El escultor (La sinfonía del caos 1) 15
20%

15

VINCULO

—Llévelo a la sala de interrogación. Intente que hable, si no lo hace enciérrelo, ya tenemos la orden de aprehensión de todas formas —ordenó Nirelle, mirando al policía frente a ella.

—Está bien, detective Northon. Pero si llega su abogado ¿qué le digo? —preguntó Klift, con un dejo de nerviosismo en la voz.

—No lo hará —aseguró ella, sosteniendo el informe entre las manos—. En cuanto termine con eso, váyase a casa. Disculpe por hacerlo venir en su día libre, nos vemos mañana.

—Entendido, detective.

Nirelle se disponía a irse, cuando otra voz llamó su atención.

—Detective Northon —intervino el jefe Lavoisier al entrar a la sala de detención.

Nirelle le extendió la carpeta con el informe. Él la tomó y comenzó a hojearla.

—Las huellas dactilares coinciden con él —informó ella.

Los ojos de Ernest Lavoisier recorrieron los papeles en silencio. Nirelle permaneció de pie, con los brazos cruzados, atenta a la imagen al otro lado del corredor. El hombre detenido sonreía, confiado de que sería liberado.

—No dejen que se vaya —dijo Lavoisier antes de retirarse.

Como si hiciera falta recordarles cómo hacer su trabajo. Nirelle decidió ignorarlo, y volvió a ver al oficial que esperaba indicaciones.

—Klift, haga lo que le dije. Luego léale sus derechos y enciérrelo.

El policía obedeció sin dudar. El sujeto se tensó al ver al imponente agente acercarse, como si recién entonces comprendiera lo que estaba a punto de suceder.

Nirelle salió de la sala justo cuando lo llevaban rumbo al interrogatorio.

No lo miró al pasar, ya no le interesaba.

Solo era una distracción, otra migaja que le arrojaban para apartarla de lo único que le interesaba.

Se dirigía a su oficina cuando Marcus la interceptó, no dijo nada, simplemente deslizó una memoria USB entre los dedos con un gesto torpe y se alejó.

Ella la guardó en el bolsillo de su saco sin mirarla, con el corazón acelerándose a medida que los segundos pasaban.

—Delarge —habló el detective Blanchard desde la distancia, alertando a Nirelle—. ¿Encontraste algo?

Ella misma le había sugerido tomar el caso. Con sus canas bien ganadas y su historial impecable, era el escudo perfecto para que nadie sospechara de su cercanía con la investigación. Blanchard había aceptado sin reparos.

Marcus dudó. Nirelle sintió su mirada buscándola. Bajó la cabeza y negó sutilmente.

No seas imbécil, Marcus , pensó.

—Aún nada, señor —mintió al fin el muchacho—. Espero tener mejores resultados esta tarde.

—Muy bien. Te espero en la oficina del jefe —dijo Blanchard antes de irse.

Nirelle continuó su camino, fingiendo que no se había detenido para escuchar el intercambio. En cuanto entró a su oficina, cerró la puerta con llave, bajó las persianas, encendió su laptop de uso personal y conectó la memoria USB al puerto.

Contuvo la respiración mientras su equipo leía la información. Y exhaló despacio cuando el archivo apareció titilando en el escritorio con un nombre simple:

«Dossier I. Clasificado.»

Por supuesto , pensó con rabia. A ellos si les dan acceso completo al sistema.

Lo abrió, y lo primero que encontró fueron imágenes.

Eran fotografías viejas, mal escaneadas y parecían ser de una obra muy antigua del Escultor.

Seleccionó el primer archivo que vio y un informe se desplegó ante ella: fechas, víctimas, ubicaciones, borradores de peritajes, bocetos intervenidos por especialistas que habían intentado descifrar el lenguaje visual del asesino.

Leyó que aquella información databa de trece años atrás, en 1992.

Saltaba a la vista que no podía ser obra del Escultor, el asesino había empezado a matar y dejar sus obras en 2004, un año atrás.

Las fechas no concordaban, además, cada una de las piezas del Escultor era una declaración emocional.

Cada víctima estaba construida con un propósito, y con técnica casi perfecta. Tenía evolución.

Esta obra en cambio, era más rústica, grotesca, los pliegues se volvían más profundos, el gesto de la figura comenzaba a adquirir serenidad inquietante, como si su mente quisiera reconocer lo que veía, pero hubiera algo que se lo impidiera.

El estómago se le revolvió, pero no apartó la mirada. Se obligó a observar el informe clínico: los ángulos de las articulaciones, la expresión congelada del rostro, el cabello lavado y peinado hacia atrás, como si estuviera lista para una fotografía eterna.

Un nudo le quemó la garganta. Ya sabía en donde había visto esos símbolos.

Su respiración se volvió errática.

—Hijo de puta… —murmuró, apoyando la frente contra la fría superficie del escritorio.

Esos signos los conocía. Por eso entendía su lenguaje. Lo había entendido desde el principio. Por eso podía conectar símbolos que nadie más veía.

Pero quería ver más, por eso lo había ignorado. Y se odiaba por ello, porque cuanto más lo comprendía, más se daba cuenta del tiempo que había perdido para atraparlo.

Y para salvar a su hermana.

Un golpe seco contra la puerta la hizo sobresaltarse.

Nirelle levantó la cabeza de golpe, el corazón martillándole el pecho. Cerró la laptop de inmediato, con un gesto brusco, y la apartó del borde del escritorio como si quemara. Se obligó a respirar hondo antes de cruzar la oficina.

