17
INDEPENDENCIA
A las seis de la tarde, luego de comer, llegaron al desfile.
El centro de Montfleur hervía de gente, luces, música, risas, banderas tricolores ondeando en cada esquina; un millón de voces mezcladas hasta formar un solo grito.
Rita compró dos vasos gigantes, rojos y fríos, llenos de cerveza que derramaba espuma por el borde, y le entregó uno a Nirelle como si fueran el pasaporte a una noche distinta.
—¡Salud! —exclamó Rita, chocando su vaso contra el de ella—. Por tu cumpleaños atrasado, por mi futura publicación y porque hoy vamos a olvidarnos de todos nuestros problemas.
Nirelle forzó una sonrisa, y bebió un trago. La cerveza estaba amarga, helada y era justo lo que necesitaba.
El desfile avanzaba por la avenida central como un río multicolor: primero las exposiciones del poder militar: imponentes y ensordecedoras.
Los soldados marchaban en perfecta sincronía, con sus uniformes impecables bajo las luces blancas que los hacían brillar como plata.
El público aplaudía. Luego llegaron los cantantes, bailarines y las bandas locales, envueltos en telas brillantes, sobre sus carros decorados.
Con sus ritmos frenéticos; la música retumbaba en el pecho, vibrando hasta las costillas.
Detrás venían las escuelas: niños emocionados agitando pañuelos azules, blancos y grises —los colores de Canare—, seguidos por los carros alegóricos, decorados para representar la historia de la nación.
La energía del lugar era eléctrica. Morvielle celebraba el Día de Independencia con un fervor distinto al del resto del país.
Era el estado de los artistas, el corazón creativo de Canare.
Y Montfleur era su capital: origen de pintores, bailarines, músicos, Escultores, diseñadores, cineastas y poetas.
Aquí todo se vivía más fuerte, más dramático.
Entre el ruido y la multitud, Rita seguía hablando entre risas, señalando cada detalle que le parecía espectacular.
Nirelle asentía, bebía y fingía prestarle atención.
A ratos el desfile se convertía en un borrón de colores y siluetas, como si su mente quedara suspendida en un segundo plano.
Pero, aun así, seguía allí, con Rita tomando cerveza.
Cuando la caravana llegó al Palacio de Gobierno, las luces se intensificaron.
Un escenario enorme esperaba frente a la fachada blanca del edificio.
Todo el público se detuvo con silencio expectante.
La gobernadora apareció. Una mujer alta, de mirada firme y voz clara, vestida con un traje negro que contrastaba con las luces doradas del escenario.
Dio la bienvenida a todos, agradeció la presencia del público y recordó a los firmantes del pacto federal que habían convertido a Canare en una nación libre, hacía décadas.
Habló de arte, de esfuerzo, de memoria y del futuro.
El público estalló en aplausos, silbidos y vítores.
Rita alzó su vaso y brindó hacia el escenario.
Nirelle que gracias a su metro setenta de altura podía ver por encima de muchas personas entre la multitud, miró la escena con el vaso entre las manos.
La cerveza sabía cada vez menos a cerveza.
Todos celebraban algo inmenso, algo histórico.
Ella, en cambio, intentaba celebrar algo pequeño, algo personal: seguir de pie.
Cuando la música volvió a estallar y el espectáculo reanudó su marcha, Rita tomó la mano de Nirelle.
—¿Ves? —le dijo, sonriendo—. Hoy es un buen día.
Y por un instante —uno breve, frágil, casi imaginado— Nirelle sintió que quizá tenía razón.
Con la música de vuelta, la multitud empezó a cerrarse a su alrededor.
El ruido ensordecedor golpeaba su cabeza, las luces giratorias la desorientaron y el olor a cerveza derramada se mezclaba con el sudor y el calor sofocante.
Los cuerpos chocaban sin control, empujándola de un lado a otro como si no pesara.
Intentó avanzar, pero una ola humana la arrastró hacia atrás.
Alguien pisó su pie, otro la empujó con el codo; su respiración se volvió rápida, superficial.
Nirelle se dio cuenta que Rita ya no estaba a su lado.
Miró a su alrededor, confundida. Luces de colores se mezclaban con sombras; rostros de extraños pasaban demasiado rápido y nadie parecía fijarse en nadie.
Estaba rodeada de desconocidos, aplastada por la multitud que seguía moviéndose sin notar que ella se estaba perdiendo.
—¿Rita? —llamó, pero su voz se perdió en el estruendo del desfile.
El alcohol no ayudaba. La cerveza se le había subido al estar caliente, al punto exacto en el que la mente parecía más lenta. Rita, lo sabía bien, se embriagaba aún más rápido que ella.
Nirelle sacó su teléfono. Sin señal. La pantalla mostraba apenas una barra roja. Intentó subir el volumen del tono, marcar otra vez, mover el teléfono a distintas alturas como si con eso fuera a cambiar algo. Nada.
—Mierda… —murmuró, empezando a abrirse paso entre la gente.
El gentío era una masa compacta, sofocante, un océano apretado de cuerpos que se movían sin dirección fija. Hombros, codos, brazos chocaban contra los suyos. La música retumbaba desde todas partes, imposible saber de dónde venía.
—¡Rita! —volvió a gritar, empujando sin elegancia.
