El escultor (La sinfonía del caos 1) 7
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MARMOL

—Northon, Delarge. A mi oficina —bramó el jefe Lavoisier pasando rumbo a su despacho.

Marcus se enderezó al instante, como si una corriente eléctrica le recorriera la espalda. Nirelle no reaccionó de la misma manera, simplemente se puso de pie y avanzó con paso firme.

Al entrar, fueron recibidos por el olor a café barato mezclado con perfume caro, un contraste desagradable, casi como el hombre que se sentaba detrás del inmenso escritorio.

No se molestó en saludarlos, solo señaló las sillas con la mano, sin levantar la vista.

—Hablen.

Marcus miró de reojo a Nirelle, esperando que tomara la iniciativa. Ella lo hizo.

—Seguimos tras la pista del Escultor —dijo sin rodeos—, pero sin acceso completo a la base de datos no podemos…

—¿Aún nada? —la interrumpió el fiscal, con un brillo burlón en los ojos.

—Con los recursos que se nos niegan, difícilmente habría algo nuevo —respondió ella, conteniendo la irritación.

Él tomó una rosquilla, le dio un mordisco exagerado, como si aquello no fuera más que un chisme burocrático.

—Todos empezamos sin recursos, Northon —dijo el jefe mientras lamía azúcar de sus dedos—. El acceso se gana.

Nirelle apretó los dedos contra los apoyabrazos. Marcus la observó, inquieto, pero ella no desvió la mirada del jefe.

—Enviamos cinco solicitudes para que se nos otorgue acceso al sistema privado de la unidad. No hemos recibido respuesta de ninguna.

El hombre seguía concentrado en su comida, y le dio a la rosquilla otro mordisco tan exagerado que el glaseado se le quedó pegado en las comisuras. La masticó despacio. Ruidoso. Pastoso.

Como si escucharla hablar fuera opcional.

—Ah, sí. Las famosas solicitudes —resopló—. Que insistente eres, Northon. Cualquiera se habría dado ya por vencido.

Nirelle intentó mantener la concentración, pero el sonido húmedo, viscoso, la distrajo un segundo. Era grotesco. Marcus apartó la mirada, incómodo.

—Necesito acceso —replicó ella, aunque cada ruido masticado le crispaba un nervio—.

No puedo avanzar en el perfil si no tengo los datos criminales.

Este asesino no es impulsivo —dijo Nirelle—.

Hay una lógica. Un patrón artístico. Conoce anatomía, composición, estructura.

No estamos frente a un lunático cualquiera.

—No empieces con tus análisis pseudo psicológicos —se burló él—. Eso es trabajo de loqueros.

Lavoisier tomó otro pedazo de rosquilla, mordiéndolo con la mandíbula ladeada. Un hilo de glaseado le cayó al pantalón, pero él ni se inmutó.

—No es un análisis. Es un hecho.

El jefe apoyó los codos en el escritorio, disfrutando la confrontación.

Luego, sin dejar de mirar a Nirelle, tomó otra rosquilla, esta vez rellena.

La apretó sin querer y un chorro de crema salió disparado hacia un informe.

Él siguió comiendo como si nada. A Marcus le revolvió el estómago.

A Nirelle la distracción del gesto grotesco le produjo un parpadeo involuntario. Odió ese parpadeo.

—¿Un hecho? Lo único que es un hecho, Northon, es que hay un asesino suelto, y todavía no está en esta oficina.

Marcus se tensó. Iba a decir algo, pero Nirelle negó apenas con la cabeza. No valía la pena. Y no era la primera vez que escuchaba algo así.

—¿Puede con el caso, detective? —preguntó él, cruzando los brazos, confiado en tener el control—. ¿O será igual que con los religiosos que no pudo controlar?

Nirelle se tensó, el simple recuerdo del relicario que identificaba a los Iluminados la ponía de nervios.

—Puedo con todo lo que me pongan enfrente —respondió ella, sin pestañear.

El jefe complacido, con una sonrisa manchada de azúcar dibujándosele en los labios, estaba a punto de continuar su sermón. Pero la puerta se abrió de golpe. La secretaria entró pálida, temblando, con un papel apretado contra el pecho.

—Señor… detective Northon… Es el Escultor.

El silencio se quebró al instante.

Nirelle se puso de pie antes de que Marcus terminara de reaccionar.

—¿Dónde? —preguntó.

