16
DUDAS
No sabía exactamente en qué momento había dejado de tener sueño.
El reloj de pared marcaba las veinticuatro horas, y Marcus seguía en su cubículo en la colmena, absorto en los documentos que tenía al frente, ajeno al murmullo de los ventiladores y el zumbido tenue de las luces.
El resto del personal se había retirado temprano, pero él seguía sin hallarle sentido a las palabras.
Estaba inclinado sobre el escritorio revisando por tercera vez el informe forense que había encontrado en la base de datos clasificados ese día.
Tenía fecha de casi dos décadas atrás, y subrayaba detalles que ya sabía de memoria, y otros a los que no le encontraba pies ni cabeza.
Aun así, no podía irse, debía darle más información a la detective Northon.
—Delarge, ¿qué hace aún aquí? —preguntó una voz.
El muchacho dio un brinco en su silla. El detective Blanchard estaba detrás de él, con el abrigo puesto, la corbata suelta y el cabello revuelto. Marcus se apresuró a cambiar de pestaña antes de girarse. Notó que el hombre lucía cansado, pensó que ya se encontraría en su casa.
—Sigo inspeccionando el informe de Lavena Russo —mintió Marcus, recuperando la compostura.
—¿Y quién es esa? —Blanchard frunció el ceño, buscando en su memoria.
—La última víctima del Escultor —respondió Marcus, sin levantar la vista del papel.
Un murmullo de reconocimiento escapó del detective veterano. Caminó más cerca del muchacho, tomando asiento junto a él.
—¿Has encontrado algo importante?
—En realidad no —suspiró—. Se que hay algo que no estoy viendo, algo que aún no logro descifrar.
El detective Blanchard asintió.
—Este trabajo se trata de paciencia y observación, intenta no frustrarte —hizo una pausa—. Eres dedicado, inteligente, y hay un potencial enorme en ti, encontrarás algo tarde o temprano.
Marcus se quedó paralizado, sin saber qué contestar. Nunca había sido bueno para recibir elogios.
—Me asusta un poco la confianza que está depositando en mí.
El detective veterano rio.
—¿Por qué te preocupa, Delarge? ¿Es que no te sientes capaz de hacer el trabajo?
—No es eso, señor, es solo que soy un novato, no esperaba tener una responsabilidad tan grande tan pronto.
—Delarge —interrumpió Blanchard con voz firme y tranquila—, nadie nace sabiendo. Créeme, cuando yo era un novato estaba tan perdido como tú, y con menos capacidad de la que estás demostrando.
Marcus sonrió a penas, el gesto se le escapó.
—Lo dudo, señor —susurró.
—Pues no deberías. —El detective apoyó un codo sobre el escritorio—. Te seré honesto: cuando comencé, rompí evidencia por error, una vez arresté al tipo equivocado, y ni siquiera quiero mencionar mis problemas con los informes.
Marcus levantó la cabeza, incrédulo.
—Eso no puede ser verdad.
—Por desgracia lo es. —Blanchard dejó escapar una risa—. La única forma de aprender es equivocándose.
—Jamás lo habría imaginado de esa manera.
—Porque ya pasaron muchos años, muchacho. No todos llegamos al lugar en el que estamos como prodigios. Nos esforzamos por aprender y mejorar —dijo el detective.
—Es difícil olvidar que ustedes también fueron novatos. Me pasa lo mismo con la detective Northon —confesó Marcus.
—Northon es un caso especial —afirmó el detective—. Ella fue mi aprendiz ¿lo sabías?
Marcus alzó las cejas, sorprendido. Le parecía imposible pensar en la detective sin todo el prestigio que la definía. Lo intentó, intentó imaginarla como una joven inexperta iniciando en ese mundo de criminales sin saber qué hacer y no lo logró.
—No lo sabía.
—Solo por un año —asintió Blanchard, reclinándose en la silla—.
El tiempo suficiente para demostrar que no necesitaba supervisión de nadie.
Desde el primer día supe que sería diferente.
Seria, lógica. Recuerdo que yo hablaba y hablaba y ella solo escuchaba y analizaba todo, luego hacía el trabajo mejor que yo.
Hablaba lo necesario, pero sus opiniones siempre fueron aportaciones buenas.
Marcus sonrió sin poder evitarlo, eso se parecía más a la detective Northon que él conocía.
—No la imagino tímida —admitió Marcus.
—¿Tímida? Muchacho, Northon nació inaccesible. ¿Por qué crees tú que los otros novatos te molestan tanto?
Marcus solo frunció el ceño esperando la respuesta.
—Porque la detective Northon te aceptó. No tienes idea de la cantidad de solicitudes de mentorías que recibe, pero las descarta. Y a eso suma que los compañeros que tuvo antes que tú solo duraron un par de días. Ella cree que un novato solo retrasa su trabajo.
Marcus se removió en su asiento, incómodo. Parecía que el detective Blanchard conocía demasiado a Nirelle Northon.
