9 #2
El cabello de Katherina caía suelto, desordenado, sin su brillo habitual. No llevaba maquillaje, y los ojos hinchados delataban horas, quizá días, de llanto. Su ropa le colgaba del cuerpo como si también estuviera perdiendo la voluntad de sostenerla.
—Mejor —respondió Nirelle, aun cuando la palabra sonó hueca incluso para ella.
Hablar de Mila seguía siendo caminar por un terreno sembrado de detonadores emocionales: cada frase abría una herida vieja o la hundía más.
Y además estaba el resentimiento, ese amargo veneno que no se atrevía a admitir.
Katherina había sido la persona más importante para Mila.
Podría ser incluso más importante que ella.
Y eso la molestaba aún más en presencia de la muchacha.
—Todo va a mejorar, Nirelle —dijo Katherina con una sonrisa frágil, quebrada desde antes de formarse—. Sé que la extrañaremos cada minuto… pero lo superaremos.
Nirelle no respondió. Y cuando la mujer se atrevió a acercarse, simplemente se dejó abrazar.
Todavía no tenía fuerza para sostener palabras.
Mucho menos para pronunciarlas y decirle a esa chica que era tan culpable por la muerte de Mila, como el asesino.
Katherina la había sacado del lugar seguro en el que Nirelle la mantenía. De no haberlo hecho, Mila estaría bien.
—Hay que entrar —murmuró al separarse.
Katherina asintió y la condujo hacia el interior.
Los pasillos luminosos del museo parecían estrecharse mientras avanzaban, cargados de simbolismo involuntario. Nirelle podía ver superpuestas las siluetas del pasado: ella y Mila caminando por esos mismos corredores, imaginando sus nombres impresos en las placas doradas junto a las obras.
« Vamos a estar ahí algún día », decía Mila con esa confianza temeraria que siempre la caracterizaba. Y Nirelle fingía creerlo. Fingía que ambos caminos eran paralelos, no divergentes.
Pero ella entró a trabajar.
Mila obtuvo una oportunidad.
El sueño dejó de ser compartido. Dejó de ser de ambas y se volvió solo de Mila.
Nirelle dejó de pisar ese lugar después de eso. Ver a su hermana avanzar hacia el destino que ella no había logrado era más doloroso que reconocer que nunca llegaría allí.
Ahora estaba de vuelta.
Y Mila ya no.
En el centro del vestíbulo había un pedestal. Sobre él, la foto oficial que la universidad había elegido: una Mila luminosa, más joven e ingenua. Tomada antes de que el peso la doblara lentamente por dentro, seguramente en su primer año en la prestigiosa Academia de Bellas Artes Minerva.
Le ofrecieron una única silla. Una sola. Porque era la única familia que quedaba. La directora de la universidad tomó la palabra con solemnidad, luciendo como si de verdad supiera quien era Camila.
—Gracias por acompañarnos. Hoy celebramos la vida de una joven prodigio.
Camila Switz era más que una artista talentosa: era una mujer brillante, fuerte, una chispa en un mundo que necesita luz.
Señorita Northon, su hermana era una joya.
Esta exposición en el ala oeste le pertenece.
No solo es un homenaje, es una promesa cumplida.
Las personas aplaudieron.
Nirelle no.
El nudo en su garganta le impedía cualquier gesto.
Y junto al dolor, algo más se colaba bajo la lengua como un veneno conocido: envidia.
No hacia Mila, sino hacia la versión de ella que aún estaba viva en todos los demás, la que había logrado lo que muchas veces soñaron juntas.
Y detrás de eso, como siempre, la culpa.
—Señorita Northon —la llamó la directora.
Nirelle parpadeó, regresando a la superficie.
—Dígame —respondió con una sonrisa perfectamente ensayada, aunque seguía luciendo rígida.
—Acompáñeme, por favor.
Caminó a su lado hacia el ala oeste. La mujer hablaba sin detenerse, hilando anécdotas sobre Mila, sobre su talento feroz, sobre su disciplina. Nirelle asentía en intervalos calculados, aunque no escuchaba realmente.
Era como atravesar una neblina densa.
—¿Señorita Northon? —insistió la directora.
Nirelle parpadeó.
—¿Perdón?
—Solo quería decirle… espero que disfrute la exposición. Su hermana tenía claro quién era su musa. Camila la admiraba profundamente.
Y se marchó.
Nirelle se quedó sola frente a la puerta del ala oeste. Luchando contra los muros de su propio pecho. Contra el miedo. Contra ese peso insoportable de estar sola.
—Estás siendo estúpida —murmuró para sí misma—. Y egoísta.
Inhaló.
Y entró.
El aire cambió de inmediato: pesado, casi ceremonial.
Como si el dolor hubiera sido absorbido por las paredes y convertido en algo sagrado.
Avanzó entre las obras con la sensación de recorrer un cementerio.
Cada cuadro era un cadáver distinto: un recuerdo congelado, una culpa enquistada, una herida abierta.
Hasta que lo vio.
Un par de ojos de un azul hielo imposible la observaban con reproche y dolor desde un lienzo.
Una figura femenina, pintada con tinta y acuarela.
De espaldas, girando apenas para mirarla sobre el hombro.
Pómulos hundidos, labios rosados entreabiertos en un gesto infantil.
La mano derecha descansaba sobre el hombro izquierdo con elegancia natural.
El cabello blanco parecía luz pura derramándose por la espalda desnuda, mientras una sombra roja recorría la columna como una grieta.
El fondo era un abismo en espiral —negro, azul, gris— que parecía devorar el mundo excepto por ella.
Mila lo había pintado sin bocetos, sin titubeos, como si la imagen ya existiera completa en su mente.
Como si ese par de ojos azul hielo, cargados de reproche y odio que nunca se dijo en voz alta, viviera eternamente en su memoria.
Y el pintarlos, fuera su manera de gritar que lo sabía, que lo entendía.
Parecía fotografía, pero era pintura precisa y delicada.
Exacta.
Tan exacta que Nirelle reconoció incluso la pequeña marca de nacimiento detrás de la oreja: una media luna desdibujada.
Era ella.