El escultor (La sinfonía del caos 1) 2
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CRIMEN

El aire olía a humedad, a resina y a algo más apenas perceptible, pero lo bastante presente para erizarle la piel: sangre. La escultura se alzaba sobre un pedestal oscuro, bañada por la luz blanca de los reflectores que delineaban cada curva, cada hendidura haciéndola bella.

Atrozmente bella.

El cuerpo femenino había sido acomodado con tanta delicadeza que rozaba lo divino, tenía las manos extendidas hacia arriba, como si implorara salvación y la espalda arqueada con dramatismo teatral. Del torso, las costillas emergían con brutalidad y terminaban afinándose, transformadas en pinceles.

No parecía una víctima, era más bien una ofrenda.

Nirelle dio un paso más, embelesada en el rostro de aquella figura.

O la ausencia de uno. Una máscara blanca, pulida hasta lo impecable, cubría por completo la cara, no tenía ojos, ni boca, ni nariz.

Era solo una superficie lisa, negando toda identidad.

Nirelle, manteniendo su rostro desprovisto de emociones, se acercó más, lo suficiente para poder leer lo que había sido grabado en el pedestal, leyó un par de veces antes de entender lo que aquellas letras decían.

«El mediocre se arrodilla ante la luz, pero no la comprende.

Solo el que se consume en ella puede llamarse digno.»

El mensaje era tan claro que le revolvió el estómago.

Indigna.

A su alrededor, los espejos reflejaban la escena desde todos los ángulos. Cien versiones del mismo cuerpo multiplicadas hasta el infinito. En cada reflejo la máscara le devolvía la luz como una blasfemia, pureza tan absoluta que resultaba insoportable.

Marcus se aclaró la garganta detrás de ella.

—El forense aún no quiere tocar nada —murmuró en voz baja—. Dijo que hay un patrón nuevo en los cortes.

Nirelle no le prestó atención, el corazón le latía en las sienes con un ritmo que competía con el zumbido de los reflectores, y no podía apartar la vista.

Aunque en el exterior, se esforzaba por ocultar las emociones que aquel arte le provocaba, debía ser profesional, no una admiradora del Escultor, quien había elevado su obra a una nueva categoría.

Marcus seguía quieto, unos pasos detrás de ella, intentando no mirarla demasiado tiempo.

Era la primera vez que veía de cerca las obras del Escultor y se notaba.

Antes de ese día solo había escuchado y visto los reportes en la oficina de Nirelle.

Esa era la principal razón de por qué estaba pálido y mantenía las manos dentro de los bolsillos de su abrigo, los nudillos tensos bajo la tela le daban valor.

Y, aunque quería ocultarlo, cada cierto tiempo tragaba saliva, como si buscara borrar un sabor metálico que no se iba.

—No puedo… —empezó, pero la voz se le quebró. Respiró hondo y volvió a intentarlo—. No puedo creer que alguien sea capaz de esto…

Nirelle no respondió.

—Lo intento, pero sigo sin entender. ¿Por qué? —continuó el muchacho, sin apartar la vista del cuerpo—. ¿Por qué un ser humano haría algo así?

Ella giró apenas la cabeza, observándolo por el rabillo del ojo. Podía notar que había en Marcus algo intacto, casi inocente, supuso que era la fe que ella hacía tiempo había perdido.

—Porque puede —respondió Nirelle en un susurro.

—¿Eso es todo? ¿Porque puede?

—La capacidad y la necesidad no siempre se distinguen. Algunos nacen con un talento que el mundo no debería haberles permitido descubrir.

Marcus apartó la mirada, exhalando despacio.

—No lo entiendo. Esto no es arte.

Nirelle sostuvo la vista en la escultura.

—En Morvielle todo lo es.

El silencio cayó de nuevo, pesado, interrumpido solo por el zumbido de las luces.

—¿Sabe qué me aterra? —dijo Marcus al fin—. Que haya gente allá afuera que mire esto y no vea un crimen. Que lo admire.

—Lo admirarán —dijo Nirelle, sin emoción—. Es lo que él quiere.

Marcus la observó unos segundos más, intentando descifrar qué sentía ella en realidad. Pero el rostro de Nirelle era una superficie tan lisa como la máscara frente a ellos.

—Voy a hablar con el forense —murmuró, y se alejó despacio, sin dejar de frotarse las manos.

Nirelle quedó sola frente al pedestal. El brillo blanco de la máscara le devolvía su propia imagen descompuesta, una sombra moviéndose detrás de la pureza.

Y por un segundo, se preguntó si el Escultor habría imaginado a todos los ciudadanos, así como estaba ella en ese momento: fascinada por su obra.

Le sudaban las manos, quería acortar la distancia y admirar el arte más de cerca.

Pero tuvo que esperar a que Marcus se alejara antes de hacerlo.

