El escultor (La sinfonía del caos 1) 5
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BUCLE

La oscuridad tenía peso. Nirelle lo sintió primero en el pecho, una presión densa que le robaba el aire. Luego, poco a poco, el sonido comenzó a filtrarse en su mente, el llanto. Voces pequeñas, sollozos quebrados, y un murmullo constante que se arrastraba como un rezo macabro.

Abrió los ojos. Estaba en una sala inmensa, cubierta de mármol blanco.

El suelo reflejaba una luz grisácea, y el aire olía a hierro y humedad.

Frente a ella, una hilera de figuras inmóviles se alzaba sobre pedestales, esculturas vivientes con forma de mujer.

Sus rostros parecían pacíficos, pero de sus ojos de piedra caían hilos de sangre que se deslizaban por las mejillas y se mezclaban con el llanto de los niños.

En ese momento se dio cuenta que había niños.

Decenas de ellos. Sucios, con la piel marcada por cortes finos, intentaban alejarse, pero las estatuas parecían más cerca cada vez.

Moviéndose lentamente, con el sonido áspero del mármol rozando el suelo, extendiendo los brazos hacia ellos, que buscaban con desesperación la mirada de Nirelle.

Entonces Mila extendió las manos suplicando ayuda, en medio de los niños que lloraban.

Nirelle quiso gritar, pero su voz no salió. Quiso correr en busca de su hermana, pero sus pies estaban hundidos en el suelo, como si el mármol se hubiera vuelto líquido bajo su cuerpo.

—No mires —susurró Mila, cuando una de las mujeres de mármol la alcanzó.

—¡No! —gritó intentando alcanzarla.

Pero ya era tarde. Una de las figuras de mármol se desprendió del pedestal y caminó hacia ella. Tenía el rostro cubierto por un velo de piedra fina.

Escuchó entonces el sonido del cuero golpeando la piel. El chasquido seco retumbó en la sala, y Nirelle sintió el ardor extendiéndose por su espalda como si fuera real. Oía pasos lentos, firmes.

Venía por ella.

El sudor le corría por la frente, y el aire se impregnó del olor metálico de la sangre, una sangre que todavía no había sido derramada, pero que ya existía, esperándola.

Venía por ella.

El fantasma de unas manos apretándole la garganta la hizo estremecer. Intentó gritar, pero el sonido se perdió en la negrura. Un aliento fétido, húmedo, golpeó su rostro, arrancándole una arcada de horror.

Venía por ella.

Distinguió su silueta entre la sombra. Alta, imposible, con los bordes del mármol resquebrajándose a cada paso. El ruido que hacían las grietas al abrirse se mezclaba con el llanto de los niños, creando una sinfonía grotesca que le destrozaba los nervios.

El pánico la paralizó.

No podía moverse. No podía pensar. Solo sentir.

Está aquí.

La figura levantó una mano y esta vez, gotas negras resbalaban entre sus dedos. La estatua inclinó el rostro velado hacia ella, y el murmullo de los niños se transformó en una sola palabra que resonó dentro de su cabeza:

—Inmaculada…

Entonces todo se quebró. El suelo desapareció bajo sus pies, la luz se extinguió, y el grito de Nirelle se ahogó en el vacío antes de que pudiera escapar de sus labios.

Despertó de golpe. Empapada de sudor, con la respiración entrecortada, miró a su alrededor.

Su habitación estaba en completa oscuridad.

Las cortinas se agitaban con la brisa que entraba por la ventana, aunque no recordaba haberla dejado abierta.

Las manos le temblaban, su pecho subía y bajaba con la respiración descontrolada, podía sentir como un ataque de ansiedad se arrastraba desde el rincón más oscuro de su mente, como si hubiera estado esperando justo ese momento para regresar.

Y lo primero que buscó, sin pensar, fue a ella.

—Mila —susurró.

Su hermanita.

Siempre había estado ahí desde que huyeron del orfanato. Desde que eran dos adolescentes tratando de sobrevivir al mundo cruel. Y cuando las pesadillas llegaban, se abrazaban hasta que Nirelle era capaz de respirar otra vez. Solo que ahora no había nadie.

El lado de la cama donde Mila dormía estaba vacío, frío, golpeando con fuerza el pecho de Nirelle. Extendió el brazo, dispuesta a tomar su celular y volver a llamar a su hermana cuando lo escuchó. Un sonido leve, distante, que venía del pasillo.

Contuvo el aliento, prestó suficiente atención y por fin reconoció la melodía.

«Si la luz me olvida, pintaré su nombre en el aire, con los dedos manchados de rojo, para que el mundo recuerde que existí.»

Era la canción favorita de Mila. La escuchaba una y otra vez desde la primera vez que Nirelle se la había cantado. Le gustaba escucharla mientras pintaba, hasta que el eco de la letra se volvía parte del momento. El corazón de Nirelle dio un vuelco, y la esperanza se apoderó de su ser.

—Mila —murmuró mientras saltaba de la cama rumbo a la puerta.

