mano de inmediato, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. Él rio suavemente, y en ese gesto ligero, casi cómplice, el nudo en su estómago volvió a apretarse.

El motor ronroneó suave, casi felino. La ciudad seguía vibrando afuera: gritos, risas, música, explosiones de fuegos artificiales y el festejo continuaba en el Palacio de Gobierno. Pero dentro del auto, el silencio era denso, como si el ruido del mundo no tuviera permiso de entrar.

Nirelle apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos un instante. El alcohol le hacía ver el mundo un poco lento, un poco blando alrededor de los bordes. Sentía las pulsaciones en los labios y el cuello.

Sebastian miró el camino, pero la observaba a ella en cada semáforo, en cada giro. Ese tipo de miradas que no piden permiso, y arden ahí donde se posan.

—¿Te divertiste? —preguntó él en voz baja.

Nirelle soltó una risa corta.

—¿Eso crees que fue diversión?

—Tú parecías disfrutarlo —respondió, con media sonrisa.

Ella abrió los ojos. ¿La había estado mirando antes de siquiera encontrarse? La idea se formuló y se sujetó con fuerza en su mente. Miró las luces pasar frente a su ventana, largas líneas temblorosas de color rojo, verde y dorado.