El escultor (La sinfonía del caos 1) 14
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FRACTURA

La escultura estaba frente a ella.

Fría. Blanca. Inmutable. Demasiado perfecta para ser humana. Demasiado humana para ser solo piedra.

Nirelle se acercó despacio, casi hipnotizada. El acabado era impecable, cada poro, cada hendidura de la piel tallada, parecía creada con dedicación. La presentación era exquisita. Tan exquisita que algo dentro de ella se tensó.

Se inclinó más y apoyó su mano derecha sobre el rostro marmóreo.

Y lo sintió.

Respiraba.

El aire se le congeló en los pulmones. Los labios de piedra se abrieron, rígidos al principio, luego con una suavidad grotesca. Y desde adentro emergió una voz familiar:

—Me dejaste morir, Nirelle.

Camila.

Ella retrocedió tan rápido que sus pies fallaron.

Cayó de espaldas. El impacto con el suelo resonó en sus huesos, y su cabeza chocó contra la pared con un golpe seco.

Una punzada caliente cruzó su cráneo. Llevó una mano temblorosa a la zona, esperando sangre.

No había. Pero la sensación de que algo se había roto sí.

Aun así, no pudo apartar los ojos del rostro petrificado.

Era el de Camila.

Y al mismo tiempo, no lo era. Como un recuerdo distorsionado por el dolor.

—No es real —susurró, pero su voz sonó ajena, como si hablara otra persona desde su garganta.

La boca de la escultura volvió a abrirse, esta vez más amplia, cada vez más grande. Un par de manos emergieron desde el interior, pálidas, tensas, con uñas que arañaban el mármol por dentro. La escultura se quebró como una cáscara hueca.

El sonido de los huesos de la mandíbula al separarse la hizo retorcerse. Era un crujido húmedo. Vivo. Camila salió de entre los trozos de mármol. Descendió de la peana y se inclinó sobre Nirelle.

Las cuencas de sus ojos estaban vacías y aun así la miraban. Y esa mirada inexistente la atravesó con más atención que cualquier pupila humana.

—Es tu culpa —susurró aquella voz espectral que ya no pertenecía a nadie—. No me salvaste.

Las palabras entraron en ella como agujas heladas.

Las lágrimas descendieron sin permiso, desconectadas de cualquier intento de control.

Quiso moverse. Quiso hablar. Su cuerpo no respondió.

Era como si hubiera regresado a los momentos más oscuros de su vida, donde era simplemente espectadora, a los que juró no volver jamás.

—Preferiste ver el arte antes que detenerlo. Es tu culpa.

Nirelle se cubrió los oídos con desesperación. La voz seguía allí dentro. Una vibración que nacía detrás de sus ojos y golpeaba contra su cráneo como un eco malévolo.

Sangre empezó a brotar de las cuencas vacías.

Primero un hilo delgado, como una lágrima espesa.

Luego más. Mucho más. Manchando su piel oscura, su cuello, sus manos.

Y entonces la boca de Camila se abrió, un hueco oscuro e imposible.

La sangre salió torrencial, como si un órgano roto hubiese sido exprimido.

El cuarto empezó a llenarse.

Rojo.

Espeso.

Subiendo por sus piernas, por su pecho. Ahogándola. Aplastando sus pulmones con peso viscoso.

No podía respirar.

No podía pensar.

Solo podía sentir cómo el mundo desaparecía bajo un océano caliente y culpable.

Despertó gritando.

El sonido que salió de su garganta no parecía humano.

Su cuerpo entero temblaba como si aún estuviera sumergido en aquella sangre inexistente, sus manos buscaban la superficie de la cama con desesperación.

Las sábanas aprisionaban sus piernas, y su mente tardó varios segundos en darse cuenta que era solo tela.

Se incorporó con torpeza, respirando con dificultad. Le tomó tiempo, demasiado tiempo, reconocer la forma de su habitación, los muebles, el techo agrietado. Todo parecía deformado, como si el sueño se hubiera quedado pegado a las paredes.

