El escultor (La sinfonía del caos 1) 12
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SACRIFICIO

—Tiene que hablar de lo sucedido, detective Northon. Es la única manera de procesar el dolor —insistió la doctora Caelli, por segunda vez en lo que llevaban de sesión.

Su voz era suave, controlada y peligrosamente profesional.

Estaba sentada con tanta comodidad en un sofá demasiado elegante para alguien que decía comprender el sufrimiento humano.

Se inclinó apenas hacia delante, como si ese gesto que seguro había aprendido en algún manual clínico, fuera la llave que abre la puerta y derriba las defensas de sus pacientes.

Nirelle no sabía si funcionaba, pero con ella no lo haría, no lo permitiría.

Ella mantenía la mirada clavada en las motas de polvo suspendidas en la luz filtrada por la persiana. Era más fácil concentrarse en eso que en lo que tenía incrustado en el corazón y la obligaba a seguir sangrando.

No se podía permitir recordar el cuerpecito inerte de Mila, y dejar que la última obra de aquel artista acabara con lo poco que le quedaba de cordura.

—El dolor no se supera, solo cambia de forma —respondió con sequedad.

La psicóloga cruzó las piernas con un movimiento elegante y acomodó su falda de color blanco.

Observó a Nirelle por encima de sus gafas, midiendo cada gesto.

Había pasado años creyendo que entender la psique de alguien era la clave para salvarlo, pero desde la primera sesión que tuvo con la detective Northon, sabía que sería difícil entrar a su mente, principalmente porque la mujer albina frente a ella, no quería ser salvada.

Nirelle no quería ser entendida, ni siquiera ella podía explicarse a sí misma.

¿Cómo pretendía la doctora Caelli que se abriera para ella?

No le permitiría diseccionar lo que tanto trabajo le había costado mantener oculto.

Pero ahora tenía una grieta, una que amenazaba con hacerse cada vez más grande.

Mila murió

No.

A Mila la mataron.

Y ahora esa mujer, con sus labios pintados de rosa pálido y su mirada cuidadosamente entrenada para diseccionar comportamientos, tenía el descaro de creer que hacer sangrar aún más la herida sería la forma de cerrarla.

Como si las palabras pudieran contener la violencia de lo que vivió, de lo que seguía viendo cada vez que parpadeaba.

—Entiendo lo que ha pasado, pero necesita avanzar. ¿Cree que Mila habría querido esto? ¿Cree que sus padres lo habrían querido? —preguntó Caelli con suavidad ensayada.

Una risa seca escapó de la garganta de Nirelle. Primero como un soplido burlón, luego se volvió una carcajada rota que se deshizo en el aire. Caelli no se movió, solo espero, ese era su trabajo. Pero no entendía el motivo de la risa.

—¿Qué padres? ¿Los que me entregaron a la Orden de la Luz apenas nací? —escupió Nirelle, con frialdad.

Caelli titubeo. Intentó mantener el semblante neutral, pero su silencio y su par de orbes abiertos la delató.

—Crecí en un orfanato. Las sacerdotisas me dieron mi nombre. Y Mila no era mi hermana de sangre, era mi compañera, mi única familia. Y usted no tiene idea de lo que ella hubiera querido porque jamás la conoció.

Un pitido cortó el aire, anunciando el fin de la sesión. La doctora Caelli se levantó alisándose la ropa. Parecía aliviada.

—Hemos terminado por hoy, detective Northon. Nos vemos en tres días.

Nirelle ni siquiera se despidió y salió del consultorio.

De nuevo lo había arruinado. Se había dicho antes de que iniciara la sesión que le diría a esa mujer justo lo que quería escuchar para darle el alta y entonces ella pudiera pelear por obtener el caso del Escultor.

Pero el tener la mirada de la psicóloga buscando con desesperación un rincón por el cual entrar y apoderarse de su mente, la puso alerta.

Ya era tarde cuando volvió a su departamento. La casa la recibió con un olor extraño: una mezcla de polvo, desuso y un eco leve de pintura seca. No era posible, había estado allí hacía apenas días. Pero el lugar parecía congelado, como si desde la muerte de Mila el tiempo hubiera dejado de moverse.

Cerró la puerta con cuidado. El cerrojo retumbó en sus oídos. Estaba sola.

Verdaderamente sola.

Caminó despacio, reconociendo cada objeto como si perteneciera a otra vida. Las cortinas grises a medio abrir. La taza vacía junto al fregadero. Los pinceles sucios flotando todavía en el agua turbia. Se detuvo frente al caballete que Mila usaba. La tela estaba en blanco, esperándola.

Nirelle apretó los labios.

No debería haber vuelto.

Pero sus pies la traicionaron, la llevaron hasta esa esquina donde hacía arte con Mila. Aspiró el aroma a óleo, a té negro, a flores ya muertas, y vio su luz, su caos, su vida suspendida.

Y también vio las pinturas.

Alineadas contra la pared, como testigos silenciosos de lo vacío que estaba el departamento.

Figuras etéreas, mujeres sin rostro, torsos abiertos en floraciones tristes.

Manos estiradas al cielo. Bocas sin voz.