Y era algo así. Elliot Blanchard había visto algo en aquella jovencita de ojos azules que veía en pocos novatos: determinación. Determinación pura, silenciosa y feroz. Mientras los otros novatos buscaban aprobación, ella solo entregaba resultados.
Blanchard le tenía un aprecio profundo. No sentimental, sino profesional, el tipo de respeto que uno solo se gana con trabajo duro.
Por eso había tomado en serio su sugerencia de quedarse con el caso del Escultor.
Era una forma torpe —quizá insuficiente— de mostrarle su aprecio, de intentar devolverle algo de justicia.
Él sabía que, de no haber sido por la muerte de su hermana menor, Nirelle habría llegado al fondo de ese caso mucho antes.
—Su vida no ha sido fácil —continuó Blanchard—. No te imaginas la cantidad de veces que ha sido acosada por los religiosos, y por la gente en general. Quien no le teme quiere tratarla como una deidad. Debe ser frustrante. Y luego está Lavoisier.
Marcus frunció el ceño.
—He notado que la odia.
—Créeme, Delarge, no la odia, teme lo que pueda lograr. Northon es la primera en la lista para ser fiscal el próximo año. Y Lavoisier es un viejo machista, orgulloso y sabe perfectamente que ella haría mejor el trabajo que él.
Marcus asintió. De alguna manera, el detective Blanchard le había hecho ver una faceta más profunda de la detective Northon. El hombre se levantó, y palmeó el escritorio antes de encaminarse hacia la puerta.
—Delarge, no se quede demasiado, el sueño es parte del trabajo —concluyó el detective, poniéndose de pie con un gruñido cansado—. Además, mañana es feriado, ¿recuerda? Debería estar durmiendo.
Marcus negó con la cabeza.
—Prefiero aprovechar el tiempo.
—Yo prefiero que esté descansado y con la cabeza clara. —Blanchard señaló el reloj—. Es medianoche, Delarge. No se quede aquí hasta que amanezca.
Marcus dejó caer el bolígrafo sobre los documentos.
—Intentaré no tardar.
El detective suspiró.
—Fue lo mismo que me dijo hace cuatro horas.
Marcus sonrió con vergüenza.
Blanchard dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo cuando escuchó su nombre.
La voz de Marcus era apenas un hilo.
Blanchard se giró.
—¿Qué pasa?
Marcus apretó las manos, dudando. Había una pregunta rondándole la cabeza desde hacía unas horas, pero no se había atrevido a pronunciarla hasta ese instante.
Finalmente, habló:
—¿Sabe qué son Los Hijos de la Luz?
Blanchard frunció el ceño, sorprendido. Caminó de regreso hasta el cubículo, con la mirada hundida en algún punto perdido del pasado.
—Me suena… —murmuró, apoyándose contra el escritorio—. Creo que era un orfanato, a las afueras de Vioren, si no me falla la memoria.
Marcus sostuvo la respiración.
—¿Un orfanato?
—Sí, estoy casi seguro —la voz de Blanchard se volvió lenta, como si algo antiguo cobrara forma—. Hubo un problema allí, un accidente, tal vez. Salió en las noticias hace años.
Marcus sintió un pinchazo frío recorrerle la espalda. No dijo nada.
—¿Por qué? —preguntó el detective—. ¿Tiene que ver con el caso?
Marcus tragó saliva.
—Nada. Solo… pensé haber escuchado ese nombre antes.
Blanchard lo observó largo rato, pero no insistió. Se limitó a asentir, aunque su expresión dejaba ver la duda.
—Bueno, me voy ya. Vaya a casa, Delarge.
—Sí, señor. —Marcus comenzó a guardar los documentos—. Tiene razón. Me iré ahora.
Blanchard esperó unos minutos a que el muchacho terminara, ambos en silencio. Después, caminaron juntos hacia la salida.
Nirelle estaba sentada en el borde de la cama, sosteniéndose la cabeza con ambas manos mientras intentaba ordenar los pensamientos que se le enredaban en la mente. El silencio del departamento pesaba más que la oscuridad.
Un zumbido bajo le invadía el cráneo, insistente, doloroso. Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, tal vez cuarenta, pero había perdido la cuenta.
Entonces lo escuchó: su nombre.
Nirelle…
La voz fue un hilo suave, demasiado real para ser un recuerdo. La detective alzó la mirada, su corazón dobló sus esfuerzos.
Por un instante creyó que Mila estaba detrás de ella, al pie de la cama, llamándola como cuando vivían en albergues y debían salir antes de las ocho de la mañana.
Pero no había nadie.
—Basta —susurró, presionándose las sienes—. Basta ya.
Las sombras temblaron en el silencio, el aire se volvió más denso, frío.
Nirelle…
Esta vez más fuerte. Más cercana.
Se levantó de golpe, respirando agitadamente, mirando a todos lados.
Nirelle…
Un golpe seco retumbó desde algún lado del departamento, pero la neblina de su mente no le permitía identificar de dónde.
—¿Nirelle? ¿Estás ahí? Soy Rita.
El mundo regresó bruscamente a su eje. La tensión se desarmó como un globo pinchado. La detective parpadeó, aturdida, sin recordar haberla llamado.
