El escultor (La sinfonía del caos 1) 13
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CONTROL

En cuanto Nirelle puso un pie en la fiscalía por la mañana, ya estaba uno de los novatos esperándola.

La detective no recordaba el nombre del muchacho, pero sabía que era uno de los que estaba más avanzado después de Marcus. Lo siguió adentro, fingiendo que no le molestaba que la dirigiera como si fuese la primera vez que entraba a la fiscalía.

Tuvo que tragarse el reproche dando sorbos cada vez más largos de su café.

No había podido dormir. Y no es que no tuviera sueño, era que el fantasma de la presencia del crítico de arte la había perseguido hasta su hogar.

Ella no se había permitido pensar en relacionarse con hombres de manera romántica, entre trabajos de medio tiempo, y luego el trabajo como oficial de policía había perdido los mejores años de su vida.

Había dedicado su juventud a sacar a Mila de las calles.

No esperaba que ahora, con veintiocho años, y con la muerte de su hermana tan reciente, de repente apareciera un hombre que la hiciera perder el piso. Además, estaba esa otra presencia, la que se metía a su casa sin pedir permiso.

El novato abrió la puerta y el característico aroma de la oficina del jefe le llenó las fosas nasales. Cuando dio un paso al interior se dio cuenta que Marcus ya estaba sentado frente al escritorio del jefe Lavoisier. Se veía rígido, pálido y no se atrevió a levantar la mirada.

Lavoisier se inclinó en su silla, sonriendo y luciendo emocionado por la presencia de Nirelle.

—Ah, detective Northon, bienvenida. Justo hablábamos de usted.

Nirelle levantó una de sus cejas, pero contuvo el reproche. Marcus tragó saliva.

—¿Cómo le va con el trabajo administrativo, detective? —preguntó el jefe en tono burlón.

—Bien. El trabajo administrativo es interesante —respondió la detective, sin mostrar la molestia que el jefe esperaba.

—Perfecto, tome asiento por favor, tenemos algo que informarle.

—Estoy bien aquí —contestó Nirelle, cruzándose de brazos.

—Como quiera —el jefe dejó salir una risita breve—. No le demos más vueltas. Resulta que su muchacho aquí presente vino a pedirme un cambio.

—¿Un cambio? —repitió ella.

Marcus cerró los ojos un instante, hundiéndose aún más en la silla cuando ella volteo a verlo. Nirelle volvió la vista al jefe que se veía complacido.

—Si, el muchacho ya no quiere estar bajo su mando. Vino a mí solicitando que lo cambie de mentor. No lo tome personal, Northon, es debido a su reciente…declive emocional.

—Vaya, que mal agradecido —escupió Nirelle, observando fijamente a Marcus.

El muchacho le rehuyó a la mirada, con las mejillas rojas.

—No lo regañe, Northon —intervino Lavoisier—. El chico solo está pensando en su propio futuro. Necesita aprender de alguien que no esté distraída con asuntos personales.

Nirelle sintió el golpe, pero no reaccionó, que era lo que el jefe esperaba. Solo frunció los labios con indignación cuidadosamente dosificada para darle gusto.

—¿Y con quién se va? —preguntó la mujer, apoyando su peso en la pierna izquierda y cruzando las manos sobre el pecho.

—Con el detective Blanchard —respondió el jefe con orgullo—. Y, por cierto, también se le ha asignado a Blanchard el caso del Escultor. Es un buen ascenso para…

Observó a Marcus, esperando.

—Delarge, señor.

—Ah, sí. Es un buen ascenso para Delarge.

Nirelle sonrió. Falsamente, por supuesto.

—Pues espero que el detective llene sus expectativas, Delarge —gruñó Nirelle, provocando risas en el jefe—. Si no hay nada más, jefe —dijo ella, dándose la vuelta sin esperar respuesta—, me retiraré a mi oficina. Al parecer ya no tengo pupilo que supervisar.

—Haga lo que quiera, Northon —bufó el jefe.

Ella salió cerrando la puerta detrás.

El jefe se volvió hacia Marcus, aun sonriendo.

