El escultor (La sinfonía del caos 1) 8
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MARGARITAS

Nirelle siempre había creído que la muerte de cada persona se teñía del color de su alma. La muerte de Mila, por ejemplo, era blanca.

El velorio de Camila no se parecía a ningún otro en Morvielle.

En un estado donde la muerte era parte de un espectáculo teatral —rituales de música, poesía recitada entre copas de vino y costosos arreglos florales—, el funeral de Mila era un desierto silencioso.

Sobrio, blanco, incongruente con todo lo que la cultura dictaba.

El cementerio estaba iluminado por lámparas claras y altas, y series de focos estilo vintage que unían los pilares que sostenían la reja blanca. No había violines, ni declamaciones dramáticas, ni el estruendo festivo que acompañaba la despedida de cualquier morviliano.

Solo había margaritas. Montones de margaritas blancas, las favoritas de Mila.

Nirelle estaba de pie junto a la mesa ceremonial de mármol. Con el gesto impenetrable. Había elegido ese funeral sin música, sin espectáculo, como una despedida muda, casi cruel. Pero adecuada.

A su alrededor, los asistentes eran pocos, estaban las amigas de Mila —Katherina, Lila y Zara— de pie detrás de Nirelle, ellas habrían deseado estar más cerca, pero la hermana mayor de su amiga parecía necesitar mucho más espacio del esperado.

Más atrás, casi ocultos estaban Rita y Marcus, y justo frente a Nirelle, a la cabeza del cuerpo inerte de Mila, se encontraba el Custodio de la casa de oración.

Su túnica blanca hacía que pareciera una extensión más del mármol y las flores.

Nirelle escuchó como alguien se acercaba a ella.

—Nirelle —murmuró Katherina, con la voz hecha a penas un hilo.

Tenía los hombros temblorosos, respirando entre el llanto que no podía contener, además del miedo, la frialdad de Nirelle la aterraba. Así que se acercó a ella con las manos entrelazadas contra el pecho.

—Yo solo quería decirte que nosotras también éramos parte de la vida de Camila —continuó Katherina.

Nirelle no la miró, sus ojos seguían clavados en el cuerpo envuelto que descansaba sobre el mármol.

—Si nos permitieras hacer de este funeral algo más digno de Cami…

Ahí, por fin, Nirelle giró el rostro. Y su mirada era tan fría, como una superficie lisa en la que nada podía reflejarse, y eso causó que Katherina interrumpiera su petición.

Odiaba que esas niñas llamaran «Cami» a su Mila.

Esas niñas no la conocían como creían que lo hacían.

No habían pasado con ella noches enteras en la intemperie mendigando comida, ni siquiera sabían que en realidad no eran hermanas.

Y ahora venían creyendo que la entendían y podían hacer de su velorio algo que Mila jamás hubiese querido.

—Está bien así —respondió sin un solo matiz de emoción—. Mila lo hubiera preferido.

Katherina parpadeó, confundida, herida por un rechazo que no esperaba tan directo.

—Pero ella amaba el color —susurró—. Amaba la música y estaba tan llena de vida.

—Dije que está bien así —repitió Nirelle, esta vez más bajo, pero con tanta firmeza que detuvo al instante cualquier intento de insistencia.

La chica dio un paso atrás, como si hubiera recibido un golpe en el pecho. La comisura de sus labios tembló, tragó fuerte y regresó a su lugar sin decir otra palabra.

Había demasiadas emociones en el aire. Demasiadas palabras no dichas y recuerdos que seguían tan vivos que dolían. Pero su hermanita no estaba viva, no desde que levantó el velo que le cubría el rostro.

La muerte de cada persona se tiñe del color de su alma , pensó nuevamente.

La de Mila era blanca, la suya en cambio era roja como sangre derramada.

Sentía que había sido asesinada junto a su hermana.

Ahora solo respiraba por inercia. Su cuerpo caminaba, hablaba, respondía, pero su alma había quedado atrapada en aquella escultura en el mural de la paz.

Su mirada se deslizó por el cementerio, buscando un punto fijo para sostenerse. Y lo encontró en las margaritas muy cerca de ella.

Era extraño, la blancura del momento le parecía incómodamente familiar. Como las ceremonias del Señor de la Luz. El pensamiento la recorrió como una corriente tibia. No agradable, pero tampoco dolorosa.

Una memoria lejana encendida en medio de la oscuridad.

La Orden de la Luz no adoraba a un dios con forma humana, ni a un creador con rostro o voluntad caprichosa.

El Señor de la Luz era un principio. Una energía eterna que habitaba en toda mente consciente.

La razón. El orden. La iluminación interior.

