El escultor (La sinfonía del caos 1) 4
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RELICARIO

— El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Intente más tarde — escuchó la voz pregrabada desde la bocina de su celular.

Nirelle colgó antes de que los tres pitidos terminaran.

No estaba dispuesta a pagar por una llamada que nadie contestaría.

Respiró hondo, obligándose a no sucumbir al pánico.

Una parte de ella insistía en que estaba exagerando, pero el hecho de que ahora el celular de su hermana estuviera apagado le helaba la sangre.

Mordió con fuerza la punta de su pulgar, y volvió a marcar.

Contuvo la respiración mientras sostenía el aparato con ambas manos, cerca del oído.

Con cada pitido que resonaba en la línea, sentía cómo la paciencia que le quedaba se deslizaba fuera de su cuerpo.

Esa mañana había despertado con una sensación extraña, una tensión punzante, como un hilo tirante a punto de romperse. Sentía que algo estaba mal con Mila.

— El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Intente más tarde —repitió la voz.

El mensaje, tan frío y distante, se mezcló con el pensamiento que llevaba tiempo envenenándole la cabeza, el reproche constante hacia su hermana de haber sacrificado tanto por ella, tanto que ya ni recordaba quién era sin esa carga sobre los hombros.

Trabajaba, respiraba y existía únicamente para mantenerla a salvo.

¿Y qué recibía a cambio?

Desplantes, reclamos y la voz de la contestadora automática llenando el vacío del departamento.

Le pareció irónico, casi cómico, en un sentido cruel.

Era ella quien siempre intentaba salvar a Mila de los fantasmas del pasado, fue ella quien la sacó de aquel horrible orfanato y, aun así, cuando desaparecía buscando libertad, solo Nirelle quedaba para lidiar con las consecuencias.

A veces, en los rincones más oscuros de su mente, comparaba a su hermana con un parásito. Una criatura silenciosa que se alimentaba de todo lo bueno en ella, dejándola vacía. Luego se arrepentía de pensarlo, claro, pero eso no le quitaba peso al sentimiento.

—Basta de esto, tengo que ir a trabajar —murmuró poniéndose de pie.

Se vistió como siempre, con camisa gris, pantalón de vestir y saco azul marino. Al mirarse en el espejo empañado del baño, no se reconoció. Solo vio una silueta difusa, una mancha borrosa que caminaba, que actuaba, que fingía estar bien.

Salió al pasillo mientras se ataba el cabello con una liga floja. Pasó junto al sofá del salón y entonces un destello la detuvo. Parecía algo metálico debajo del mueble, definitivamente algo que no debía estar ahí.

Se agachó sin pensarlo. El corazón comenzó a golpearle el pecho con fuerza. Cuando sus dedos rozaron el objeto, se quedó inmóvil.

Era un espejo de bolsillo metálico, con forma de corazón. Una piedra roja decoraba el centro, y en la parte trasera, una C grabada con caligrafía delicada brillaba apenas bajo la luz.

En el estado de Morvielle, era tradición que cada familia conservara una pieza de arte personal: una pintura, un poema, un objeto simbólico que representara su historia. Aquellos tesoros se heredaban de generación en generación, como una forma de perpetuar la memoria.

El de Mila era ese espejo. Su tesoro familiar, y también lo único que conservaba de su madre. Para ella, no era solo un adorno ni una reliquia. Era el recuerdo tangible de que, en algún momento, tuvo una madre que la amó y la cuidó, hasta que el cáncer se la arrebató.

Mila no lo perdía.

No lo olvidaba.

No lo dejaba atrás.

Nunca.

—Tal vez no se dio cuenta… —murmuró Nirelle, más para convencerse a sí misma que por otra razón.

Pero el pensamiento de que algo andaba mal se clavó en su pecho, frío y afilado. Permaneció un momento en cuclillas, con el pequeño corazón metálico apretado entre los dedos. Luego se incorporó lentamente y se lo guardó en el bolsillo del saco antes de salir.

El motor del auto rugió con un sonido monótono mientras Nirelle se incorporaba al tráfico matutino. Las luces de la ciudad luchaban por mostrarse a través de la neblina que cubría las calles. Apretó con fuerza el volante, intentando concentrarse en la ruta, pero su mente no le obedecía.

El espejo pesaba dentro de su saco, y cada tanto, su mano se deslizaba hacia el bolsillo, sólo para asegurarse de que seguía ahí.

Pensó en llamar a alguien, en no pasar otro día sumida en la incertidumbre. Podría ser cualquiera, lo suficientemente cercano a Mila como para saber en dónde estaba. Entonces un nombre surgió en su mente.

Katherina.

Frunció el ceño apenas al recordarla. Aquella chica había aparecido en la vida de Mila hacía poco más de un año, y desde entonces, algo en su hermana cambió.

Dejó de pedirle ayuda con todo, de buscar su aprobación, de depender de ella para las cosas más pequeñas.

