El escultor (La sinfonía del caos 1) 1
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El escultor (La sinfonía del caos 1)

El escultor (La sinfonía del caos 1)

Por Jasio Kill

© inepub.com

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SILENCIO

—Mila, apaga eso —protestó sin abrir los ojos.

El silencio respondió.

—¡Mila! ¡Apaga eso! —repitió, tanteando la cama en busca de un cuerpo al que empujar.

Solo encontró sábanas frías. Y un vacío que no debería estar ahí.

Abrió los ojos y se giró en busca de su hermana.

La luz tenue de la mañana se filtraba por las persianas, cortando la habitación en tiras pálidas.

Le costó unos cuantos parpadeos poder enfocar la vista y observó lo mismo que había sentido.

El lado de Mila estaba deshecho, la almohada hundida, la manta caída hasta el suelo.

Todo parecía igual salvo por la ausencia.

Y la sangre.

Nirelle bajó la mirada hacia la mancha seca sobre la funda.

Era pequeña, pero suficiente para formar en su mente la imagen de Mila inclinada sobre el lavabo, tapándose la nariz con papel, riendo mientras decía que todo estaba bien.

Y esa podría haber sido una de las tantas razones de su discusión nocturna.

A Mila le sangraba la nariz por la noche cuando pasaba mucho tiempo al sol.

Y Nirelle recordaba que la noche anterior habían discutido por el reciente viaje de Mila a la playa.

Habían gritado. Habían dicho cosas que ninguna de las dos quiso escuchar. Y ninguna pidió disculpas.

Se levantó despacio, con un presentimiento ardiéndole tan profundo bajo la piel, que incluso ignoró la punzada de dolor en su hombro derecho. Caminó hasta la puerta, la abrió con cuidado y se asomó al pasillo. Olía a pintura vieja y café.

—¿Mila? —llamó con la voz temblándole.

La alarma seguía sonando en el fondo, un pitido mecánico, persistente, casi burlón. Y en la cocina, su único acompañante era el zumbido eléctrico del refrigerador. Regresó al cuarto en busca del sonido que la atormentaba.

—Ya cállate —bufó, presionando varias veces el botón de cancelar.

Giró sobre su propio eje, buscando rastros de su hermana en la pequeña habitación. No había nada. Frunció el ceño. Comprendiendo al fin qué era lo que estaba sucediendo.

Mila se había ido.

Lo hacía siempre, se marchaba unos días, sin avisar, con cualquier excusa — necesito aire, quiero despejarme, no soporto este lugar, quiero pensar— y regresaba cuando se aburría o se quedaba sin dinero.

Nirelle respiró hondo, con una mezcla de alivio y fastidio recorriendo su pecho.

—Increíble —murmuró entre dientes.

Buscó entre las sábanas por si había dejado alguna nota, pero no había nada. Ni un mensaje o una llamada perdida para avisar. Nada. Apretó la tela con los puños, sintiendo el enojo y la frustración escalando por su cuerpo.

—Cría desconsiderada —masculló.

Siempre era igual. Ella preocupándose, buscándola, viviendo al borde de la paranoia, mientras Mila simplemente desaparecía, convencida de que todo se arreglaría cuando regresara con una sonrisa y un « no fue para tanto ».

Se dejó caer sobre la cama y cubrió su rostro con las manos.

No sabía si quería gritar, reírse o llorar.

Intentó convencerse de que no importaba, de que no tenía sentido enfadarse por algo que ya conocía demasiado bien.

Pero el enojo llegó igual, lento, punzante, como una vieja herida que volvía a sangrar.

No le gustaba esa sensación de no poder controlar lo que sucedía a su alrededor.

Era lo único que la mantenía estable, no podía permitírselo.

¿A dónde habrá ido Mila esta vez?

¿Con quién?

¿Y si algo le sucede?

¿Y si esta vez no regresa?

Se obligó a sacudir la cabeza. Era demasiado temprano para dejar que su mente se hundiera en ese lugar oscuro.

Entonces sonó la alarma otra vez.

El pitido agudo cortó el silencio y la devolvió a la realidad recordando que debía trabajar. Se levantó de golpe, canceló el ruido y cruzó la habitación arrastrando los pies y apretando los dientes.

