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PROFANACION
Rita Jiménez siempre pensó que había nacido en el lugar equivocado.
Y no porque Edera —el distrito federal de Canare— fuera un mal sitio, era ordenado, eficiente, gris en la medida exacta que exigía el gobierno, sino que no era Morvielle.
No tenía esa forma caprichosa de respirar arte incluso en los barrios más recónditos. No tenía el color, la música y el arte, ni esas vibras bohemias a donde quiera que fuera.
Sus padres eran edereanos hasta la médula, pragmáticos, severos y profundamente orgullosos de pertenecer a un sistema donde cada cosa tenía un propósito claro.
Así que cuando el traslado de jurisdicción de su padre llegó, no sintieron nostalgia de empacar sus vidas y mudarse a Montfleur, la ciudad capital de Morvielle.
Rita tenía apenas tres años cuando llegaron a ese lugar.
Lo bastante pequeña para entender por qué su madre frunció el ceño ante los murales que cubrían edificios enteros, o porque su padre caminaba más rápido cuando se encontraban con un grupo de bailarines o cantantes callejeros, pero sí lo suficiente para absorberlo todo.
Montfleur para sus padres era caos, ella solo veía la belleza. Colores, esculturas, personas recitando versos que tocaban el alma y la vida misma pareciendo una puesta en escena con luces doradas y edificios blancos.
Ahí fue cuando comprendió que tenía alma artística, porque podía entender a la perfección lo que sus padres no, porque se sentía segura en las calles de aquella ciudad, porque su interior anhelaba brillar como el ocaso de aquel lugar.
Sus padres en cambio, jamás lo entendieron.
Ellos no veían la belleza artística del lugar.
Así que Rita creció entre dos mundos, el orden de Edera que llevaba marcado en la sangre y el caos luminoso y artístico de Morvielle que se le pegó a la piel como un perfume que jamás pudo lavar. Y no es que quisiera hacerlo.
Rita quiso ser escritora desde que aprendió a sostener un lápiz.
A los nueve años llenó su primer cuaderno de relatos torpes pero llenos de pasión.
A los catorce ganó un concurso escolar pero su madre guardó el premio en un cajón «para que no se le subieran los humos» .
A los dieciocho ya sabía que sus padres jamás aceptarían que dedicara su vida a algo tan inestable.
Así que eligió lo más cercano que pudo sin desobedecer a sus padres: Psicología forense.
Una carrera que sonaba seria, sólida y razonable y los dejaría orgullosos.
Pero en secreto seguía escribiendo, soportando la frustración que la devoraba, días en los que creía que tal vez escribir para ella misma era suficiente.
Pero no lo era. No para alguien que había crecido rodeada de arte.
Rita quería lo mismo que cualquier artista deseaba: reconocimiento. No lo decía en voz alta, pero lo sentía.
La mujer cerró la puerta de su nuevo departamento, con un suspiro de alivio.
Todo dentro de su nueva casa olía a nuevo, a pintura fresca y madera recién barnizada.
Pero era un lugar en el que por fin podía respirar, lejos de los juicios de sus padres.
Podía dejar un libro abierto sin que su madre le preguntara si no tenía algo más útil que hacer.
Podía escribir sin esconder las hojas debajo de la cama.
Podía ser ella, aunque todavía no tuviera muy claro quién era exactamente.
Rita se ajustó el saco y caminó rumbo a su consultorio privado, un pequeño espacio que había logrado alquilar con sus propios ahorros. Aún no tenía una placa en la entrada, pero ya lo sentía suyo.
Sacó su teléfono mientras el viento le enrojecía la nariz y llamó a Nirelle.
Necesitaba escucharla, saber cómo estaba después del funeral.
El tono sonó, una vez, dos, tres. Nada.
Rita frunció el ceño, inquieta y volvió a intentarlo.
—¿Sí? —respondió Nirelle al tercer timbrazo, con la voz tan baja que Rita detuvo el paso.
—Nirelle. Te llamé hace un momento… ¿estás bien?
Silencio interrumpido apenas por una respiración entrecortada del otro lado de la línea.
—Estoy ocupada —respondió ella, más rápido de lo normal—. No pasa nada.
No. Esa no era la voz de alguien ocupada. Rita la conocía desde hacía años. Sabía reconocer sus tonos, incluso los que Nirelle creía ocultar bajo ese control férreo.
—Te escuchas… distinta —intentó con cautela—. Si necesitas hablar, puedo ir a visitarte.
—No necesito nada —interrumpió Nirelle, demasiado rápido, bastante tensa—. Solo tengo un día complicado.
A Rita le latió el pecho con preocupación, había algo temblando en el fondo de esa voz. Algo entre miedo y rabia. Algo que no encajaba con la mujer que conocía.
—De acuerdo —dijo Rita finalmente, suavizando el tono—. No te presiono. Solo estoy aquí, ¿sí?
Del otro lado, una exhalación corta, como un intento fallido de calma.
—Lo sé —respondió Nirelle—. Gracias. Hablamos luego.
Y colgó.
Rita se quedó mirando la pantalla negra por unos segundos, sin moverse. La calle seguía fluyendo a su alrededor: autos, pasos, el murmullo de la vida cotidiana que se negaba a detenerse.
