El escultor (La sinfonía del caos 1) 11
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PERDIDA

Marcus ya no sabía qué hacer con las manos.

Desde que a Nirelle le habían dado días libres todo se había sentido extraño. Como un objeto mal colocado en una repisa, no importa cuánto lo empujes, sabes que va a caerse igual.

Ella tenía permiso médico por unos días. «Para descansar», había dicho el jefe a modo de burla. A Marcus aquello no le agradó. Para él la detective Northon era una mujer maravillosa, y muy fuerte, en su mente la honorable detective Northon jamás se derrumbaría.

Pero entendía que el haber encontrado a la única persona que consideraba familia, de esa forma en que lo hizo, era para derrumbarse.

La colmena estaba insoportablemente ruidosa esa mañana. El tecleo, las sillas chirriantes, las voces de los otros novatos, todo le raspaba los nervios en una mezcla de irritación y ansiedad.

—¿Qué pasa, Marcus? —soltó uno de ellos, un muchacho con demasiada confianza—. ¿No que eras el favorito de la detective Northon?

Risitas y codazos, más infantiles de lo que esperaba.

—Se acabó el encanto, hermano —añadió otro—. Te quedaste sin madrina. Ya puedes ir empacando para tu dulce regreso a la casa de mamá.

Marcus apretó la mandíbula. Se obligó a no reaccionar. No podía darles ese gusto. Pero por dentro algo ardía, pequeño e inconfesable. Porque no era solo que la extrañara. Era que, sin ella, todo le daba miedo.

—Tú cállate —masculló el primero—. ¿Qué creías, Marcus? ¿Que por ir detrás de ella como un perrito te iban a dar un ascenso?

Otra ronda de carcajadas.

Marcus cerró los ojos un segundo. Respiró. Intentó no pensar en la forma en que las manos de Nirelle habían temblado cuando subió a la peana. En el grito que soltó justo cuando descubrió el rostro de la víctima.

—¿Sabes qué creo? —dijo el segundo novato, apoyándose en el escritorio de Marcus—. Que la detective Northon ya se cansó de ti. Y tú aquí, sentado, esperando que te adopte otra vez.

Marcus abrió los ojos.

Lo miró.

Y en su mirada había algo que hizo al otro retroceder medio paso.

—Vete —dijo Marcus, muy calmado.

El chico frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

—Que te vayas antes de que me olvide que estoy en servicio.

Hubo silencio, tenso, frío. Los novatos intercambiaron miradas. Y luego fingieron reír, como si nada hubiera ocurrido, pero se alejaron lo suficiente.

Marcus exhaló despacio. Las manos aún le temblaban. No podía dejar que nadie lo viera así.

No sin ella.

Miró hacia la oficina vacía de Nirelle, como si pudiera invocarla. Como si la respiración contenida en ese espacio pudiera traerla de vuelta. Pero el asiento seguía vacío. Y la ausencia de ella parecía abrir un hueco en la sala.

Un hueco en él.

Marcus apoyó los codos en la mesa, enterró el rostro entre las manos y susurró, casi sin aire:

—Por favor, regresa.

Era absurdo, lo sabía, pero la sensación era la misma que tenía de niño cuando se agarraba al relicario en forma de esfera plateada con un símbolo de luz grabado en relieve que colgaba sobre su cama, un objeto pequeño que no resolvía nada, pero que lo mantenía de pie cuando se sentía perdido, solo.

Ahora, ese relicario tenía nombre, y su ausencia le pesaba.

Se le hacía insoportable ver la silla vacía, y las luces de la oficina apagadas. Solo se calmaba imaginando el repiqueteo de sus tacones en el suelo pulido de la fiscalía. Era ridículo, inmaduro, incluso peligroso, pero Marcus se aferraba a esa sensación porque era lo único que lo mantenía entero.

La única brújula que tenía.

Cuando era niño, la religión le había dado estructura. Un « qué está bien » y un « qué está mal », y encontraba consuelo en la idea del señor de la luz.