Entró al baño, se despojó de la única prenda que llevaba puesta y abrió la llave de agua caliente.

El primer chorro helado que había quedado en la tubería le golpeó el pecho.

No tembló. Sentía que lo merecía. El chorro también golpeó la porcelana con un sonido que la atravesó.

Por un instante, el murmullo del líquido se mezcló con ecos del pasado, gritos, risas y algo que olía a metal caliente.

No.

No ahora.

Debía darse prisa. Echó champú en su mano y empezó la faena. Lavarse el cabello era lo más fácil. Su cuerpo en cambio exigía penitencia. Tomó el fregajo, lo llenó de jabón y contuvo la respiración antes de empezar.

Froto. Una vez. Otra.

Las manchas rojas fueron apareciendo sobre su piel pálida, haciéndola sentirse sucia, contaminada.

Impura.

Volvió a frotar, con más fuerza. La espuma se volvió rosada. Siguió tallando, cada vez más rápido, más duro, hasta que el ardor se mezcló con la respiración entrecortada y sus pensamientos obsesivos:

Debo limpiarme.

Tengo que estar limpia.

Siempre debo estar limpia.

Su visión se nubló. La respiración se le aceleró. Solo se detuvo cuando sintió que todo el cuerpo le ardía, y su piel amenazaba con abrirse. Pero seguía sucia, manchada. Así que se llenó de jabón y repitió el proceso. Siseó cuando el ardor se volvió insoportable, su piel estaba a carne viva.

Retrocedió buscando el chorro para enjuagarse y reprimió un grito cuando el agua hirviendo golpeó su cuerpo lastimado. Pensó en abrir el agua fría, pero se quedó ahí, observando cómo el vapor llenaba el pequeño baño mientras ella seguía sufriendo.

En algún lugar —quizá en su mente—, el Réquiem de Mozart comenzó a sonar, envolviendo el momento con solemnidad sagrada, perfecta para lo lúgubre que se sentía. Se quedó quieta, respirando el vapor y el dolor, como si esa mezcla pudiera redimirla.

Salió de la ducha envuelta en vapor. El espejo estaba cubierto por una capa espesa de condensación, pasó la mano sobre el cristal y su propio reflejo emergió difuso, deformado por el agua que resbalaba.

Por un momento no se reconoció. La piel enrojecida, los ojos hinchados, el cabello pegado al rostro.

Parecía otra mujer, una versión castigada de sí misma.

Se quedó observándose en silencio, con la respiración aún entrecortada. Entonces volvió a sonar algo.

Al principio pensó que seguía imaginando, que la situación la hacía alucinar. Pero el sonido era distinto, más nítido y cercano. Bajó la vista y encontró su teléfono vibrando sobre el lavabo.

Un nudo le apretó el estómago. Por un instante pensó que podía ser Mila. Que al fin llamaba para decirle que estaba bien, que todo era una exageración. Secó su mano en la toalla y deslizó el dedo sobre la pantalla.

—¿Mila? —susurró, con el teléfono pegado a la oreja.

Escuchó un carraspeo y luego una voz masculina le respondió:

—Detective Northon.

No se dio cuenta que estaba conteniendo el aire hasta ese momento, lo expulsó despacio.

—Marcus —dijo, endureciendo el tono de voz.

—Si, detective Northon. Tenemos un cuerpo —anunció él, con la voz temblando por los nervios.

Nirelle cerró los ojos. Un segundo. Dos.

—¿Dónde?

—En…en la galería de los espejos —titubeó el hombre.

Nirelle podía visualizarlo rascándose la nuca, como siempre que debía encargarse de un trabajo nuevo y su nerviosismo le ganaba.

—Es…es de él —añadió Marcus en apenas un susurro. Como si decir el nombre fuera pecado mortal.

Nirelle levantó la vista una última vez hacia su reflejo aún empañado, y borroso, antes de prepararse para ir a trabajar.

El motor del viejo auto gruñó antes de arrancar, como si él también se resistiera a despertar tan temprano. Nirelle condujo en silencio, con el cabello aun húmedo pegado al cuello y el aroma a jabón flotando en el interior del vehículo.