Su celular vibró al caer de la cama por un movimiento brusco. Parpadeó, aún aturdida, y lo recogió.

La pantalla iluminó su rostro pálido.

4:02 a.m.

21 de octubre de 2005.

Feliz día, cumpleañera

—Rita

Nirelle sintió cómo algo se le comprimía en el pecho. Un dolor pequeño y persistente. Casi un mes desde que habían encontrado el cuerpo de Mila. Casi un mes desde que su mundo había colapsado.

Ya era su cumpleaños, el primero que pasaría sola. Antes, incluso en los peores años, Mila le regalaba algo hecho a mano, una pulsera, un dibujo, una figurita de arcilla. Pequeños detalles que la hacían sentirse amada.

Ahora no quedaba nada.

El cuarto pareció más oscuro al pensarlo.

Dejó caer el celular sobre la cama y se llevó las manos al rostro. Estaban frías. No sabía si por el clima o por el sudor. No podía distinguirlo, pero pudo notar los cortes, diminutos, apenas visibles, aun ardían.

Tardó demasiado en encontrar la fuerza para ponerse de pie. Sus rodillas cedían, sus dedos temblaban sin control.

Llegó al baño y abrió la llave del lavabo. El agua cayó, y el sonido no la calmó. Se inclinó, llenó sus manos sintiéndolas doler y se arrojó el agua al rostro.

Una vez.

Otra.

Otra más, con desesperación creciente, como si pudiera arrancarse la pesadilla clavada bajo la piel. El agua fría enjuagó el sudor de su rostro, y por un momento deseó que también lavara la sensación de seguir atrapada en aquel sueño.

Que lavara la culpa que amenazaba con detenerle el corazón.

Observó su reflejo en el espejo: ojeras profundas, labios partidos, mejillas hundidas. No se reconocía. Era una sombra de sí misma.

Y lo peor no era cómo se veía, sino cómo se sentía. Vacía. Como si ella hubiera quedado atrapada en la pesadilla y lo que miraba desde el espejo fuese un cascarón vacío que quedó afuera.

Sintió una punzada de vértigo. No sabía si estaba despierta. No sabía si podía confiar en su propio reflejo. No sabía si Camila seguía detrás de ella, al otro lado del vidrio. Su respiración se aceleró y su visión se nubló por un instante.

Entonces lo escuchó.

Un susurro.

Al principio tenue, indistinto. Luego más claro.

— Nirelle …

Era la voz de Mila, o lo que su mente insistía en recordar de ella. Nirelle se quedó paralizada frente al espejo. Porque ese susurro no venía del otro lado, ni del sueño o del recuerdo.

Venía de dentro de su propia cabeza, y sonó demasiado real para ignorarlo.

Nirelle se escabulló entre las sombras de la galería clausurada.

Las luces estaban apagadas, salvo por los focos automáticos que iluminaban la pieza central como si fuera una aparición surgida de un sueño febril.

El aire olía a polvo viejo y a hierro húmedo, más propio de una morgue que de un museo.

Caminó con pasos ligeros entre las columnas, el rostro medio cubierto por una gorra y el cuerpo por la chaqueta vieja de Mila que le quedaba demasiado grande.

El otoño había cubierto la ciudad de una capa de colores anaranjados y viento frío, así que su atuendo pasaba desapercibido entre los periodistas hambrientos de una historia macabra y los curiosos vestidos con cualquier cosa que abrigara.

Marcus le había escrito a media tarde.

« Apareció otra. Galería Valera .»

No necesitaba explicaciones. Sabía inmediatamente que se refería al Escultor.

Su Escultor.

Se escondió tras una columna al ver al detective Blanchard entrar con dos miembros del equipo forense.

No podía dejar que la vieran. No porque la sancionarían, sino porque la sacarían a empujones, y ella necesitaba ver la obra.

Necesitaba comprenderla, encontrar un patrón, una grieta, algo que la acercara al hombre que le había arrebatado lo único que amaba.

Algo que la acercara al final.