—¿Lo ves? No fue tan terrible —dijo Lavoisier, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. Northon siempre ha sido demasiado orgullosa, no le prestes más atención de la que merece. Siendo sincero no creo que dure tanto con su puesto.

Marcus asintió, fingiendo estar de acuerdo con el jefe. Pero volteó a ver la puerta por la que acaba de salir la Inmaculada.

—Delarge, enfóquese. ¿Quiere o no quiere ese ascenso?

—Sí, señor. Por supuesto que sí.

—Entonces deje de verse como si acabara de traicionarla —bufó Lavoisier—. Northon estará bien con o sin usted.

Marcus dudó un segundo ante de hablar.

—Señor, ¿está seguro de que fue buena idea quitarle el caso? Ella sabía cosas. Detalles importantes.

Lavoisier lo miró con humor.

—El Escultor ya no es asunto de Northon. Y usted tampoco. Ocúpese de Blanchard. Él sí puede aprovecharlo.

Marcus asintió, todavía tenso, pero Lavoisier chasqueó la lengua, llamando su atención.

—Mire, Delarge —dijo, inclinándose hacia adelante con una sonrisa satisfecha—, se hizo un favor. Haberle dado la espalda a Northon es lo mejor que pudo hacer.

Marcus parpadeó, incómodo.

—Señor, yo no…

—Sí, sí, no me venga con modestias —lo interrumpió el jefe—. Una mujer en su estado no es material de mentoría. No lo ha sido nunca, pero ahora menos. Se pierden, ¿sabe? Se enredan. Se distraen con cualquier cosa emocional y luego arrastran a los demás con ellas.

Marcus soltó una risa tensa, más por inercia que por convicción. Lavoisier la tomó como un gesto de acuerdo absoluto.

—Eso, así me gusta. No se tome estas cosas en serio, Delarge.

Northon nunca entendió cómo funcionan las cosas aquí.

Tiene demasiado temperamento, demasiado orgullo.

Eso de que la llamen Inmaculada a donde vaya se le ha subido a la cabeza.

Ya era hora de que alguien tuviera el valor de poner distancia. Me alegra que ese alguien fuera usted.

Lavoisier le dio una palmada en el hombro, firme y condescendiente.

—Bien hecho, muchacho. Muy bien hecho.

La sonrisa del jefe se ensanchó, hundiendo aún más a Marcus en una mezcla desagradable de culpa y alivio.

—Ahora —continuó Lavoisier, acomodándose bien en el asiento—, usted tiene futuro.

Tiene ambición. Y yo respeto eso. Así que escuche bien: preséntese con el detective Blanchard en cuanto salga de aquí.

Le dirá que yo autorizo darle acceso completo.

Absolutamente todo lo que necesite para que ambos descubran quién es el Escultor.

Marcus levantó la mirada, sorprendido.

—¿Acceso completo, señor?

—A todo, Delarge. A lo que pida. Considero este caso una excelente oportunidad para demostrar que puede reemplazar a Northon y hacerlo mejor. Mucho mejor. La detective se ganó su prestigio en cinco años, usted demuestre que puede hacerlo en menos tiempo.

Marcus sintió un nudo en la garganta, pero lo disimuló con otra risa breve que inmediatamente agradó a Lavoisier.

—Gracias, señor. De verdad lo aprecio.

—Ah, lo sé —respondió el jefe, recostándose con suficiencia—. Y créame, me alegra ver que lo aprecie. Este es el tipo de actitud que quiero en mis hombres.

Marcus asintió, casi automático. Lavoisier lo despidió con un gesto triunfal.

—Vaya. Y hágame quedar bien.

—Por supuesto, jefe.

Marcus salió de la oficina con una especie de sonrisa nerviosa que no terminaba de asentarse en su rostro. Tenía el ascenso. Tenía el acceso. Tenía el caso más importante del año.

Camino hacia la colmena en busca de sus pertenencias y le envió un mensaje a Nirelle.

La oficina de Nirelle estaba en silencio, salvo por el sonido de las carpetas deslizándose sobre su escritorio y el tecleo constante de su bolígrafo contra la madera cada vez que debía leer uno de los documentos que tenía que archivar.

