3
NORMALIDAD
El reloj de pared marcaba las dos de la madrugada.
La oficina de la detective Northon era un rectángulo de paredes grises, con una ventana alta que apenas dejaba pasar la luz. En un rincón, sobre el archivero descansaban tres piezas abstractas de mármol que Nirelle había intentado hacer.
Frente a su escritorio, del lado izquierdo había una mesa plegable y una silla improvisadas, donde Marcus trataba de abrir espacio entre las carpetas y su taza de café. Y a pesar de la hora, el pasillo seguía activo, se escuchaban risas, pasos y murmullos.
Los novatos iban y venían por el pasillo, cruzando frente a la puerta de vidrio.
Cada uno de ellos dándole una mirada de desdén a Marcus antes de seguir su camino.
El muchacho se encogió sobre sí mismo. El reflejo en el vidrio le devolvió su propia figura encorvada.
Por un segundo pensó levantarse, salir y decir algo.
Pero no lo hizo, prefirió beber su café y concentrarse en su trabajo.
—Tal vez debería regresar a la colmena —dijo Marcus, notando como otro de los novatos lo miraba mal.
—No puedes —respondió Nirelle sin levantar la vista del ordenador—. No pienso caminar tres pasillos cada vez que necesite que revises una lista de testigos.
—Podría caminar yo —sugirió Marcus.
—No, perderíamos tiempo.
—Así que estoy aquí por eficiencia. Pensé que era afecto —bromeó Marcus.
—No pienses tanto.
Marcus sonrió, aunque sabía que ella no lo decía en broma. Volvió la vista al pasillo, desde su lugar podía ver a los otros ayudantes.
Le llamaban « la colmena» al enjambre de cubículos al fondo del pasillo, entre teléfonos que sonaban sin respuesta y papeles amontonados.
Era fácil perderse ahí. En cambio, la oficina de Nirelle olía a café fuerte y siempre estaba en orden, cada documento tenía su sitio y cada caso su etiqueta.
Definitivamente prefería estar ahí que en la colmena, aunque por ese motivo se ganara el desprecio del resto de novatos.
En la pantalla, las fotografías de la Galería de los Espejos se desplegaban una por una. El brillo de la máscara. Los pliegues. Los símbolos.
—La misma técnica —murmuró Marcus, inclinándose hacia ella—. Misma precisión, misma simetría.
—Sí, pero hay algo nuevo —dijo Nirelle ampliando una de las imágenes—. Mira esto.
Marcus se apresuró a rodear el escritorio y acercarse a ella, quien señalaba el cuello de la víctima, donde los símbolos se repetían en espiral.
—No lo había visto antes —continuó Nirelle—, pero me resulta familiar. Como si… —Se detuvo.
El muchacho esperó.
—Como si lo hubiera visto en otro sitio —concluyó ella, sin apartar la vista de la pantalla—. Revisa si ya tenemos acceso a la base de datos privada, necesitamos analizar todos los casos que puedan tener similitud, incluso los que se hayan archivado como clasificados.
—Por supuesto —respondió Marcus.
La detective tomó su teléfono y marcó el número de Mila.
—Contesta —murmuró.
El tono de fondo seguía sonando una y otra vez, pero nadie atendió. Al final se rindió y colgó despacio.
Marcus la observaba, tratando de adivinar qué pasaba por su mente.
—¿Todo bien?
—Sí —mintió ella, cerrando de golpe la carpeta digital—. Volvamos a las marcas.
Marcus observó con recelo la pantalla apagada del celular de Nirelle.
—Debería llamarla otra vez.
—Y tú deberías aprender a meterte en tus propios asuntos —espetó Nirelle.
El muchacho levantó las manos, rendido. Nirelle respiró hondo y volvió a mirar la pantalla.
El sol se filtró por las persianas y cayó sobre los montones de papeles, sobre las tazas vacías, y la figura de Marcus dormido, todavía inclinado sobre su escritorio improvisado.