Porque el señor de la luz no era un dios al cual pedirle cosas, era más bien una presencia, un principio eterno que habitaba en toda mente consciente y representaba el orden, la razón y la iluminación interior.

Y Marcus, tan pequeño entonces, se aferró a esa idea que le ofrecía estabilidad, propósito y el alivio de no sentirse a la deriva entre padres ausentes y una abuela envejecida que apenas podía prestarle atención.

Y ahora, creía en ella.

Nirelle era orden, propósito. Era la sensación —falsa, seguramente— de que todo podía tener sentido si él la seguía lo suficientemente de cerca.

Era la Inmaculada, una manifestación viviente de la pureza interior.

Había aprendido en la casa de oración que los nacidos albinos eran huellas visibles del Señor de la Luz, quien los modeló sin sombra alguna.

Marcus creció creyendo eso. Sintiendo una reverencia automática, casi física, hacia aquellos seres marcados por la luminosidad divina. Y justo cuando se encontró con una Inmaculada, ella le había dado un lugar para existir.

Y Marcus sabía, muy en silencio, que habría hecho cualquier cosa por conservarlo.

Por conservarla.

Las palabras de los otros novatos no ayudaban. Lo habían dicho en broma, pero lograron meterse en su cabeza.

Te quedaste sin nadie.

Marcus había sentido la punzada, la había sentido más de lo que admitiría. Porque sí, tal vez dependía demasiado, tal vez la necesitaba más de lo que era sano.

Pero sin ella, todo perdía dirección.

Haz algo. No te quedes ahí , la voz interior lo empujaba como un viejo hábito. Una plegaria.

Así que caminó a la oficina, disponiéndose a trabajar como si fuera cualquier otro día, esperando que, por alguna mágica razón, la detective Northon regresara y con su presencia, le aclarara la mente y ocupara el vacío.

Nirelle casi no recordaba el trayecto hasta la fiscalía. Su mente estaba ocupada recordando cómo era su departamento antes de verse tan…vacío.  Años atrás habría descrito el lugar como incómodo, pequeño. Ahora le quedaba demasiado grande.

Por esa razón se había forzado a ir a la fiscalía. Ahí podía pretender que todavía era una versión funcional de sí misma.

Empujó la puerta de su oficina. Lo primero que vio fue a Marcus, de pie, rígido. Su mirada se iluminó en cuanto ella entró, pero había preocupación detrás.

—Detective… —susurró, aliviado.

Pero Nirelle ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle qué sucedía. Porque lo segundo que vio fue el vacío.

La pared donde había estado su pizarra estaba totalmente vacía. Las carpetas sobre su escritorio que contenían la investigación del Escultor también habían desaparecido.

Sintió el frío treparle por las costillas.

—¿Qué carajos pasó aquí? —preguntó, pero la voz le salió demasiado baja, entre incredulidad y amenaza.

Marcus abrió la boca, pero no alcanzó a responder.

—Detective Northon. —La voz del jefe Lavoisier sonó desde la puerta, con tanta satisfacción que casi podía olerse—. Qué bueno que decidió presentarse.

Ella se giró despacio.

—¿Dónde están mis notas? —preguntó.

El jefe sonrió, y ese gesto la golpeó, sabía que el hombre quería deshacerse de ella, pero nunca creyó que sería capaz de hacerlo a sus espaldas.

—Retiradas. Trasladadas. Como corresponde cuando un detective es, digamos… relevado del caso.

Marcus se tensó.

Nirelle no parpadeó y apretó las manos en puños.

—Explíquese —dijo.

—Por supuesto. —El jefe cruzó los brazos, disfrutando demasiado—. Dada la tragedia de su hermana, es evidente que usted ya no puede mantener la objetividad necesaria para seguir investigando al Escultor. No quiero que sus emociones —la palabra salió con veneno—, entorpezcan el trabajo.

La mandíbula de Nirelle se tensó.