Se adentro a la sala de su pequeño departamento, frunciendo el ceño por la oscuridad que lo envolvía. Si Mila estuviera pintando necesitaría luz. Pero la melodía seguía sonando, y justo cuando llegó al último verso, se detuvo un instante y volvió a empezar desde el principio.

—Mila, ¿estás aquí? —preguntó con voz temblorosa.

No hubo respuesta.

—Sé que estás molesta conmigo. Lamento lo que dije, pero tú podrías ser más consciente de lo mucho que me esfuerzo por ti. De todo lo que he sacrificado para ti.

De nuevo nada.

—Está bien si no quieres hablarme. Ya te lo dije antes, no voy a volver a ayudarte.

No te daré más dinero y no pienso seguir pagando la academia a menos que me obedezcas, que las cosas vuelvan a ser como antes.

—Contuvo el aliento esperando el grito o reclamo.

Pero solo consiguió más silencio—. Mila —gruñó buscando el interruptor de la luz, y lo encendió.

La sala que estaba sumida en sombras irregulares se iluminó, y el vacío rompió aún más el corazón de Nirelle. Sobre la mesa estaba el reproductor de música que seguía andando y una hoja de papel doblada a la mitad.

El aire se volvió más pesado cuando tomó la hoja y leyó la única palabra escrita en su interior: « Adiós» . Retrocedió un paso, casi sin aire. La canción seguía sonando, una y otra vez, repitiendo el mismo verso.

« Para que el mundo recuerde que existí.»

Y Nirelle comprendió que una vez más la habían abandonado.

Marcus Delarge, a diferencia del resto de Morvilianos, disfrutaba de la vida monótona.

Le gustaba tener una rutina que seguir y no se molestaba en hacer exactamente lo mismo cada día.

Encontraba en la repetición una especie de refugio, entre el mundo caótico que era el suyo, donde la línea entre la creatividad y la locura era tan delgada, la rutina era su manera de mantenerse cuerdo.

Le gustaba despertarse a la misma hora, preparar el café con dos cucharadas de azúcar, leer los titulares en la tableta mientras el agua hervía y luego conducir hasta la fiscalía por la misma ruta.

Sabía cuántos semáforos había entre su casa y el edificio y cuántos metros había entre el último y la oficina de la detective Northon.

Era un cálculo que lo tranquilizaba, le daba la sensación de tener control sobre algo.

Esa mañana, sin embargo, el aire era distinto.

Marcus caminó hasta el armario buscando la chaqueta del cuerpo de policías que aún usaba. No se atrevía a confesarle a sus padres que se estaba preparando para ser un detective de homicidios. Entonces, dentro del armario algo más llamó su atención.

El viejo violonchelo.

Estaba apoyado contra la pared, cubierto por una fina capa de polvo.

Aunque había sido movido de su lugar. Alguien había estado hurgando sus cosas de nuevo.

Marcus lo miró durante unos segundos, con un nudo formándose en el estómago.

Lo tomó con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera romperlo.

La madera fría le estremeció los dedos, y con ese simple contacto, los recuerdos se activaron.

El chelo. El instrumento que había marcado su infancia y que, en otro tiempo, estuvo a punto de convertirse en su destino.

Lo envolvió con cuidado entre mantas y decidió guardarlo en el sótano, junto al resto de los recuerdos viejos.

Mientras bajaba los escalones, el sonido hueco de sus pasos resonó en la penumbra.

Cuando llegó al final, su madre lo estaba esperando.

Por primera vez en semanas, le dirigió una mirada.

Sus ojos, de un marrón profundo, brillaron con una chispa de esperanza, y Marcus creyó distinguir el inicio de una sonrisa en sus labios carmín.

Se quedó quieto, sin saber qué hacer o decir.

Los ojos de su madre lo recorrieron de arriba abajo, deteniéndose por un instante en su chaqueta. Su expresión cambió: la luz se apagó en su mirada, reemplazada por un gesto que Marcus conocía demasiado bien. Una mezcla de duda, reproche y tristeza.

—¿Has recobrado el sentido? —preguntó la mujer, con esa voz que sonaba a eco. Era la primera vez que le hablaba en meses.

—Lo llevo al sótano —respondió él, después de meditar las palabras.

El ceño de su madre se frunció, y por un momento Marcus pensó que iba a detenerlo, a pedirle que no lo hiciera. Pero no dijo nada. Solo lo observó en silencio, como si ese acto —guardar el chelo— fuera una traición más.

Y tal vez lo era.

Marcus volvió a mirar el instrumento entre sus brazos.

Había crecido rodeado de música, de armonías y acordes que se filtraban por las paredes como una promesa que no le pertenecía.

Sus padres eran músicos reconocidos en toda la república de Canare, vivían por y para el arte.

Su padre, un violonchelista brillante, y su madre, una pianista prodigio que llenaba los teatros de Morvielle.

Eran admirados, celebrados, casi venerados.

Pero en su devoción por la música, no había espacio para nada más.