Nirelle, con la cabeza recostada en un brazo, despertó con un ligero sobresalto. Por un segundo no supo si seguía en la galería o en su departamento. El sonido de unos tacones en el pasillo rompió el silencio y le hizo saber que estaba en la oficina.
—Por favor, dime que al menos te has cepillado los dientes —dijo una voz femenina desde la puerta.
Rita tenía ambas manos apoyadas en la cintura, llevaba puesto su uniforme del cuerpo de investigación, impecable y un gafete en el que se leía «Rita Jiménez, psicóloga criminal».
En su rostro perlado, se dibujaba una expresión de exasperación maternal y sus grandes ojos verdes recorrían cada parte de Nirelle buscando indicios de enfermedad.
—Buenos días a ti también —murmuró Nirelle, masajeándose la sien.
—¿Buenos días? —ironizó—. ¡Nirelle mira esto! —Rita señaló la oficina—. Tazas, carpetas, basura. ¡Mírate esas ojeras!… ¿Y él quién es?
Marcus levantó la cabeza, el cabello castaño revuelto y los ojos rojos por la falta de sueño. El muchacho tardó unos segundos en despabilarse y entender lo que estaba sucediendo.
—Marcus —dijo con la voz ronca por el sueño, incorporándose—. Marcus Delarge.
Rita lo observó un segundo, arqueando una ceja, para luego regresar la vista a Nirelle.
—¿Y por qué el pobre Marcus Delarge está atrapado aquí contigo en lugar de estar durmiendo como un ser humano normal?
Nirelle se estiró, tomó su abrigo del respaldo de la silla y respondió con la voz ronca por el insomnio.
—Es mi nuevo compañero.
—Compañero —repitió Rita, mirando el escritorio improvisado—. ¿Y por eso lo tienes en un rincón de tu oficina como si fuera una mascota? —preguntó con ironía, luego miró a Marcus y pronunció un—: sin ofender.
El muchacho solo se encogió de hombros restándole importancia.
—Es práctico —dijo Nirelle, encogiéndose de hombros—. Los cubículos están demasiado lejos.
—¿Práctico? ¡Nire, esto parece un secuestro laboral!
Nirelle la observó con el ceño fruncido, como si su amiga estuviera haciendo escándalo por algo tan banal. Rita suspiró rendida y señaló hacia el pasillo.
—Los dos necesitan un café decente y comida real. Vamos a desayunar. Yo invito.
Marcus se apresuró a detenerla.
—Agradezco mucho la oferta, pero preferiría ir a casa, tomar una ducha y volver enseguida.
—No hace falta —interrumpió Nirelle—. Descansa, llevamos dos días aquí. Te veo mañana a primera hora.
—¿Está segura, detective Northon?
—Segura. —Lo miró apenas un instante—. Buen trabajo, Marcus.
Él sonrió con timidez, tratando de ocultar el brillo de orgullo que se encendía en sus ojos.
—Gracias detective —respondió y se marchó.
Rita esperó a que la puerta se cerrara detrás de Marcus y bufó.
—Eres incorregible, si sigues tratando así a los novatos nadie va a querer trabajar contigo en el futuro. Pensarán que eres una clase de dictadora laboral.
—Que crean lo que quieran —respondió Nirelle, recogiendo los papeles más cercanos.
Rita la detuvo tomándola de la muñeca, y tiró de ella rumbo a la puerta.
—Vamos a desayunar antes de que encuentres alguna excusa para quedarte.
Montfleur la recibió con su luz dorada y perfección escenográfica.
Las calles parecían recién pintadas y hasta los policías de turno parecían haber ensayado cómo caminar.
A unas pocas cuadras de la fiscalía, las cafeterías y restaurantes se alineaban como joyas en una vitrina, con vitrales de colores, fuentes con esculturas y mesas de madera o mármol donde los artistas, escritores y críticos desayunaban rodeados de humo y conversación.
Entraron a su cafetería favorita, Le Pavillon Bleu, una de las más antiguas con tono bohemio, decorada con frescos de nubes y espejos ahumados. El aroma a pan recién horneado y café tostado llenaba el aire.