El miedo cedió espacio al cansancio brutal.
—Un segundo —logró decir de camino a la puerta principal.
Cuando abrió, allí estaba Rita, de pie en el umbral, ligeramente preocupada, con la bolsa colgando del hombro y el cabello corto perfectamente acomodado.
—Hola —dijo Rita, sonriendo apenas—. Te llamé varias veces.
Nirelle asintió, tragando saliva, aferrándose al marco de la puerta.
—No escuché. Pasa.
Se hizo a un lado. Rita entró, sin notar el temblor en los labios de la detective.
—¿Estás bien? —preguntó—. Te ves terrible.
—Solo es falta de sueño —respondió ella, restándole importancia con un ademán débil—. No es nada.
Rita no parecía convencida. Caminó hacia la pequeña mesa de la sala y dejó allí las llaves del auto. Observó con atención a su alrededor, el departamento estaba hecho un desastre. Después volvió la mirada hacia Nirelle.
—No he pasado desde hace días —explicó—. Solo quería saber cómo estabas.
Nirelle apretó la mandíbula. No soportaba que la vieran así temblorosa, desordenada. Jaló la manga de su camisa para cubrir el tic nervioso de su mano izquierda.
—Podrías haber llamado —le reprochó.
Rita abrió la boca y alzó las manos, ofendida.
—No contestabas, te llamé cientos de veces. Acabo de decírtelo.
La detective desvió la mirada. Eso tenía sentido. No recordaba haber tocado el teléfono en más de cuarenta y ocho horas.
—Bueno, bueno, no he venido aquí a regañarte. Vístete que nos vamos a comer antes del desfile.
Nirelle frunció el ceño. Observó la hora en su reloj de pared, 02:03 p.m. Era 25 de octubre, día de la independencia. La comisaría estaba cerrada, y aún faltaban cuatro horas para el desfile de las seis.
Al final, no importó cuanto trató de resistirse, Rita terminó convenciéndola. No supo exactamente por qué había cedido, quizá porque no tenía fuerzas para discutir, o porque parte de ella necesitaba huir de sí misma por unas horas.
—Vamos, Nire —dijo Rita empujándola al baño—. O entraré yo misma a ducharte si es necesario.
Nirelle se escuchó refunfuñar, sorda a su propia resistencia.
De alguna manera, el movimiento era más fácil que quedarse quieta.
Cerró la puerta y se apoyó contra ella unos segundos, con la frente presionada contra la madera fría.
Luego, tras su último intento de resistencia, abrió la llave de la ducha.
El agua golpeó la loseta con un sonido constante, hipnótico.
Nirelle se quitó la ropa lentamente y entró bajo el chorro caliente.
El vapor le envolvió la piel, y por un instante creyó que el cansancio se disolvería.
Pero no tardó en llegar la náusea familiar, asomó cuando extendió el fregajo lleno de jabón en sus brazos.
Lavarse siempre era un acto violento. Un juicio macabro que revelaba su suciedad. Hizo espuma sobre su pecho, sobre el vientre, sobre su cuello. La blancura empezó a teñirse de rojo. Primero fue un matiz apenas visible. Luego un rojo más espeso, más oscuro.
La respiración se le atoró. Empezó a ver el agua que corría por su piel como sangre, caliente, reciente. Sangre de ella, de Mila. Cerró los ojos con fuerza, pero la imagen persistió. Fue entonces cuando llegó la voz. Un susurro frío, autoritario.
Debes estar limpia .
Nirelle tensó la espalda. La voz continuó, como su habitara dentro de su cráneo.
La Inmaculada no debe ensuciarse.
Tu piel debe ser blanca.
Pura.
Intacta.
Su corazón empezó a golpearle las cosillas. Intentó respirar, pero el vapor se volvió espeso, asfixiante. El agua roja cubría sus manos.
Límpiate.
Tragó saliva, temblorosa. El sonido del agua se mezcló con el zumbido en los oídos.
Debes estar limpia, Inmaculada.
—¡Nire, ya encontré tu outfit perfecto! —gritó Rita desde el pasillo.
El hechizo se rompió. La voz se cortó de raíz. Nirelle abrió los ojos, jadeando y vio el agua cristalina correr por su piel. No había sangre, nunca la hubo, solo era su piel irritada.
Se apresuró a enjuagar el jabón antes de que los recuerdos la tragaran por completo. Cerró la llave con manos temblorosas y salió de la ducha sin mirarse al espejo. No quería verse, no quería comprobar cuánto quedaba aún de ella.
Ya en el cuarto, se vistió casi sin sentir el cuerpo, mientras Rita desde la sala seguía hablando con entusiasmo de los planes que tenía para el día. Nirelle respiró hondo, empujando el temblor hacia el fondo del pecho. Podía fingir al menos por unas horas, por Rita.
Rita entró para asegurarse del conjunto que había escogido y sonrió al verla. Nirelle le devolvió la sonrisa, aun cuando estaba rompiéndose por dentro.