Ella guardó el teléfono en el bolsillo y retomó el paso, cruzando la avenida mientras recogía su cabello con una mano. Se dijo a sí misma que tenía que darle espacio. Que forzarla solo la alejaría.
Pero, aun así, algo en su pecho no dejaba de apretarse. Nirelle no sonaba triste, sonaba asustada, y descolocar a Nirelle Northon, era casi imposible.
Rita siguió caminando rumbo al consultorio, intentando sacudirse la inquietud, pero el presentimiento se quedó pegado a su pecho.
Nirelle dejó caer el teléfono sobre el sofá, sintiendo como el silencio que había quedado después de la llamada de Rita se hacía peligroso. Era como un animal salvaje conteniendo la respiración.
En la esquina de la pequeña sala-comedor estaba el estudio improvisado que ella y Mila habían armado: un par de caballetes, pinceles ordenados por uso, y la mesa de centro convertida en espacio de trabajo.
Pero esa mañana había algo extraño. Un rastro blanco sobre la superficie oscura de la mesa de centro.
Un polvo fino e irregular que no había estado ahí la noche anterior.
Parecía haberse materializado de la nada. Igual que la punzada ardiente en su piel.
El dolor entre el cuello y el hombro volvió a latir, caliente, incómodo, como si algo quisiera abrirse paso desde adentro. Nirelle no tenía tiempo de mirar qué clase de herida era, ni cómo había llegado ahí. Era mejor concentrarse en lo que tenía frente a ella.
Miró con atención, el miedo subiéndole por la garganta.
El caballete plegable junto a la pared estaba ligeramente girado, apenas unos grados, lo suficiente para que alguien que lo conociera bien notara la diferencia.
Los manuales de anatomía Escultórica —que nunca abría más de lo necesario, y definitivamente no la noche anterior— estaban abiertos en páginas que ella no recordaba haber visto, como si alguien los hubiera revisado con interés.
Y el pequeño busto de resina que usaba para estudiar técnicas de preservación no estaba en la repisa. Estaba en el suelo. Pero no como si se hubiese caído, no se veía golpeado. Parecía haber sido colocado deliberadamente en un punto exacto.
Alguien había estado ahí.
El aire se volvió espeso de golpe, como si el departamento entero hubiese inhalado y no supiera cómo soltar el aire. Una corriente helada le recorrió la nuca, y la herida ardiente entre su cuello y su hombro pulsó al mismo ritmo que su corazón: rápido, irregular, desordenado.
No.
No podía permitirse pensar.
Si pensaba, se rompía. Y ya había demasiadas grietas desde que Mila no estaba.
Sacudió la cabeza, un gesto pequeño, casi un temblor.
Tomó su abrigo sin mirar el resto de la habitación.
No revisó ventanas, no revisó cerraduras, no revisó nada.
Cualquier inspección podría convertirse en la confirmación de que alguien había estado ahí.
Y ella no tenía tiempo para investigar un caso que no fuera el de Mila.
Bajó las escaleras con pasos rápidos y un zumbido persistente en los oídos. Él yeso seguía adherido a la yema de sus dedos, pero no se limpió.
Tenía que llegar a la galería.
Tenía que actuar como si todo fuera normal.
Como si su casa no hubiera sido violentada mientras ella dormía, noqueada por las pastillas. Como si la sombra que la seguía desde la muerte de Mila no estuviera empezando a tomar forma.
El taxi avanzó por las avenidas de Montfleur mientras ella miraba por la ventana sin ver nada. Las luces, las tiendas, la gente: manchas borrosas. Inútiles. El mundo parecía seguir moviéndose sin ella.
Presión en el pecho.
Asfixia contenida.
Una mezcla de anticipación y terror que vibraba como un insecto atrapado bajo su esternón.
Buscó en sus bolsillos el frasco pequeño de ansiolíticos que fingía no necesitar.
Vacío.
O tal vez lo había dejado en la mesa de centro. La mesa cubierta de yeso.
Cerró los ojos un instante.
Respira.
Camina.
No pienses.
No sientas.
El taxi se detuvo frente a la galería, un edificio blanco y luminoso que parecía ajeno al mundo real, flotando encima de la tristeza. Sobre la entrada, un cartel con el nombre de Mila escrito en tipografía delicada daba la bienvenida.
Pagó el viaje y salió a enfrentarse con su realidad.
Nirelle estaba a pocos pasos de la entrada de la galería cuando una figura se separó del flujo de visitantes y se detuvo titubeante frente a ella.
—Nirelle… —la voz tembló, rota en un punto difícil de esconder—. ¿Cómo estás?
Tardó unos segundos en reconocerla.
La primera vez que vio a Katherina —Trina, como Mila siempre la llamaba— había pensado que parecía salida de una fotografía editorial: alta, piel oscura y cálida como la de Mila, rizos perfectamente definidos y una energía arrolladora que llenaba cualquier habitación.
Mila la había conocido en la universidad y desde entonces se habían vuelto inseparables, dos astros moviéndose en la misma órbita.
Pero la mujer frente a ella ya no tenía nada de ese fulgor.