—Puedo hacer mi trabajo —dijo, y el control en su voz era casi antinatural—. Puedo hacerlo mejor que cualquiera. Soy lo mejor que tienen en esta fiscalía.

—No lo dudo —replicó el jefe Lavoisier, con un gesto burlón, aunque pretendía amabilidad—. Pero no voy a arriesgarme a que esta situación personal suya comprometa la investigación. La fiscalía necesita cabezas frías, no personas evidentemente inestables.

Marcus dio un paso, como si quisiera intervenir, pero se contuvo.

Nirelle respiró hondo.

—Ese caso es mío —dijo, sin elevar la voz, lo que lo hacía más peligroso—. Yo encontré el patrón. Yo conecté las escenas. Antes de mí ni siquiera sabían que el asesino era el mismo.

—Y ahora está fuera —la interrumpió el jefe, tajante—. Y no hay nada más que hablar.

Ella sintió cómo se le hundía el estómago. Cómo la rabia y el duelo chocaban como dos mares.

—Quieren dejarme sin nada —susurró, más para sí que para él.

El jefe levantó una ceja.

—No es personal, Northon. Es protocolo. Si no desea tomar el descanso que se le otorgó, trabajará en casos menores hasta que le den el alta en psiquiatría.

Pero claro que era personal. Él se dio la vuelta y salió, satisfecho con su propia sentencia. Cerrando la puerta y dejando a Nirelle perdida en el silencio.

Marcus se movió inmediatamente, acercándose, con esa devoción que no sabía ocultar.

—Detective yo intenté, traté de detenerlos, pero…

Ella levantó una mano para callarlo sin mirarlo, no quería que él la viera quebrarse. Nirelle inhaló, exhaló, y finalmente dijo:

—Me lo quitaron.

Y por primera vez en mucho tiempo, el saberse perdida le pesó más que el estar furiosa.

Marcus tragó saliva.

—Dígame qué hacer —murmuró, sincero y desesperado—. Lo que sea.

—No intentaste nada. —El tono de Nirelle salió como un latigazo, más filoso de lo que pretendía—. Los dejaste tocar mis notas. Los dejaste quitarme el caso. ¡Mi caso!

Marcus parpadeó, retrocediendo como si lo hubiera golpeado.

—Yo… lo siento… es que

—¿Es que qué? —La voz de ella se quebró, pero la rabia la empujó hacia adelante—. ¿Es que no pudiste? ¿Es que no te atreviste? ¿O es que simplemente no te importa?

Marcus abrió la boca, horrorizado.

—Claro que me importa. Yo solo… no soy usted. Nadie les dice que no…

—Entonces deberías haber aprendido —escupió.

—Lo siento —susurró Marcus con la voz quebrada y los ojos lloros.

Y los recuerdos de Nirelle la hicieron ver a una Mila más joven disculpándose por todo.

Fue entonces cuando sucedió el quiebre.

No gritó, no golpeó nada, solo sintió como todo su cuerpo temblaba.

Primero en la mandíbula, luego en la garganta, y por último en la respiración.

Nirelle se llevó una mano a la frente, tratando de que el mareo pasara.

Y lloró. Se dejó caer al suelo de rodillas y un llanto desgarrado, desesperado y violento escapó de sus labios.

—Detective Northon —chilló Marcus, aterrado.

Nirelle no lo escuchó, la oscuridad de su mente ya se la había tragado.

Enfocó a Marcus con sus ojos muertos. El muchacho se quedó helado.

—Detective… —susurró, incapaz de moverse.

Era la primera vez que Marcus la veía así. Y no sabía si debía acercarse o dejarla sola.

—Me lo quitaron —repitió entre sollozos, como si las palabras le abrieran una herida nueva—. Me quitaron todo…

Marcus tragó saliva, sintiendo un dolor ajeno y propio al mismo tiempo. Comprendiendo que ella acababa de perder la única posibilidad que tenía de vengar a su hermana.

—Dígame qué hago —imploró—. Por favor. No la quiero ver así. Yo… yo hago lo que usted me diga.

Ella levantó la vista.