En los orfanatos —todos dirigidos por la Orden, no por el Estado— esa doctrina era tan natural como respirar.

La blancura, el silencio, la austeridad.

La ausencia de ornamento que distrajera del propósito: recordarle a cada niño que la verdadera existencia ocurría dentro, no fuera.

Y aquel funeral, sin quererlo, sin pretenderlo, se parecía demasiado.

Blanco puro, despojado de suciedad, casi seguro.

Por primera vez desde la muerte de Mila, algo dentro de Nirelle se acomodó.

Una pieza minúscula, casi imperceptible, pero ahí estaba.

Tal vez porque este tipo de silencio le recordaba quién era antes de ser detective.

Antes de ser una hermana que falló. Antes de convertirse en un cadáver metafórico.

Mucho antes de ser Nirelle Northon.

Una niña del orfanato, hija del Señor de la Luz. Una criatura moldeada por la claridad y la introspección. Por un instante, muy breve, fugitivo, el pecho de Nirelle dejó de doler, no porque hubiese paz, sino porque se sentía el orden. Y el orden, en su infancia, siempre significó seguridad.

Entonces volvió a mirar el cuerpo. La forma envuelta en tela blanca, la curva suave de lo que había sido Mila, los pliegues que parecían dibujar su silueta bajo la mortaja.

Pero mirarla no le ayudaba a procesar.

La mente de Nirelle flotaba cinco centímetros por encima de su propio cráneo, suspendida en calma artificial, una niebla que amortiguaba todo lo que podría romperla.

La disociación era un viejo refugio, un mecanismo aprendido antes incluso de comprender que ella también respiraba.

Y ahora la envolvía como una manta invisible mientras los demás lloraban, rezaban o temblaban.

El Custodio murmuraba las palabras rituales con voz grave:

—Que la luz encuentre lo que fue perdido, y que lo que fue carne se eleve hacia la razón eterna…

Pero Nirelle no escuchaba el significado, solo el ritmo, el sonido, como cuando era niña.

Dos acólitos levantaron el cuerpo con cuidado y lo llevaron hacia el pequeño círculo de piedra preparado para la combustión.

Todo era blanco: la tela, las flores, las ropas ceremoniales, las manos temblorosas de Lila prendiendo la llama. La chispa encendió el borde de la mortaja. El fuego era tenue, tímido al inicio, como si incluso las llamas respetaran a Mila.

Nirelle no parpadeó.

El olor a tela quemada y a hierbas rituales empezó a mezclarse en el aire. Un humo claro ascendió, enroscándose entre las copas de los árboles del panteón. Los demás dieron un paso atrás.

Ella no.

La Orden de la Luz enseñaba que el fuego era el puente.

Que la mente, desprendida de la carne, alcanzaba una claridad absoluta en la combustión.

Que la luz debía ser devuelta a la luz. Nirelle sabía eso, lo había vivido una y otra vez con otros huérfanos.

Y la familiaridad del rito reforzó su desconexión, como si no fuera su hermana la que ardía allí, sino el recuerdo repetido de un eco distante de su infancia.

La piel de su rostro no se movió ni un milímetro. No había dolor, ni rabia, ni lágrimas. Solo silencio. Cuando el fuego terminó, quedaron las cenizas y los huesos purificados, recogidos con suavidad dentro de una urna hecha de material biodegradable.

Luego vino la parte final, la siembra. Uno de los ayudantes del arconte ofreció una cesta con las margaritas. El espacio que ya se había hecho para Mila fue ocupado por la urna abierta, y recubierto con tierra para finalmente sembrar las margaritas.

El panteón de Montfleur era un jardín inmenso, vivo, respirante.

No era un lugar triste; estaba lleno de color.

Árboles altos daban sombra a tumbas cubiertas de flores rojas, moradas, violetas, amarillas.

La muerte aquí siempre había convivido con la belleza.

Pero la tumba de Mila, ella la quiso blanca.

Un contraste violento con el resto del paisaje.

Mientras los demás depositaban pétalos con manos cuidadosas, Nirelle clavaba con furia cada margarita en la tierra, como si el suelo pudiera absorber todo lo que no se atrevía a expresar, hasta que el blanco cubrió el montículo como una nevada silenciosa, un jardín nacido de la rabia.

El Custodio habló otra vez. Zara lloraba en voz baja. Lila sostenía a Katherina por los hombros. Y esta última no se acercó de nuevo; se quedó atrás, mordiéndose el labio, conteniendo una culpa que Nirelle no necesitaba escuchar para sentir.

La detective observó el resultado final: un pequeño sembradío blanco. Bello. Y absolutamente insoportable. Pero ella no sentía nada, solo ese vacío que había envuelto su mente desde que vio la última obra del Escultor.