Y ahí estaba.

La escultura.

Una figura humana suspendida por cables tan delgados que parecían sostener el alma en lugar del peso.

El cuerpo se arqueaba hacia atrás en una postura estática y dolorosa, como si la carne se negara a soltar la emoción atrapada.

La piel tenía un tono pálido, casi marmóreo, pero en zonas como en el pecho, en las muñecas, en los muslos, había pinceladas de rojo profundo, no de sangre, sino de pintura.

El torso estaba abierto.

Abierto como una flor enferma, costillas separadas, órganos retirados o cubiertos y en su lugar colgaban cintas de tela negra y papel quemado, como pensamientos que nunca llegaron a convertirse en palabras.

El rostro llevaba una máscara translúcida. No había expresión. Solo un par de ojos esculpidos, cerrados, como si durmiera. Como si soñara con la persona que la destruyó.

En la base, en lugar de una placa, una frase escrita con pintura corrida:

«Si me amas, encuentrame y destrúyeme del todo.»

Nirelle dio un paso más cerca, hipnotizada, cuidando no revelar su ubicación. Había algo mal. Si no supiera que se trataba de una víctima, habría pensado que no era obra del Escultor. Él no cometía errores. Era limpio, meticuloso, perfeccionista.

Pero esta pieza tenía imperfecciones visibles. Asimetrías. Texturas marcadas con furia. Heridas más torpes que artísticas.

Y eso era lo que la atrapaba.

Un peso caliente se le instaló en el pecho. Deseo, dolor, amor del tipo que enferma.

Tuvo que cerrar los ojos.

—Impactante, ¿no?

El sobresalto la sacudió. Giró bruscamente. Él estaba allí, de pie, justo detrás de ella.

Sebastian.

Vestido de negro, impecable y elegante.

—Tú otra vez —murmuró Nirelle, notando cómo su corazón le golpeaba las costillas.

—El arte nos vuelve a reunir —respondió él con esa voz suave e hipnotizante.

—¿Qué haces aquí? —gruñó, buscando sentido a su presencia.

—¿Ya empezaremos a tutearnos? —preguntó divertido. Al ver que ella no respondía contestó: —¿No lo recuerdas? Soy crítico de arte. Aunque a veces también coleccionista, curador, otras veces escultor. Las etiquetas se hicieron incómodas, una vez que leí: «definir es limitar».

—La galería está clausurada. No hay arte aquí para criticar —gruñó Nirelle.

—Al contrario —dijo Sebastian con total calma—. Llegué justo a tiempo para ver la obra principal antes de que la UVE la destruya.

Ella sintió un escalofrío.

—¿Sabes lo que es eso? —susurró entre dientes—. Es un cadáver. Es un asesinato. No es arte.

—Todo depende de cómo se mire. La muerte es arte para quien ha dejado de temerla —respondió arrogante.

—No puedo creer que la defiendas. Es la víctima de un asesino.

Se arrepintió en cuanto lo dijo. Minutos antes, ella misma la había mirado con fascinación, con atracción tan enfermiza como la escultura misma.

—¿Defenderla? —respondió él, con serenidad que rozaba la insolencia—. No. Sólo la comprendo. Eso suele molestar a muchos. Yo admiro el arte, no el crimen.

Lo dijo con certeza, sabía lo que había dentro de esa obra y parecía no importarle.

El corazón de Nirelle ardió. Por Mila, por todas las víctimas que habían sido expuestas y cosificadas.

—¿Nunca te preguntas cómo se siente alguien al ver a su ser querido convertido en eso? —escupió, roja de rabia.

Él no se movió.

Su mirada se endureció y una sonrisa seca, peligrosa, le curvó los labios, como si hubiese confirmado una teoría que llevaba tiempo estudiando.

—Sí, por supuesto que me lo pregunto —respondió—. Debe ser insoportable. La culpa, sobre todo.

Nirelle sintió un latigazo en el pecho.

—¿Qué estás diciendo?