Todo era mecánico, automático. El tipo de trabajo que no exigía pensar demasiado, justo lo que necesitaba para no cometer errores graves.

Había un olor tenue a café viejo y tinta. La clase de aroma que se impregnaba a las paredes y le hacía recordar la cercanía de un hombre que no estaba dispuesta a mencionar. Ni siquiera en su mente.

Cuando estaba a punto de cerrar la carpeta, se abrió la puerta de golpe.

—¡Nirelle! —exclamó Rita, irrumpiendo en la oficina como un rayo de luz—. Toma tus cosas, vámonos.

Nirelle apenas levantó la vista.

—No puedo, Rita. Tengo que terminar esto.

—No tienes que terminar nada —replicó la otra, caminando sin permiso hasta el escritorio y arrebatándole la carpeta de las manos—.

Llevas días desaparecida. Y yo también, entre juntas, y quién sabe qué demonios más no he podido hablar adecuadamente contigo.

Nos merecemos un almuerzo decente. O una borrachera. Lo que ocurra primero.

Nirelle resopló, hundiendo el rostro entre las manos.

—No tengo ganas de salir.

—No te estoy preguntando si tienes ganas. —Rita sonrió con esa mezcla de cariño y terquedad que siempre la caracterizaba—. Te estoy diciendo que nos vamos. Vámonos. Te necesito. Y tú también me necesitas, aunque digas que no. Vamos, porfis.

—Rita, de verdad no tengo ganas —bufó Nirelle.

Nirelle abrió la boca para protestar, pero en ese instante su teléfono vibró sobre el escritorio.

Un mensaje de Marcus.

« Lo conseguimos .»

El corazón de Nirelle se apretó y una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro. Por un segundo, solo un segundo, sintió alivio. Sintió orgullo por él y por ella misma, no todo lo que había hecho había sido para nada.

Rita la vio sonreír y se cruzó de brazos con aprobación.

—Ah, mira tú. Ya sonríes. No hay escapatoria ahora.

Nirelle tomó su abrigo, apagó la luz de la oficina y suspiró.

—Está bien, vamos. Pero tú pagas.

—Obviamente —respondió Rita, enganchándose de su brazo—. Hoy es día de celebración, tengo que contarte algo grande. Y no acepto discusiones.

—Vamos, entonces.

—Oye, ¿y Marcus dónde está? —preguntó Rita, sorprendida de no haberlo visto en la esquina de la oficina de Nirelle.

—Ah, es una larga historia. La versión corta es que fue transferido.

—Uy, ¿y como estas al respecto?

—Muy bien, es una buena oportunidad para el muchacho.

Rita solo asintió.

—Vamos entonces. A Le Pavillon Bleu — dijo Rita, sin preguntar a Nirelle a donde quería ir.

Nirelle solo asintió.

La campana de la puerta sonó cuando entraron a su cafetería favorita. Eligieron su mesa junto a la ventana, donde la luz del medio día caía suave contra el mantel. Rita dejó su bolso a un lado y se inclinó hacia ella con expresión seria.

—Bueno —empezó, entrelazando los dedos—. ¿Cómo estás?

El mesero dejó los cafés que habían pedido en la mesa, y Nirelle le dio un sorbo a su bebida para hacer tiempo.

—Bien —contestó al fin.

—Nirelle —suspiró Rita, insistiendo con ternura.

—Estoy bien —zanjó Nirelle, bajando la mirada al borde de su taza—. No pidas más.

Rita lo entendió. No era que Nirelle no confiara en ella, era que aún no estaba lista para hablar sobre lo que había sucedido. La detective nunca disfrutaba de hablar sobre sus sentimientos. Así que Rita asintió y cambió de tema.

—Bueno, entonces…solo recuerda que estoy para ti.

Nirelle asintió, agradecida.

—Mientras tanto, tengo una noticia enorme, y necesito contártela antes de explotar —chilló Rita, emocionada.

—A ver —dijo, inclinándose hacia atrás—. Sorpréndeme.

—Terminé el borrador —soltó Rita, cubriéndose la boca con ambas manos inmediatamente después de hablar.

Los ojos de Nirelle se entreabrieron.