Abrió la puerta.

—Detective Northon —dijo Fredi, uno de los novatos, con la espalda rígida y la mirada esquiva—. La buscan.

—¿Quién? —preguntó ella, ya alerta.

Fredi dudó un segundo y se hizo a un lado.

Detrás de él estaba Katherina.

Su aspecto la impactó más fuerte de lo que esperaba. Tenía ojeras profundas, la piel apagada, los hombros hundidos. Parecía no haber dormido en días. Sus ojos, enrojecidos, se clavaron en los de Nirelle con una mezcla de ansiedad y agotamiento.

—Hola —saludó Katherina en voz baja—. ¿Puedo hablar contigo? Solo un momento.

Nirelle asintió sin dudar.

—Gracias, Fredi —dijo, y el novato se retiró con un gesto rápido.

Nirelle se hizo a un lado para dejar pasar a Katherina. En cuanto cruzó el umbral, cerró la puerta con cuidado, girando la cerradura.

El ruido quedó afuera. Dentro de la oficina, el aire se volvió denso. A Nirelle no le agradaba tener a Katherina ahí, pero tenía curiosidad de saber para que la había buscado.

Nirelle rodeó el escritorio y tomó asiento, cruzando una pierna sobre la otra, tratando de parecer tranquila.

—¿Qué necesitas, Katherina? —preguntó, directa.

La chica ladeó la cabeza, intentando esbozar una sonrisa.

—¿Así sin más? ¿Ni siquiera vas a ofrecerme un café?

Nirelle levantó una ceja, esa cría ni siquiera tenía la suficiente educación para llamarla con respeto. De nuevo respiro hondo y lo dejó pasar. Con apenas un movimiento de la barbilla, señaló la cafetera en la esquina de la oficina.

—Sírvete.

Katherina dejó escapar una risa corta, sin fuerza.

—Encantadora, como siempre —murmuró.

Se levantó despacio, tomó uno de los vasos de cartón y se sirvió café. El líquido humeante contrastaba con el temblor leve de sus manos. Regresó y se sentó frente a Nirelle, apoyando el vaso entre ambas.

Nirelle no suavizó la mirada.

—Entonces —insistió—. ¿Qué necesitas?

Katherina volvió a reír, esta vez intentando esconder su nerviosismo.

—Ni siquiera sé cómo empezar —admitió.

Nirelle alzó una ceja, se le acababa la paciencia.

—Por el principio suele funcionar.

—Claro… por supuesto —murmuró la chica, llevándose una mano a la nuca. Se rascó ahí durante unos segundos que parecieron eternos.

El silencio empezó a irritar a Nirelle. No dijo nada, pero su mandíbula se tensó. Nunca le había agradado esa chica. Y en algún rincón oscuro de su mente, uno que prefería no explorar, seguía culpándola. Había fungido como mala influencia.

—Creo que me estoy volviendo loca —susurró Katherina finalmente.

Nirelle no reaccionó, esperó.

—Siento que alguien me observa —continuó la muchacha, con la voz cada vez más baja y mirando a los lados—. Todo el tiempo. De noche, de día. Y no es solo una sensación. Alguien ha entrado a mi cuarto mientras duermo.

Nirelle entrecerró los ojos.

—¿Estás segura?

—Sí —respondió sin dudar—. Las cosas cambian de lugar. Encuentro cajones abiertos. La ventana —tragó saliva—, la dejó cerrada y aparece abierta.

Dejó el vaso de café sobre el escritorio con un golpe suave.

—Y, además —añadió, rebuscando con torpeza en su teléfono celular—, me están mandando mensajes amenazantes de un número desconocido. Al principio pensé que era una broma. Después ya no.

Sus dedos temblaban mientras buscaba lo que queria mostrarle en la pantalla. Encontró el mensaje y, sin mirarla a los ojos, le tendió el teléfono a Nirelle.

—El último llegó anoche.

Nirelle tomó el celular, leyendo los primeros mensajes que saltaron en la conversación unilateral.

«Sigo observándote.»

«No te has librado de mi.»

«Ire por ti muy pronto.»

—¿Has intentado contestar alguno de estos mensajes? —preguntó Nirelle.

La muchacha negó de prisa.

—No. A ninguno. Tambien tengo esto —rebuscó en su bolso de nuevo, extrayendo unas cuantas fotografías instantáneas que extendió a la detective—. Las deja en mi almohada, junto a mi. Como si esperara que sea lo primero que veo al despertar.

Nirelle tomó las fotografías de inmediato. Observó la imagen con atención, encontrando a una Katherina dormida de perfil, con la luz baja y demasiado cerca.

Otra foto.

El mismo ángulo. Otra noche.

Debajo, escrito en tinta roja un mensaje breve:

«Eres artística.»

El estómago de Nirelle se contrajo.

—No le dije nada a mi abuela —se apresuró a explicar Katherina—. No vivo con mis papás, y ella ya tiene demasiadas cosas encima. No quise preocuparla. Pero esto ya se me está saliendo de las manos. No sabía a quién más acudir.

Nirelle levantó la vista lentamente.

Por primera vez desde que Katherina había entrado a la oficina, no vio a una chica molesta, ni a una mala influencia. La vio como realmente era, una niña asustada, vulnerable, vio miedo real en sus ojos.

Y entonces pensó en sí misma.