12 #2
Normalmente habría apreciado la técnica, la simetría oculta en el caos, pero en ese momento apenas podía sostener la mirada. Cada vez que la puerta de vidrio se abría y cerraba, un latigazo de alerta le recorría la columna.
Cualquier ruido la hacía tensarse, y mirar por encima del hombro con un sobresalto, temiendo encontrar a la sombra que la perseguía junto a ella.
Estás paranoica , se repetía. Pero la sensación no se iba, flotaba a su alrededor como una segunda piel.
Avanzó hacia otra sala más profunda, donde una escultura retorcida reflejaba luz en ángulos perfectos. Intentó inhalar, soltar el aire, observar a su alrededor, y entonces lo escuchó otra vez, la puerta cerrándose. Su piel se erizó y su corazón volvió a acelerarse.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente y giró bruscamente para comprobar quién había entrado.
Y chocó.
Fuerte, de frente, contra algo —no, alguien— más alto, sólido como una pared. El impacto la desequilibró, pero unas manos firmes se cerraron alrededor de su cintura, deteniéndola antes de que pudiera caer.
Tuvo un segundo de desconcierto, y otro de reconocimiento sensorial.
El aroma fue lo primero que percibió. Era una mezcla profunda y envolvente, madera oscura calentada por el fuego, con un rastro inconfundible de tinta fresca, como páginas recién impresas y la esencia terrosa del yeso fresco.
Un olor que habría encajado en una pintura clásica, denso, elegante y peligroso.
Si el arte tuviese aroma, pensó Nirelle , sería este.
—Nirelle.
La voz llegó a ella, grave, cálida, modulada con seguridad que parecía nacer en el pecho y no en la garganta. Un tono varonil, profundo, la mezcla perfecta entre autoridad y caricia. La clase de voz que disiparía cualquier pensamiento.
El miedo que la había estado estrangulando se aflojó de inmediato. Levantó la vista, todavía sostenida por aquellas manos, y se encontró de frente con él.
Sebastian.
—¿Está bien? —preguntó el hombre.
Nirelle tardó un par de segundos en responder. Su mente se había quedado suspendida en él, en la cercanía, en su aroma persistente, en la forma en que sus manos parecían delinearle la cintura ahí donde su calor la atrapaba.
—Sí, estoy bien —logró decir finalmente, apartándose con suavidad.
Sebastian inclinó la cabeza, evaluando si decía la verdad o si solo era la respuesta más conveniente. La luz artificial de la galería se deslizaba por sus facciones, acentuando la elegancia fría de su porte.
—Me alegra —dijo con tono sutil, tranquilo—. Confieso que esperaba volver a verla, aunque no imaginé que la vida uniría nuestros caminos tan pronto.
Nirelle sintió como la frase le rozaba el estómago. No encontró palabras inmediatas. Él con naturalidad le ofreció una salida.
—Aunque supongo que no es tan extraño —continuó, girando levemente la mirada hacia un lienzo cercano—. Un alma como la suya siempre acaba regresando al arte.
La frase tocó una fibra sensible dentro de Nirelle.
Sebastian dio un paso más hacia la pintura que tenía enfrente. En ese momento Nirelle también puso atención al cuadro. Era un cuerpo femenino fragmentado, con trazos rojos y negros, crudo y tan perfectamente compuesto que bordeaba lo brutal y lo sublime al mismo tiempo.
—Es maravilloso —soltó Nirelle casi sin aliento.
—Y perturbador —agregó Sebastian—. ¿Se da cuenta de la geometría? El rojo guía la vista sin permitir que se pierda en el caos.
—Es honesto —dijo Nirelle, cruzándose de brazos—. No pretende gustar. Solo existir, ser visto. Me parece que eso lo vuelve real, la mayoría de la gente prefiere el arte simple.
—Exacto —afirmó Sebastian, con una sonrisa apenas visible—. El arte crudo y real espanta. Por eso este lugar está casi vacío, la verdad no es un espectáculo popular. Yo, personalmente lo disfruto mucho.
Nirelle lo miró de reojo. Desde la primera vez que conversó con él, notó que había algo magnético en la forma en que hablaba, una mezcla de lucidez y arrogancia inteligente que combinado con su vestimenta totalmente negra encajaba a la perfección con la estética del lugar.
Y con ella.