El rojo brillando en todos los lienzos, omnipresente, inevitable.

Como si Mila hubiese sabido. Como si hubiera pintado su final delante de Nirelle mientras ella creía estar protegiéndola.

El aire se volvió pesado. Su garganta se cerró.

—¿Por qué? —susurró, pero la pregunta se perdió en la penumbra.

Sus piernas cedieron. Cayó al piso sin resistencia. No lloró, solo se desplomó, como si su cuerpo hubiera decidido que ya no valía la pena sostenerla. Sus dedos rozaron el suelo, buscando algo, buscándola entre las grietas.

Pero Mila no estaba. Solo quedaba su arte.

El silencio rugió entre las paredes. Un sonido tan intenso que la empujó a levantarse.

Tenía que salir.

Tenía que escapar.

Tomó sus llaves, sus cosas y no miró atrás.

El pasillo del edificio la escupió hacia la noche, y el aire frío le raspó la piel.

Escuchó música a lo lejos, y botellas de vidrio impactando contra el suelo haciéndose pedazos.

No le dio importancia, era algo común de ver y escuchar al vivir en la zona más pobre de la ciudad.

Siguió caminando y se echó la correa del bolso al hombro derecho, o al menos lo intentó, pues el dolor que desde hacía días intentaba ignorar se hizo presente.

Justo cambiaba de brazo cuando lo sintió.

Presión. Peso detrás de sus hombros. Un escalofrío que le recorrió la columna y se anidó en su nuca.

Nirelle intentó respirar hondo. Intentó decirse que el cansancio la estaba volviendo paranoica. Que la mente cuando se fractura empieza a llenar los huecos con monstruos imaginarios, y el insomnio debía haber hecho estragos con la suya.

Aunque sabía que el escalofrío era producto del instinto, y ese nunca mentía, así que aceleró el paso.

Las calles estaban vacías, el aroma a humedad se alzaba de la acera y los faroles proyectaban sombras largas, afiladas, demasiado parecidas a brazos extendidos tratando de atraparla.

Cada reflejo en alguna ventana parecía seguirla, y cada paso que daba era respondido por otro más suave, más lento, y en su misma dirección.

Se volvió, apenas para mirar por encima de su hombro adolorido. Recorrió la calle esperando encontrar a quien la seguía, pero no había nada visible. Continuó su camino, sintiendo la presencia de alguien tan real que le apretaba los pulmones desde dentro.

Solo camina, le ordenó su cuerpo.

Corre, le suplicó su mente.

Y obedeció a ambas. Aumentó el ritmo de su paso, buscando la luz, cualquier luz.

Las avenidas del centro brillaban a la distancia prometiéndole refugio.

Solo tenía que llegar hasta ahí y estaría a salvo.

Sus dedos temblaban, sus piernas también, su frente empezaba a perlarse de sudor y su pecho subía y bajaba con rapidez a causa de su acelerada respiración.

¿Está jugando conmigo? Se preguntó. ¿Podría ser el acosador? Ese mismo que se metía a su casa por las noches y tocaba sus cosas.

Se mordió el interior de la mejilla para no perder el control, hasta que el sabor de su propia sangre le brindara un poco de consuelo.

No era momento de perder los estribos. El aire frío le azotaba la cara, empujándola hacia atrás, como si quisiera regresarla a las sombras de las que tan desesperadamente intentaba escapar.

La ciudad empezaba a dormirse lentamente a medida que avanzaba, más luces se apagaban y menos gente se veía a la distancia, pero estaba cerca. Casi llegaba a la luz, solo necesitaba caminar un poco más.

La sensación de estar siendo seguida creció hasta volverse un dolor físico. Como si manos invisibles se cerraran alrededor de su cuello impidiéndole respirar con normalidad. Como si alguien quisiera respirar por ella justo detrás, demasiado cerca, demasiado humano.

Cuando dobló la esquina y vio el letrero iluminado de la galería Laupov al inicio de la zona central, su cuerpo reaccionó sin consultarla.

Entró en busca de seguridad. Cruzó la puerta de vidrio con un golpe de aire tibio y luz blanca cegadora.

La galería estaba casi vacía, apenas una decena de asistentes revisando catálogos y observando la exposición y un guardia aburrido cerca de la entrada.

Pero era suficiente civilización para considerarse testigos en caso de que su acosador irrumpiera queriendo matarla.

Cerró la puerta detrás de ella con más fuerza de la necesaria, y el vidrio tembló en reclamo. Aun así, no se atrevió a mirar hacia afuera. No quería confirmar sus sospechas.

Caminó hacia el interior de la galería, fingiendo que su corazón no latía desbocado, o que no venía huyendo de quien sabe quién. El lugar estaba sumido en un silencio cómodo, roto solo por el zumbido leve de las luces y el eco de los pasos. Nirelle se obligó a concentrarse en las obras expuestas.

Observó lienzos enormes de trazos agresivos, cuerpos fragmentados, colores que parecían querer gritar desde la tela. Eran pinturas grotescas, explícitas, pero ejecutadas con tanta precisión que resultaban hipnóticas.