Era inútil. Tenía que salir de ahí. Respirar.
Pensar. Se abrió paso hasta una de las calles laterales, lejos del núcleo más denso del escenario, y al hacerlo, el mundo cambió de golpe: el ruido bajó, el aire era más frío, las luces menos violentas.
Nirelle apenas dio un par de pasos cuando un triciclo de vendimias dobló la esquina a toda velocidad, cargado con cajas y aceite hirviendo.
El hombre que lo conducía lanzó un grito. El triciclo chirrió sobre el pavimento.
Nirelle se quedó paralizada.
Algo la tomó por la cintura. Un tirón firme, súbito. Su cuerpo se inclinó hacia atrás justo antes de que las ruedas le rozaran los pies. El triciclo pasó zumbando a centímetros de ella, dejando una estela de olor a grasa y metal caliente.
Nirelle inhaló con violencia, sin aire suficiente para gritar, antes de darse cuenta de que seguía sostenida por alguien. Un tacto cálido y reconfortante.
Giró el rostro, el corazón todavía golpeándole las costillas con fuerza. Quería saber quién la había salvado.
El cuerpo de Nirelle reaccionó antes que su mente: un cosquilleo eléctrico recorrió su columna y la piel de sus brazos se erizó bajo la chaqueta.
Después llegó el olor a tinta, madera y yeso.
Un aroma terrenal y limpio, imposible de confundir.
Su estómago se tensó. Sabía quién era antes de que sus ojos lo enfocaran.
—Deberíamos dejar de encontrarnos de esta manera —murmuró Sebastian contra su oído, su voz rozándole la piel con familiaridad que no debería existir.
Nirelle se apartó de inmediato, con el corazón golpeándole el pecho. Lo encaró. Sebastian estaba iluminado por el reflejo rojizo de las luces giratorias; la mandíbula tensa, los ojos más oscuros que antes. Y ahí, justo donde ella le había golpeado días atrás, un moretón manchaba la piel.
No se disculpó. No tenía por qué.
—¿Me estás siguiendo? —escupió.
Él arqueó una ceja, casi divertido.
—¿Yo? Quizá eres tú quien me está siguiendo.
—Ridículo —bufó.
Se dio media vuelta, intentando alejarse, pero las luces giraban, el piso parecía más blando, y su equilibrio la traicionó apenas dio dos pasos.
Sebastian la sostuvo por el antebrazo con firmeza.
—Has bebido demasiado, te llevo a casa.
—No, debo encontrar a mi amiga.
—No debes estar sola en este estado. Déjame ayudarte.
Nirelle abrió la boca para negarse, pero las palabras no llegaron.
—Está bien —dijo al fin, sin pensar, sin darse el espacio para hacerlo.
Salieron del núcleo del gentío, donde un grupo de vendedores independientes esperaba clientes. Sebastian desapareció apenas unos segundos y volvió con una botella de agua fría.
—Toma —dijo, extendiéndola hacia ella.
Nirelle la aceptó sin mirarlo, destapó la botella y bebió con torpeza. El agua estaba helada, lo suficiente para aclararle apenas el borde de los pensamientos.
—Gracias —murmuró al terminar.
Sebastian asintió, caminando a su lado mientras avanzaban por la calle iluminada. El ruido del desfile seguía allí, pero lejos; ahora el aire olía a pólvora, harina frita y metal mojado.
—¿Dónde la viste por última vez? —preguntó él.
—Cerca del escenario principal —respondió, frotándose la sien—. Perdí la señal. Se emborracha rápido. No debería estar sola.
Sebastian la observó de reojo, en silencio.
—¿Quieres mucho a tu amiga?
—Sí —contestó, sin pensarlo.
El hombre sonrió apenas, algo que no alcanzó a ser burla ni ternura.
—Debes ser buena compañía, entonces.
Nirelle no supo qué responder. Bebió otro trago de agua.
Sebastian continuó:
—No es seguro para Rita ni para ti estar separadas entre tanta gente. Especialmente esta noche.
—¿Por qué esta noche?
Él la miró con tanta calma que le pareció inquietante.
—Porque en las celebraciones todos bajan la guardia.
Nirelle tragó saliva.
—No intentes asustarme.
—No lo hago —dijo él en voz baja, grave—. Sólo quiero que tengas cuidado. Vamos, encontremos a tu amiga.
Caminaron un par de metros sin hablar. El sonido distante de la música se mezclaba con risas, pasos apresurados y el murmullo constante de la gente al fondo. Pero alrededor de ellos, había un pequeño vacío, un silencio construido a la medida.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Sebastian.
Su tono era neutral, pero había algo ahí, curiosidad genuina, quizá demasiado personal.
—Mareada —admitió Nirelle, pasando una mano por su frente—. Un poco cansada.
—Un poco —repitió él, como si probara la palabra—. Estás temblando.
Ella frunció el ceño.
—No estoy temblando.
—Lo estás —dijo, sin dejar de mirarla—. Así que, ¿qué te pasó?
Nirelle bebió otro trago de agua, sin dejar de avanzar.
—Es una celebración, una fiesta, beber alcohol es normal.
—No creo que sea lo tuyo.
Ella lo miró de reojo.
—¿Y qué sabes tú de mí?
Sebastian sonrió apenas.
Un escalofrío subió por la espalda de Nirelle.