—¿Usted también pinta? —preguntó el hombre.
Nirelle frunció el ceño ante el cambio de tema. Asintió de inmediato, por inercia.
—Mi hermana lo hacía. Estudiaba en Minerva —respondió en automático, como siempre.
Esperaba que Sebastian se interesara entonces en la magnífica Camila, en el talento que le había conseguido entrar a la Academia de Bellas Artes de Minerva. Ella le contaría que ganó un premio Aldama el año pasado y entonces el hombre querría conocerla, como siempre.
—No pregunté por su hermana —dijo con firmeza—. Pregunté por usted. ¿También pinta?
Nirelle tardó un par de segundos en procesar lo que Sebastian le estaba diciendo. El libreto que había formulado en su mente del rumbo que debía tomar la conversación se rompió, haciéndola sentir fuera de lugar. Y al mismo tiempo, algo más denso, más profundo empezaba a brillar. Reconocimiento.
Nadie nunca preguntaba por ella. Y a Sebastian no le interesaba Mila.
—Yo…sí —respondió casi en un susurro, sintiendo la palabra extraña en la boca—. Pintaba un poco, y hacía escultura también, nada importante. Pero fue hace mucho. No recuerdo la última vez que tomé un cincel.
—Toda creación es importante. ¿Por qué dejó de hacerlo?
Ella tragó saliva. No tenía una respuesta elegante o inteligente para decirle que le regaló sus sueños a su hermana menor.
—La vida se volvió difícil. Tuve que trabajar para ayudar a mi hermana. Y lo que no fuera trabajo dejó de tener sentido, y yo dejé de tener tiempo.
Sebastian dio un paso más cerca de ella, era casi invasivo, pero a Nirelle no le molestaba.
—Pero ahora ya tiene tiempo, ¿no? Debería volver a hacerlo, no hay nada más peligroso que una mente brillante que se queda sin espacio para crear.
Sebastian sonrió, y sin dejarla responder la invitó a seguirlo, y sin saber exactamente por qué, Nirelle caminó.
—Mire este —dijo Sebastian, deteniéndose frente a una pieza diferente, en ella se mostraba una figura masculina que parecía retorcerse en manchas negras—. El artista intenta simular violencia, pero parece no comprender totalmente la estructura del movimiento, es…
—¿Forzado? —completó ella con suavidad, inclinando la cabeza mientras observaba la pintura—. Yo diría que incluso torpe. Tiene talento, pero parece inexperto, como si quisiera transmitir dolor, pero no supiera exactamente cómo hacerlo.
—¿Defendiendo al artista?
—No —negó ella, sin apartar la vista del cuadro—. Defiendo el intento. Con práctica y determinación este artista lograría cosas impresionantes.
Sebastian ladeo la cabeza, evaluándola. Y ese tipo de atención tan directa hacía que el aire a su alrededor se volviera más denso.
—Debo admitir que usted tiene el tipo de mente que incomoda a los artistas —comentó el hombre de ojos oscuros—. Y fascina a los críticos.
Ella giró levemente la cabeza hacia él y soltó sin pensar:
—¿Usted se siente fascinado?
Algo en la mirada de Sebastian se oscureció.
—Mucho más de lo que debería —dijo y su tono de voz se hizo más grave.
Nirelle retrocedió un paso ante la intensidad que la golpeó.
Y de pronto sintió la puerta principal cerrándose detrás de ellos.
El sonido envió una punzada de alarma a todo su cuerpo haciendo que su corazón se alertara.
No había entrado a la galería por gusto, estaba tratando de escapar.
Aun así, se atrevió a relajarse tanto que ya no sabía si su perseguidor se había quedado afuera o estaba frente a ella.
El miedo regresó.
¿Qué estaba haciendo?
¿Por qué estaba permitiendo que un hombre desconocido la envolviera así?
¿Por qué se estaba dejando llevar?
Retrocedió otro paso antes de hablar.
—Debo irme. Fue un gusto volver a verlo.
—Nirelle… —la llamó él, suave, casi sorprendido.
Ella negó con la cabeza, ya avanzando hacia la salida.
—Adiós —dijo, más firme esta vez.
Y salió de la galería en busca de un taxi que la llevara a su hogar, sintiendo como recuperaba la cordura. Ese hombre buscaba desarmarla, y ella debía alejarse de él antes de que acabara por completo con ella.