—¿El de tu novela?

—¡Si! —exclamó Rita con la voz chillona por la emoción—. El de Evarimell, ¿recuerdas?

—El de los dragones, ¿no?

—Exacto, ese —afirmó Rita, orgullosa—. Lo terminé ayer. Ciento treinta mil palabras. Y estoy pensando enviarlo a una editorial, no tengo nada que perder, y la verdad no quiero seguir escondiéndolo.

Nirelle sintió un calor inesperado en el pecho. Era una buena noticia, la primera en meses.

—Rita, eso es increíble. Lo digo en serio, estoy muy orgullosa de ti.

Rita bajo la mirada, jugando con la cucharita del café.

—Gracias Nire. Se que mis papás se van a infartar si se enteran. Ya sabes lo que piensan de “perder el tiempo”.

—Por eso mismo —interrumpió Nirelle con firmeza—. Porque vas a hacerlo igual. Porque no te estás deteniendo por lo que ellos quieran. Eso es valiente, Rita.

La mujer levantó la mirada, y Nirelle vio el brillo emocionado en sus ojos.

—Gracias, Nire —susurró—. De verdad.

—Siempre —respondió ella, dejando su mano sobre la mesa por un segundo, apenas un roce, antes de retirarla.

Fuera, la luz se colaba a través del cristal. Adentro, Rita hablaba de su historia con entusiasmo y gestos amplios, como si el mundo por fin se abriera frente a ella. Nirelle recorrió el exterior con la mirada, mientras la voz de su amiga sonaba de fondo.

Se quedó observando a los niños en el área de juegos. Gritaban, reían, corrían como si el mundo fuera seguro. Como si el peligro fuera una palabra que todavía no existía para ellos.

Le dolía verlos. Dolía porque ella nunca tuvo eso.

Nunca hubo brazos esperándola en casa. Nunca hubo cuentos antes de dormir.

Nunca hubo un «estás a salvo». Había crecido sola, entre silencios, rituales y paredes frías.

Aislada del resto en el orfanato por su condición.

Solo con un par de personas que no se atrevieron a dejarla sola.

A veces fantaseaba con haber tenido una segunda oportunidad. Ser adoptada, ser querida. Una vida distinta, una familia real. Pero si eso hubiera pasado, no habría conocido a Mila.

Y la punzada llegó. Cruel, precisa.

¿Y dónde está Mila ahora? susurró su mente. ¿Dónde está tu familia ahora?

La imagen de la sonrisa de su hermana llenó su visión como una fotografía demasiado brillante. Nirelle apretó la taza entre sus manos, como si ese calor pudiera impedir que se rompiera por dentro.

Rita seguía hablando, gesticulando con entusiasmo, probablemente contándole detalles sobre su novela o su posible editorial.

Pero la voz de su amiga se había vuelto un murmullo distante, reemplazada por el tintinear de las cucharitas, el sonido leve de la música ambiental, las risas apagadas de los otros clientes.

Y Nirelle sonreía mientras la escuchaba. Era agradable, por un momento, sentirse lejos del Escultor, del miedo, de la sombra que la seguía. Aunque, en el borde de su visión, le pareció notar un movimiento tras la ventana. Una sombra que se desvaneció antes de que pudiera identificarla.

Nirelle se quedó mirando hacia el exterior, el cuerpo rígido, la respiración contenida. Movió la cabeza apenas, primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha, buscando entre los árboles, los autos estacionados, el flujo escaso de peatones.

Nada.

Ni una figura sospechosa, o una silueta que se escondiera. Solo una calle común en un día tranquilo.

—¿Nirelle? —preguntó Rita, ladeando la cabeza—. ¿Qué pasa?

Ella tragó saliva y negó.

—Nada. Solo pensé haber visto a alguien.

Rita frunció el ceño, pero no insistió.

Aun así, la inquietud se negó a soltarla. Se le pegó al estómago. Cada sombra en la calle parecía observarla. Cada reflejo en el cristal parecía moverse un centímetro cuando ella parpadeaba. Tomó aire. Intentó concentrarse en lo familiar.

Pero la sensación de estar siendo observada no se desvaneció.