El viento movió las margaritas y por un momento pareció que la tumba respiraba.

Nirelle dio un paso atrás.

Marcus la miró, inseguro, como si temiera que ella se desplomara, desapareciera o gritara.

No hizo ninguna de esas cosas. Simplemente siguió existiendo. Muerta por dentro, de pie por fuera. Tal como lo había aprendido.

Marcus y Rita se quedaron a su lado mientras los enterradores comenzaban a rodear las flores con piedras blancas. No dijeron nada. Solo respiraban cerca, temían molestarla, o que un sonido suyo pudiera romperla en fragmentos.

Nirelle sabía que querían acompañarla en el dolor. Era evidente en la forma en que la mano de Marcus temblaba cada vez que se acercaba y volvía a retirarse. En cómo sus ojos buscaban los de ella, suplicando permiso para compartir una pena que no le pertenecía.

Pero ella no se lo permitió.

—Deberíamos irnos, Nire —susurró Rita, con voz tenue, tratando de darle consuelo.

Nirelle no la miró. Solo observó el agua regar las flores, gota a gota. Cubriendo lo último que quedaba de Mila.

—Detective Northon —habló Marcus.

La disociación se quebró por una grieta mínima.

—No —dijo, sin levantar la mirada ni tensar el gesto—. No ahora.

Marcus se detuvo al instante. Él sabía obedecer límites, incluso los que no quería que existieran.

Cuando los ayudantes del Custodio se despidieron, Nirelle sintió que algo se deslizaba por su interior, un estremecimiento sordo, como si una cuerda hubiera sido arrancada de su pecho.

Estoy sola .

Fue entonces cuando los vio. Tres miembros de la Orden de la Luz avanzaron hacia ella, vestidos con túnicas marfil, los bordes dorados brillando con un resplandor casi etéreo. Sus pasos eran silenciosos, y sus rostros, serenos.

—Hija de la luz —murmuró el primero—. La luz no se extingue. Solo cambia de forma.

El segundo inclinó la cabeza con una reverencia lenta, profundamente respetuosa.

—Tu hermana ha regresado al origen. Donde la razón se une con la claridad. Donde lo fragmentado vuelve a ser completo.

Y el tercero—una mujer de ojos pálidos como vidrio bajo el sol—extendió las manos hacia Nirelle.

Tenía algo entre los dedos.

—Deberías acompañarnos a la Casa de Oración —susurró, como si temiera hacerle daño a Nirelle—. Nadie debería cargar sola una sombra tan densa. El resplandor eterno puede ayudarte a dominarla.

Nirelle se quedó inmóvil.

Sintió cómo la disociación retrocedía apenas, solo lo suficiente para que la incomodidad subiera por su columna. Los miembros de la Orden seguían recitando, casi al unísono:

—No somos hijos del cielo, sino fragmentos del resplandor eterno. El que se conoce, se ilumina. El que domina su sombra, renace.

El credo de su religión. El mismo que había escuchado toda su infancia.

La mujer colocó un relicario en la palma de Nirelle. Una pequeña esfera plateada con un símbolo de luz grabado en relieve. Ligera, helada.

Demasiado familiar.

Y junto a la esfera, había una estrella de ocho puntas grabada en metal oscuro. Al tocarla, la piel de Nirelle se tensó como si una corriente helada le recorriera la muñeca. Un latido fuerte le golpeó el pecho, inesperado, fuera de ritmo.

Era un recuerdo encapsulado, una advertencia silenciosa.

Un intento de consuelo que se sentía demasiado cercano, demasiado íntimo, demasiado peligroso. Nirelle cerró los dedos alrededor del relicario sin apretarlo.

—Gracias —respondió ella, modulando la voz para sonar cortés.

No podía gritarles que se alejaran, no podía decirles que su religión estúpida no le importaba, porque siempre hacían lo mismo, ofrecían refugio en la fe para aquellos que habían perdido a alguien. No era personal, ¿verdad?

Los tres miembros de la Orden sonrieron —esa sonrisa pulcra, casi perfecta— y se alejaron con la misma calma con la que habían llegado. Rita dio un paso hacia ella, incapaz de contener su preocupación.

—Nire… ¿estás segura de que…?

—Estoy bien —la cortó ella, sin mirar el relicario, como si hacerlo pudiera desatar algo que no estaba preparada para enfrentar—. Solo… vámonos.

Porque si se quedaba un segundo más frente a esa tumba blanca, frente a esas margaritas puras que ocultaban todo lo que no pudo proteger, podría romperse.

Y ella no se rompía.

No en público.

Nunca.