15 #2
La certeza incómoda se instaló en su pecho. La realidad que llevaba días evitando nombrar se hizo aún más clara. Mientras sostenía el teléfono de Katherina, con esas imágenes robadas desde la oscuridad, comprendió que ella misma no era un caso aislado. No era paranoia, ni histeria.
Era el mismo ojo invisible el que las perseguía a ambas, que las acechaba.
La diferencia era que a Nirelle ya le habían revelado la identidad del acosador con un gesto mucho más íntimo y perverso. La pequeña escultura esperando en su cama como un regalo enfermo.
El Escultor.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero su expresión no cambió. Devolvió el celular a Katherina con cuidado, y la observó con nuevos ojos, la muchacha frente a ella era un objetivo.
—Hiciste bien en venir —dijo Nirelle agregándole a su voz un tono firme—. Esto no es tu imaginación.
Los hombros de Katherina parecieron ceder un poco, como si esas palabras le quitaran un peso insoportable.
—¿De verdad? —preguntó, casi en un susurro.
—De verdad.
Nirelle se obligó a mantener el tono profesional. No podía permitirse mostrar lo que esa foto había despertado en ella. No podía decirle que entendía demasiado bien esa sensación de ser observada. Que sabía lo que era despertar con el miedo y la certeza de que alguien había estado ahí.
No debía. ¿Cómo le daría seguridad saber que ambas eran presas del asesino de Mila? Katherina no necesitaba cargar con eso.
—Vamos a hacer esto paso a paso —continuó—. Quiero que guardes cada mensaje, cada llamada, cada cosa fuera de lugar. No borres nada. ¿Entendido?
La muchacha asintió de inmediato.
—Y por ahora —añadió Nirelle— intenta no estar sola por las noches. Quédate con alguien de confianza. Duerme con tu abuela si puedes.
—Sí… sí, claro.
Nirelle se reclinó ligeramente en su silla, entrelazando los dedos. Por dentro, su mente ya corría a toda velocidad, trazando líneas invisibles entre Mila, la galería, la escultura, Katherina y ella misma.
Tal parecía que el Escultor no improvisaba, elegía a sus víctimas.
Pero ¿cómo?
—Voy a encargarme de esto —dijo finalmente—. Te lo prometo.
Nirelle dejó escapar un suspiro, y comenzó a ordenar sus bolígrafos que estaban sobre su escritorio, como si con eso pudiera ordenar el caos que se le acumulaba en la cabeza.
—Yo me voy a encargar de la denuncia —continuó Nirelle—. Haré que vigilen tu barrio, al menos de manera preventiva. Patrullas, rondines. No es una garantía absoluta, pero reduce riesgos.
Katherina asintió con rapidez, aferrándose a cada palabra.
—Pero —añadió Nirelle, endureciendo apenas el tono—, no puedes confiarte. No todavía.
Se inclinó hacia su escritorio y abrió uno de los cajones inferiores. Sus dedos dudaron una fracción de segundo antes de sacar el objeto.
Un gas pimienta.
Lo sostuvo entre los dedos. Había intentado que Mila lo llevara siempre en la bolsa. Cada mañana lo colocaba ahí y cada noche lo encontraba abandonado sobre la mesa, o en el fondo de un cajón, olvidado a propósito.
Nirelle cerró el recuerdo de golpe, junto al cajón. Le tendió el gas a Trina.
—Es lo único que puedo darte legalmente —dijo—. Úsalo con precaución. Y solo si es estrictamente necesario. No es un juguete.
Trina lo tomó con ambas manos. Lo observó unos segundos y entonces lo reconoció. Era el que le había visto a Mila, cuando se quejaba de que su hermana mayor era exagerada. Decía que quería blindarla contra el mundo.
Katherina en ese momento entendía que solo quería protegerla. Si tan solo Cami hubiera hecho caso a Nirelle. Una sonrisa breve, cansada, cruzó su rostro.
—Muchas gracias —añadió en voz baja.
Algo se contrajo en el pecho de Nirelle.
Katherina levantó la vista y, por primera vez desde que había entrado a esa oficina, parecía menos perdida. Había miedo, sí, pero también una esperanza, y una necesidad urgente de confiar en Nirelle. Como si hubiera encontrado un punto firme al que aferrarse.
Como si viera en ella una salvación.
Nirelle sostuvo su mirada y entonces notó con claridad el parecido. No solo en los rasgos —la forma de los ojos, la línea suave de la boca— sino en algo más profundo, tenían la misma vulnerabilidad, la misma forma de plantarse frente al abismo fingiendo que no había peligro de caer.
Demasiado parecida a Mila.
No esta vez, pensó. No lo dejaré ganar otra vez.
—Cuídate, Trina —dijo finalmente—. Y si pasa cualquier cosa… lo que sea… vienes directo conmigo. O llámame —. Le tendió una tarjeta de presentación que Katherina recibió con los ojos brillantes, asintiendo.
—Gracias, detective —susurró—. De verdad.
Nirelle la acompañó hasta la puerta y la vio marcharse por el pasillo. Solo cuando se quedó sola permitió que la tensión regresara a su cuerpo, pesada, implacable.
Esperaba poder salvarla.
Y sabía con certeza que el Escultor estaba jugando con ambas, las estaba acorralando igual que seguramente había hecho con sus otras víctimas. Las estaba vinculando. Pero no contaba con que Nirelle estuviera tan enojada. Y la furia, en ella solo afinaba su instinto.
Su mirada regresó a la laptop personal, aún cerrada sobre el escritorio. Recordó los símbolos grabados en la piel de la víctima, la disposición ritual, la intención inmolar detrás de cada trazo.
Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios. Tal vez el Escultor las estaba cazando. Pero esta vez, la detective podía anticiparse. Lo encontraría primero.
Y ahora sabía exactamente por dónde empezar a buscarlo.