El escultor (La sinfonía del caos 1) 5 #2
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Ni siquiera para los hijos. Marcus había sido un accidente, por supuesto.

Un descuido en medio de una gira y nueve meses después el motivo de aplazar una presentación en el palacio nacional.

Al muchacho le habría gustado pensar que su nacimiento habría causado el retiro de su madre para cuidarlo, pero la realidad era tan diferente.

Cuando nació, lo dejó al cuidado de su abuela y volvió al escenario antes de que él aprendiera a decir su nombre.

Su infancia no fue mucho mejor. Con la prematura muerte de su abuela, a los nueve años, Marcus empezó su viaje por escenarios, partituras y ensayos, con la única compañía del violonchelo que sostenía entre sus brazos.

Eso continuó así hasta que tuvo edad suficiente para quedarse solo en el frío montón de ladrillos que llamaba casa.

Con los años, Marcus comprendió que su vida no estaba hecha para los escenarios. Detestaba las luces, el ruido de la multitud, la sensación constante de que debía demostrar algo. Su madre solía decir que quien no sufría por su arte no merecía hacerlo. Y él no quería sufrir, solo quería existir.

Así fue como eligió una profesión sin melodías, aplausos, ni público. La investigación le ofrecía justo lo que necesitaba, estructura, lógica, rutinas, cosas que podía entender, medir y controlar.

Quizá por eso amaba tanto la monotonía. Porque en ella no había caos, ni pasión, ni sacrificios disfrazados de arte. Solo el consuelo predecible del orden. Marcus colocó el chelo en un rincón del sótano, cubierto por el polvo y las sombras.

La última nota que recordaba de su infancia resonó en su mente, una nota larga, triste, que parecía no terminar nunca. Cerró la puerta detrás de sí y subió los escalones sin mirar atrás.

Esa mañana, Marcus llegó a la fiscalía más temprano de lo habitual. El cielo sobre Montfleur era grisáceo y el húmedo aire otoñal se colaba por las calles recién despiertas. Aparcó frente al edificio y apagó el motor. No lograba quitarse de la cabeza la sensación de que algo no estaba bien.

Nirelle.

Fue la primera palabra que cruzó sus pensamientos.

Desde el primer día que la vio en la fiscalía, más alta que él, con ese porte sereno y esa mirada imposible de descifrar, algo en él se alteró. No era amor —al menos, no como lo entendía la mayoría—, sino una forma más profunda, más silenciosa, casi reverencial de necesidad.

Ni siquiera se daba cuenta que en su mente ella era todo lo que su madre había sido en apariencia: fuerte, talentosa, inalcanzable.

Pero también todo lo que su madre nunca fue: presente.

Cuando Nirelle hablaba, Marcus escuchaba cada palabra con tanta atención que lo desgastaba.

Cuando lo corregía, su pecho se llenaba de vergüenza que le resultaba extrañamente familiar, casi cómoda.

Y cuando lo felicitaba —en sus raras, brevísimas ocasiones—, sentía algo muy parecido a la redención.

Su vida había sido un intento constante por merecer algo: un gesto, una mirada, una nota sostenida que le dijera «buen trabajo» . Con Nirelle, el eco de ese deseo volvía a resonar.

Ella era orden.

Por eso, cuando la veía entrar cada mañana con los ojos cansados y el paso firme, Marcus sentía que el mundo volvía a alinearse.

Cuando Marcus empujó la puerta del área de investigación y se acercó a la oficina, la vio.

Nirelle estaba sentada en su escritorio, inclinada sobre un montón de documentos, con el cabello atado en su pulcra coleta alta.

El muchacho se detuvo unos segundos, simplemente observándola.

Sus hombros parecían más tensos, y en su rostro había una palidez extraña, agotamiento que parecía ser físico, sino algo más profundo, más hondo.

Él se aclaró la garganta, buscando romper el silencio.

—Buenos días —murmuró, sin demasiada convicción.

Nirelle levantó la vista, y por un instante, sus ojos se cruzaron. Marcus sintió el mismo escalofrío, esa mezcla de nerviosismo y necesidad.

Pero su expresión era distante.

—Llegas tarde —dijo ella, volviendo la mirada a los papeles.

—Son las seis y media —respondió él, algo confundido.

—Para mí, eso ya es tarde. Revisa el correo que te envié. Hay algo que necesito que veas.

Marcus asintió, aunque sabía que no lo escuchaba. Se sentó frente al monitor, pero su atención no estaba en la pantalla.

La miraba de reojo.

Había algo en su manera de moverse que no encajaba. Como si el aire a su alrededor pesara más de lo normal. Una mancha oscura —tal vez tinta, o pintura— se extendía en la manga de su blusa.

Marcus tragó saliva. No se atrevió a preguntar. A ella no le gustaba que la gente preguntara. Y, aun así, por dentro, hervían las dudas. Esa tensión, ese agotamiento, ese brillo extraño en sus ojos, todo eso tenía un nombre que él no podía evitar pensar: Mila.

Camila Switz.

La hermana que lo arruinaba todo. La razón por la que Nirelle a veces se quedaba mirando el vacío; por la que se alarmaba cada vez que su celular sonaba, por la que sonreía tan poco.

Marcus apenas la había visto un par de veces: una muchacha insolente, demasiado libre, demasiado viva, con esa forma de mirar el mundo como si nada le pesara.

Y la odiaba por eso. Odiaba esa ligereza.

Esa manera en la que Nirelle la defendía, como si fuera un reflejo de sí misma que necesitara proteger. Pensaba, con una rabia silenciosa, que Mila no merecía tenerla. No merecía ese amor, esa entrega, ese sacrificio constante que Nirelle hacía por ella.

Porque Nirelle era de otro tipo.

Era alguien que se desgastaba cuidando a los demás. Y Marcus lo sabía mejor que nadie, porque había aprendido a leer cada sombra en su rostro, cada temblor en sus manos. Ella no lo sabía, pero él la observaba, la seguía con la mirada cuando creía que nadie la miraba.

Y en su interior, guardaba una certeza que no se atrevía a pronunciar en voz alta: si pudiera, la arrancaría del mundo entero solo para que dejara de sufrir.

Y si eso significaba apartarla de Mila, lo haría sin dudar.