Katherina se convirtió en su confidente, en su compañera de aventuras, en su reemplazo.

Nirelle sabía que pensar así era egoísta, pero no podía evitarlo. Siempre había sido ella quien cuidaba de Mila, quien la mantenía a salvo de sí misma y del mundo. Y de pronto, esa muchacha de sonrisa fácil y ojos de cervatillo llegó a ocupar un lugar que no le pertenecía, sin pedir permiso.

Tomó aire y apretó el acelerador. El cielo se teñía de un gris claro que apenas insinuaba el amanecer.

En el asiento del copiloto descansaba su bolso, y dentro, su agenda entre papeles y notas de trabajo.

Bastaría con buscar el número de Katherina, marcar y quizá obtener una respuesta. Pero sus dedos no se movían.

Cada vez que pensaba en llamarla, la voz interior que llevaba años intentando callar susurraba lo mismo: si está con ella, significa que te reemplazó.

El semáforo cambió a rojo. Nirelle detuvo el auto y apoyó la frente contra el volante. El silencio del interior la envolvía, roto solo por el sonido del motor y el golpeteo leve de la primera lluvia otoñal contra el parabrisas.

Solo hazme saber que estas bien , suplicó en su mente.

Tomó la agenda con una mano temblorosa y la hojeó hasta encontrar el número escrito con tinta azul, en una esquina doblada de la página. Lo miró unos segundos, indecisa.

El semáforo volvió a ponerse en verde.

Nirelle suspiró, dejó la agenda sobre el asiento y retomó la marcha rumbo a la fiscalía.

Estacionó su auto frente al edificio donde trabajaba, con el motor aún encendido y las manos firmes sobre el volante. Se observó en el retrovisor. Sus ojos igual de muertos que los últimos días.

—Cobarde —murmuró, desbordando autodesprecio.

Apagó el motor, tomó el celular y su bolso del asiento del copiloto y salió del auto.

El aire frío de la mañana le golpeó el rostro, haciéndola parpadear, Se quedó de pie unos segundos junto a la puerta, mirando la pantalla.

Había escrito el número de Katherina y ahora estaba ahí, inmóvil, observándolo como una tentación.

Antes de pensarlo demasiado, pulsó « llamar» . El tono retumbó en su oído mientras caminaba hacia la entrada del edificio. Uno, dos, tres.

Nadie contestó.

Siguió avanzando, con el celular pegado a la oreja y el corazón latiendo con un ritmo incómodo, casi ansioso. El sonido repetitivo del timbre se mezclaba con el eco de sus pasos sobre el pavimento.

Cuatro, cinco tonos. Nada.

—Están juntas —murmuró destilando veneno.

Pensó en volver a llamar, en insistir hasta que le contestara, pero el alboroto en las escaleras llamó su atención. Voces mezcladas, gritos, el eco de los pasos apresurados. En la entrada, un grupo de personas se agolpaba contra las escaleras principales, exigiendo a gritos que los dejaran pasar.

—¡Queremos hablar con el fiscal! ¡No pueden ignorarnos! —clamaba una mujer desde el frente, con la voz cargada de rabia.

Entre la multitud distinguió a Fredi, uno de los novatos, intentando contener a los manifestantes con un gesto torpe de autoridad.

Su rostro estaba tenso, las manos extendidas, la radio colgando de su chaleco.

El instinto de Nirelle se activó antes de que pudiera pensarlo.

Subió los primeros escalones con paso rápido, dispuesta a intervenir.

Su equipo era su responsabilidad, y Fredi no debía enfrentar solo aquella escena que claramente lo superaba.

—¡Fredi! —llamó, elevando la voz sobre el murmullo creciente.

El joven giró apenas el rostro, aliviado al reconocerla, pero no tuvo tiempo de decir nada. Nirelle ya se había acercado lo suficiente para observar de cerca a los manifestantes. Fue entonces cuando lo notó.

Todos llevaban túnicas blancas. Y alrededor del cuello, un colgante idéntico: una esfera plateada con un símbolo de luz grabado en relieve en el centro, pero una de las sacerdotisas tenía un relicario extra colgando de su cuello.

Una estrella de ocho puntas grabada en metal oscuro, ligeramente escondida detrás del amuleto de la Orden de la Luz.

El corazón de Nirelle dio un vuelco.

El reconocimiento la golpeó con fuerza. Aquella estrella de ocho puntas pertenecía a los Iluminados, un grupo muy cercano a lo sectario derivado de la religión dominante en la República de Canare: la Orden de la Luz.

En Morvielle, el estado en el que vivía Nirelle, esa fe tenía una presencia más intensa, casi fanática que el resto del país prefería ignorar.

Oficialmente, el grupo de los Iluminados no estaba prohibido, era tolerado por las autoridades, aunque vigilado de cerca por su historial de incidentes y su tendencia al extremismo.

Y la mayoría de sus fieles creyentes preferían participar desde el anonimato, ninguno se atrevía a portar la estrella de ocho puntas con tanta libertad como aquella sacerdotisa.