Tenía los ojos rojos, la respiración rota, la furia mezclada con dolor y resentimiento. Y lo miró como si recién lo reconociera. Como si recién se diera cuenta lo útil que podía ser.

Marcus sintió algo extraño recorrerle la columna, cuando Nirelle le tomó de la mano, limpiándose el rostro con la otra mano temblorosa.

—¿Harías cualquier cosa por mí? —preguntó, despacio.

Marcus no sabía qué hacer, la Inmaculada estaba de rodillas frente a él, le tomaba de la mano con tanto cariño, y lo miraba con el anhelo que tanto había deseado ver en ese par de ojos azules.

Marcus no dudó ni un segundo.

—Sí.

Se escuchó a sí mismo decirlo y no se arrepintió. Porque era verdad. Porque ella era su punto fijo, su faro, su seguridad.

Y en ese momento, no existía nada más.

Nirelle lo observó en silencio, un largo, largo silencio. Aun midiendo su utilidad. No le parecía que Marcus estuviera totalmente convencido. Debía calibrar hasta dónde podía empujarlo sin que él se cayera.

Nirelle lo miró con los ojos aún húmedos, el cabello desordenado y la respiración entrecortada. Sabía exactamente qué imagen debía dar.

—Marcus —su voz se quebró justo donde debía—. No puedo más. Creo que me estoy muriendo.

El muchacho se puso blanco.

—¿Q…qué dice? N…no, no, usted no puede decir eso… —sus palabras chocaban entre sí, desesperadas—. Detective, por favor.

Ella bajó la mirada, dejando que más lágrimas rodaran por su mejilla. Sabía que tenía toda su atención.

—Me quitaron todo —susurró—. A Mila, a mi caso, y la única oportunidad de vengar la muerte de esa niña.  Ya no sé quién soy, Marcus. Ya no tengo razones.

Él dio un paso hacia ella, con la respiración agitada.

—No, no, no. Usted… usted sí tiene. Yo estoy aquí. Dígame qué hago. Dígame qué necesita. Lo que sea.

El muchacho se puso de rodillas para estar a la altura de su Inmaculada. Nirelle levantó la cabeza despacio, como si la esperanza fuera un peso que apenas pudiera sostener, y tomó ambas manos del muchacho.

—¿Harías cualquier cosa por mí? —preguntó despacio, con voz temblorosa.

—Sí. —La respuesta escapó de Marcus—. Claro que sí. Lo que me pida.

Ella negó con un gesto frágil, como si se rompiera un poco más.

—No me estás entendiendo, Marcus —se acercó aún más, dejando apenas un palmo entre ellos—. Cualquier cosa. ¿Me oyes? Incluso si no es lo correcto.

Él tragó saliva, pero no apartó la vista.

—Lo que sea —repitió en un susurro—. Solo… no me pida que la abandone. Yo puedo ayudarla, de verdad puedo.

Nirelle levantó una mano y la apoyó en su mejilla. El chico quedó paralizado. Era un toque suave, casi maternal, pero sus ojos eran los de un depredador midiendo a su presa.

—¿Lo ves? —murmuró ella—. Nadie haría eso por mí. Nadie se quedaría conmigo como tú., por eso te necesito.

Marcus sintió que el pecho se le apretaba. Ella lo necesitaba.

Ella .

Era más de lo que jamás había soñado.

—Yo… —su voz se quebró— yo hago lo que sea. Pero por favor, no hable de morir. No podría con eso.

Y entonces Nirelle lo abrazó.

Se hundió en él como si se desmoronara. Como si Marcus fuera el único muro que podía sostenerla. Como si ese abrazo fuera la cuerda que la mantenía en esta vida.

Él jadeó, sorprendido, y luego la rodeó con los brazos con una devoción casi religiosa.

Cerró los ojos. Respiró hondo. Y lloró.

—Estoy aquí —sollozó él—. No se muera. No me deje, por favor.

Ella apoyó la barbilla en su hombro.

Y sonrió.