El aire se había vuelto espeso ahí, saturado de calor y de ese olor agrio que la sangre dejaba al secarse.

Se inclinó, manteniendo las manos detrás de la espalda.

Las víctimas del Escultor siempre contaban la misma historia: cuerpos que mostraban lucha, marcas simétricas y cortes hechos con exactitud.

Ninguno de sus gestos era accidental, incluso la tortura parecía parte fundamental del proceso.

Pero algo en esa pieza era distinto.

Bajo la máscara, el cuello mostraba una serie de incisiones finas, casi decorativas, dispuestas en espiral. No eran simples cortes, cada uno terminaba en una pequeña curva, un símbolo repetido una y otra vez. Se inclinó más.

No recordaba haber visto esas figuras en el primer informe, ni en los cuerpos que ella misma tuvo oportunidad de examinar cuando solo buscaban su opinión profesional.

No exactamente así, aquellos parecían un débil intento.

Trazó con la mirada tres líneas que se unían en un punto central, una especie de trinidad invertida.

Otro símbolo junto a la clavícula, parecía una runa o una letra de un idioma olvidado.

Repitiendo con intención la secuencia ordenada.

Los ha usado antes, pensó. Estoy segura .

Sintió el impulso de buscar entre los recuerdos, de arrastrar esas imágenes desde el fondo de la memoria, pero algo la frenó. Era como si una mano invisible tirara del hilo justo cuando estaba a punto de alcanzarlo. Un zumbido le llenó los oídos, parpadeó, respiró hondo.

No podía recordar.

En el reflejo del espejo más cercano, la figura enmascarada parecía observarla. Y por un segundo, solo un segundo, creyó ver los símbolos arder con un resplandor leve, casi dorado por el fuego, como si respondieran a su mirada.

El ruido de zancadas acercándose la sacó del pozo en el que se estaba hundiendo. Marcus se colocó a su lado, pareciendo más pálido que antes.

Nirelle tragó saliva antes de hablar.

—¿Estás bien? —preguntó sin apartar la vista del cuerpo.

Él asintió, aunque la forma en que lo hizo solo confirmó lo contrario.

—Creo que vomité un poco —admitió, con una sonrisa débil que intentaba disimular el temblor de su voz.

Nirelle no respondió. Apenas inclinó la cabeza, entre el desdén y la comprensión.

—Regresemos a la fiscalía —ordenó.

—Sí, claro.

Mientras Marcus se alejaba, ella se giró hacia el equipo de criminalística.

—Nada debe estar contaminado —dijo con tono seco—. Quiero un registro fotográfico completo, luces a cuarenta grados, sin flash directo sobre la máscara. Y que analicen las incisiones, profundidad, secuencia y dirección de corte. Cada detalle.

—Entendido, detective Northon —respondió uno de los técnicos.

Nirelle dio una última mirada a la figura sobre el pedestal. La blancura de la máscara parecía absorber la luz, como si la misma galería fuera un ente viviente.

—Que recojan todo cuando terminen, no dejen que los fanáticos religiosos encuentren nada —dijo, y salió del edificio.

Afuera, el aire frío de la mañana le golpeó la cara. Montfleur brillaba con su falsa perfección de vitrinas pulidas, flores recién regadas, transeúntes que caminaban con elegancia y el aura artística que había en todo el estado.

Marcus la alcanzó en la acera, todavía con las manos en los bolsillos y un rastro de náusea en el rostro.

—¿Puedo ir con usted? Llegué en taxi —preguntó el hombre.

—Vamos.

Subieron al auto, Nirelle lo encendió y salieron de vuelta acompañados del silencio durante varias cuadras. Hasta que Marcus no lo soportó y sin dejar de mirar por la ventanilla empezó a hablar.

—Debí hacerles caso a mis padres y no dejar el chelo.

Nirelle meditó un par de segundos si mantener su preciado silencio o sucumbir a la necesidad de ruido de su compañero. Recordó lo pálido que aún estaba así que se rindió.

—¿El chelo? —preguntó alzando una sola ceja.

—Sí —esbozó una sonrisa, parecía aliviado de tener conversación—. Y era bueno ¿sabe? Solía tocar en las casas de oración y en las plazas con mi grupo de la escuela. Tocábamos también en los funerales, decían que brillamos más en esos momentos. Supongo que por eso terminé en homicidios.

Nirelle no dijo nada. Y Marcus continuó, incapaz de dejar el silencio quieto.

—Lo de hoy… —Sacudió la cabeza—. Esto es demasiado. No sé cómo logra mirar esas cosas sin que se le revuelva el estómago.

—No es que no se revuelva —respondió ella—. Es que aprendes a soportarlo.

Él la observó unos segundos, buscando ironía, pero no encontró nada.

—¿Usted cree que este asesino hace arte?