—El Mural de la Paz —respondió la secretaria, con la voz temblorosa—. Entre tercera y cuarta avenida. Lo encontraron hace unos minutos.

La tensión recorrió la habitación como un latigazo. Marcus tragó saliva. El jefe se recostó en su silla, sonriendo como si eso validara su autoridad.

—Demuéstrelo —dijo, saboreando cada sílaba.

Nirelle no respondió, no le dio el gusto.

Salió de la oficina con paso rápido y decidido, con Marcus siguiéndola de cerca, casi tropezando para no quedarse atrás.

Nirelle tenía sólo diecinueve años cuando entró al cuerpo de policía.

El trabajo, al principio, fue sencillo, algunos arrestos rutinarios, multas por exceso de velocidad, turnos interminables dentro del escuadrón de protección ciudadana.

Nada que no pudiera soportar. Nada que no pudiera controlar.

Era estable, y durante tres años les dio a ella y a Mila algo parecido a una vida: un techo, comida caliente y la seguridad de que no tendrían que dormir de nuevo en la calle.

Era algo muy similar a la paz, pero la paz no pagaba las cuotas de la escuela de arte privada que Mila soñaba con cursar. La joven despreciaba la pública. «No es suficiente» , decía. «Mi talento se ahoga ahí.»

Mientras Mila imaginaba murales, colores y paredes inmensas, Nirelle hacía números con un sueldo que jamás alcanzaba.

Entonces tuvo que esforzarse más, romperse más.

Cinco años después, ya sabía demasiado sobre cuerpos y mentes.

El cuerpo humano era frágil. Pero la mente se quebraba sin hacer ruido.

Mila, en cambio, florecía.

Era la mejor de su clase. La invitaron incluso a colaborar en el Mural de la Paz. A Nirelle todavía le retumbaba la súplica de su hermana para que la acompañara. Ella se negó, por supuesto. No podía ver cómo Mila vivía el sueño que a ella se le había negado.

Nuestro sueño .

Y aunque amaba a su hermana más que a nada, la amargura le quemaba la garganta. A veces, se repetía que amar significaba tragarse la bilis del resentimiento. Pensaba demasiado en cuantas cosas habría logrado sin el peso de cargar con ella.

Pero ahora era libre.

El edificio los recibió como una catedral de cristal. Enorme y blanco, las columnas sostenían una estructura casi flotante de vidrio templado que atrapaba la luz como una trampa para ángeles. Descendieron por una escalinata que llevaba al corazón del lugar: el mural.

Paredes blancas bañadas de color. Pinceladas que gritaban, lloraban, respiraban. Obras de estudiantes, profesionales, grafiteros callejeros. Todas diferentes, todas vivas.

El Mural de la Paz —nombrado en honor a Miranda Paz, la arquitecta que lo diseñó— era un símbolo de la ciudad: belleza colectiva. Historia emocional.

—Dios mío… —murmuró Marcus.

Nirelle siguió su mirada, y lo vio.

Su cuerpo se tensó. Algo dentro de ella se quebró, como si un hilo invisible tirara de su pecho. Avanzó, hipnotizada. No por miedo, sino por una reverencia que no sabía explicar.

En el centro del mural, sobre una peana de mármol pulido, estaba la nueva escultura.

Una mujer joven de piel morena, con el cuerpo desnudo.

El rostro cubierto por una tela blanca tan fina que dejaba entrever un gesto congelado en dolor: ceño fruncido, boca abierta en un último aliento atrapado bajo la gasa.

La cabeza echada hacia atrás, mirando un cielo que nunca la salvó.

En una mano sostenía su corazón. Literalmente. El órgano sangraba, goteando en pequeños hilos que descendían por sus dedos y manchaban la base con un ritmo perverso. La otra mano, extendida hacia atrás, parecía buscar impulso.

La piel marcada por heridas antiguas y nuevas. El torso estaba abierto, con las costillas separadas como puertas rotas, y con pequeñas margaritas acomodadas de tal manera que parecían derramarse desde el interior.

Era hermosa. Y espantosa.

Una criatura hecha de sufrimiento y entrega.

—¿Está bien, detective Northon? —preguntó Marcus.

Asintió, incapaz de hablar. Las mejillas le ardían por la excitación febril que siempre le provocaba ver arte en su forma más cruda. Y entonces lo sintió.

Un escalofrío en la nuca. Un soplo. Una presencia. Se giró encontrando periodistas, oficiales y ojos curiosos. Nadie con una mirada lo suficientemente intensa como para atravesarle la espalda. Pero alguien la observaba. Lo sabía.