Verlos ahí, frente a la fiscalía, vestidos con sus túnicas blancas y aquel símbolo colgando sobre el pecho, le revolvió el estómago. No eran ilegales, no podían arrestarlos por su manera de vivir la fe, pero su sola presencia bastaba para helarle la sangre.

Un zumbido le recorrió los oídos. El aire parecía haberse vuelto pesado, casi irrespirable. La voz de Fredi se perdió entre las protestas. Nirelle retrocedió un paso, intentando mantener la compostura, cuando uno de ellos la miró directamente y entonces las primeras voces comenzaron a pronunciarlo.

—¡Inmaculada! —clamó una mujer, alzando las manos.

—¡La Inmaculada está entre nosotros! —gritó otro, y pronto el coro se expandió, multiplicándose como un eco enfermizo.

Nirelle retrocedió un paso, luego otro. Sintió cómo el estómago se le encogía, y su respiración se volvió errática. Los ojos de aquellos fanáticos se clavaron en ella.

No.

—¡Retrocedan! —ordenó Fredi levantando los brazos, nervioso, intentando dispersarlos.

—¡Ya basta! —ordenó el detective Blanchard saliendo del edificio. Era uno de los detectives veteranos y reconocidos del gremio, su presencia imponía respeto incluso entre los manifestantes que comenzaron a retroceder a regañadientes bajo la presión de su mirada fría.

—Detective Northon —dijo, inclinándose apenas hacia Nirelle—. Entre, por favor. Yo me haré cargo de esto.

—Detective, yo puedo…

—No. Entre —repitió él, con tono firme. Luego hizo un gesto con la mano para enfatizar su orden.

Nirelle asintió en silencio. Apenas podía sostenerle la mirada.

Sentía el temblor recorrerle las manos mientras subía los escalones.

Dentro del edificio, el aire estaba más frío, pero no la aliviaba.

Caminó con paso rápido hasta el final del pasillo y se refugió en el baño del segundo piso.

Apenas cerró la puerta, apoyó la espalda contra el muro y dejó que el temblor la dominara.

El espejo sobre el lavabo devolvía su reflejo pálido, deshecho. El sudor le corría por las sienes, y sus dedos, al intentar abrir el grifo, apenas respondían.

Afuera, Marcus llegaba a la fiscalía justo cuando el detective Blanchard levantaba la voz frente a un grupo de religiosos.

El grupo comenzaba a dispersarse, aunque lo hacían sin perder esa calma inquietante que los caracterizaba.

Sus túnicas blancas se agitaban con el viento y el sonido de los colgantes de metal chocando entre sí, producía un tintineo hipnótico.

Marcus se quedó observándolos unos segundos, con el ceño fruncido.

Aquella gente lo ponía nervioso, desde niño había escuchado los rumores sobre los rituales macabros que hacían en el pasado, antes de la independencia y que Canare se convirtiera en república.

En aquel tiempo la corona aceptó los actos profanos que los religiosos y demás grupos sectarios hacían en nombre de la fe.

Marcus tragó saliva, incómodo. No sabía si todo eso era verdad, pero bastaba con ver sus rostros para sentir que algo en ellos no pertenecía a este mundo. Entonces la detective Northon se apoderó de sus pensamientos.

La imagen de ella cruzó su mente como un presentimiento. Aceleró el paso, subió las escaleras y entró al edificio casi corriendo, saludó apenas a Fredi al pasar, sin detenerse.

La encontró en su despacho, sentada frente al escritorio. Parecía inmóvil, como si el mundo a su alrededor careciera de sentido. Los documentos frente a ella estaban perfectamente ordenados, y sus ojos recorrían las líneas con naturalidad.

Marcus se acercó, preocupado.

—Detective Northon —saludó, esperando alguna señal.

Nirelle levantó la vista, y lo observó durante unos segundos con los ojos entrecerrados.

—Llegas tarde. Revisa el correo que te envié esta mañana.

Marcus la miró sin saber qué decir. No parecía alterada, pero había algo distinto en ella, una frialdad aterradora que lo obligó a tragar saliva.

—Usted… ¿vio a los de afuera? —se atrevió a preguntar, refiriéndose a los religiosos.

Ella no respondió, simplemente volvió la mirada a los papeles.

—Revisa el correo, Marcus —repitió en voz baja, pero firme.

Él asintió, aunque no se movió de inmediato. Observó su perfil, la forma en que sostenía el bolígrafo, el temblor leve en su mano derecha que intentaba disimular. Y sintió, una vez más, esa necesidad casi dolorosa de agradarle. De hacer algo que le devolviera la calma, que la hiciera verlo.

Pero Nirelle ya había olvidado su presencia. Su atención estaba hundida en los documentos, en ese silencio espeso que lo excluía de todo. Marcus apretó los puños, incapaz de apartar la mirada.

Si al menos me dejara ayudarla , pensó. Pero sabía que no lo haría.