Afuera, la ciudad todavía bostezaba. Las luces anaranjadas de los faroles se disolvían en una bruma azulada, y el tráfico apenas empezaba a crecer.

Montfleur amanecía envuelta en su habitual aura de perfección: fachadas de piedra clara, esculturas que parecían respirar bajo la bruma, mármol y vitrales que capturaban la primera luz del día y la devolvían en destellos dorados que los artistas llamaban lumière dorée .

En esa ciudad, la belleza no era un lujo. Era una forma de vida.

El réquiem seguía resonando en su cabeza, mezclándose con el rugido del motor y la voz de Marcus repitiendo «es de él».

El Escultor.

Así lo habían bautizado los medios, fascinados por el morbo y horrorizados por la precisión de su obra. Un artista, un visionario de la muerte. Habían pasado más de dos años desde la primera víctima y nadie había logrado atraparlo, aún.

Cada cuerpo aparecía dispuesto como si fuera parte de una exposición, con posiciones cuidadosamente escogidas, cortes limpios, texturas tratadas con una delicadeza imposible de aceptar como humana.

Los forenses hablaban de la técnica de sus cortes.

Los periodistas de la muerte y la psicología detrás del asesino.

Nirelle, en cambio, solo veía el arte en el pecado.

Lo peor era la forma en que parecía entender la belleza. Y no solo la belleza superficial, sino la que se ocultaba detrás del dolor.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Dio un par de golpecitos con los dedos en el volante, intentando desviar el pensamiento.

El aire dentro del auto era espeso, impregnado de humedad y de algo agrio que no lograba identificar.

Bajó la ventanilla, sintiendo el viento frío entrar como una bofetada.

Giró a la izquierda en el primer distribuidor, rumbo a la plaza histórica, donde estaría su destino.

Un cuerpo en la galería de los espejos.

No era un lugar cualquiera. El Escultor parecía elegir sus escenarios con intención. Cada ubicación tenía un significado, una referencia, una metáfora que solo él parecía entender.

Nirelle se descubrió preguntándose qué encontraría en esa ocasión, mientras observaba a la galería emerger entre la niebla como un templo consagrado a la vanidad. Un edificio de mármol blanco y cristales tallados, reflejando los tonos rosados del amanecer con un brillo casi irreal.

Detuvo el auto frente a la entrada principal y bajó rumbo al lugar sin dejar de admirar.

Las columnas esbeltas flanqueaban las puertas de bronce, y sobre ellas, un relieve antiguo mostraba figuras aladas sosteniendo una llama de fuego.

El símbolo de la Orden de la Luz o comúnmente llamado: luminismo.

Una religión que en el pasado había regido cada aspecto del país y de Morvielle.

El arte, la arquitectura, incluso la moral.

Durante siglos, sus clérigos predicaron que la belleza era la forma más pura de comunión divina.

Que el cuerpo, la forma y el color eran manifestaciones del alma.

Pero cuando el Estado y la Iglesia se separaron, los templos se convirtieron en museos, y los altares en la exposición detrás de las vitrinas.

Nirelle recordaba haber aprendido sobre las ceremonias que se hacían allí, en el orfanato en el que vivía llevaban educación religiosa. Recordaba haber leído sobre velas, cantos y rostros hermosos que parecían hechos para ser contemplados. Ahora solo quedaba el eco de aquella devoción.

Cruzó el umbral. El aire adentro olía a cera, a mármol húmedo y a un leve perfume metálico que no pertenecía a ningún incienso sagrado.

Los espejos se extendían por las paredes como si el edificio tuviera mil ojos.

Cada superficie devolvía fragmentos de su figura: su rostro distorsionado, su cuerpo desdibujado en infinitas copias.

Marcus la esperaba al fondo del vestíbulo, junto a dos agentes forenses.

—Llegó rápido —dijo él sin apartar la vista del reflejo frente a ellos.

Nirelle no respondió.

Sus ojos ya habían encontrado el motivo de la llamada.

Y era bellísimo. El Escultor se había superado a sí mismo esta vez. Y había elegido el lugar más hermoso de Montfleur para firmar su perfección.