Y, en vez de miedo, sintió anhelo.

Deseo de ser vista. De ser contemplada como ella observaba la escultura: con obsesión. Con hambre. Como si fuera valiosa.

—¿Es… una persona? Parece tan… vacía —preguntó Marcus en un susurro, como si temiera despertar a la figura.

—Lo es —respondió Nirelle, sin apartar la mirada de la escultura.

Él tragó saliva. Su rostro se había vuelto casi transparente, un blanco enfermizo que no lograba ocultar el temblor en sus dedos. Nirelle se acercó un paso más. Desde esa distancia, la posición de las piernas resultaba evidente.

La derecha, rígida, sosteniendo el peso del cuerpo. La izquierda, flexionada, como si estuviera arrodillada ante alguien.

No parecía una pose de entrega romántica. Parecía más bien una súplica, o una ofrenda.

Un sacrificio.

En Morvielle, el arte contemporáneo representaba el corazón como la esencia del alma humana: fuerza, razón, significado. Y ver cómo alguien podía arrancar ese significado sin arrancar el órgano era estremecedor y fascinante a la vez.

El corazón no era una declaración de amor.

Era un castigo.

Un mensaje.

Desde esa perspectiva, la escultura ya no hablaba solo de dolor o belleza: hablaba de sumisión. La víctima se había rendido al Escultor y él la había inmortalizado así.

Nirelle se inclinó para leer la placa metálica en la base.

«Toma mi corazón y mira mi interior. Porque quien mira desde afuera, sueña, pero quien lo observa y entrega desde adentro, despierta.»

No sabía si era un poema o una amenaza. Pero quería, con esperanza terrible, que fuera para ella. Leyó cada palabra con atención obsesiva, buscando una clave, un código, algo.

Nada.

Como los otros tres escritos que habían encontrado antes, esta también parecía escrita en un idioma secreto. Un poema retorcido, una promesa. Tal vez una advertencia.

Otra pieza para su colección sin sentido aparente.

La frustración le pesó en los hombros, helada y corrosiva.

Tenía que atraparlo. Lo sabía. Lo juraba cada día.

Pero una parte oscura dentro de ella, una parte que odiaba reconocer, no quería atraparlo todavía, porque mientras más lo estudiaba, más se convencía de que había algo sublime en su obra.

Algo cercano a un artista incomprendido.

Como si, por un instante, su deber no fuera esposarlo sino admirarlo, acompañarlo.

Un grito cortó el aire.

—¡No, no, no, no! —chilló Marcus con la voz rota, más propia de un niño que de un adulto.

Nirelle rodeó la peana rápidamente, con el ceño fruncido por la interrupción. Encontró a Marcus pálido, con los ojos llenos de lágrimas que no parpadeaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó con irritación contenida, incapaz de manejar distracciones en ese momento.

Él no habló. No podía. Su dedo tembloroso señaló hacia el tobillo de la escultura.

El estómago de Nirelle se revolvió. Una sombra helada le recorrió la espalda.

Y luego la vio.

En el tobillo izquierdo de la mujer, tallado con tinta negra bajo la resina, había un tatuaje. Líneas finas formando una rosa y una margarita con los tallos entrelazados, y debajo en letras cursivas N&M.

Pudo sentir el momento exacto en el que se les escapó el aire de los pulmones.

No necesitaba esperar el dictamen forense para saber de quién se trataba.

Conocía ese diseño, lo había dibujado ella misma, lo llevaba grabado en su propio tobillo.

Su vista subió lentamente, como si el aire se espesara, como si el mundo la aplastara.

Observó todo de nuevo, desde una perspectiva totalmente diferente. Los brazos marcados, la piel amoratada. El pecho abierto. El cuerpo arqueado en un gesto imposible de crear sin dolor. El rostro cubierto por el velo blanco.

Su mente se quedó en blanco, pero sus piernas avanzaron por instinto. Subió a la peana, ignorando los gritos desesperados de los forenses y de los agentes que intentaban detenerla.

Sus manos temblaron cuando tomaron el velo. Y ella sólo necesitó un movimiento para arrancar la tela de la escultura.

Entonces la vio.

Y el mundo se apagó a su alrededor.

Los ojos.

Esos ojos color avellana detenidos entre el miedo y el dolor. Con la boca abierta y las cejas fruncidas.

Era su niña.

Su Mila.