Rita pidió un cappuccino con canela; Nirelle solo café negro.
—No sé cómo puedes beber eso sin azúcar —dijo Rita, revolviendo el suyo.
—El azúcar maquilla las cosas —respondió Nirelle, mirando por la ventana.
No había visto la hora, pero afuera Montfleur despertaba. Cada aspecto parecía parte de una coreografía invisible, no por nada el estado de Morvielle era el productor de arte, y Montfleur su capital, una ciudad entera dedicada al arte de fingir perfección.
Rita observó un momento en silencio a su amiga, sabiendo que detrás de la calma había una tormenta que crecía.
—Tienes una mancha de pintura en la oreja —dijo finalmente.
Nirelle llevó su mano al lugar indicado y rasgó la costra seca.
—Estuve pintando el lunes —murmuró demasiado rápido, casi a la defensiva.
—¿El lunes? ¿Hace cuánto no vas a casa a darte un baño y dormir adecuadamente? —preguntó Rita, con el ceño fruncido.
—No sé, ¿dos días?
Rita soltó una risa suave y negó con la cabeza.
—Eres un desastre.
—¿Hace cuanto tú no vas a casa? —cuestionó Nirelle con un amago de sonrisa en los labios.
—Es diferente. Ya conseguí un departamento propio, no es necesario regresar a ese lugar.
—¿De verdad? ¿Cuándo?
—Dos días —dijo Rita.
Fue el turno de Nirelle de negar y reír.
El sol se filtraba a través de los vitrales, tiñendo la mesa en tonos dorados y azules. Por un momento, Nirelle olvidó su preocupación por Mila. Solo por un momento. El instante que le tomó a Rita descifrar la tormenta en los ojos azules de su mejor amiga.
—Se volvió a ir, ¿verdad?
Nirelle alzó la vista, sorprendida por lo directo del comentario.
—Sí —dijo finalmente—. Desde el lunes no contesta el teléfono.
—¿Y ahora por qué discutieron?
—Cosas —respondió Nirelle, luciendo aún más cansada.
Como si el hecho de que Rita descubriera lo que sucedía, de alguna manera le permitiera dejar de fingir.
Rita no se quedó conforme con la respuesta de Nirelle, pero no insistió.
Había aprendido que, con su amiga, las palabras debían usarse con precaución y nunca debía escarbar más allá de lo que ella le permitía.
Si intentaba preguntar algo más o presionar la respuesta con más insistencia, Nirelle se cerraría como una caja fuerte y pasarían meses antes de que volviera a permitirle un atisbo de su interior.
Así que asintió en silencio, tratando de averiguar algo del lenguaje corporal de su amiga.
Observó como los mechones de cabello blanco de Nirelle se escapaban de la coleta alta que siempre llevaba, y como su traje azul marino hacía un contraste maravilloso con la piel de alabastro.
El que Nirelle fuese albina era algo que llamaba la atención de cualquiera.
Un suspiro escapó de los labios de Nirelle. Se restregó el rostro, sus ojos ardían. Era evidente el cansancio acumulado, la falta de sueño, la tensión contenida.
La ausencia de Mila siempre tenía ese efecto. El silencio la incomodaba. No tanto por la soledad en sí, sino por el espacio que dejaba para que sus pensamientos más oscuros tomaran forma. Era como si su mente fuera un cuarto cerrado y el silencio, la llave que liberaba lo que había adentro.
En ese vacío, el autodesprecio tomaba la delantera, rodeándola poco a poco, hasta que respirar se volvía difícil.
Y cuando estaba lo suficientemente débil, esos demonios le susurraban al oído.
Por eso trabajaba hasta tarde. Porque el ruido del trabajo —el sonido de los teclados, las voces en los pasillos, el zumbido de las lámparas— era su única manera de callarlos.
Rita la observaba en silencio, removiendo el café con la cucharita, haciendo un leve tintineo que rompía la tensión, pensando que, si no quisiera tanto a Nirelle, ya habría dejado de respetar esos límites que se imponía y habría permitido que su mente —entrenada para eso— empezara a analizarla y desarmarla en preguntas que no estaba dispuesta a hacerle.