—Que nadie realmente amado busca monstruos. Y nadie realmente a salvo termina convertida en eso —respondió, con suavidad casi compasiva.

Casi.

Ella no respiró.

—Quizá lo más trágico —añadió Sebastian, mirando la escultura— es que a veces, quienes dicen protegerte te empujan directo a la muerte.

El aire se volvió sólido, imposible de respirar.

Sus orejas zumbaron, sus manos empezaron a temblar.

Y antes de poder detenerse, su cuerpo ya había actuado.

Su puño se estrelló contra la mandíbula de Sebastian.

Él retrocedió, sorprendido. No cayó, pero tambaleó.

Las cámaras alrededor se alzaron. Blanchard giró hacia el ruido.

En la esquina opuesta, Marcus la vio y sus ojos se abrieron, horrorizados.

Cinco segundos.

Solo cinco.

Nirelle giró, bajó la cabeza y corrió por el pasillo lateral. Evitó la entrada principal, atravesó la puerta de emergencia. Una alarma chilló a su espalda.

No le importó.

El aire helado del callejón la golpeó cuando salió.

Corrió hasta que las piernas dejaron de obedecerle.

Hasta que su respiración se rompió. Hasta que la realidad empezó a distorsionarse igual que en sus sueños.

Solo entonces se detuvo. Sola. Temblando.

Con la sensación de que la sombra del Escultor o de algo peor la había seguido hasta allí.

Llegó a casa después de horas de vagar sin rumbo fijo.

Cerró la puerta tras de sí y caminó directo a su habitación.

El cansancio amenazaba con derrumbarla, pero la culpa no se lo permitía.

Sin siquiera quitarse los zapatos o la ropa, se dejó caer sobre la cama.

Entonces un dolor agudo la hizo incorporarse de golpe.

Algo duro, frío, le había lastimado el costado.

Confundida, tanteó entre las sábanas. Sus dedos se cerraron en torno a un objeto pequeño y helado. Lo sacó despacio mientras encendía la lámpara junto a la cama.

Observó una escultura en miniatura.

El aire se le atascó en la garganta. El mármol temblaba en sus manos.

Una figura tan pequeña y, sin embargo, tan pesada como una amenaza.

Su primer impulso fue deshacerse de la estatuilla.

Lanzarla al suelo, romperla en mil pedazos, arrancarle el significado que la devoraba por dentro.

Levantó la mano, dispuesta a estrellarla contra la pared, pero entonces la vio con más atención.

El acabado era perfecto. Cada curva, cada pliegue en su ropa, cada mechón de su cabello tallado con delicadeza enfermiza. Ella estaba allí: elevada, vulnerable, convertida en una pieza eterna. Ningún borde estaba fuera de lugar. La escultura se veía más como ella que ella misma.

Giró la estatuilla para encontrarse con un mensaje grabado en el mármol:

«Feliz cumpleaños, Inmaculada .»

Se sintió atrapada. Porque sabía que aquello era una invasión, una amenaza, pero al mismo tiempo algo se abría dentro de ella: alguien la veía.

Alguien la había considerado digna de ser arte, y no solo eso, se había tomado el tiempo de desearle un feliz cumpleaños.

Un calor extraño le subió por la garganta.

Halagada. Asqueada. No sabía cuál de las dos sensaciones ardía más fuerte.

Cerró los ojos con rabia y escondió la pieza en el primer cajón de su escritorio, empujándola al fondo como si así pudiera borrar lo que significaba.

No quería volver a verla. No podía. No necesitó darle muchas vueltas para entenderlo.

Era evidente: quien la vigilaba, quien entraba a su casa sin permiso, no era un simple acosador. Era él.

El Escultor.

Se dejó caer otra vez en la cama. El cansancio la vencía, aunque su mente le gritaba que dormir era una rendición.

Pero prefería hundirse en el sueño antes que seguir sintiendo esa mezcla venenosa.

Prefería fingir que todo seguía intacto.

Pero no. Porque el Escultor sabía que ella lo estaba cazando.

Y la había encontrado primero.