—Es lo único que queda cuando te acostumbras al horror —dijo Nirelle, con la mirada fija en la carretera.

Marcus soltó una risa apagada.

—Un poco cruel ¿no cree?

—Práctico.

El hombre se recargó en el asiento y guardó silencio de nuevo. Parecía darle vuelta a la conversación en su mente una y otra vez.

A Nirelle le parecía que Marcus era débil.

Y no por su edad —tenía apenas 26 años—, sino por algo más simple, el muchacho sentía demasiado.

Cada rostro, cada historia, se impregnaban en su mente como una nota disonante que no sabía callar, se sentía responsable de cada desaparición y lloraba a cada muerto como si fuese un miembro de su familia.

Nirelle en cambio, no sentía mucho. No le importaban los muertos, solo resolver el caso, y cobrar el dinero que ponía un techo sobre su cabeza y un plato caliente de comida para ella y su hermana.

Una hermana desconsiderada que no se tomaba la molestia de avisarle en donde estaría.

El edificio de la fiscalía de Montfleur se alzaba en el corazón del distrito judicial, una estructura de piedra pálida y columnas neoclásicas, herencia de los tiempos en que la justicia y la fe compartían techo.

Nirelle estacionó el auto frente a la escalinata principal y bajó.

Marcus salió detrás de ella, todavía con el gesto tenso y el estómago seguramente aún revuelto.

—Tómate un café antes de subir —dijo Nirelle mientras avanzaba hacia la entrada—. O dos.

Marcus intentó reír.

—Gracias, detective.

La puerta principal se abrió con un chirrido elegante. Dentro, el mármol del vestíbulo brillaba, y los retratos de los fiscales anteriores colgaban sobre las paredes, dando la bienvenida a quien entrara. Todos con el mismo aire de falsa nobleza.

El murmullo del edificio era un río de voces, pasos y olor a café recién hecho.

En el despacho del director de investigación criminal la decoración cambiaba a madera oscura, una escultura abstracta sobre el escritorio y una bandera del estado y otra del país cuidadosamente dobladas en cada esquina detrás de su asiento.

—Detective Northon —dijo la voz grave desde el fondo.

El fiscal en jefe, Ernest Lavoisier, ni siquiera se levantó. Tenía el porte de un hombre acostumbrado a dar órdenes.

—Señor —respondió Nirelle, con un gesto breve de saludo.

—Me avisaron que tuvo una mañana ocupada —dijo Lavoisier, hojeando papeles mientras fingía leerlos—. Otro cuerpo. En la galería de los espejos nada menos.

—Sí. Todo indica que es el mismo autor.

—El Escultor… —murmuró, como si saboreara la palabra con fastidio—. Qué nombre más dramático para un asesino. Los medios están haciendo de esto un circo.

Nirelle se mantuvo inmóvil, sin alterar el tono.

—No se trata de los medios, señor.

Lavoisier levantó la vista. Su sonrisa era cortés, pero sus ojos estaban llenos de desprecio.

—Todo en esta ciudad se trata de los medios, Northon. De la imagen. Y tú, francamente, no proyectas la clase de imagen que Montfleur necesita ahora.

—Entiendo —dijo ella, aunque no lo hacía.

—Confío en que esta vez mantengas un perfil discreto. —Su voz se volvió más dura—. Ya has tenido demasiada exposición con los casos anteriores. No querrás parecer ambiciosa.

Nirelle apretó la mandíbula.

—Solo quiero hacer mi trabajo.

—Claro. —Él cerró la carpeta con un golpe seco—. Entonces hazlo. Pero recuerda que la gente quiere resultados presentables.

Marcus, que había permanecido junto a la puerta intentando parecer invisible, carraspeó.

—Señor, la escena fue…

—No te pedí tu opinión, muchacho —lo interrumpió Lavoisier con un gesto de desdén—. Puedes retirarte.

Marcus bajó la mirada y salió del despacho sin decir nada.

Lavoisier esperó a que la puerta se cerrara para continuar:

—Un nuevo ayudante. ¿Te sientes cómoda con él?

—Hace su trabajo.

—Demasiado joven, demasiado blando —dijo el jefe, con un dejo de burla—. Supongo que en eso coinciden.

Nirelle no respondió. Sabía reconocer una provocación cuando la oía.

—Eso es todo, Northon —concluyó Lavoisier, girando su silla hacia la ventana.

Ella salió sin despedirse.

En el pasillo, Marcus la esperaba apoyado contra la pared con dos cafés en las manos.

—¿Cómo fue? —preguntó.

—Como siempre. —Tomó el vaso que le ofrecía, notando que el muchacho seguía viéndose enfermo—. Cálmate, no vayas a perder el desayuno otra vez.

Marcus sonrió, cansado, y siguió a Nirelle.