—¿Quieres que pase por tu casa más tarde? —preguntó con suavidad—. Puedo quedarme contigo hasta que llame.
Nirelle negó con la cabeza.
—No hace falta.
—¿Segura?
—Estoy bien, solo estoy cansada.
Rita la miró un momento más, sabiendo que « cansada» en boca de Nirelle significaba «déjame en paz, no preguntes» .
—Está bien —cedió, apoyando la taza—. Pero prométeme que, si te aburres demasiado, me llamarás.
Nirelle asintió sin convicción.
Afuera, el día seguía avanzando. La gente sonreía, los escaparates brillaban, y una suave música de cuerdas salía desde algún café vecino. Entonces alguien encendió el televisor y el ruido captó la atención de ambas.
La pantalla suspendida sobre la barra, trasmitía el noticiero matutino local. El presentador hablaba con tono grave, acompañado por imágenes de la galería de los espejos y como titular “El Escultor”.
—Ya empezaron —murmuró Rita, revolviendo su café—. Convertirán el cuerpo en tendencia antes de la hora del almuerzo.
Nirelle levantó la vista justo cuando apareció en pantalla un hombre que había visto antes en conferencias de arte.
Sebastian Mourier.
El rótulo bajo su nombre lo presentaba como «crítico de arte y ensayista invitado».
Hablaba con calma, con un acento particular que volvía cada palabra meliflua. El rostro, de facciones duras y mirada fija, irradiaba autoridad silenciosa. Vestía completamente de negro y ningún adorno.
—El problema no es el crimen, es lo que revela —decía en la entrevista—. El Escultor no es un asesino común. Es un artista que ha llevado el concepto de belleza más allá del límite moral. Ha comprendido que la forma perfecta solo puede nacer del conflicto entre la creación y la destrucción.
Rita soltó una carcajada seca.
—¿Perdón? ¿Un artista?
—Escúchalo —murmuró Nirelle, sin apartar la vista.
Sebastian continuó:
—El Escultor solo está haciendo visible la hipocresía de nuestra devoción por la belleza.
—Recargó el codo en el antebrazo de su asiento y continuó hablando—: Piénselo de esta manera, vivimos en una ciudad que adora la forma y desprecia el fondo.
Que eleva la belleza a la categoría de fe.
Y cuando una sociedad convierte la estética en religión, no debería sorprendernos que sus dioses pidan sacrificios.
—Está glorificando un asesinato —replicó Rita—. ¿Lo estás escuchando? Está hablando de martirio y conflicto mientras hay una familia identificando restos.
—No lo glorifica —respondió Nirelle, con voz baja—. Lo interpreta.
Rita la miró como si acabara de decir una blasfemia.
—¿Interpretar qué? ¿La muerte como performance?
—No —dijo Nirelle, sin dejar de mirar la pantalla—. Solo déjame escuchar.
Sebastian sonrió apenas en la entrevista, un gesto breve, casi imperceptible.
—El llamado Escultor —continuó Mourier—, no es un artista en el sentido tradicional, claro, pero entiende el lenguaje de esta ciudad mejor que cualquier pintor o académico.
Nos obliga a mirar. A recordar que detrás de la belleza hay carne.
El Escultor —dijo entonces—, ha aceptado su oscuridad interior. Y en eso, creo, radica su genio.
Rita dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Dios, qué tipo tan detestable. Seguro nunca ha visto un cuerpo fuera de un museo.
Pero Nirelle seguía inmóvil, hipnotizada por la forma en que el hombre parecía alabar al asesino.
—Escribiré un artículo sobre el tema, podrán encontrarlo en mi página oficial —concluyó Mourier.
Nirelle sacó una libreta de su bolso y un bolígrafo y anotó el nombre del crítico y la liga de su sitio web oficial.
Rita resopló.
—No me digas que te pareció brillante.
—Yo diría más bien interesante —contestó, terminando el resto de su café.